Por Fernando Martínez Heredia
Hasta su muerte, ocurrida en el 2017, fue el director del Instituto Cubano de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello.
Autor de numerosas publicaciones.
Boletín UNHIC No.30 - Enero 2021
Martí sigue vigente para América Latina, porque el problema básico que planteó hace un siglo sigueen pie: la necesidad de la liberación nacional y la de las luchas populares, nacionales y continentales,para lograr esa liberación nacional. En el siglo transcurrido, los Estados Unidos cayeron sobre nuestra América. Las fases sucesivas de ese apoderamiento y de las resistencias y luchas revolucionarias y populares en la región son lo medular de la historia latinoamericana de este siglo. Pero la acumulación anterior de sus sociedades,más los modos específicos a través de los cuales se han desarrollado el capitalismo neocolonizador y la vida de los pueblos de la AméricaLatina, dan por resultado una complejidad y suma de contradicciones tales que hacen a estos “pueblos nuevos” los más autoidentificados, caracterizados y potenciales sujetos de cambios radicalesdel Tercer Mundo.
No se muestra nada promisoria a simple vista, sin embargo, la coyuntura actual. Los problemas de los cambios posibles, que serían la cuestión democrática y la cuestión del socialismo, o expresadode otro modo, la cuestión de las relacionesentre contrarrevolución, reformas y revolución,tienen una riqueza y presentan dificultades extraordinarias. El proceso de“modernización” capitalista vivido por la mayor parte de la regiónen las tres últimas décadas ha producido desastrosos resultados que prácticamente nadie puede negar: grande y sostenida urbanizacióncaótica sin empleo ni servicios suficientes; industrialización transnacionalizada que no forma parte de proyectos nacionales de desarrollo y que carece de apreciables mercados externos; capitalismo agrario sin desarrollo rural; violenta caída de los niveles de vida en los años ochenta y marginalizaciónde gran parte de las poblaciones en cada país;1 doctrina de seguridad nacional, dictaduras prolongadas y terribles represiones y matanzas “para combatir el enemigo interno”, mientras en esos mismos países se ha consumado una gran dependencia externa; gobiernos civiles en los últimos años dondequiera que hubo dictaduras, pero que más bien continúan las políticas económicasy las tareas generales que sus predecesoresmilitares emprendieron, y cuyos poderesrepresentativos tienen en la realidad límites muy marcados. La lista de miserias amenaza ser interminable.
La Revolución Cubana y el establecimiento de un poder socialista en América que ya tiene 30 años2 es la demostración práctica —con sus inmensos logros, sus insuficiencias y sus errores—de que es posible vivir de otra manera, incomparablementemás humana y justa, en este continente. Su desafío magnífico y permanente al imperialismo es el logro mayor de una políticapropia obtenido por pueblo alguno del continente,y eso lo saben los latinoamericanos. La alternativa socialista y el marxismo en español contenidos en la Revolución Cubana constituyenun polo diferente y opuesto al del capitalismoen América. […].
En la mayor parte de la América Latina las expresionesideológicas, políticas y organizativas que provienen del campo popular tienen en su contra la sistemática destrucción a que han sido sometidas las organizaciones por la represión, y el aumento cualitativo de los medios de control ideológico y cultural. A favor tienen, además de la necesidad y los anhelos de los desposeídos y ofendidos, la enorme y dilatada escuela políticay la herencia aportadas por las luchas de las décadas anteriores, y la ampliación consecuente —que es ya una verdadera multiplicación— de los actores populares y de las formas de su participaciónen la vida social. Sería un grave error subestimar el potencial que ofrecen, a quienes sean capaces de articular reivindicaciones inmediatasy estrategias de liberación, la profundizacióny el enriquecimiento de las percepciones y la cultura acumulada de autoidentificación y rebeldía que tiene hoy el campo popular.
La democracia está hoy en el centro de los lenguajespolíticos, pero para muchos millones de latinoamericanos ella no es sinónimo de sueños ingenuos, engaños periódicos o espejismos. Por ejemplo, ya no es posible separar democracia de economía: a los líderes, partidos y gobiernos democráticosse les exige ante todo políticas económicasde objetivos claros. Dentro del campo popular no se concibe democracia sin participación,y en las más diversas actividades y organizacionesse producen incontables experiencias, se critican las formas de conducción y de dominaciónque hasta hace algún tiempo se soportabano se consideraban naturales, y se discute, se aprende o se diseñan formas democráticas para la actuación social y po1ítica. La necesidad de formas de poder popular se va abriendo paso en numerosos medios; de sus experiencias y debatessaldrán planteos más claros y eficaces del problema del poder.
