(145 Palabras)
En un pueblo de la costa norte del Perú, un niño llamado Mateo encontró en el desván de su abuelo un tambor cubierto de polvo. Al tocarlo, el instrumento comenzó a sonar solo, como si tuviera vida. De su interior surgieron cantos antiguos y voces que contaban historias del pasado. Mateo comprendió que el tambor guardaba la memoria y la alegría de sus antepasados.
Lleno de emoción, reunió a otros niños y formaron una comparsa que alegraba las fiestas del caserío. El sonido del tambor unía a todos: jóvenes, adultos y ancianos. Desde entonces, el pueblo celebraba con música y danza, recordando que los abuelos viven en cada ritmo y en cada canción.
Aún hoy, cuando la luna ilumina la plaza, se dice que el tambor de Mateo sigue latiendo, recordando a todos que la música mantiene viva la historia y el corazón del pueblo.
(265 Palabras)
En la costa norte del Perú, donde el mar canta y la arena brilla bajo el sol, vivía un niño llamado Mateo. Un día, mientras jugaba en el antiguo desván de su abuelo, encontró un tambor cubierto de polvo. El cuero estaba agrietado por el tiempo, pero algo en él parecía vivo. Mateo lo limpió con cuidado y, curioso, dio un suave golpe.
De pronto, el tambor respondió con un sonido profundo y vibrante. Sin que nadie lo tocara, empezó a resonar solo, como si un corazón antiguo latiera dentro. Mateo sintió una brisa cálida y escuchó voces que cantaban en un idioma antiguo. Eran los abuelos del pueblo, que desde el más allá despertaban al oír el tambor sagrado.
—Este tambor guarda nuestras memorias —susurró una voz suave—. Cada golpe es un recuerdo, cada ritmo, una historia.
Emocionado, Mateo bajó al patio y comenzó a tocar. Pronto, los vecinos se acercaron, atraídos por la música. Hombres, mujeres y niños comenzaron a bailar. Los mayores lloraban de alegría al reconocer las antiguas tonadas de sus ancestros.
Desde ese día, Mateo reunió a otros niños y formaron una comparsa. En cada fiesta del caserío, el sonido del tambor hacía que todos se unieran en canto y danza. Nadie volvió a sentir tristeza, porque el tambor recordaba a todos que la música era el latido de los abuelos que nunca se apaga.
Cuando la luna llena ilumina la plaza, todavía se escucha el eco del tambor de Mateo, mezclado con las risas del pueblo y el espíritu alegre de quienes alguna vez bailaron bajo las estrellas.
(476 Palabras)
En la costa norte del Perú, donde las olas del mar chocan con ritmo constante y los pescadores saludan al amanecer con sus redes al hombro, vivía un niño llamado Mateo. Era curioso, alegre y siempre buscaba aventuras en cada rincón de su casa. Una tarde calurosa, mientras el viento movía las palmeras del patio, Mateo subió al viejo desván de su abuelo. Entre cajas cubiertas de polvo y recuerdos olvidados, encontró un objeto extraño: un tambor antiguo, cubierto por una gruesa capa de arena y telarañas.
El tambor tenía un cuero gastado, decorado con dibujos apenas visibles. Mateo lo limpió con cuidado, y en cuanto pasó la mano por su superficie, sintió un leve temblor, como si el instrumento respirara. Intrigado, tomó una ramita y golpeó suavemente el cuero. En ese instante, un sonido profundo llenó el aire, un latido grave que parecía venir de muy lejos, del corazón mismo de la tierra.
De pronto, el tambor empezó a sonar solo. Su ritmo se volvió constante, poderoso, y una brisa tibia recorrió el desván. Mateo escuchó murmullos, luego voces que cantaban en un idioma antiguo. Las sombras de sus abuelos, y de los abuelos de ellos, danzaban a su alrededor, alegres, agradecidas.
—Este tambor guarda las memorias del pueblo —susurró una voz que parecía venir del viento—. Cada golpe cuenta una historia, cada ritmo despierta el alma de quienes ya no están.
Mateo, conmovido, bajó corriendo al patio con el tambor en brazos. Comenzó a tocar con fuerza y pasión. El sonido se extendió por todo el caserío. Los vecinos salieron de sus casas, los niños dejaron de jugar y los mayores, al escuchar aquellas melodías antiguas, sintieron que algo dentro de ellos despertaba.
Las personas comenzaron a bailar. Las ancianas movían los brazos al ritmo del tambor, los hombres zapateaban y los niños giraban en círculos riendo. El aire se llenó de música, alegría y recuerdos. Los mayores decían que aquel tambor era sagrado, porque hacía hablar al corazón del pueblo.
Desde entonces, Mateo reunió a otros niños y formaron una comparsa. Aprendieron a tocar el tambor siguiendo los ritmos que Mateo escuchó aquella tarde en el desván. En cada fiesta del caserío, el tambor sonaba con fuerza, recordando las viejas canciones que sus abuelos entonaban frente al mar.
El tiempo pasó, y aunque Mateo creció, jamás dejó de tocar el tambor. En cada golpe, sentía la presencia de sus antepasados acompañándolo. A veces, bajo la luna llena, la gente del pueblo dice que aún se escucha el eco del tambor, mezclado con las risas, las voces y los pasos de aquellos que bailan desde el más allá.
Y así, en aquel rincón de la costa norte, la música sigue viva, como un puente invisible entre el pasado y el presente, entre los nietos y los abuelos que nunca se fueron del todo.