BAJADA COVID
BAJANDO EL RÍO SANTA CRUZ
-MARZO 2021-
#RIOSLIBRES #RIOSANTACRUZ #CLUBNAUTICORIOSANTACRUZ
BAJANDO EL RÍO SANTA CRUZ
-MARZO 2021-
#RIOSLIBRES #RIOSANTACRUZ #CLUBNAUTICORIOSANTACRUZ
En plena pandemia me encontré con un club. El Club Náutico Río Santa Cruz , en Cmte Luis Piedra Buena, donde vivo, a dos cuadras de mi casa. Y descubrí que en las personas que asisten, viven los valores de la vida en cada remada. Y es el Río Santa Cruz quien nos las enseña.
Cada salida diaria te va preparando para las grandes travesías. Te va marcando los valores que este club, vive a diario. Uno de los valores que se viven es el respeto por el otro. A través de la vivencia del grupo, donde cada uno se cuida y cuida al otro. Donde existe la colaboración. Donde los más rápidos esperan a los más lentos, y los más lentos se apuran para ir en un ritmo grupal.
Tuve la fortuna de compartir una travesía con 19 compañer@s del agua, la Bajada Covid, la mismísima búsqueda y hallazgo de la libertad.
Toda aventura lleva su preparación. Hay que tener varias cositas en cuenta. La primera es “reconocer tus limitaciones” (dicho de Reggy), y muy bien utilizado. No nos resulta fácil reconocer nuestras limitaciones así como tampoco reconocer nuestras capacidades.
Nos fuimos preparando para la travesía y gracias a “los locos del electrodo” tuvimos dos carros (en tiempo record) para poder transportar los kayaks.
Durante los 5 días que duró la travesía se vivió un ritmo de conjunto, de unidad. El compañerismo es una vivencia real. No fue un fastidio para los que abrían camino esperar a los que iban atrás. Se vivía como lo que hay que hacer. No se duda, se hace. Esto lo comprobé cuando en el primer día, a poco rato de salir de Charles Fuhr, ráfagas de 80 km por hora nos dieron la bienvenida a la travesía.
Salida desde Charles Fuhr
Foto del Vete a la salida de Charles Fuhr
Remábamos, vueltas y revueltas, con viento y olas. Cruzamos Rio Bote y zaz… después de haber pasado los corderitos (olas que se producen por viento y por la corriente), el viento nos empujó a una isla en el medio de la nada. No había ni una mata para hacer pis. Pero no sé cómo, apareció un fueguito. El fueguito donde nos sentamos, nos calentamos y nos reímos. Lo importante era mantener la moral alta en el grupo. No tanto si perdíamos un día por frenar antes de lo planeado. Y el fuego invitaba a eso. El calor acobijaba y abrazaba a cada uno. Otra vez, uniéndonos.
Vikingo pasando los corderitos
Ese calor del fueguito, y los mates, nos dieron fuerzas y seguimos adelante, y una horita más tarde pudimos acampar.
Esta primera noche tenía en mente el “yo puedo” (dicho de una niña de 8 años, Mili, que asiste al club, que se dice a si misma cada vez que tiene que pasar una corriente). El “no mostrar mis debilidades”. Cosas que fui perdiendo gracias a la confianza de mis compañer@s. Así que arme mi carpa, y disfruté de un fueguito y unos choris. Siempre poniendo en juego la autogestión, cada uno se ponía su ración y se la cuidaba, así que me comí mi sándwich, riquísimo y me fui a dormir.
Al día siguiente, escuche la voz de Gastón y movimiento a las 6 am, era tiempo de preparar las naves. A las 8.35 a.m. estábamos en el agua. (Habíamos quedado en salir a las 8 a.m., motivo de una lección posterior). Nunca más tardamos en salir.
