AEGIS Ep. 1 ha sido retirado temporalmente, y el ritmo de publicación se reducirá durante el verano.
Israel González era un hombre que amaba el mundo. Su sueño siempre había sido el poder crear algo, lo que fuese, que pudiese ayudar a la gente, y por lo que las personas le dieran las gracias al pasar por la calle. Desde que era un niño había tratado de hacer lo posible por todos sus seres queridos, además de contribuir a toda clase de proyectos de ayuda, tanto a personas como al planeta. Aunque, si había algo que Israel amara tanto como a el mundo, era a la ciencia: aquellas leyes invisibles y no escritas que regían el universo, y que a la vez limitaban las acciones de las personas y les daban alas para alcanzar nuevas metas nunca antes creídas posibles.
Como es natural, Israel decidió estudiar para convertirse en científico, en una especialidad que le permitiera desarrollar avances significativos. A sus veinticinco años, Israel ya contaba con el título universitario otorgado a aquellos graduados en la carrera de Ingeniería Informática, así como amplios conocimientos en robótica. Pese a que nunca dejó de estudiar debido a su ansia de conocimiento, Israel decidió dar el siguiente paso hacia su sueño, y comenzar a trabajar en un proyecto revolucionario. Aunque varias corporaciones locales se interesaron en contratarle, fue la oferta de su antiguo profesor de universidad, de nombre Samuel, la que más lo atrajo. Ambos comenzaron a trabajar para una exposición nacional de proyectos relacionados con la informática y la robótica, famosa por la cantidad de ideas e investigadores que habían sido reclutados por grandes multinacionales en ediciones anteriores.
Israel y Samuel contaban con una gran cantidad de ideas, variando desde las más simples y conservadoras hasta otras completamente revolucionarias e imposibles de llevar a cabo con el pequeño presupuesto con el que contaban. Al final, se decidieron por una idea que parecía viable a la vez que interesante: unas baterías capaces de recargarse automáticamente absorbiendo la electricidad estática del aire. El principal problema que encontraron fue que la cantidad de energía del ambiente que podía ser reutilizada era mínima, pero aun así la pareja consiguió fabricar un prototipo funcional a tiempo para la exposición. Una vez llegó el día del evento, el invento creado por Israel y Samuel fue el más aclamado de todos los expuestos, hasta el punto de que debieron prolongar su estancia por un día más para continuar con las demostraciones.
Este invento y sus inventores llamaron la atención de varias compañías y empresas, pero los más interesados fueron los del gobierno nacional, que vieron una oportunidad de hacer crecer exponencialmente la industria tecnológica del país. Al contactar con la pareja de inventores, el representante del gobierno les ofreció una suma de dinero muy alta, además de un presupuesto bastante grande para futuras investigaciones. Israel y Samuel estuvieron de acuerdo en aceptar la oferta, y utilizando los fondos del gobierno fundaron su propia empresa dedicada a la investigación y desarrollo tecnológico: AEGIS Corporation.
Los aparatos creados por AEGIS pronto empezaron a tener un éxito cada vez mayor, lo que causó que el personal y los recursos de la pequeña start-up fueran creciendo rápidamente. A los siete años de su fundación, AEGIS Corporation ya se había convertido en una de las empresas más grandes del mundo, y contaba con decenas de divisiones y departamentos, quedando el original renombrado a AEGIS Technology Group. En este equipo “central” se reunían algunos de los científicos e ingenieros más prominentes del mundo con el objetivo de desarrollar las ideas más revolucionarias y difíciles de llevar a cabo.
Israel y Samuel decidieron un día comenzar a trabajar en el proyecto más ambicioso que habían sugerido hasta ahora: crear una tecnología capaz de reproducir órganos humanos completamente funcionales que pudieran ser implantados en un paciente real con riesgo mínimo. El desarrollo comenzó en secreto, y fue avanzando lentamente durante los siguientes años. Sin embargo, el paso del tiempo no sólo trajo fortuna, sino también la mayor de las desgracias. Un minúsculo fallo de diseño en las baterías auto-recargables, ahora utilizadas en todo el mundo como fuente principal de energía, causaba que una pequeña cantidad de energía escapara, causando una reacción alérgica en casi todas las personas. Esta reacción no era apreciable normalmente, pero cuando una gran cantidad de baterías se encontraban en el mismo lugar, esta reacción se incrementaba, causando una grave enfermedad que parecía no tener cura.
El proyecto POLARIS, que era el nombre que había recibido el ambicioso proyecto para las prótesis de órganos humanos, fue aparcado indefinidamente y se priorizó la búsqueda de una cura para la enfermedad de las baterías. Las jornadas de trabajo en AEGIS TG eran interminables, especialmente las del propio Israel, quien apenas se iba a su casa una vez cada tres días, y no dejaba de trabajar en el tiempo que pasaba en la oficina y el laboratorio. Probó decenas de versiones de un posible fármaco, pero todas ellas variaban en su grado de inefectividad: desde “completamente inútiles” hasta “sólo efectiva en unas personas con unas cualidades concretas”, pasando por “efectos secundarios excesivos”.
