por Israel Escalona Chadez* y Damaris Amparo Torres Elers.
Doctora en Ciencias Históricas. Profesora titular. Miembro correspondiente de la Academia de la Historia. Autora, coautora o coordinadora de diversos títulos, entre ellos, María Cabrales, una mujer con historia propia (Premio Anual de la Academia de Ciencias de Cuba, 2014) y Apasionados por su ciudad. Ha publicado artículos en numerosos medios nacionales y extranjeros. Premio Provincial de Historia Arturo Duque de Estrada (2020). Vicepresidenta de la filial santiaguera de la Unhic y miembro de la SCJM.
Boletín UNHIC No.32 – Marzo 2021
La obra de Enrique Collazo Tejada (Santiago de Cuba, 1848-La Habana, 1921) ocupa un lugar relevante en la historiografía cubana. Representante de la llamada “literatura de campaña”, con sus libros sobre las guerras independentistas del siglo XIX y las primeras décadas de la república burguesa aportó valoraciones fundamentales para la comprensión del devenir histórico nacional.
Uno de los libros significativos de la obra historiográfica de Collazo es Los americanos en Cuba, dedicado a la reinterpretación de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y más específicamente,al análisis del desenlace de los sucesos bélicos acaecidos en Cuba en 1898 que, además de la usurpación del triunfo de los patriotas cubanos que lucharon durante más de tres décadas frente al dominio colonial español, representó el ascenso de Estados Unidos como potencia imperialista y el declive total de la metrópoli española.
La dimensión y trascendencia del texto debe evaluarse en correspondencia con el contexto en el que se publicó y la impronta dejada en los estudios históricos posteriores.
Los dos tomos de Los americanos en Cuba fueron publicados en 1905 y 1906 en el marco temporal de la gestación e inicio de la segunda ocupación yanqui.1
El historiador norteamericano Louis Pérez Jr., que reconstruye cómo se fueron conformando las metáforas sobre Cuba y los sucesos del 98, en los cuales se desconoce el protagonismo de los mambises y se presenta la acción de los norteamericanoscomo acto de generosidad con el vecino y como decisiva en el desenlace del conflicto, señala:
“[…] Se entendía que la guerra de 1898 prometía algo así como la consumación de la integridad territorial y el cumplimiento de un imperativo profetizado […]”,2 y que ya para 1898, “[…] Las metáforas los [se refiere a los estadounidenses] habían preparado de una manera adecuada para una intervención en Cuba”, 3 lo que conduce a que consideraran que “[…] 1898 era la consumación de la historia […]”.4
Es un contexto en el que el expresidente Thomas Woodrow Wilson, desde 1902, sintetizaba la interpretación predominante sobre el papel benefactor de los norteños: “La intervención llegó, no para el engrandecimiento material de los Estados Unidos,sino para confirmar el derecho del gobierno de socorrer a esos que parecen oprimidos sin esperanzas”.5 La postura anexionista era defendida también por una corriente historiográfica que tuvo como paradigmas las obras Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de Cuba en los Estados Unidos y Cuba y su evolución colonial (1899-1906), publicados en 1900 y 1907 por José Ignacio Rodríguez Hernández(1831-1907) y Francisco Figueras, respectivamente.
Los propósitos de Collazo son develados desde la propia dedicatoria: “A los cubanos. El pueblo débil que confía la defensa de su libertad y su derecho a un pueblo vecino, poderoso y fuerte, merece ser esclavo y lo será. Aprendamos en la historia de nuestro pasado a desconfiar de nuestros humanitarios protectores, buscando en la paz desarrollar nuestra riqueza, para poder hacernos fuertes, si es que queremos conservar la independencia absoluta y la libertad, por los cuales hemos luchado medio siglo”.6
Para penetrar en el complejo entramado de la intervención norteamericana en el conflicto hispano cubano y la guerra hispano cubano norteamericana,Collazo examina —de manera sucinta— el comportamiento histórico de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y demuestra:
El gobierno americano ha sido siempre un enemigo de la independencia cubana, su política ha sido siempre hostil a los cubanos y es más, en momentos precisos en que su indiferenciaso lo hubiera sido necesaria para desarrollar en Cuba el espíritu de la independencia,fue agente que mató esos intentos en provecho del gobierno español.7
De tal suerte, el libro de Collazo se erige como respuesta a la tendencia anexionista, al tiempo que logra una mirada reivindicadora de la verdadera participación de los patriotas cubanos en el conflicto bélico. Al respecto advirtió:
Los escritores extranjeros que han tratado sobre la guerra hispano-cubanoamericana han hecho caso omiso del ejército de Cuba, y los norteamericanos han puesto tenaz empeño en hacerlo desaparecer por completo, como si quisieran con ello, tal vez, atenuar en parte la conducta, poco escrupulosa e incorrecta, observada por el gobierno interventor con el factor cubano, cuyo apoyo solicitó en los primeros momentos de la guerra, cuando le era necesaria, y que solo pagó más tarde con el engaño y el insulto, ayudando con su silencio a los que a mansalva se gozaron en calumniar y presentar ante el mundo al soldado cubano, como asqueroso pordiosero, sediento de botíny de sangre […].
