por María Caridad Pacheco González
Dra. C. y secretaria de Divulgación y Relaciones Públicas de la Unhic.
Heredia nació el 31 de diciembre de 1803 en Santiago de Cuba y murió en Ciudad México el 7 de mayo de 1839. Su breve existencia de apenas 35 años transcurrió fundamentalmente fuera de Cuba y, sin embargo, no hubo en el siglo XIX otra vida y obra más asentadas en “lo cubano” que la del bardo santiaguero. Poeta, periodista, dramaturgo y abogado, en 1820 escribió el poema “Fragmentos descriptivos de un poema mexicano”, que más tarde apareció como “En el Teocalli de Cholula”, el cual inauguró el romanticismo en la poesía latinoamericana.
Parte de su niñez había transcurrido entre Venezuela, Santo Domingo y México de acuerdo con la ubicación profesional del padre. La muerte de este en tierra extranjera le causó gran impacto. De nuevo en Cuba, con 20 años, Heredia participó en la Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar. Descubierta esta, fue condenado a muerte —pena que se conmutó por el destierro— y marcha a Estados Unidos. El hecho, además de cambiar de manera dramática su vida, arraigará profundamente en el alma del poeta el tema de la libertad; a esta etapa corresponden la tragedia Sila (1825) y el poema “Himno del desterrado” (1825), en que profetiza nuestra independencia ya que “no en vano entre Cuba y España / tiende inmenso sus olas el mar”.
Desde entonces, vivió lejos de su patria y se radicó en México, donde vivió de su oficio de abogado, pero no cesó de escribir y hablar a favor de la libertad de Cuba, de América y del género humano. Cantó al amor, la familia, la naturaleza y reflexionó sobre temas filosóficos. Colaboró en varias publicaciones de México. Por la calidad de su obra se situó a la vanguardia de la poesía en lengua española de entonces; trascendió, entre otros, por la “Oda al Niágara”, “En el Teocali de Cholula” y “En una tempestad”.
Según sus propias palabras: “El torbellino revolucionario me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático, periodista, magistrado, historiador y poeta a los veinticinco años”.1
Una faceta poco conocida de nuestro primer poeta nacional es que ejerció como catedrático de Literatura e Historia y editó cuatro tomos de sus Lecciones de historia universal, primer libro del tema en América Latina. Este texto, escrito a partir de la obra de Alexander Fraser Tytler (1747-1813): Elements of General History, Ancientand Modern, to which is added a Table of Chronology, and a Companion of Ancient and Modern Geography (1801, 2 vols.), fue empleado en el México independiente, para satisfacer la necesidad docente en el Instituto Literario del Estado de México, donde Heredia era director y profesor de Historia y Literatura.
Aunque tradujo el libro de Tytler, no hizo una traducción fiel: añadió información, adaptó algunos aspectos y excluyó otros, por lo cual se puede afirmar que Heredia hizo más que una traducción, realizó una obra novedosa, original y distinta a la del historiador escocés. El cubano mejoró la precisión lingüística y corrigió las inexactitudes. Buscó que su obra no solo sirviera como guía para los profesores de nivel universitario, sino que los estudiantes pudieran tener acceso al texto sin necesidad de esperar a que un profesor les proporcionara información.
La relevancia del cuarto tomo radica en que está conformado por las ideas propias de Heredia, quien comenzó a romper con el eurocentrismo e incluyó información de los eventos históricos sucedidos desde mediados del siglo XVIII hasta la tercera década del xix. Aborda, entre otros temas, las revoluciones de independencia en América Latina; por tanto, no es casual que en sus Lecciones… deje en claro que escribía pensando en la juventud mexicana, enfrentada ya a la división y a las pretensiones expansionistas del vecino del norte. En carta a la madre escribió:
Yo he querido presentar a la juventud de nuestros pueblos un cuadro moral de la historia, como deben verlo para que no emponzoñen sus mentes esa caterva de escritores viles que han escrito crónicas absurdas dictadas por la superstición o el culto infame de poder [...] Ella impondrá silencio a los que dicen que sólo se hacer versos, y será la base más sólida de mi fama.
Desterrado y ya publicada en Nueva York la primera edición de su poesía, que le había dado fama continental, en abril de 1836, escribió a Miguel Tacón, capitán general de la Isla de Cuba, solicitándole permiso para volver a su patria, en donde residía su madre. Heredia no ignoraba que Tacón mantenía una férrea opresión contra los intelectuales ni desconocía la situación de Cuba bajo el yugo colonial, pero sabiendo que le quedaba muy poco de vida, sacrificó su orgullo para, como dijo Martí, “volver a ver a su madre y a sus palmas”; Tacón le concedió el permiso con el propósito de neutralizar el impacto de su poesía insurgente en la sociedad criolla.
Regresó a La Habana a principios de noviembre. Sus antiguos amigos, con Domingo del Monte a la cabeza —Heredia lo había criticado años atrás por aceptar un cargo en el gobierno colonial— lo desaprobaron y rehuyeron su compañía. Enfermo y desalentado, en enero de 1837, regresó a México, donde falleció poco después.
A pesar de su polémica carta a Tacón, nadie puede negar que Heredia fue el primer cantor de nuestra independencia y tuvo una marcada influencia en los más importantes autores del siglo XIX, quienes reconocieron su calidad literaria y su acendrado patriotismo.
Al respecto, nuestro Martí valoró:
[…] ¿quién resiste al encanto de aquella vida atormentada y épica, donde supieron conciliarse la pasión y la virtud […] para ir ‘armado de hierro y venganza” a morir por la libertad en un féretro glorioso […] despedazado el corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? ¡Mucho han de perdonar los que en ella pueden vivir a los que saben morir sin ella!2
Después de su breve estancia en La Habana, regresó a su segunda patria minado por la enfermedad que lo llevó a la tumba. En su última carta a la madre, le anunciaba un viaje a Cuba que nunca se realizó; dando pruebas fehacientes de su raigal cubanía escribió esperanzado: “[…] quizás con el ajiaquito, el ñame y el quimbombó lograré restablecerme algo”. Lamentablemente no logró recuperarse y murió el 7 de mayo de 1839 con solo 35 años. Hasta hoy, sus restos depositados en un cementerio de la capital mexicana se hallan desaparecidos.
1 José Ma. Heredia: “Prólogo”, en Poesías, Imprenta del Gobierno del Estado, Toluca, 1832.
2 José Martí: “Heredia”, en Obras completas, t. 5, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 133.