Somos materia que aprendió a percibirse a sí misma. Cuatro mil millones de años de presión adaptativa condensados en un organismo que respira, piensa y se pregunta por qué existe.
Cada célula que nos compone lleva inscripta una historia evolutiva mayor que cualquier civilización. No somos el resultado de un diseño —somos el resultado de innumerables errores que funcionaron, de soluciones que sobrevivieron porque resultaron útiles en su momento.
Dentro de ese sistema biológico extraordinariamente complejo, ocurre algo que todavía no terminamos de comprender del todo: la capacidad de percibir el mundo, interpretarlo y cargarlo de significado. De interactuar con otras biologías.
De construir realidad compartida.
No somos solo cuerpos que piensan. Somos el punto más reciente —y más consciente— de un proceso que comenzó mucho antes de que existiera algo parecido a nosotros.