La anulación del factor cubano hace aparecer que un pequeño ejército americano, bien que ayudado por los triunfos de su escuadra,pudo hacer rendirse casi sin lucha un número mayor de soldados españoles, fuertes y acostumbrados a la campaña.8
Con la defensa de tales tesis, es lógico que los dos pequeños tomos del libro no fueran reeditados en los años subsiguientes, en los que sobrevinieron sucesivas políticas injerencistas de Estados Unidos respecto a Cuba, con la desembozada posición intervencionista, el llamado “intervencionismo preventivo” y la fórmula mediacionista.
Solo después del triunfo de la Revolución se reeditó Los americanos en Cuba, con un breve pero magistral prólogo de Julio Le Riverend, rubricado en 1971, año en el que se conmemoraba el cincuentenario de la muerte de Collazo.
Llama la atención que, a pesar de que la obra de Collazo no fue debidamente priorizada, y muchas veces ni siquiera citada por quienes se propusieron la defensa de los valores nacionales frente a la posición antinacional y anexionista,9 sus tesis fueron consecuentemente continuadas y argumentadas.
Como sentenció Julio Le Riverend, Los americanos en Cuba aportó “[…] uno de nuestros monumentos historiográficos más significativos”,10 con el cual sembró el germen de “[…] lo que más tarde serían las obras fundamentales de Emilio Roig de Leuchsenring y los acuerdos de los Congresos Nacionales de Historia”.11
Hemos defendido el criterio de que “Los debates,declaraciones, resoluciones y acuerdos de los Congresos Nacionales de Historia, efectuados entre 1942 y 1960, sobre los acontecimientos de 1898, conservan su total vigencia y sientan pautas para los análisis historiográficos contemporáneos”,12 y es que las máximas citas científicas de los historiadores cubanos, con el empeño y perseverancia de su principal inspirador y organizador, el Historiador de la Ciudad de La Habana Emilio Roig de Leuchsenring, priorizaron los debates sobre el tema, con énfasis en la denominación del conflicto como guerra hispano-cubano-americana, lo que implicaba el incuestionable reconocimiento del protagonismo del Ejército Libertador Cubano en el desenlace.
Fue a partir de la propuesta del arquitecto e historiador Ulises Cruz Bustillos que el segundo Congreso Nacional de Historia acordó que, en correspondencia con la verdad histórica, no debe designarse: “[…] como hasta ahora se ha venido denominando, popular y oficialmente Guerra hispanoamericana, sino que debe deno minarse guerra hispano- cubano-americana”,13 lo cual fue sancionado por ley de la República en mayo de 1945, y posteriormente fue mucho más argumentado en el libro de Felipe Martínez Arango Cronología crítica de la guerra hispano cubano americana,que mereció premio en el séptimo Congreso Nacional de Historia, efectuado en Santiago de Cuba, en ocasión del cincuentenario del conflicto y publicado en 1950, y que como ha señalado Juan Manuel Reyes:
[…] daba mejor acabado, junto a otros títulos,a una tradición patriótica y antimperialista que venía abriéndose paso y pugnando contra las tendencias conservadoras, reformistas y anexionistas, enraizadas desde principios de la república. Dicha tradición tenía como principal exponente al propio Emilio Roig, quien había publicado varias obras donde se impugnaba los mecanismos utilizados por el imperio norteamericano para apoderarse de países de nuestra América,especialmente de Cuba […] Su obra cumbre en ese sentido fue Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos, nutrida de una sólida herencia patriótica, como por ejemplo, la aportada por el oficial del Ejército Libertador cubano Enrique Collazo, a través de su libro Los Americanos en Cuba. 14
Esa tradición tuvo continuidad en los cónclaves realizados luego del triunfo de la Revolución. Así fue que en el decimotercer Congreso Nacional de Historia, realizado en 1960,15 Fernando Portuondo, presidente del último de los eventos organizados por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, historiador y pedagogo con sólidas contribuciones a la interpretación
