María, una de las enfermeras, me da un tirón leve de mi chaqueta de residente. Hace mes y medio resido de médico a tiempo completo, cama adentro, prácticamente viviendo junto a los internos. Es la mejor forma de aprender, argumentó como una justificada excusa el director al momento de mi fichaje. Camino con mi bata por el parque de la clínica, observando e intentando parecer un residente solvente y aplomado.
-¡Che, mirá! Me susurra María señalando hacia la anciana octogenaria de pelo nevado al ras, –Te dije que camina, viste, vos que no me creías. Lo hace cada tres o cuatro meses. No contesto nada aun, recordé de inmediato la historia clínica de memoria, releída varias veces, y el diagnóstico, como una sentencia: “esquizofrenia catatónica La recuerdo desde el primer día, sentada inmóvil en su silla, durante horas eternas, unas iguales a las otras. Había días en que los demás internos se divertían con ella, le movían un brazo, el cual quedaba fijo el tiempo que fuera en esa posición, a veces le colgaban un repasador, - ¡Es la libertad y su bandera! gritaban, hasta que alguna enfermera los reprendía y volvían el brazo a su lugar.
Aún sin saber pensar en psiquiatrés, y observando esta anciana frágil y congelada, con la mirada en algún otro lugar que no era exactamente allí, donde pisaban nuestros mismos pies, me interpelo: Esta mujer, ¿piensa? Y si fuera así, ¿En qué discurre su pensar?"
Los músculos son como barrotes, no responden a mis señales, el mundo alrededor se mueve, va viene, nunca se detiene. Este cuerpo es una jaula enmohecida, casi ajeno a mi voluntad, dificultosamente me obedece. Vamos, piensa. Envía las indicaciones adecuadas, despierta, al menos esta vez, sométete. Levántate, reacciona. Pierna, muévete, tú también, después de la otra. Exasperante sucesión de un paso, cada vez más corto, intentando seguirle la pista al otro. Músculos, repito, atiendan mi pedido. Sentir, ¿cómo era sentir? ¿Cómo sabía el aroma a pan recién horneado? Mi cerebro trata de retenerlo, no ya mi olfato. Mi piel aún no me ha olvidado, puedo juzgar la tibieza del sol durante la tarde en la fuente del pueblo. La brisa fresca me disimula el calor del sol, ¿dónde estará mi ama de día? Tengo que avisarle que me alise el cabello, Sir Colton debe llegar esta tarde a salvarme, seguro no me habrá olvidado, tengo que estar lista para el rescate. Una princesa siempre está lista.
La mujer era un atado de huesos, un gorrión desplumado, con un pullover estirado que le llegaba casi a las rodillas. Si, verdad, caminaba, con una lentitud asfixiante, como si lo hiciera debajo del agua, pero de hecho lo hacía, me acerco con cuidado, trato de iniciar contacto ocular llamándole su atención. – Sra. Sánchez, como le va, lindo día para caminar, ¿no? No me dirige la mirada, luego responde con una voz aguda de niña que no le conozco (nunca le había escuchado hablar) – No soy la Sra. Sanchez, yo soy Evangelina, princesa de Holanda. –Disculpe -le digo-, y no sé cómo continuar la conversación, por lo que me hago a un costado. María me sigue, algo risueña, seguramente mofándose de mi candidez, y me dice: -Entrevistala ahora que habla, con suerte tenés quince minutos, luego espera tres meses más.
La princesa se sienta en un banco del parque, le pregunto. –Evangelina, ¿puedo sentarme junto a usted? Me mira con unos ojos aguamarina, casi transparentes, con actitud altiva y condescendiente, con su vocecita de flauta. –Estoy algo ocupada, espero a alguien. –Será solo un momento. –Bueno, me dice y mira de hacia un costado, impaciente. –Cuénteme Evangelina, ¿desde cuando es princesa? María, dos metros detrás de mí ahoga una risotada. –No sé de dónde procede usted -contesta dirigiéndome una mirada glacial, casi de conmiseración por mi supina ignorancia- pero princesa se nace, tengo sangre real. Mi padre el rey, es dueño de un país que se llama Holanda, ¿sabe usted donde queda Holanda, joven? Es pasando el mar, hay que hacer un viaje largo en barco. –Disculpe alteza el desliz, fruto de mi falta de cultura, -Evangelina asiente tolerante con un gesto de cabeza- ¿Y cómo fue que llegó usted hasta acá? Evangelina me habla sottovoce, en tono confidente –Estoy presa joven. Este edificio es una cárcel, mi padre fue exiliado y luego ejecutado fuera de su país; yo tuve que huir para salvar mi vida. Mis últimos leales súbditos alcanzaron a esconderme en un barco, pero me capturaron cuando este atracó en el puerto. Estoy deportada, presa aquí, esperando. Me arrojo con coraje, entusiasmado hacia mis primeras pistas semiológicas, tal como un desesperado buscador de pepitas de oro, chapoteando entre los meandros del Leteo: –¿Esperando qué Evangelina? La anciana muerde su labio inferior, como reprochándose su propia indiscreción. -Usted es uno de los carceleros, tiene el uniforme, como los demás –señala mi chaqueta blanca- No le voy a decir nada, aunque me torturen de nuevo. –repaso mentalmente si alguna vez le habrán hecho electroshock, concluyo en alta probabilidad –Evangelina, sólo le pregunto para ayudarla, ¿no me quisiera contar más?
Su cara pierde expresión, los ojos su tinte transparente, fijándose en un punto lejano, mientras el cuerpo se le escurre levemente perdiendo la tonicidad normal. María a un costado, niega con la cabeza, mientras murmura –Voy a buscar la silla de ruedas.
Una jaula. Estoy en una jaula dentro de una jaula. Mi príncipe vendrá a rescatarme. Vida, solo vida que me queda, vida vivida, vida mal venida, vida prestada, vida perdida. Vida de otra vida. Vida escondida, vida encantada. ¿Que pasa con esta jaula mía? Nadie me salva, yo acá olvidada. Una princesa no olvida. Yo nunca olvido. Solo espero la venida. De otro reino, de otra salida. Principe, donde está mi príncipe. El tiene las llaves. Sigo esperando, ya llega, está pronta mi huída.