Lugar complejo para pasar. Ya que hay que doblar a 90 ° y las olas te dan de costado. Esta vez los corderitos se convirtieron en angelitos. El agua volaba por los cielos. Otra vez nos detuvimos hasta que parara el viento, el viento no se dio por aludido, soplaba enfurecido, nos estaba probando. Acá estaba la consecuencia de la tardanza. Media hora antes pasábamos sin problemas. Y recordé el dicho que dice: al que madruga Dios lo ayuda (y el clima también). Fueguito, matecito, milanesas de guanaco que Albert nos ofrecía todo el tiempo, siestas, chistes y charlas. Las horas pasaron sin darnos cuenta. Mi ansiedad era grande, no sabía que seguía. El miedo a lo desconocido, a las inclemencias climáticas, a que fueran siete días de viento y angelitos en el agua, me retorcía el estómago.
Con clarísimas instrucciones de los experimentados, nos animamos a cruzar. Reggy se montó en la corriente a esperar que pasáramos uno por uno. Yo lo creía un héroe, pero no, disfrutaba de nuestras caras de pánico. Pasamos los 19 sin ningún inconveniente, es más, más de uno quería volver a pasar. Ya el río Santa Cruz nos había aceptado en su lecho. Y nosotros ya disfrutábamos de los corderitos y los angelitos.
Remamos y remamos, remamos un meandro y otro meandro. Ya el río era un poco más recto. Pasamos por borbotones y remolinos, lugar que eligió nuestro guía para seguir burlándose de nosotros. Los experimentados y avivados los esquivaron. Y remamos más meandros hasta que nos tocó llegar a una península de médanos donde pasamos la segunda noche. Algunos excursionistas más avezados salieron a recorrer y encontraron puntas de flechas.
Ya el tercer día, mucho más afilados con el horario de partida, (esa lección la habíamos aprendido). Tipo 11 a.m pasamos por Cóndor Cliff. De repente, la tranquilidad de la estepa, el ruido del agua, el canto de los pájaros se convirtió en un ejército de camiones, que sin inmutarse destruyen la tierra. La tristeza nos invadió. Un escalofrío en todo el cuerpo y unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas, y por las de varios también. No podía entender qué me estaba pasando. Y sentí la tristeza del río, y sentí oscuridad y vi deshumanización. Lo que me sacó de este oscuro silencio fue la bocina de un camión que estaba conducido por algún humano. Lentamente traté de sacarme esta sensación que perduraba en cada célula de mi cuerpo. Lo que me sacudió y me trajo de vuelta a la travesía fue cruzar por debajo del puente. Eso me trajo el alma al cuerpo, y de nuevo y volví a disfrutar del placer de estar en el río, las olas volvieron a golpear el casco del kayak y revolearon mi botellita de agua. Volvieron la euforia y la alegría. Recordé que estoy viva y que el río todavía sigue libre hasta el océano.
Paramos a reparar un timón en una bahía muy linda.
Un lugar donde se ve claramente el impacto humano. Lleno de bolsas de plástico, restos de bandejas de viandas,. algún humano más humano le había puesto piedras a los plásticos para que no siguieran volando.
Remamos un poco más. Más meandros con viento del este, la corriente con mucha fuerza, el sol y el calor se hicieron presentes. Sentí felicidad plena.
Llegamos a un lugar de ensueño. El Cañadón de los Fósiles llamado así por algún explorador, aunque nosotros lo conocemos como Cerro Mantecol.
Acá fue nuestra primera sensación de vacación de relax total. Después de un año de pandemia y encierro este era nuestro regalo, nuestra primera salida más allá de la Chacra Municipal , estábamos en un lugar hermoso, amoroso y con historia. Nos relajamos, un grupo de valientes exploradores fueron a buscar flechas, y más historias. Allí se encontraron con un barranco donde probaron su hombría y hembría (¿se dirá así?) y al agua. Desde el cañadón escuchábamos el sonido de los cuerpos al agua. Pudimos identificar a cada valiente, y los no tanto. El otro grupo, los más centrados, siempre pensando en la higiene primero, nos lavamos mejor que los Polacos. De repente, y ante mi asombro y admiración, Marcos (alias Rulo), sacó harina y se amasó unas pizas en el casco del kayak.
Mientras tanto los fogoneros, Marcos (alias el Vete) y Brian (alias Oski, Pestaña etc. etc. etc...) peleaban por mantener las brasas en su punto justo (no coincidían mucho en cuál era el punto justo, pero no hubo víctimas- que lamentar). Así que cómo quien no quiere la cosa, nos comimos unas pizas de merienda. Muchas charlas, muchas risas, mucho compañerismo y camaradería. y por supuesto vino y cerveza. Esa noche algunos vieron en el cielo algo que les llamó la atención. Todavía no supimos qué era.