Samuel, por su parte, no podía estar más preocupado por su amigo. Él sabía perfectamente que las jornadas de trabajo de Israel eran de todo menos normales, pero sin embargo no fue capaz de enfrentarse a su amigo y dejó que continuara aquella rutina que no hacía sino alejarlo de la cordura cada vez más. Llegó un punto en el que Israel González era físicamente incapaz de dejar de trabajar, habiendo desarrollado una adicción física a aquél laboratorio donde realizaba las pruebas con las vacunas.
El último invento de Israel González antes de caer por completo en la locura fueron las pastillas de la inmortalidad. Unas píldoras que creaban una suerte de “copia de seguridad” del ADN de cada célula, de forma que el cuerpo pudiera regenerarse rápidamente después de cualquier deño sufrido. Sin embargo, su uso como vacuna era imposible porque no eliminaba la enfermedad, sino que tan sólo impedía la muerte del paciente. Los sujetos de pruebas, todos miembros de AEGIS TG, se convirtieron en inmortales incapaces de morir definitivamente, ya que se recuperaban de cualquier clase de daño físico sufrido.
Israel Gonzáles olvidó hasta su propio nombre, pero no abandonó su resolución por salvar el mundo que tanto amaba. Al final, a falta de otra idea y cuando la población del mundo ya era apenas una milésima de la que había sido, Aegis (como él ahora se refería a sí mismo) bombardeó todos los almacenes de baterías restantes del mundo, liberando con ello enormes cantidades de energía y causando que casi toda la población restante falleciera por la enfermedad. Sin embargo, una pequeña cantidad de gente consiguió salir ilesa de la masacre. Ocho mil personas, que a partir de ese momento serían la nueva humanidad.
Aegis reunió a todos los supervivientes en un pequeño terreno al sur de Europa, en una zona que no había estado densamente poblada, y donde se encontraban las oficinas principales de AEGIS Technology Group, que destacaban sobre todas las demás casas antiguas y casi derruidas. El científico desquiciado decidió fundar una organización militar para proteger a los seres humanos restantes, para así asegurar que habría un futuro, por difícil y pesimista que éste fuese.
Muchos años después, Aegis aún recuerda muy vagamente el antiguo mundo. Desearía no haber creado nunca AEGIS Corporation. De ese modo, el mundo podría seguir siendo como antes. Su mundo… Sus seres queridos… Todo lo que una vez amó… Qué destino más cruel, pensaba para sus adentros.
- El destino no es sino una excusa para aquellos incapaces de superarlo. Levanta, Israel González, y crea el camino para el nuevo mundo.
“Oland” era el nombre que había adoptado cuatro siglos antes uno de los empleados de AEGIS que se convirtió en inmortal. Nadie se refería a él por su antiguo nombre, y ni siquiera él mismo lo había usado en siglos. Había sido de los pocos inmortales que había permanecido oculto durante todo el tiempo posterior al colapso, no formando parte de Blade ni apareciendo públicamente en ningún momento. De hecho, había gente que ni siquiera sabía de su existencia, o la clasificaba como una simple leyenda urbana. Pero él era muy real. Y ninguna leyenda urbana podía acercarse remotamente a describir su verdadero ser.
Oland nunca había tenido especial apego por Israel González o por su compañero Samuel Fernández, pero aceptó unirse a AEGIS T. G. después de ser expulsado de su anterior empresa debido a prácticas inmorales que había realizado con el fin de exprimir y probar a fondo sus inventos. Oland fue absuelto por falta de pruebas, e inmediatamente reclutado por AEGIS para trabajar al cargo de otro famoso científico extranjero. Tras el colapso, Oland decidió que seguir junto al equipo de AEGIS no le traía ningún beneficio, y se marchó a vivir a su aire. Así estuvo durante siglos, hasta que el mundo se olvidó de él por completo. Pero él estaba contento con eso. Blade ya no era una amenaza. Ahora podía apoderarse de la última obra maestra de Israel González, la que según el mismo había dicho, constituía “el legado hacia un nuevo mundo que yo fui incapaz de completar”. Esa obra maestra, era una máquina capaz de controlar el destino mismo…
Con aquella máquina, las gentes se doblegarían ante él. Abandonarían aquella forma de vida anticuada y aburrida y regresaría al antiguo mundo
Por otro lado, Arcturus era un hombre único en el mundo. En todos los sentidos imaginables, él era un “milagro”. Un hombre que había nacido con un cuerpo de adulto, a quien le habían inculcado una cantidad de conocimiento mayor que la que cualquier humano podría asimilar, y quien había aprendido a llamarse a sí mismo “Dios”. Y, desde luego, Arcturus era muy parecido a lo que la gente de la Era Anterior hubiera considerado un dios. Aunque él mismo sentía que él no era sino un títere al que otros estaban manipulado, dándole una falsa sensación de poder y libertad para luego poder sacar el mayor provecho posible, no tenía motivos para cambiar su forma de vida o rebelarse contra su creador. Hasta que un día lo intentó…
- Dios es sólo la encarnación de nuestros deseos de que exista. Levanta, Arcturus, y haz que la gente crea en el nuevo mundo.
