(121 Palabras)
Hace mucho tiempo, la Madre Tierra caminaba por los Andes sembrando vida. Los cerros, sin embargo, comenzaron a discutir sobre quién era más importante. Uno decía que por su altura podía ver todo el valle, y otro que era valioso porque recibía ofrendas de la gente.
La Madre Tierra les explicó que cada uno tenía un propósito: unos protegían los valles, otros guardaban el agua, y juntos daban fuerza a los pueblos.
Pero los cerros no escucharon. Entonces, la Madre Tierra retiró la lluvia. Los animales y las plantas sufrieron, y los cerros comprendieron que solos no podían vivir.
Al pedir perdón, la Madre Tierra devolvió la lluvia y les enseñó que lo importante no es competir, sino vivir en armonía.
(328 Palabras)
Hace mucho, mucho tiempo, cuando el cielo y la tierra recién empezaban a conocerse, la Madre Tierra caminaba por los Andes sembrando vida. A donde ella pasaba, brotaban flores, aparecían riachuelos y los animales encontraban alimento.
Pero un día, los cerros comenzaron a discutir entre ellos. El más alto decía:
—¡Yo soy el más importante, porque desde mi cima se ve todo el valle!
Otro cerro más pequeño respondía:
—¡Eso no importa! Yo estoy más cerca de la gente y me dan ofrendas todo el tiempo.
Así, los cerros discutían cada mañana y cada noche. Los ecos de sus voces llegaban hasta el cielo, molestando a las aves y a los pueblos que vivían abajo.
La Madre Tierra, al escucharlos, se acercó con calma y les dijo:
—Hijos míos, no deben pelear. Cada uno de ustedes tiene un propósito. El grande protege los valles del viento, el pequeño guarda el agua en sus lagunas, y todos juntos dan fuerza a quienes los miran con respeto.
Pero los cerros seguían sin escuchar. Querían demostrar quién era el más valioso. Entonces, la Madre Tierra decidió darles una enseñanza.
Una noche oscura, retiró la lluvia y el agua de los ríos. El sol calentaba fuerte y la tierra comenzó a secarse. Los animales tenían sed y las plantas empezaban a marchitarse.
Alarmados, los cerros se dieron cuenta de que sin el cuidado de la Madre Tierra nada podían hacer. El más alto no podía dar sombra sin agua, y el más pequeño no podía recibir ofrendas porque la gente estaba triste y hambrienta.
Entonces, todos juntos fueron a pedirle perdón a la Madre Tierra.
—Madre, entendemos que no importa quién es más grande o pequeño. Todos somos necesarios si trabajamos unidos.
La Madre Tierra sonrió y devolvió la lluvia. Los ríos volvieron a cantar, los animales a correr y los campos florecieron de nuevo. Desde entonces, los cerros aprendieron que el valor no está en competir, sino en vivir en armonía.
(508 Palabras)
Hace mucho, mucho tiempo, cuando el cielo y la tierra recién empezaban a conocerse, la Madre Tierra despertaba cada mañana con una misión: dar vida y equilibrio al mundo.
Con pasos suaves caminaba por los Andes, y allí donde tocaba con sus manos, brotaban flores de colores, nacían riachuelos cristalinos y los animales encontraban alimento en los prados. Los pueblos andinos, agradecidos, la miraban con devoción y le dejaban ofrendas en pequeños altares.
Pero no todo era paz. Un día, los cerros comenzaron a discutir entre ellos.
El más alto, orgulloso, dijo:
—¡Yo soy el más importante, porque desde mi cima se ve todo el valle y protejo a los pueblos con mi sombra!
Un cerro más pequeño respondió con enojo:
—¡No es cierto! Yo soy el más valioso, porque estoy cerca de la gente y ellos me visitan y me dan ofrendas todos los días.
La discusión no se detuvo. Cada mañana y cada noche los cerros alzaban sus voces, y los ecos retumbaban hasta el cielo. Las aves se asustaban y dejaban de cantar, los venados y las vizcachas huían a lugares lejanos, y los pueblos que vivían en los valles no podían dormir tranquilos.
La Madre Tierra escuchó aquellas disputas y, con mucha calma, se acercó a los cerros.
—Hijos míos —les dijo con voz suave—, no deben pelear. Cada uno de ustedes tiene un propósito. El más grande protege a los valles del viento y guarda la nieve en su cima, que se convierte en agua para los ríos. El más pequeño guarda el agua en sus lagunas y ofrece un lugar de descanso a las aves. Todos juntos, con sus diferentes tamaños y formas, dan fuerza y esperanza a los pueblos que los miran con respeto.
Pero los cerros, cegados por su orgullo, no quisieron escuchar. Querían demostrar quién era el más valioso. Entonces, la Madre Tierra decidió darles una lección.
Una noche oscura retiró la lluvia y detuvo el fluir de los ríos. El sol empezó a calentar con fuerza, la tierra se secó, los animales tenían sed y las plantas comenzaron a marchitarse. Los pueblos sufrían porque ya no había agua para regar los campos ni para calmar la sed.
El cerro más alto intentó ofrecer sombra, pero de nada servía sin agua para beber. El cerro pequeño esperaba ofrendas, pero la gente estaba triste y hambrienta, y no tenía fuerzas para rendirle culto.
Asustados y arrepentidos, los cerros comprendieron su error. Entonces, juntos fueron a pedirle perdón a la Madre Tierra:
—Madre, ahora entendemos que no importa quién es más grande o pequeño. Todos somos importantes si trabajamos unidos y en armonía.
La Madre Tierra, conmovida por su sinceridad, sonrió y devolvió la lluvia. Los ríos volvieron a cantar, los animales corrieron libres, y los campos florecieron llenos de vida y color.
Desde entonces, los cerros aprendieron que el verdadero valor no está en competir, sino en convivir en paz, reconociendo que cada uno, con su forma y su fuerza, cumple una misión sagrada en el equilibrio del mundo.