Ya más puntuales que tren Ingles, partimos, pasando por la segunda Represa en construcción, la Barrancosa, ésta no se ve desde el agua.. A lo mejor por eso la tristeza del día anterior no se hizo presente de nuevo. A lo mejor en las lágrimas de aquel día, también cargaban el nombre de La Barrancosa. Seguimos remando más meandros. Un día de calor y mucha diversión.
Remamos un par de horas más donde sorteábamos remolinos y borbotones, ya el río estaba un poco más calmo y nos empezábamos a relajar, y entonces es cuando Camila se da vuelta. Dante (12), muy entrenado, escuchó el grito y comenzó a sonar el silbato. Todos fuimos directo a la costa. Rulo, nuestro guardaespaldas, dio vuelta rápidamente el kayak de Camila, salvó hasta los huevos crudos. Asistido por Matías (12) y Ezequiel(17), hicieron balsa, vaciaron el kayak, Cami se volvió a subir a su kayak y fue remando hacia la costa, donde Marcos, Sebas y Albert los esperaban con el fuego prendido. Por suerte, el temperamento de Cami hizo que no fuera un drama. Se cambió la ropa, chequeó que los huevos no se hubieran roto y seguimos hasta Los Plateados.
Mientras Cami se secaba, Matías se sacaba una araña viuda negra de la pierna.
Llegamos a Los Plateados, donde nos esperaban provisiones. Mis compañeros son muy previsores y siempre están pensando en que no nos falte nada para mantener la buena moral del grupo.
Aquí armamos las carpas sobre colchones de hojas, que parece ser no son más que nidos de lauchas, pero como somos muy generosos, honramos a las lauchas y les dejamos para que tuvieran para entretenerse y no nos comieran las carpas. Muchos salieron de excursión y siguieron encontrando los rastros de los hombres y mujeres que han pasado por estos lugares, desde hace miles de años. No estábamos solos y no hemos sido los primeros en estas tierras.
Esa noche fue muy especial para mí. Tuvimos charlas existenciales con Matías, Dante y Ezequiel. Cada uno pudo expresar sus pensamientos, creencias sobre la creación, Dios y el universo. Mientras mirábamos la Cruz del Sur y la Vía láctea nos sorprendió un tren de satélites. No sabíamos si era Papá Noel o qué era. Nuestra sensación fue desagradable aunque nos sorprendió. Al ver estos satélites no era lo mismo que al mirar la Cruz de Sur, sentimos algo frío que nos invadía. Por suerte Cesar, nos contó que era Starline, satélites para explorar sobre temas de comunicación. No nos simpatizó mucho y conversamos de los beneficios de las telecomunicaciones y Dante sugirió que éramos estúpidos si pensábamos que nos beneficia tener mejor internet, si esto destruyera algo de la naturaleza. Esa noche fue de comunión, de charlas, de risas, anécdotas, comida y bebida. Ya le estábamos sacando la Corona al virus y nos la estábamos poniendo. En sintonía con la naturaleza, y sobre todo en el agua, actividad que todo el año de pandemia nos unió y fortaleció como grupo y como individuos.
Ya no nos preocupó la madrugada. Nos levantamos más tarde, ya se percibía el fin de la travesía, pero nos quedaba un desafío más… el remolino de Gallito. La noche anterior, cual marinero en la taberna, Albert nos contaba cómo había rescatado a Gallito (tío de Ariadna y Camila, nuestras compañeras de travesía). Otra vez sentíamos el próximo desafío.
Nos dieron precisas instrucciones de cómo pasar y cómo no pasar por los remolinos. “Lento pero seguro, no pongas resistencia”. Yo sentía que me daban lecciones sobre la vida misma. Pensaba, en la analogía de estas enseñanzas, no hay que resistirse sino buscar la salida, no hay que dejar de remar. Los sentí con sabiduría ancestral.
