(146 Palabras)
En las alturas de los Andes vivía un cóndor anciano llamado Kuntur. Aunque sus plumas eran grises, su corazón seguía lleno de fuerza. Un día, el dios Inti, el Sol, lo llamó desde el cielo y le entregó una semilla dorada.
—Esta semilla salvará a un pueblo que sufre de hambre —dijo Inti—. Entrégala a quien tenga un corazón puro.
Kuntur emprendió el vuelo atravesando tormentas y fríos vientos. Al llegar al valle, vio a un niño campesino que compartía su pan con un perro hambriento. El cóndor comprendió que él era el elegido.
El niño sembró la semilla y, poco después, brotó una planta de maíz dorado que alimentó a toda la comunidad.
Desde entonces, los pobladores celebran cada cosecha con cantos al cóndor, agradeciendo su valor y la luz que trajo desde el Sol.
Kuntur, desde el cielo, los observa con orgullo eterno.
(258 Palabras)
En las altas montañas de los Andes, donde las nubes rozan las cumbres y el viento canta entre las rocas, vivía un viejo cóndor llamado Kuntur. Sus plumas eran grises por el paso del tiempo, pero sus ojos seguían brillando como el amanecer.
Una mañana, mientras sobrevolaba los nevados, una luz dorada iluminó el cielo. Era Inti, el dios Sol, que descendía para hablar con él.
—Kuntur —dijo la voz resplandeciente—, el pueblo del valle sufre de hambre y sed. Te entrego esta semilla del sol. Llévala y entrégasela a quien tenga un corazón puro.
El cóndor tomó la semilla entre sus garras y emprendió el vuelo. Atravesó tormentas, vientos helados y montañas sin fin. Sus alas cansadas temblaban, pero su espíritu seguía firme.
Después de un largo viaje, divisó un pequeño pueblo reseco y sin cultivos. Allí vio a un niño campesino que compartía su último pan con un perro. Al ver tal bondad, Kuntur comprendió que aquel niño era el elegido.
Descendió lentamente y le entregó la semilla dorada. El niño, con esperanza, la sembró en el centro del campo. A los pocos días, brotó una planta de maíz dorado, que creció hasta tocar el sol. De sus mazorcas, los pobladores sacaron alimento para todos.
Desde entonces, cada año, antes de sembrar, los campesinos levantan la mirada al cielo y entonan un canto al cóndor, guardián del maíz y mensajero del Sol.
Kuntur, desde las alturas, los observa con orgullo, sabiendo que cumplió su misión: llevar la luz del Sol al corazón de la Tierra.
(504 Palabras)
En las altas montañas de los Andes, donde el aire es delgado y el viento sopla con fuerza entre las cumbres, vivía un viejo cóndor llamado Kuntur. Era el más sabio de su especie. Sus alas, aunque cansadas, podían abarcar el horizonte, y sus plumas, grisáceas por los años, brillaban con reflejos dorados cuando el sol las tocaba.
Cada mañana, Kuntur sobrevolaba los valles y nevados, saludando al amanecer. Desde las alturas veía a los pueblos pequeños que sobrevivían con esfuerzo entre el frío y la escasez. Un día, mientras descansaba sobre una roca, el cielo se tornó dorado y una cálida luz descendió desde lo más alto. Era Inti, el dios Sol, quien le habló con voz serena pero poderosa.
—Kuntur, mensajero de las alturas —dijo Inti—, el pueblo del valle está sufriendo. Las lluvias no llegan, la tierra está seca y los hombres tienen hambre. Te entrego esta semilla del Sol. Llévala y entrégasela a alguien con un corazón puro, que sepa sembrar la esperanza.
El cóndor inclinó su cabeza en señal de respeto y tomó la semilla entre sus garras. Era pequeña, pero irradiaba una luz cálida que le daba fuerzas. Sin perder tiempo, desplegó sus alas y comenzó su vuelo hacia el valle.
Atravesó tormentas, rayos y vientos helados. A veces las nubes lo envolvían por completo, y su cuerpo temblaba de cansancio. Pero cada vez que sentía desfallecer, recordaba las palabras de Inti: “Solo quien ayuda a los demás encuentra su verdadera fuerza”.
Después de varios días de viaje, Kuntur divisó un pequeño pueblo rodeado de montañas áridas. Las casas eran humildes, y los campos, secos. Se posó en una roca y observó a la gente. Algunos intentaban cultivar la tierra sin éxito. En medio de ellos, un niño campesino compartía su pequeño pan con un perro hambriento.
Kuntur comprendió entonces que aquel niño era el elegido. Descendió lentamente y extendió sus alas frente a él. El niño, sorprendido pero sin miedo, alzó la vista.
—No temas —dijo Kuntur—. Traigo un regalo del Sol. Esta semilla debe ser sembrada con amor.
El niño la recibió con cuidado y, con la ayuda de su familia, la sembró en el centro del campo. Durante varios días cuidaron la tierra con esperanza. Una mañana, un brote dorado surgió del suelo. En poco tiempo, creció hasta convertirse en una planta de maíz dorado que brillaba con la luz del amanecer.
Los pobladores, asombrados, recogieron sus frutos y pronto el hambre desapareció. El maíz del Sol se multiplicó y el valle volvió a florecer. Desde entonces, cada año, antes de sembrar, los campesinos levantan la mirada al cielo y cantan en honor al cóndor Kuntur, guardián del maíz y mensajero de Inti.
Y allá arriba, entre las nubes, el cóndor los observa en silencio, orgulloso de haber cumplido su misión: llevar la luz del Sol al corazón de la Tierra.