(151 Palabras)
En el inmenso lago Titicaca vivía una rana llamada Rimay, famosa por su piel arrugada y su habilidad para permanecer bajo el agua durante mucho tiempo. Rimay era traviesa y le encantaba jugar con los niños pescadores, escondiendo sus redes entre las algas. Pero además de jugar, tenía una misión importante: cuidar el lago.
Cuando alguien arrojaba basura o maltrataba el agua, Rimay salía del fondo y croaba con fuerza, haciendo que las olas golpearan la orilla como advertencia.
Un día, unos forasteros ensuciaron el lago. Entonces Rimay emergió y comenzó a cantar. Su canto era tan profundo que las aguas se agitaron y limpiaron la orilla. Los forasteros, arrepentidos, recogieron la basura y prometieron cuidar el lago.
Desde entonces, los niños del pueblo enseñan a todos a respetar el agua. Dicen que si se canta con cariño a Rimay, ella responde con su melodía y llena el lago de peces.
(254 Palabras)
En el inmenso lago Titicaca, donde el cielo parece tocar el agua, vivía una rana muy especial llamada Rimay. No era una rana cualquiera: su piel era grande y arrugada, y podía quedarse mucho tiempo bajo el agua sin salir a respirar. A Rimay le gustaba jugar con los niños del pueblo. Cada mañana, cuando los pequeños pescadores lanzaban sus redes, ella se divertía escondiéndolas entre las algas. Los niños reían y decían:
—¡Rimay está jugando otra vez!
Pero la rana no solo jugaba, también enseñaba. Si veía a alguien arrojar basura o maltratar el agua, salía del fondo del lago y croaba con fuerza, haciendo que las olas golpearan la orilla en señal de enojo. Los niños entendieron que el lago tenía vida y que debía ser cuidado con respeto.
Un día, llegaron unos forasteros que no conocían sus costumbres. Encendieron una fogata cerca del agua y arrojaron botellas y restos de comida al lago. De pronto, el cielo se cubrió de nubes, el viento sopló fuerte y del agua emergió Rimay. Su canto era grave, pero hermoso. Las olas se levantaron y limpiaron la orilla. Los forasteros, asustados, recogieron la basura y prometieron no volver a ensuciar.
Desde entonces, los niños del pueblo enseñan a todos a cuidar el lago. Dicen que cuando alguien canta con cariño a Rimay, el lago se llena de peces y su voz se escucha como un eco de gratitud.
Así, la rana del Titicaca sigue siendo la guardiana del agua y la alegría de los niños.
(504 Palabras)
En el inmenso lago Titicaca, donde el cielo parece tocar el agua y las montañas se reflejan como espejos azules, vivía una rana muy especial llamada Rimay. Su nombre, en quechua, significaba la que habla, y no era una rana cualquiera. Su piel era grande, gruesa y arrugada como las piedras del fondo del lago, y tenía la extraña capacidad de quedarse mucho tiempo bajo el agua sin salir a respirar.
Rimay conocía cada rincón del lago: las zonas donde nadaban los peces plateados, los juncos donde anidaban las aves y las cuevas profundas donde dormían los espíritus del agua. Pero lo que más disfrutaba era jugar con los niños del pueblo. Cada mañana, cuando los pequeños pescadores lanzaban sus redes, Rimay se divertía escondiéndolas entre las algas o empujando suavemente sus botes. Los niños, lejos de enojarse, reían y decían:
—¡Rimay está jugando otra vez!
Sin embargo, la rana no solo jugaba. Ella era la guardiana del lago y tenía una gran responsabilidad. Había heredado de sus antepasados la misión de proteger el Titicaca, mantener sus aguas limpias y recordar a los humanos que el lago era un ser vivo. Por eso, cuando alguien arrojaba basura o maltrataba los animales del agua, Rimay salía del fondo y croaba con fuerza. Su voz grave hacía que las olas golpearan la orilla como si el lago se enojara.
Los niños pronto comprendieron que el lago tenía alma, y aprendieron a cuidarlo con respeto. Cada vez que lavaban algo en sus orillas, pedían permiso al agua. Cada vez que pescaban, agradecían por los peces recibidos. Rimay observaba todo con orgullo desde el fondo cristalino.
Un día, llegaron unos forasteros al pueblo. No conocían las costumbres ni las leyendas del lugar. Montaron sus tiendas cerca de la orilla y encendieron una fogata. Comieron, bebieron y, sin pensar, arrojaron botellas, plásticos y restos de comida al agua. Las olas comenzaron a agitarse levemente, pero ellos no se dieron cuenta.
De pronto, el cielo se cubrió de nubes oscuras, el viento sopló con fuerza y el lago empezó a rugir. Desde las profundidades, emergió Rimay. Su piel brillaba con gotas de agua y su canto retumbó como un trueno. Las olas se levantaron, golpeando las orillas, y una lluvia ligera comenzó a caer.
Los forasteros, asustados, recogieron la basura y la llevaron lejos del agua. Cuando terminaron, Rimay los miró fijamente. Su canto se volvió suave, melodioso, y el viento se calmó. El cielo volvió a abrirse y un arcoíris cruzó el lago. Los hombres comprendieron que aquella rana no era un animal cualquiera, sino el espíritu protector del Titicaca.
Desde aquel día, los niños del pueblo repiten la historia y enseñan a los visitantes a respetar el lago. Dicen que si alguien canta con cariño a Rimay, el lago se llena de peces, el agua brilla más y su voz se escucha como un eco de gratitud.
Así, la rana del Titicaca sigue viva en cada ola, en cada canto y en cada corazón que ama la naturaleza.