Mientras pasaba los remolinos me imaginaba la figuras que trazaba mi kayak en el agua. Flui y jugué con cada remolino, también transpiré y no es que hacía mucho calor.
Después de balsas y risas llegamos a un cañadón. No había animo para seguir, se palpitaba el final, el cierre de una travesía y de un año de pandemia. Por suerte ya no nos quedaban mas milanesas de guanaco, si nos comimos el resto del escabeche de guanaco y unos salamines y quesos. Los más desquiciados encontraron un barranco para probar, esta vez, sólo su hombría. Las mujeres habíamos entrado en razón.
Seguimos remando más meandros acercándonos a lugares que ya conocíamos y poco a poco a sentir el calor de nuestros seres queridos que nos habían ido a esperar al Puente Viejo. Ahí la abuela de Dante muy emocionada por el regreso de su nieto querido de un aventura de vikingos, lo abrazaba sin parar.
Seguimos remando y aparecían más figuras de personas; amigos y familiares que nos gritaban desde las orillas. Nosotros no podíamos desarmar la balsa. Una comunidad de individuos, distintos, unidos por el amor al agua.
Otra vez senti el amor intenso de los seres humanos, el cuidado, el respeto. Ya teníamos puesta la Corona, el virus había quedado en la historia.
Filmación de Lili Verón. Mamá de Gastón
En el Club Náutico Río Santa Cruz.
(alias Reggy)
El guía que no quería guiar.
Guía espiritual del grupo, alma del club Náutico, en su bajada número 18 del río Santa Cruz
(alias El Tano)
Caballero que teme mirar para atrás para no convertirse en sal.
Con kayak con motor fuera de borda. No hay datos de la cantidad de veces que ha bajado el río. Pero siempre es la ultima vez.
(alias Albert- Arnold)
Cosechador de milanesas, reparador oficial de kayaks. Cuidador de la manada.
Rescatador y cocinero. Integrante de la Comisión "Los locos del electrodo"
(alias Rulo)
Guardaespaldas de la travesía.
Bullinero y cocinero. Agitador serial para que se haga lo que se dice. Locomotora del club Náutico Integrante de la comisión de los " Locos del electrodo".
(sin alias aun)
12 años. Su segunda bajada y su primer bajada en en kayak simple.
Sensible, observador, siempre con el comentario justo en el momento justo.
La Vida y la viuda Negra le dieron otra oportunidad.
(alias el Doc)
Impulsor de la travesía. Cordobés de alma. Primera excursión en carpa. Agitador del entrenamiento matutino invernal. Integrante de la comisión de los Locos del electrodo.
(Alias Lopez)
Psiquiátrico, generoso y sobre todo muy audaz.
Integrante de la comisión de los Locos del electrodo.
(alias el Vete)
con su Ballena Azul conquistó el viento y las olas. Fogonero de fuego y acciones.
(hereda los alias de su padre Brian)
12 años. Su primer bajada.
Con la certeza de hacer lo que se propone. Remador de proa. Fuerte y decidido.
(alias Pestaña, Oski)
Hace un fuego con dos palitos, con buen humor y el chiste justo.
(alias El Pelado, El Colo)
El que trae los datos justos en el momento justo.
(alia Goretex)
Serio, buen compañero y resistente.
(alias el Vikingo)
Con 17 años la travesía le da inicio a su madurez.
Compañero, cuidador y sermoneador.
Gentil, compañero, colaborador, siempre da un buen consejo de una manera muy educada, aunque nuestros oídos escuchen otra cosa.
Sensible, colgado, muy ágil, de un corazón enorme. Siempre de buen humor.
Integrante de la comisión de los Locos del electrodo.
Remadora de proa.
Determinada, fuerte, independiente.
Remadora de popa.
Ninguna débil, de buen dormir.
Quizás ganó un alias. (Whirlpool Reales, Remolino Reales)
Apasible, con determinación. Siempre tiene los huevos con ella.
(alias Jo, alguna vez fui Rosa Mosqueta)
Yo, que encontré la libertad, el respeto, el amor en el encuentro con el agua y con la gente del Club Náutico Rio Santa Cruz. Agradecida a la vida por esta oportunidad.
Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!