María Adelina Lomelín Gil
Mi nombre es María Edelmira Lomelín Gil. Pertenezco al Resguardo Centro Miraflores. Maloca el saber.
Voy a contarle la historia de Kubei. El dios de los indígenas.
Bueno. Kubei era un hombre solo. Le gustaba estar en el monte y en las orillas de los caños.
En una de esas, encontró un palo de “ucuqui”. Y él miró que habían hartas muchachas.
Él se puso a postearlas. Y dijo:
“Voy a coger unas para mí”
Pero todas empezaron a correr.
Cuando “plum”, se lanzaron todas al agua.
Como él era Dios, sabía que ellas eran pescados. Pero no sabía de qué clase era.
Así, que él decía:
“¿Cómo hago, para coger, una mujer de esas tan bonitas?”
Como ellas iban a comer pepas. Él se las ajuntaba para tenerlas cerca.
Un día se sentó a pensar. Entonces fabricó la cortadera. Le puso mucha cortadera al palo.
Y dejó una partecita para que ellas entraran a comer las pepas. Y luego, tapaba para ver su podía comerse una de ellas.
Él se preparó y dijo:
“Hoy si tengo mujer. Porque tengo mujer”
Cuando estaban allí todas las mujeres. Unas sentadas, otras comiendo, otras partiendo, chupando. Echando en las cantinitas de ellas, en las ollitas ellas.
Estaban ahí, haciendo todo para ellas llevar. Cuando llegó ese hombre.
Unas brincaron, otras saltaron. Y con la cortadera que él fabricó. Logró coger una.
Ella le decía:
“¡No me toque! Porque yo soy muy brava y me lo como”
Entonces él dijo:
“No me importa”
Ella le dijo:
“Si usted me va a llevar. Envuélvame con algo”
Y él la envolvió con la misma enredadera. Y se la llevó para la casa.
Bueno, ella le dijo:
“Usted no puede dormir conmigo. Porque yo soy muy brava. Soy la hija de un guío. Y si me quiere como mujer, me tiene que barbasquear”
Y él pensaba: “¿Qué clase de barbasco le puedo echar? Para matarle todos esos animales”
Fabricó una pepa. La picó, la molió. Y le echó. Esto le mató un poco de animales. Pero él decía que aún no estaba lista.
Fabricó el barbasco en bejuco. Dijo: “Este si puede servir”.
Lo machucó bien. Y con agua, se lo dio a ella.
Pero ella dijo:
“No es suficiente. Tienes que barbasquearme más, para poder ser su mujer. Y quitarme todos estos animales. Si no, yo me lo como”
Bueno, Kubei nuevamente se fue a buscar el barbasco. Y estuvo un buen tiempo.
Fue cuando consiguió uno de pepa y bejuco. Lo unió ambos y se lo dio.
Bueno, ella le dijo:
“Tiene que dejarme siete días”
Como él era Dios, se fue a viajar. Y le dijo al papá que la cuidara. Que nadie la mirara. Y que no saliera de su cuarto, ni entrara.
Él se fue. Y cuando pasaron como tres días de haberse ido. El viejito le dio por rendijiar. Para ver que estaba haciendo ella.
Y cuando la miró, estaba bien espernancada. Se puso todo contento. Le dio mucha alegría. Y entró el viejito entonces. Se le tiró encima de ella. Que porque estaba muy buena.
De ocioso. Porque Kubei, ya le había dicho que no podía entrar allá. Pero él pensó que era mentiras.
Como ella no había cumplido la dieta de los siete días. Ella se lo comió.
Cuando llegó Kubei, contento de ver a su mujer. Dijo:
“Y aquí. ¿Qué pasó?”
Pues ella le dijo que se había comido al papá.
Y él dijo:
“Pues ya que se puede hacer”
Se fue para el monte. Cortó unas hojas de cubarro. Vino. Hizo un tejido. Lo envolvió bien como una alfombra.
Y dijo: “Algún día servirá de algo”.
Y “pum”. Lo tiró al río. Y el viejito se convirtió en cachirre.
Por eso es que el cachirre, tiene un tejido y es amarillo. Porque la corteza del cubarro es amarillita.
Pasó eso, y ella le dijo:
“Alístese. Que vamos a visitar mi familia. Y hay que llevar de todo. Ellos tienen allá. Pero a nosotros nos toca llevar de lo
El papá de ella vivía debajo del agua. Él era un “puño” mejor dicho un guío.
