Juan José Tomassini.
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Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe.
Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires.
Un gran pensador, Diego Capusotto, dice que la gente lincha a los ladrones comunes porque en realidad quieren cagar a patadas los inalcanzables. Esos que se van de fiesta en yate, que brindan con champagne mientras aumentan impuestos o que hablan de “reordenar el sistema” mientras privatizan hasta el aire. Diego explicó algo fundamental: no queremos pegarle al pibe que roba unas zapatillas; queremos ir contra los verdaderos ladrones. Pero esos viven lejos, custodiados y en barrios privados, entonces la bronca sale por otro lado.
Ayer llovía en Buenos Aires. Estaba en la esquina esperando el colectivo mientras me mojaba con esa dignidad de perro abandonado que nos da el transporte público latinoamericano. Pasó el primero y siguió de largo. El segundo lo mismo. El tercero frenó cruzando la calle, abrió la puerta para que bajara gente y yo, ya pasado de humedad y de paciencia, me subí por la puerta del medio. El chofer me vio y empezó el espectáculo.
Gritos, puteadas, moral obrera mal encauzada. Él decía que bajara. Yo, que se fuera a la mierda, que era el tercer colectivo que pasaba de largo, que pusieran más coches y mejoraran el servicio. Él, que presentara la queja en la empresa, que no era tema suyo. Yo lo acusaba de defender a sus patrones. Él cuidaba su registro; yo cuidaba mi bronca, bastante mal, por cierto. La escena pudo terminar a las trompadas, con alta probabilidad que perdiera: el chofer pesaba casi el doble que yo y, seamos sinceros, parecía tener más calle para el intercambio físico que un Licenciado en Filosofía.
Un pasajero frenó la discusión: “Tranquilo loco, cortala, hay bebés y familias acá”. A medio metro mío una mujer calmaba a su bebé llorando; un poco más allá un nene miraba la discusión con esa mezcla de miedo y costumbre que da crecer entre adultos cansados y frustrados. No hizo falta que volara un puño, la realidad ya me había pegado. Ahí entendí, con algo de vergüenza, que otra vez estábamos haciendo el trabajo sucio del sistema: dos trabajadores gritándose entre sí mientras los verdaderos responsables siguen durmiendo la siesta.
No me bajé del colectivo. Tampoco pagué el pasaje. Llegué a casa más tranquilo, aunque no mejor persona. Buenos Aires tiene esa particularidad de dejar ir todo demasiado rápido, pero siempre dejando algún residuo de culpa en la ropa. Aunque Argentina no tiene el monopolio del absurdo. Quien haya viajado por los hermosos países de nuestra patria grande sabe de lo que hablo: Latinoamérica compite fuerte.
Vehículos a toda velocidad, sin cinturones, sin condiciones mínimas de seguridad, con choferes mal pagos y mal dormidos. Subirse a ciertos transportes no es movilizarse: es participar en una ruleta rusa. Y después hablan de “servicio”. Servicio era otra cosa; esto se parece más a una emboscada popular.
Acá conviene recordar un dato que debería ser un escándalo: cada año los accidentes viales y del transporte público dejan una cantidad intolerable de muertos y heridos. No puedo insertar una cifra exacta y actual y prefiero no inventarla, pero alcanza con mirar la recurrencia de las tragedias para entender que se trata de una forma ordinaria de administrar la muerte. No es el destino. No es mala suerte. Es desidia y desinterés. También mata el asfalto, esa manera latinoamericana de inaugurar carreteras para la foto y abandonarlas para la morgue. Hay cientos de muertes evitables ligadas a rutas en mal estado, señalización deficiente, controles inexistentes y un Estado que aparece sólo para multar.
Los poderosos, por supuesto, no viajan así. Si no van en avión, van en autos de última gama con chófer y aire acondicionado. No discuten con colectiveros, no esperan bajo la lluvia, no suben a una combi sin cinturón, no hacen equilibrio en la puerta de un ómnibus repleto ni cargan criaturas en brazos que se caen de un frenazo. Ellos conocen el transporte público del mismo modo que la pobreza: por estadísticas y para las cámaras en épocas de campaña.
El filósofo Pedro Saborido dice que la pasión es algo tercerizado. Miramos fútbol y sufrimos por profesionales que corren por nosotros. Con la política pasa algo parecido: la derecha cultivó una bronca social y la tercerizó en personajes nefastos. Trump, Milei, López Aliaga, Kast. Experimentos sociales de sectores de poder que descubrieron que a la democracia se la puede ganar juntando odio y estupidez.
El chofer de ayer sigue trabajando. Nosotros seguimos viajando apretados, cansados, mal dormidos, mal comidos, enojados. Nosotros, si es que esa palabra todavía significa algo, los que usamos el transporte público, el hospital, la educación pública. Nosotros, ¿quién nos cuida? Porque la policía está para proteger a los ricos. Las cárceles, ya sabemos, están hechas para alojar pobres y perejiles “¿Dónde están los ladrones?”, preguntaba Shakira en su disco del 98. Hoy lo sabemos bien: los criminales andan sueltos, en autos blindados manejados por chóferes, viviendo en barrios privados, desatando guerras y miserias por teléfono, mientras viven una fiesta a la que nosotros no estamos invitados.
Entonces el problema no era mi discusión con el chófer. El problema es un sistema entero que necesita enfrentarnos entre nosotros para que nadie mire arriba. Que el pasajero odie al chofer. Que el ciudadano odie al migrante. Que las carreteras se despedacen mientras los dueños del negocio cobran peaje por administrar la ruina.
Golpes van, golpes vienen, y los que verdaderamente se entretienen son los de siempre: los que nunca esperan el bus, los que no pagan el alquiler (te lo cobran) los que nunca sabrán lo que cuesta llegar a fin de mes.
2 Minutos volvió himno una frase muy argentina: piñas van, piñas vienen, los muchachos se entretienen. Y no estoy hablando de frutas, aunque a esta altura del saqueo ya ni sabemos con qué nos pegan. Golpes van y vienen en cada esquina: para robarte el celular, cobrarte de más el alquiler, subir el precio de alimentos, dejarte colgado esperando el colectivo... Los golpes nos recuerdan que la economía también boxea y casi siempre gana por nocaut.
Hay golpes que no dejan marca, pero te dejan regulando. El precio del pan, la boleta de luz, la cara del policía cuando te quejás, la del funcionario cuando te explica que el ajuste es por tu bien. Me da la sensación que el avance de las derechas vino a decirnos eso: acá no se disfruta, acá se aguanta. Y si protestás, además de pobre sos desubicado. Si no sos millonario relajate y gozá: esto va a ocurrir quieras o no.