Wilfred Buck: El hombre que leía las estrellas.
We are in the process of remaking an age-old song…
singing, dreaming, praying, talking into existence
once again the knowledge of our people.
Wilfred Buck (2024), dirigida por Lisa Jackson es una película documental que retrata la vida y la naturaleza del astrónomo Wilfred Buck originario de la primera nación Cree Opaskwayak en Manitoba, Canadá, que tras sobrevivir a una empobrecida y problemática infancia plagada de desplazamiento, racismo y adicción, abraza su virtud cómo un guardián de las estrellas y su rol cómo un reconocido maestro de los enfoques tradicionales de las naciones indígenas hacia la astronomía. Moviéndose fluidamente a través del tiempo, el filme confronta un pasado arraigado a las cicatrices y a su vez; a la esperanza.
La línea entre la ficción y lo que percibimos cómo realidad se desdibuja rápidamente por medio de un discurso híbrido de su historia convergente; combinando estilos con un amplio alcance para darnos desde los primeros minutos una clara representación del curso que lleva la narrativa del filme. La historia constantemente viaja entre el presente y el pasado retratado en la percepción de un Wilfred más jovial por medio de un enfoque fluido y conmovedor que a su vez nos sumerge en la sabiduría ancestral y las luchas personales de un actual Buck por preservar y transmitir sus conocimientos sobre las estrellas y la naturaleza.
Tranquilidad, calma, descubrimiento; tan sólo tres de las emociones que encausan el viaje que representa el Filme cargado de momentos que provocan una suerte de catarsis. La introducción encausa una bienvenida a la cotidianidad de un Wilfred recientemente invitado a dar charlas sobre las estrellas en una comunidad situada a medio camino de la bahía de James, en el lado de Quebec; que poco después da paso, por medio de una transición prácticamente imperceptible, a un casi etéreo viaje al pasado que da lugar a sus orígenes haciendo uso de una identidad visual análoga y una presencia particular de sus colores, fuertes, tan intensos cómo el centelleo de una estrella distante en la inmensidad del cielo. La historia logra consolidarse aún pese a la fluidez con la que el documental juega en todo momento, lo que la hace destacar de inmediato. Es fácil sentir una sensación de calidez al visualizar y sentir la historia, que no se confunde en ningún momento a la hora de mostrar con honestidad la vida de Wilfred.
La infancia de Wilfred expone la calidez de la niñez en sí misma previa al cambio y el cómo cada pequeño momento que abrazaba en su cotidianidad fue conservado. Sin embargo, el viaje a su pasado se torna oscuro cuando se trata de exponer las desgracias que lo ahondan. El abandono de sus padres, la captura de sus hermanos y la constante descriminación son algunas de las problemáticas que lo orillan a dejar de vivir en la comodidad que vagamente tuvo y empezar a sobrevivir por sus propios medios. Los cambios entre la narrativa pasada y la presente se entreteje en momentos menos limitados por espacio o tiempo con fascinantes imágenes microscópicas de meteoritos y auroras boreales que surcan el cielo nocturno. La recurrente imagen de un esturión fantasma nadando entre estrellas tiene presencia en cada acto, recordándonos de su existencia casi cómo si se tratara de un espectador omnisciente y silencioso.
Si bien hay una presencia bibliográfica, es difícil no conectar con la narración tan personal que ahonda en el documental. Pese a los problemas que afronta con los cuáles sentirse identificado no es ningún desafío, se recorre con total honestidad cada tramo de su infancia, pasando por la cultura de los años sesenta, la superación de adicciones, la falta de vivienda e incluso su encarcelamiento, la historia termina dando lugar a la esperanza que representa el cambio motivado por los sueños, por las señales, y por las estrellas. Dándole el lugar para convertirse eventualmente en un guardián del conocimiento indígena, asesorando ancianos y niños a medida que transmite antiguas enseñanzas sobre las estrellas que la colonización quiso dejar atrás, convirtiéndose a su vez en un guía, un maestro, un padre, un líder.
Por medio de un encuadre 4:3, la narrativa es dotada con la sensación de estar posicionada en un pasado distante. Sin embargo, el encuadre tiene una fuerza narrativa mayor que más adelante se convierte en un medio de liberación al aislamiento cuando el protagonista decide transformar su vida y transformarse a sí mismo por medio de sus revelaciones y sueños. El encuadre adopta la totalidad de un encuadre 16:9 cuando la identidad de Wilfred es finalmente encontrada, para él, en ese momento. Cuando deja de sentirse aislado y marginal, cuando siente que puede pertenecer.
«Wilfred Buck» despliega las narraciones y cuestionamientos habituales de una entrevista tradicional a medida que se mezcla con el uso de actores profesionales cómo Brandon Alexis interpretando a un adulto pero aún joven Wilfred y un jovial y más infantil Raymond Chartrand personificando al mismo personaje desde la capa más infantil. Aportando un sentimiento onírico con sus papeles que sin hacer uso de diálogos, transmiten todo tipo de sensaciones encarnadas por la voz extradiegética en constante narración.
Lisa Jackson explora consigo los densos trópicos de la exploración personal y la importante preservación de la cultura, así cómo el valor de las estrellas. Cada uno de estos temas son abordados con sinceridad y una falta de escrúpulos, que dota de autenticidad al filme cuando se trata de reconocerlo por encima de lo que se promueve habitualmente; permitiéndole destacar con sus métodos para abordar el pasado, presente y el futuro.
La planimetría de la película se toma el tiempo de seguir con una cámara a Wilfred en cada uno de sus viajes, regalándonos secuencias de sus viajes y conversaciones a medida que también dialoga con la presencia de la cámara en todo momento hasta que los interludios se dan para mostrar el pasado de manera completamente cinematográfica, sea el entorno por medio de planos generales o la intimidad de planos cerrados que se toman la tarea de capturar los sentimientos de cada personaje, cada sensación y cada acto. Cabe mencionar cómo cada plano está lleno de color, colores que dicen, que expresan, que dialogan consigo mismos con total variedad, capturando sentimientos a través de las decisiones cromáticas que abordan el filme. La paleta de color grisácea de las entrevistas y secuencias de un Wilfred presente son rápidamente acompañadas y abrazadas con total unión a las secuencias del pasado, que con tonos tan fríos cómo cálidos, aporta una ambientación plagada de emociones, identidad y esperanza.
La iluminación, trabajada con delicadeza, se realza por medio de sus esquemas naturales y trabajados profesionalmente para no romper con la sensación de calidez que el filme está constantemente transmitiendo. Se aprovecha el cielo azul; la noche fría y el alba del amanecer en todo momento a través de los cristales y las carpas que toman lugar en el documental. La textura del paisaje es evidente en cada plano y la iluminación suave se confunde fácilmente con fuentes naturales al estar manejadas con tanto cuidado.
Cada estrella, cada brillo, cada luz y cada símbolo gana lugar en la equivalencia del documental. «Wilfred Buck» destaca por su capacidad de retratar las antologías de su protagonista y la cronología de sus eventos aún siendo representados de manera discontinua para conectar con su actual presente. Lisa Jackson logra enfrascar una historia inmensa aledaña a un vasto universo en un filme de hora y media, ofreciéndonos una vista honesta, única y sobre todo auténtica de Wilfred, de su cultura, de sus seres amados, de sus pérdidas, de su superación y su camino. Una odisea a la esperanza, a la preservación y al amor a nosotros mismos que no pudo haberse visto mejor representada por un hombre capaz de leer las estrellas.
Samuel Urueta.