Por María Luisa García Moreno
Escritora, periodista y editora.
Boletín UNHIC No.31 – Febrero 2021
En febrero de 1878, mientras que en la zona oriental, el mayor general Antonio Maceo Grajales cosechaba significativos éxitos militares, como los de la llanada de Juan Mulato y San Ulpiano,por la zona central de la Isla las cosas no marchaban tan bien.
Tras diez años de incesante combatir, las fuerzas y, sobre todo, las finanzas españolas se hallaban exhaustas. Desde diciembre, el general Arsenio Martínez Campos había ordenado una tregua indefinida en el Camagüey e intentaba acercarse a los hambreados y desnudos mambises. De hecho, ya algunos jefes, como Vicente García González y Serafín Sánchez Valdivia, habían dado algunos pasos en ese sentido.
El golpe de gracia lo daría quien con ello ganó el calificativo de Pacificador, cuando prometió la libertad a todos los esclavos que peleaban en las filas del Ejército Libertador, libertad de la que, en verdad, disfrutaban desde el momento mismo en que habían empuñado las armas y que había sido ratificada por la legislación mambisa, aunque de alcance solo en los campos de Cuba Libre.
La política “pacifista” de Martínez Campos comenzó a rendir frutos cuando, el 8 de febrero de 1878, se reunió la Cámara de Representantes, en San Agustín del Brazo, Camagüey, y acordó su propia disolución, con la única protesta de Salvador Cisneros Betancourt.
En su lugar fue creado el llamado Comité Revolucionario del Centro, encargado de las negociaciones de paz, en representación del pueblo camagüeyano, no del pueblo cubano. Sus siete integrantes fueron los brigadieres Manuel Suárez Delgado y Rafael Rodríguez Agüero, los coroneles Juan Bautista Spotorno y Emilio Lorenzo Luaces Iraola, el teniente coronel Ramón Roa Traviera, el comandante Enrique Collazo Tejada y el ciudadano Ramón Pérez Trujillo, quienes el 10 de febrero firmaron con Martínez Campos el Pacto del Zanjón.
Este Comité del Centro, integrado solo por siete personas, sin jurisdicción para ello, asumió la responsabilidad histórica de aceptar la capitulación de las armas insurrectas aunque no se alcanzaban ni la independencia ni la abolición. Siete hombres, representantes del Centro y no de la Isla, de un plumazo, pusieron fin a diez años de heroísmo. Poco después, las fuerzas del Camagüey, Sancti Spíritus y Remedios deponían las armas.
En cuanto a los hombres que firmaron el Pacto,entre ellos había verdaderos revolucionarios —como Suárez, Rodríguez, Collazo y Luaces Iraola, quienes demostrarían con su accionar posterior su posición patriótica. Entonces perdieron la perspectiva del momento histórico y cometieron un gran error, pero después limpiaron su honor, aunque el daño fue irreparable.
Spotorno, sin embargo, se afilió a las filas del autonomismo; desde esa posición brindó sus servicios al gobierno español y, por poco, termina fusilado cuando, el 8 de marzo de 1895, se presentó en el campamento mambí del general Bartolomé Masó Márquez para persuadirlo de que depusiera las armas y lo amenazaron con aplicarle el decreto que llevaba su nombre y que había firmado cuando ocupó la presidencia de la República en Armas. Y es que siempre ha habido y habrá zanjoneros, esos que se venden al mejor postor y traicionan a la Patria. Pese a todo, el Zanjón significó tregua y no paz: los cubanos no se conformaron —ni nos conformaremos jamás— con renunciar a nuestra independencia y nuestra soberanía.
Además, el epílogo más glorioso de la Guerra Grande, la Protesta de Baraguá, sería protagonizada muy poco después, el 15 de marzo, por quien se convertiría en símbolo de la intransigencia revolucionaria de nuestro pueblo, el general Antonio, representante de la tendencia más radical y revolucionaria del mambisado.