Por María Caridad Pacheco González*
Boletín UNHIC No.37 – Agosto 2021
El 4 de agosto de 1876 resultó herido en desigual combate en la sabana de Yaguaramas, actual provincia de Cienfuegos, el general de brigada Henry Reeve. No obstante la gravedad de las heridas, continuó combatiendo hasta que mataron su caballo, desgracia mayor porque desde 1873 arrastraba una pierna inútil como consecuencia de las heridas recibidas en un combate. De manera que le era imposible retirarse junto a sus hombres. Machete en mano esperó a sus atacantes y luego de hacer varios disparos y comprender lo difícil de su situación, se aplicó el revólver a la sien derecha, para impedir así caer en manos del enemigo. La Revolución Cubana perdía a uno de sus más audaces y fieles sostenedores.
De allí, donde se muere
Henry M. Reeve nació en Brooklyn, Nueva York, el 4 de abril de 1850, en el seno de un hogar de clase media. Su padre, Alexander Reeve era pastor protestante y la madre se llamaba Maddie Carrol. Al concluir la Guerra de Secesión, contaba 15 años de edad y era tambor en una de las unidades de voluntarios de Nueva York, afiliado a la causa norteña.
Gracias a su buena educación trabajó, muy joven, en un banco de su ciudad natal y cuando le llegaron los ecos del estallido revolucionario en Cuba, que marcarían un cambio radical y definitivo en su vida, tenía 18 años. En esa época, arribaba a Norteamérica gran cantidad de emigrados cubanos, cuyo principal objetivo era obtener recursos a favor de la causa independentista, y uno de los más numerosos y activos grupos actuaba en Brooklyn; Reeve se relacionó con muchos de los jóvenes que lo integraban e, incluso, un vínculo afectivo lo unía a una joven habanera. En una ocasión le preguntaron sobre el motivo de su enrolamiento, a lo que respondió:
“Porque ustedes son patriotas”, y al indagar acerca de su lugar de origen respondió: “De allí, donde se muere”.
Un mambí legendario
Bajo las órdenes de Thomas Jordan, un compatriota también solidario con la causa independentista cubana, desembarcó en la costa norte de Oriente, en mayo de 1869. Tras el desembarco, cayó prisionero y fue fusilado; pero horas más tarde, al recobrar el conocimiento, logró arrastrarse entre los cadáveres insepultos, hasta ser hallado por una patrulla mambisa que lo condujo a un campamento, donde atendieron sus heridas.
Poco después se incorporó al Ejército Libertador, hasta ocupar, en 1871, un puesto en la bisoña caballería camagüeyana, bajo las órdenes del mayor general Ignacio Agramonte, quien le llamaba Enrique, el Americano y depositaba gran confianza en él, como también lo hizo el Generalísimo Máximo Gómez, quien lo consideró digno de ocupar un puesto más elevado. Tuvo Reeve un comportamiento legendario como parte de la vanguardia en el rescate de Sanguily y en importantes combates como el de Santa Cruz del Sur, en septiembre de 1873, cuando se lanzó a caballo sobre la boca de un cañón, acción en la que recibió graves heridas, que invalidarían su pierna derecha para siempre. A partir de entonces, para caminar necesitaba colocar en esa pierna un aparato metálico, diseñado por el doctor Antonio Luaces y construido en un taller mambí que, sostenido con correaje, lo mantenía firme en su cabalgadura.
En ese difícil estado libraría importantes batallas como Las Guásimas y Cascorro, entre tantas otras, y así se le vio avanzar hacia occidente en la vanguardia, posición que prefería sobre cualquier otra.
El Inglesito, como le llamaban, resistió con firmeza los embates y penurias de la manigua, y demostró que no era un simple romántico atraído por el afán de aventuras. Los sacrificios que caracterizaron su vida demostraron fehacientemente que era un convencido de la causa que defendía y cada cicatriz de su cuerpo fue testimonio de todas y cada una de sus inolvidables hazañas.
No por azar con su nombre fue bautizado el contingente médico cubano, creado con el objeto de brindar apoyo y cooperación en cualquier país afectado por catástrofes o epidemias. Allí en Yaguaramas, donde cayó, hay un obelisco dedicado al mambí norteamericano, adonde asisten el pueblo y los integrantes del Contingente Henry Reeve a rendirle merecido tributo.