Suri era una chica humana corriente que vivía bajo la tutela de una organización gubernamental, debido a que ella había sido encontrada gravemente herida y no se había localizado a sus padres. O eso era lo que ellos querían que creyera. Ella sabía ya bastantes cosas de la verdad, la verdad sobre ella misma y sobre su pasado que no le habían querido contar.
Ella no era una chica humana, ni vivía con aquellos científicos porque la hubieran rescatado de una muerte segura. Ella era el producto de una serie de experimentos del gobierno para recrear la primera y superior versión de los Artum, la raza de robots cuyas capacidades mentales, físicas y emocionales estaban ya casi a la par con las de cualquier humano. La serie Artum-E, la más reciente en ser producida masivamente, cuenta con una similitud neuronal con los humanos del 97’8%, mientras que la serie F en desarrollo cuenta con una similitud del 99’1%. Pero para los científicos de AORT eso no es suficiente. Ellos están llevando a cabo un proyecto para construir unas armas masivas para la guerra contra el único otro país del mundo, guerra que estaba prevista que comenzara en el año 830 de la Nueva Era, esto es, dentro de tan sólo un año. Y para la creación de estas armas masivas era necesario una comprensión casi total del funcionamiento de los Artum serie SIGMA, los más antiguos jamás creados, y basados en una tecnología perdida hacía siglos, llamada Polaris. Era por eso que AORT había creado, usando las piezas mecánicas de una fallecida unidad Artum SIGMA, a la unidad SIGMA número 201, cuyo código era Suri.
Eso era lo que ella sabía. Lo había ido descubriendo poco a poco, durante sus dieciséis años de vida, a través de las conversaciones entre los científicos que había escuchado de pasada o los documentos que había leído sin permiso. Al principio se había sentido horrorizada, pero con el paso del tiempo había aprendido a aceptarlo como su realidad, y ahora sólo quería seguir descubriendo los secretos que sus cuidadores le ocultaban.
Un buen día, escuchó de casualidad una conversación entre el jefe de AORT y la encargada de sus revisiones mecánicas una vez al mes. Hablaban algo de que para completar el desarrollo del sistema cognitivo del arma necesitaban obtener datos del mundo real con Suri. Al oír esto, ella decidió volver a su habitación antes de que la descubrieran. No quería imaginar qué le harían si se enteraban de todo lo que ella sabía.
Suri, en su interior, se odiaba a sí misma. Ella sabía que no era humana, pero había sido disfrazada como tal para ocultar su naturaleza. “Yo no pertenezco a este mundo”, se decía ella. “Si hubiera nacido como una persona normal, lejos de estos locos, no tendría que vivir esta asquerosa vida de reclusión y experimentación”. “Para vivir así para siempre, prefiero escaparme y morir libre, aunque la libertad no me dure ni un día.”
- El único requisito para ser humano es que te preocupe el ser reconocido como tal. Levanta, Suri, y muéstrale a la gente el camino hacia el nuevo mundo.
Querido lector, antes de nada, debes entender que este mundo, tal y como se aprecia desde el exterior, es completamente ficticio y no podría nunca llegar a ocurrir. Pero también es importante recalcar que, en alguna de las infinitas posibilidades de este universo, el futuro detallado en AEGIS llegó a ocurrir. Esta es la historia de lo que hubiera ocurrido si ese futuro se hubiera dado, o al menos una de las infinitas versiones posibles. Un número incontable de historias ocurrieron en este universo “ficticio”, por lo que cubrirlas todas es imposible. Sin embargo, espero que las historias que sí sean cubiertas permitan al lector comprender los fundamentos de este mundo y su evolución esencia, pues ésta lleva inequívocamente a un final predestinado e inalterable. Es por eso precisamente que es importante entender los eventos que llevaron o llevarán a esta conclusión.
También, como conclusión a este discurso introductorio, me gustaría establecer las Leyes. Las Leyes que gobiernan este mundo, y que son, al igual que la historia en sí, invariables y predeterminados.
“El destino no es sino una excusa para aquellos incapaces de superarlo”.
“Dios no es más que la encarnación de nuestros deseos de que exista”.
“El único requisito para ser humano es que te preocupe el ser reconocido como tal”.
“Sólo existe una realidad, pero ésta es distinta para cada uno de nosotros”.
“No hay eternidad que dure para siempre. Es nuestra percepción la que nos hace creerlo”.
“Algo sólo puede ser real si alguien verdaderamente cree en su existencia”.
“No existe un final más verdadero para una historia que el que decidas por ti mismo”.
“La verdadera distinción entre lo real y lo ficticio sólo puede ser hecha por el espectador”.
“No existe una decisión correcta o incorrecta. Sólo son dos opciones en un universo infinito”.
“El único modo de corregir un error es volver atrás y deshacerlo. Por eso, los únicos errores verdaderos son aquellos que no pueden ser corregidos”.
“No hay ningún ser humano capaz de comprender la inmensidad del universo. El día que uno lo haga, trascenderá la humanidad y se convertirá en dios”.
“Todo lo que empieza ya tiene su fin decidido”.