Alistaron de todo. Hormigas culonas, frutas, patabá. Y la comida necesaria que comía Kubei.
Cuando llegaron allá, él estaba muy asustado. Porque eran unos guíos gigantes. De dos metros de alto. Y un hermano alto.
Ellos se enroscaron y lo besaban por todo lado. Lambiéndolo con esas lenguotas.
Las hermanas estaban haciendo chicha de chontaduro. Y Kubei les dijo que le regalaran una pepa de chontaduro.
Pero ellas decían que no se podía. Pero Kubei pensaba: “¿Cómo hacía para llevarlas?”
Bueno. Lo atendieron muy bien. La esposa le decía:
“Mi amor. No se ponga a sufrir. Que ellas no le van a dar la pepa. Más bien mañana tomamos chicha”.
Pero no. Él quería su pepa.
Y como era Dios. Se la ingenió, para que una de las pepas de ellas saltara. Y la alcanzó a coger.
Y ellas se le mandaron encima a hacerle cosquillas. Él metió la pepa en el sobaco, en el ombligo. Y así la escondía en diferentes lugares.
Como ellas se la querían quitar. Entonces se la comió. Ahí no le podían hacer nada.
Al otro día se fueron. Y llegaron a la casa.
Él se fue hacer su necesidad, o como decimos nosotros a cagar. Encontró a una abuelita lagartija, y le dijo:
“Yo hice popó allá. Busque una pepa. Hace un hueco y la entierra”.
Eso hizo ella. Cuando la mujer de Kubei se dio cuenta, la palma iba creciendo. Y se puso muy alta
Había una chucha. Y le dijo:
“Suba y mira, si ya están las pepas maduras”
Pero pasó el tiempo. Y nada que volvía la chucha.
Mandó al arrendajo. A ver qué había pasado con la chucha. Pues este hizo unas mochilas. Tuvo hijos y tampoco volvió.
Entonces decía:
“¿Ahora qué voy hacer?”
Mandó a la guapuchona. Y ella sí le dijo:
“Usted no se preocupe, que allá ahí abundante comida. Y hay una ciudad completa.
Pero Kubei quería una pepa de esas. Y le dijo a la esposa:
“Perdón mi amor. Pero yo voy a tumbar la palma”.
Ella no quería que la tumbara.
Porque las pepas se iban a regar por todos partes. Y eso era sagrado para ella.
Bueno. Llamó al ratón. Y le dijo: “Usted que tiene más dientes que yo. ¿Por qué no empieza a ruñir?”
Y empezó el ratón. Hasta que cayó la palma. Y brincaron pepas por todos lados.
Todos los animales se llevaron lo que podían. Chaquetos, lapas, pájaros, tintines… Ellos se fueron y enterraron las pepas.
De ahí viene, de que los bichitos como los guatines, los tintines, las lapas, chaquetos. Ellos cogen una pepa. Se comen lo suficiente. Y lo que le sobren lo siembran.
Por eso es que nacen todas esas clases de palmas. Chontaduro, patabá.
Esa es la historia de que el chontaduro se regara por todo el mundo. Esto viene de los cubeos del Vaupés.
Entonces así se acabó el secreto y lo conoció todo el mundo.
Resulta que el hermano de Kubei tenía mujer. Y ella lo invitaba para todas partes a bañarse, lavar, pescar…
Pero era porque le tenía mucho aprecio a él.
Entonces el hermano estaba celoso. De ver, que la mujer, andaba más con el hermano que con él. Ya casi no le hacía casi caso.
Pero Kubei, en ningún momento pensó nada malo con ella. Entonces, el hermano dijo:
“¿Qué voy hacer?”
Como Kubei era perezoso, y no le gustaba hacer nada.
Su hermano dijo:
“Yo me tengo que deshacer de mi hermano”
Entonces se fue para el monte. Y cortó una palma de wasay. La cogió y la jaló hasta el piso. Y miró que era flexible.
Entonces le dijo al hermano:
“Móntese acá. Que lo voy a enviar bien lejos. Para que traiga frutas. Porque usted es muy flojo”.
Y él dijo:
“Listo. Yo me monto”.
Cogió las hojas del wasay. Las abrió y lo sentó. Jaló bien hasta la tierra. Y mandó a Kubei donde nadie supiera dónde estaba.
