Revólver, cámara y acción. Reseña de Adiós al amigo



Escrita y dirigida por Iván David Gaona y producida por Mónica Juanita Hernández, Adiós al amigo tuvo su estreno en la edición 64 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) y ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Tokio (TIFF). Grabada enteramente en el Cañón del Chicamocha, Santander, nos transporta al año 1902, justo cuando culmina la Guerra de los Mil Días. Alfredo Duarte es un soldado que traiciona a su bando y emprende un viaje para encontrarse con su hermano y entregarle una carta en la que su esposa le confiesa que está embarazada. En el camino, encontrará gente afectada por la guerra que lo acompañará en la búsqueda de su hermano.


La historia es de lo más original e interesante que he visto en el cine colombiano. A pesar de explorar temas que hemos visto innumerables veces, como la guerra entre colombianos o las divisiones por partidos políticos, la película es definitivamente un western mezclado con realismo mágico, que incluso explora la hechicería en el país. En vez de bandidos que viven del saqueo y sheriffs que cuidan un pueblo con tabernas y prostíbulos, se nos presenta a campesinos afectados por una guerra de la que no quieren hacer parte, gente que solo anhela estar en paz. Al final, se plantea una reflexión sobre lo perjudicial que es la venganza y sobre cómo el odio solo engendra más odio.


Los personajes son interesantes, aunque en algunos casos extremos, pues sus roles u oficios los atan a hacer simplemente eso a lo que se dedican. El soldado es un hombre lastimado por la guerra, que solo quiere a su hermano de vuelta para regresar a casa. El fotógrafo guarda como único legado la cámara de su padre, asesinado por un general, y ahora solo busca venganza. El conde José María es un personaje curioso, pues representa a las clases altas: gente pedante que solo se dedica a acumular más riqueza, lo que genera un contraste con los demás personajes y el contexto donde se sitúa la historia. La vidente es, quizá, un personaje desperdiciado: capaz de ver el futuro leyendo tabacos, pudo haber intervenido más en la trama, usando su conocimiento del misticismo para guiar a sus compañeros o explorando su propio pasado y el de su suegro. Este último, de hecho, protagoniza uno de los mejores momentos de la película al disparar a la antorcha que lanza una de las fanáticas religiosas.


Visualmente, es un deleite ver tantos paisajes abiertos. El equipo de producción supo aprovechar al máximo los exteriores del Cañón del Chicamocha. Hay un gran enfoque hacia los personajes, con primeros planos que refuerzan el suspenso en escenas de enfrentamientos o duelos, donde los revólveres toman un protagonismo hipnotizante. En este apartado, sin embargo, cojea un poco el uso del color: los tonos están algo desaturados y no se aprecia un uso consciente de la psicología del color. Por su parte, el vestuario y la utilería aportan autenticidad: resulta un placer detenerse a observar las ropas y armas de los personajes.

La música es atrapante, envuelve de épica los momentos más frenéticos o genera atmósferas de calma en las escenas de diálogo. Me resulta curioso cómo habrán hecho para no saturar los audios de las voces por el viento, ya que el apartado sonoro tiene un excelente tratamiento y registro del sonido ambiente.


Adiós al amigo es una obra frenética que explora temáticas relacionadas con la violencia y la historia del país, con una ambientación que recuerda a obras tan célebres como la trilogía del dólar de Sergio Leone. Es un buen ejemplo de cómo se pueden aprovechar espacios rurales en Colombia para crear producciones e historias distintas, alejadas de los conflictos actuales en las grandes urbes, y además entretener con escenas de acción sin recurrir a muchos artificios gráficos.


Salomón Quintana