El juego de “democratizar” la hegemonía burguesa para ampliar el consenso, ese viejo juego con ventaja al que el capitalismo está obligado a jugar por su naturaleza, tiene siempre la desventaja de que expande la actividad y las representaciones po1íticas a cada vez más amplias masas desposeídas, cuyo desarrollo las va tornando más capaces de exigir lo que el sistema no puede satisfacer sin minar las bases mismas de su dominación.
El reformismo es imprescindible para conjurar la revolución, pero a riesgo de que en el medio que el reformismo crea, mediante su negación activa, radical y eficaz, surja la revolución.
En la América Latina, el equilibrio es todavía más riesgoso para las clases dominantes porque, frente al potencial revo1ucionario del campo popular, el capitalismo carece de reformas económicas que realizar o incluso prometer, y en vez de bonanzas, trabajo o redistribuciones que amplíen o retengan su base social, debe hablar de po1íticas de ajuste, de obligaciones económicas, de “pactos” y “concertaciones” sociales, de “austeridad” para los pobres, o pasar abiertamente a la represión.
[…] Ante el agotamiento de los modelos de avance capitalistas nacionales, la vaciedad explícita de los pensamientos avanzados pero mentalmente colonizados, la unipolaridad emergente que aumenta el poder, la presión y la libertad de Estados Unidos para actuar en la región, el reacomodo de tiburones que llenarán lo fundamental de la po1ítica internacional mundial en el futuro cercano, ¿qué puede hacer, cómo puede encontrar su camino la América Latina?
Buscar sus propias fuerzas y movilizarlas, interpretar el mundo desde sus realidades, intereses y anhelos propios, presentar a las relaciones inevitables con el mundo lo mejor defendidos sus intereses, pese a la heterogeneidad que la caracteriza también, hacerle cauce al movimiento popular y a la desesperación motivada por la crisis social. Me parecen estas, y otras como estas, las tareas posibles y el único camino para evitar el suicidio de las concesiones que culminarían en la entrega pura y simple. Para estas tareas, para planteárselas bien, es imprescindible que el pensamiento sea latinoamericano, y que sea él quien injerte en nuestro tronco el inmenso caudal cultural que se mueve en el mundo actual. José Martí resulta entonces indispensable, y asumirlo un acto que nos dirige hacia el futuro, y no al pasado.
Sus tesis mismas de Nuestra América están dramáticamente en pie, aunque sean ya otros los datos del problema. El conjunto de sus escritos, su modo de abordar los problemas, la armonía y complejidad de relaciones entre su conducta y sus proclamaciones, entre su objetivo liberador y su práctica política, entre la política y la ética, todo Martí puede servirnos para entender el presente y trazar el proyecto, si somos capaces de ser grandes y hábiles.
Martí vio muy claros el lugar de Cuba en América y el deber de Cuba en América. Su más famoso fragmento sobre el tema, la carta postrera dirigida a Manuel Mercado, expresa claramente su estrategia americana, y el alto destino que le tocaba a Cuba como parte de la lucha de nuestra América. También vio claro Martí en la necesidad de que el continente emprenda su camino de reafirmación y liberación, para que Cuba tenga en él aseguradas su independencia y su entorno natural, de pueblos libres coaligados. A su amigo querido se lo escribe, en esa misma carta: “Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, o yo se lo hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar”. Cuba será libre de España y de Estados Unidos, esto es, del pasado colonial y del futuro dominador neocolonial, para iniciar así la segunda independencia; los demás países latinoamericanos necesitan andar ese camino, la unidad es indispensable para el triunfo.
Un siglo después Cuba se levanta, conseguida la liberación nacional que Martí comenzó a pelear, pero convencida de que ella tiene que consumarse una y otra vez en el mundo que existe, “que no nos es ajeno”, y que a menudo intenta aplastárnosla, o recortárnosla. Los nexos de los fundamentos espirituales, de la cultura política y de la fe revolucionaria de los cubanos con la América nuestra son enormes y entrañables. Las relaciones reales entre nuestras culturas actuales son, sin embargo, muy insuficientes; muchos fuertes enemigos, falta de fuerza material cultural, algunos desaciertos nuestros, y el desconcierto que produce la originalidad misma de un régimen socialista como el cubano, están en la base de esa insuficiencia. Las relaciones económicas son una muy modesta fracción de nuestro intercambio, aunque crecen, y tenemos numerosas relaciones estatales.
