Por Pedro Pablo Rodríguez
Dr. en Ciencias Históricas e investigador titular del Centro de Estudios Martianos. Premio nacional de ciencias sociales.
La relación estrecha, íntima y sistemática entre la obra y el pensar de Fidel Castro con la de José Martí es consecuencia, desde luego, de la voluntad del primero, quien muy prontamente así lo manifestó en sus primeros textos políticos.
Como prueba de ello se ha recurrido a menudo a la frase que pronunciara en su autodefensa titulada La historia me absolverá, cuando calificó al Apóstol de la independencia cubana como el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada, de Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953.
Al igual que buena parte de su generación, Fidel vivió su infancia y juventud en una sociedad que hizo de Martí paradigma de la nación, y que durante los años del frustrado proceso revolucionario del 30 sometió a crítica el sistema neocolonial desde los enjuiciamientos del Maestro. Las batallas por la Constitución de 1940, los afanes renovadores incumplidos por los gobiernos del Partido Auténtico y las esperanzas de adecentamiento y dignificación moral representadas por Eduardo Chibás tuvieron como punta de lanza el verbo martiano.
Mientras que la escuela y la universidad habanera, a su vez, dieron coherencia y sistematicidad a Fidel en la lectura y asimilación de la prédica del Maestro. El líder estudiantil y el joven abogado que se introdujo en las lides políticas demostró disponer de un sólido conocimiento de la historia patria cubana y de un extenso manejo de la obra martiana.
El joven próximo a cumplir los 26 años de edad que dirigió el asalto a la segunda fortaleza militar cubana en 1953 ya podía mostrar una hoja de servicios políticos que lo destacaba entre los jóvenes que se hacían notar por aquella época.
Durante los preparativos del aquel primer combate, Fidel se fue asociando con un grupo de jóvenes de diversa procedencia social y geográfica, algunos de los cuales ya se denominaban la generación del centenario, en alusión a que el 28 de enero de 1953 se conmemoraban en todo el país los cien años del natalicio de José Martí.
Como había ocurrido desde los años veinte de aquel siglo y durante la frustrada revolución del 30, el ideario de José Martí volvía a ser empleado conscientemente para fundamentar la necesidad de una revolución social en Cuba.
Fidel Castro y sus principales seguidores desde el Moncada y posteriormente —Abel y Haidée Santamaría Cuadrado, Armando Hart Dávalos, Juan Manuel Márquez Rodríguez, Frank País García, por solo citar cuatro entre los más significativos de aquella época— repasaron las páginas del Maestro y aprendieron mucho de su ejecutoria práctica.
Desde luego, que tras el triunfo del primero de enero y el comienzo de las transformaciones revolucionarias y el rumbo hacia el socialismo, el desarrollo y maduración del pensamiento de Fidel nuca dejó de lado las enseñanzas martianas.
El joven gobernante, devenido pronto estadista perspicaz, el osado líder que proclamó el carácter socialista de la Revolución Cubana ante el inminente ataque militar de la fuerza mercenaria entrenada y apoyada por el gobierno de Estados Unidos, proclamó, y se mantuvo siempre fiel a ese principio, el carácter martiano de esa Revolución también socialista y adscrita al pensamiento marxista.
Hay quienes han visto una incongruencia en ese doble basamento teórico e ideológico. Para los enemigos de la Revolución ello es una falsedad, algo imposible, puesto que encuentran incompatibles y contrapuestas ambas fuentes, y hasta señalan —errónea y aviesamente— que en la Cuba revolucionaria se ha querido hacer de Martí un marxista. Incluso fue frecuente que entre los teóricos del campo socialista europeo se rechazara abiertamente o se mostrara incomprensión y duda ante semejante planteo por considerar que Martí no fue marxista, con lo cual, de hecho, se situaban en la misma óptica de los enemigos de la Revolución, aunque en su caso desde la perspectiva de la superioridad de lo que llamaban el marxismo-leninismo como teoría revolucionaria.
Ambas posturas, desde luego, obvian un punto: tanto Martí como Marx fueron revolucionarios de su tiempo al servicio de las clases populares. Esa fue su coincidencia básica, la que posibilita precisamente que ambos sean referentes de un proceso socialista en Cuba. Y es en ese punto en el que Fidel Castro siempre trazó cualquier tipo de paralelismo, cuidando mucho de que sus palabras no condujeran a la pretensión de convertir a Martí en un marxista.
En verdad, en un político como Fidel no puede limitarse la explicación de esa postura a los elementos teóricos que informan su discurrir, ni siquiera a los ideológicos: hay que considerar su ejercicio de la política y los objetivos perseguidos a través de ella. Si se procede de ese modo, se comprenderá que la adscripción fidelista al socialismo parte y se fundamenta desde el programa revolucionario martiano, a la vez que busca asimilar la creación de ese tipo de sociedad según las características cubanas, siguiendo el llamado martiano a la originalidad plena a la hora de organizar un país, sin apartarse del conocimiento de sus condiciones y del tiempo histórico en que se vive.
El gran combate contra el imperialismo estadounidense fue siempre entendido por Fidel como la continuación del que en silencio emprendiera Martí, quien además, a su juicio, es la fuente esencial de los sentimientos latinoamericanistas y de las muestras de solidaridad e internacionalismo expresadas durante todos estos años por los cubanos. De ese modo, y dado el objetivo antillanista de Martí, la Revolución Cubana no ha cejado en su apoyo manifiesto a la independencia de la hermana isla de Puerto Rico.
También, al proclamar y practicar una ética humanista de servicio, tanto en el orden de la actuación individual como social, Fidel se atuvo a los criterios de Martí, y, como nunca antes había ocurrido, los convirtió en preceptos ineludibles para sí y para su pueblo.
Hace muchos años, Fidel manifestaba una idea que no solo hoy es imprescindible tomarla en cuenta sino que constituye un basamento eterno para nuestro acercamiento y nuestra comprensión del mayor de los cubanos: “Podemos decirle a Martí que hoy más que nunca necesitamos de sus pensamientos, que hoy más que nunca necesitamos de sus ideas, que hoy más que nunca necesitamos de sus virtudes”.
Quizás más allá de todos sus aportes al pensamiento revolucionario, de su extraordinaria comprensión de la política, de su dedicación a su pueblo y a las causas populares, Fidel quedará para la historia como un líder moral, continuador de esa gran fuerza que proclamara Martí que es el amor, el amor a los seres humanos y a su vida digna. Cuánta verdad, pues, en su declaración pública de 1955, Fidel afirmó: “Es el Apóstol el guía de mi vida”.
Tomado de Cubadebate, 28 noviembre del 2020.
Fuente: José Martí en el ideario de Fidel Castro, Compilación de Dolores Guerra, Margarita Concepción y Amparo Hernández. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2004.