de la historia de Cuba, en el discurso inaugural reflexionó acerca de ideas esenciales debatidas y aprobadas en los magnos eventos del periodo republicano y recordó que en aquellos“[…] se ratificó, una y otra vez, la opinión de que Cuba no debía su independencia a ningún poder extraño, que la lucha de medio siglo por conseguirla estaba a punto de culminar en la victoria cuando Estados Unidos decidió intervenir en el conflicto hispano-cubano, que la colaboración del Ejército Libertador fue eficacísima en la victoria de los Estados Unidos en Santiago de Cuba”,16 mientras que Armando Hart, en la clausura del cónclave presentó la tesis más radical de que “[…] no hubo tal guerra hispano-americana, ni siquiera guerra hispano-cubano-americana. Lo que hubo fue intromisión de los norteamericanos en la guerra de independencia de los cubanos […]”.17
No es casual que cuando la Unión de Historiadores de Cuba rescató los Congresos Nacionales de Historia con la realización de su decimocuarta edición en 1997, en La Habana, en su última sesión se incluyera la mesa redonda “Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos”, lema que encabezó las jornadas, con la participación de los historiadores Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta y Raúl Izquierdo Canosa, donde se confirmó “que la guerra fue para Cuba justa y de liberación nacional,para España una contienda colonialista y para EE. UU. una intromisión injusta para apoderarse de otro país”.18
Al releer Los americanos en Cuba, a ciento quince años de su publicación y en el año del centenario de la muerte de su autor, confirmamos que es una obra fundamental que descuella por aportar una mirada renovadora y precursora sobre los sucesos de 1898.
* Doctor en Ciencias Históricas. Profesor titular del Centro de Estudios Sociales y Caribeños José A. Portuondo de la Universidad de Oriente. Miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba. Autor, coautor y coordinador de numerosos libros y artículos. Secretario de Actividades Científicas del Comité Ejecutivo Nacional de la Unión de Historiadores de Cuba. Integrante de la Sociedad Cultural José Martí y de la Uneac.
1 Aunque, por lo general, se refiere como fecha del libro el año 1905, realmente el primer tomo vio la luz en esa fecha y el segundo en 1906. Cfr. Gustavo Placer Cervera:Vida y obra. Cronología. Enrique Collazo Tejada. General de brigada del Ejército Libertador de Cuba, Editora Historia, La Habana, 2011, pp. 62 y p. 64.
2 Louis Pérez Jr.: Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 71.
3Ibidem, p. 84.
4 Ibidem, p. 137.
5 Cit. por Lou Pérez Jr.: Ob. cit, p. 15.
6 Enrique Collazo: Los americanos en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1972.
7Ibidem, p. 6.
8Ibidem, pp. 79-80.
9 En el libro Tradición antimperialista de nuestra historia, Emilio Roig de Leuchsenring en los capítulos correspondientes a la posguerra y la república valoró las posiciones de Juan Gualberto Gómez en el perodo de posguerra y Manuel Sanguily y Enrique José Varona en la República como los “primeros vislumbres”; pero no tuvo en cuenta a Enrique Collazo y su obra Los americanos en Cuba. Cfr. Emilio Roig de Leuchsenring: Tradición antimperialista de nuestra historia, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 115.
10 Julio Le Riverend: “Prólogo”, en Los americanos en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. XI.
11Ibidem, p. XIX.
12Namilkis Rovira e Israel Escalona: “La guerra hispano cubano norteamericana en los Congresos Nacionales de Historia (1942-1960): la vigencia de postulados esenciales”, en Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, no. 1, enero- junio, 2018, p. 116.
13 Emilio Roig de Leuchsenring y Eduardo MartínezDalmau: Historia y cubanidad. Discursos pronunciados en la inauguración del segundo Congreso Nacional de Historia, Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, La Habana, 1943, p. 54.
14 Juan Manuel Reyes Cardero: “Honrando a un clásico: Cronología crítica de la guerra hispano cubanoamericana”,en Manuel Fernández Carcassés (coord.): 1898, alcance y significación, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2009, p. 82.
15 Cfr. Israel Escalona y Luis F. Solís: “Un evento necesario en los inicios de la Revolución”, en El Historiador, enero-marzo del 2010, pp. 9-10.
16 Fernando Portuondo: “Discurso inaugural”, en Historia de Cuba Republicana y sus antecedentes favorables y adversos para la independencia. Trece Congreso nacional de Historia. , p. 45.
17Armlando Hart: “Discurso de clausura”, en Armando Hart”, Historia de Cuba Republicana y sus antecedentes favorables y adversos para la independencia…, p. 73.
18 Cfr. Oria de la Cruz: “XIV Congreso Nacional de Historia. Intensas jornadas de meditación y esperanza”enGranma, 31 de octubre de 1997, p. 2.