Él cayó en un cerro. El más alto. Y decía:
“¿Cómo voy hacer para bajarme de aquí?” ¿Qué hago? ¿Mi hermano por qué es así? Si yo no le he hecho nada. Eso debe ser que esta celoso”
Kubei se sentó en una piedra. A pensar cómo iba a bajar de por allá.
Como él tiene un pájaro muy amigo de él. Y era la guapuchona.
Ella no hacía sino, volar y volar buscándolo.
Cuando llegó donde él amo, le dijo:
“Cómo le parece amo, que su hermano está viviendo lo más de bien. Tiene mucha comida. Está muy contento porque usted no volvió”.
Y le preguntó:
“¿Cómo hago para bajar de acá?”
Y el ave le dijo:
“No se preocupe. Que yo le traigo toda la comida que usted necesite”.
La guapuchona le robaba el casabe, el pescado. Lo que pudiera cargar en el pico. Y un día la mujer se dio cuenta.
Dijo:
“Cómo le parece que la guapuchona, está llevando comida. Eso debe ser que su hermano está por ahí cerca”.
Entonces disque dijo:
“¿Qué voy hacer, para alejar a este hombre de acá? Lo voy a buscar para botarlo más lejos”.
Bueno el ave fue. Y le dijo a Kubei:
“Yo no le puedo volver a traer comida. Porque ya me pillaron. Ya saben que le traigo comida a usted. Y me dijeron que me iban a cortar el pescuezo”.
Disque un día pasando el tiempo. Ya Kubei se estaba envejeciendo.
Cuando él miró, que iba una hilera de arrieras subiendo hasta donde él.
Y ellas le preguntaron:
“¿Usted qué hace aquí?”
Y él les contó la historia. De que el hermano lo había tirado allá.
Que el mochilero no le iba a volver a traer comida. Porque lo habían visto.
“Y no sé cómo me voy a bajar de acá”.
Entonces las hormiguitas, por muchos años le llevaban cositas para que él comiera.
Hasta que un día le dijeron que tenían ganas de bajarlo. Pero le dijeron:
“Eso sí. Usted no debe abrir los ojos por nada del mundo. Debe quedarse quietico”
Bueno. Se reunieron las hormigas. Y decidieron que lo ayudarían. Pero que lo iban a coger como jefe de ellas. Para que las gobernara.
Empezaron a coger toda la cantidad de hojas que pudieron. Y a tejer con las salivas de ellas.
Por eso es que las hormiguitas, cuando hacen sus nidos, van mojando la tierrita y la van pegando.
Por eso también, las hojas son tejidas. Si uno las ve, ellas tienen venitas.
Bueno. Duraron muchos años tejiendo. Y cuando finalmente terminaron, le dijeron a Kubei que se alistara. Y que le iban a llevar comida y agua.
Las hormigas todas contentas. Porque por fin iban a tener a su jefe. Lo cogieron y lo envolvieron bien. Le dejaron solo la nariz para respirar.
Entre miles de hormigas empezaron a bajarlo. Y tardaron años.
Como el cerro era derecho. Ellas se iban de lado.
Así como cuando uno ve que ellas llevan una hoja grande. Que se ladean. Así mismo hicieron con Kubei.
Hicieron caminitos por todo lado. Y por eso es que hoy en día, los cerros tiene caminitos para que la gente suba.
Ellas tenían el hueco en la pata del cerro. Y como él era tan grande, no cabía.
Y una de ellas dijo:
“Pues entre todas parémoslo. Y lo mandamos ahí para allá. Porque él tiene que ser jefe de nosotros”
Cuando Kubei escuchó esto. Él dijo:
“No. Yo tengo que estar es en la tierra”.
Entonces se desenvolvió de esas hojas. Salió y les dio las gracias.
También les propuso a las hormigas que ellas decidían. Y si deseaban vivir debajo de la tierra, o encima con él.
Pues iba a fabricar una casa para vivir. Pero ellas decidieron que vivirían debajo. Para gobernar allá. Y por eso viven debajo de las casas.
Así sucedió toda esta historia. En la que la envidia existía hace mucho tiempo. Por los hermanos, los cuñados...
Inventario de manifestaciones culturales representativas de la comunidad indígena del Resguardo Centro Miraflores