Es previsible que Estados Unidos sea más tenaz y agresivo contra nosotros en la coyuntura actual. Pero también es previsible que Cuba sea identificada cada vez más como la alternativa de liberación latinoamericana que efectivamente es. Intereses diversos pueden mover a clases y estados que pretendan intercambios provechosos y cierta autonomía en beneficio propio; en el campo popular las desgracias materiales e ideológicas pueden acrecentar mucho la simpatía y solidaridad que siempre han existido, las que se multiplicarían si se abre un nuevo ciclo de protestas y movimientos populares y revolucionarios.
El desarrollo del socialismo cubano, los modos como salga adelante de su difícil circunstancia actual, renuevan el problema del deber de Cuba en América.
El socialismo cubano es la realización en América de la postulación martiana de la liberación nacional con justicia social, y la demostración palpable de que sólo uniendo ambas es posible triunfar, sostenerse y avanzar. Es el proyecto de un cambio total de las personas y las instituciones, un cambio cultural como contenido real del socialismo, un largo proceso en que tienen que ser los participantes masivos los agentes fundamentales, los que harán realidad las tareas más grandes, antes tenidas por imposibles, los que se cambiarán a sí mismos en el curso de su actividad, y serán capaces de ir derrotando paulatinamente el egoísmo, el individualismo, el afán de lucro, el afán de dominio, organizados y unidos por el objetivo común y por un poder revo1ucionario que, siendo por necesidad muy grande, sea por naturaleza concebido como un servicio.
Con todas sus insuficiencias y errores, nuestro socialismo en un país pequeño, subdesarrollado, al pie mismo de Estados Unidos, es mucho más fuerte moralmente, por sus valores, y materialmente, por la unión y capacidad de resistencia encarnizada de su pueblo, que un socialismo basado en la competencia entre las gentes y el ansia inalcanzable de los consumos de los desarrollados, que un socialismo que se convierta en la dominación de un grupo en nombre de la sociedad.
La conversión de proyectos en realidades, mediante el predominio del factor subjetivo en la sociedad, es el secreto del éxito de las revoluciones profundas. Violentación de lo que la sociedad parece poder “dar de sí”, cuando se logra que las gentes den lo que sí pueden dar de sí, búsqueda pragmática y apasionada que exige una y otra vez la renovación organizada de lo que parece ya definitivo, por instituido, para aproximar la realidad cotidiana al deber ser del socialismo. En esa difícil y maravillosa tarea puede ayudarnos mucho Martí. Con su ayuda podremos incluso recuperar mejor el propio pensamiento nuestro, y pienso en el Che, ese hombre tan grande que hasta alguna vez hemos sentido la tentación mezquina de considerarlo demasiado grande. Este seguidor de Martí que reclamaba hace casi 30 años que se forjara el plan “[…] como obra creadora del pueblo, como la acción de la voluntad del hombre, sobre las posibilidades o sobre la economía, para transformarla y cambiarle su ritmo”. Y nos pedía a todos “no desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades”.
Martí exclamó una vez, al honrar a Bolívar 63 años después de su muerte, que él permanecía en el cielo de América “[…] vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear [...] porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy”. Hoy los cubanos estamos en mucha mejor situación en relación con Martí, aunque tenemos mucho que aprender todavía de él, y que poner en práctica de su prédica entre nosotros. Y también los demás latinoamericanos, pese a faltarles la conquista decisiva de poderes populares, pueden asumir hoy a Martí desde una riquísima experiencia de luchas y de logros de sus sociedades, de crecimiento cultural propio. Unos y otros tenemos que acercarnos, y tenemos a Martí de nuestra parte para hacerlo, ahora que, para terminar con sus palabras, debemos reconocernos unos y otros, como los que van a luchar juntos.
* Tomado de http://www.josemarti.cu/a-130-anos-de-nuestra-america/.
1 El estudio de CEPAL “Magnitud de la pobreza en América Latina en los años 80”, de julio de 1990, estima en 183 millones los pobres que residen en la región (pobres, según CEPAL y PNUD, son las familias que no pueden pagar el costo de su canasta familiar y apenas cubren sus necesidades básicas); constituyen el 44 % de la población total de la región. Según el estudio, 88 millones (casi la mitad) viven en la indigencia.
2 Este ensayo tuvo su primera publicación en 1991.