por María Luisa García Moreno
Periodista, editora y escritora.
En ocasión del Día de la Medicina Latinoamericana, decretado en 1933 en honor al centenario del natalicio del ilustre médico cubano Carlos Juan Finlay Barrés (3 de diciembre de 1833), vale la pena recordar a los que, en tiempos lejanos y desde las trincheras de la medicina y el patriotismo, combatieron en nuestras primeras guerras libertarias.
En nuestra gesta mambisa participaron cincuenta médicos, ocho estomatólogos y siete farmacéuticos, además de un veterinario que, seguramente, en más de una ocasión tuvo que atender a alguno de sus compañeros a falta de otro personal más capacitado.1
Todos ellos, en su momento, enfrentaron la disyuntiva que más adelante se le plantearía al argentino Ernesto Guevara de la Serna, Che, en nuestra última guerra de liberación, y se verían forzados a escoger entre el maletín de medicamentos y la caja de balas, por supuesto, metafóricamente, porque nuestros mambises no tenían más medicinas que las yerbas del monte, ni más armas que las que le arrebataban al enemigo.
En la relación de 162 profesionales que militaban en las filas del mambisado cubano solo aparece una mujer: la Dra. en Farmacia Mercedes Sirvén Pérez-Puelles (1872-1948), quien ingresó en el Ejército Libertador en octubre de 1896 en la zona de Holguín. La jovencita de veinticuatro años, recién graduada de la Universidad de La Habana, fundó en los campos de Cuba Libre la Botica Revolucionaria, muchos de cuyos medicamentos preparaba ella misma, con el propósito de hacerlos llegar a los hospitales de sangre ocultos en la manigua. Sola, con la mula cargada y el fusil en ristre, se adentraba en las serranías para cumplir su misión; en más de una ocasión enfrentó peligrosas situaciones para llegar hasta un soldado herido de gravedad y proporcionarle remedio. Por su valor y arrojo fue ascendida a comandante, con lo cual se convirtió en la mujer que alcanzó el grado más alto en las filas del ejército mambí.
Sin embargo, no debe llamar la atención el hecho de que Mercedes Sirvén fuera la única mujer profesional en el Ejército Libertador. En esa época no era común que las féminas estudiaran y mucho menos que cursaran una carrera universitaria, y esto era válido incluso entre las más pudientes y cultas familias.
No obstante, la mujer cubana, la mujer mambisa ocupó un papel de primera línea en los servicios de Salud. Ahí están los casos de Mariana Grajales Coello y María Magdalena Cabrales Fernández, respectivamente madre y esposa del Titán de Bronce. Ambas escribieron en los hospitales de sangre de la manigua insurrecta hermosas páginas de abnegación y heroísmo.
Sin embargo, aunque mucho merecen, quiero centrarme en otras figuras femeninas de nuestro mambisado, igualmente dignas, pero menos conocidas: las capitanas del Ejército Libertador.
Por ejemplo, Rosa Castellanos, Rosa la Bayamesa (1834-1907), se alzó desde el inicio de la guerra del 68 en la Sierra Maestra y se destacó cuidando heridos y enfermos, con medicamentos que preparaba a partir de plantas medicinales. Luego se trasladó a las llanuras camagüeyanas, donde creó varios hospitales de sangre.
El propio general Máximo Gómez Báez la nombró capitana y le encomendó hacerse cargo de un nuevo hospital, al cual puso, en su honor, el nombre de Santa Rosa. Al estallar la guerra necesaria, ya con sesenta años, volvió Gómez a confiarle el Santa Rosa; pero cuando sus enfermos no la necesitaban, con su machete mambí, se iba la Bayamesa a combatir.
La tunera Ana Cruz Agüero (1840-1936) fue otra de las capitanas del ejército mambí; combatió en la Guerra de los Diez Años y en la de Independencia, y en una y otra ocasión sirvió a su Patria como enfermera, en la elaboración de medicamentos a partir de plantas medicinales y con las armas frente a frente al enemigo. Vale destacar que Ana se destacó por su efectividad como artillera.
La también capitana María de la Luz Noriega Hernández (?-1901), experta en el manejo de las armas, se destacó como enfermera y combatiente. En su expediente militar consta el mérito de haber llegado a Mantua con la columna invasora al mando del lugarteniente general Antonio Maceo Grajales, quien le confirió el grado militar y la llamó con admiración, la Reina de Cuba.
Gabriela de la Caridad Azcuy Labrador, Adela (1861-1914), en febrero de 1896 se incorporó a las fuerzas mambisas y se destacó como abnegada enfermera, lo que no fue óbice para que fusil en mano, peleara contra los españoles en 49 acciones de guerra; su grado de capitana fue ratificado por el propio lugarteniente general Antonio Maceo.
De Cristina Pérez Pérez (1848-1947) se dice que ayudó a José Maceo Grajales durante su “odisea”, cuando se lanzó por un farallón para no caer en manos del enemigo, y que valiéndose de prácticas espiritistas, por las que era muy respetada, convenció a muchos de los feroces indios de Yateras para que se incorporaran a la revolución —con esa tropa se integró el regimiento Hatuey—. Por méritos de guerra le otorgó el general Antonio el grado de capitana de Sanidad y la ubicó en el propio regimiento. Esta valiente mujer en más de una ocasión recibió graves heridas por intentar sacar o atender a los heridos en medio de un combate.
Otra capitana del servicio de Sanidad del Ejército Libertador fue Isabel Rubio Díaz (1837-1898), quien también se dedicó a atender a los heridos en los hospitales de sangre y a combatir siempre que fue necesario para proteger a sus heridos y enfermos de los frecuentes ataques hispanos contra estos centros. Durante el asalto español al hospital de Seborucal fue herida en una pierna y apresada; en esas condiciones fue obligada a caminar una enorme distancia; murió tres días después de llegar al hospital San Isidro, víctima de su herida y del maltrato.
Catalina Valdés tiene el mérito de haber entregado a la Patria diez hijos varones, la mayoría oficiales del Ejército Libertador y, aún más, el de haber creado, atendido y defendido con las armas el hospital de Arroyo de Agua, Pinar del Río. Dicen que su cuerpo estaba cubierto de cicatrices. El propio general Antonio, admirado de su valor, le otorgó el grado de capitana.
Los ejemplos citados, y muchos otros, son las semillas del heroísmo, la abnegación y la entrega que hoy florecen en nuestro ejército de batas blancas. Para ellos, el aplauso de todos.
1 Centro de Estudios Militares de las FAR: Diccionario enciclopédico de historia militar de Cuba, Primera parte, t. 1, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2014, pp. 15-25.