-Ramón, yo me llamaba Ramón… Recuerdo una casa de verjas blancas, con ligustros verdes en el frente y langostas rojas y amarillas. Muchas langostas. Yo me llamaba Ramón.
El hombretón me miraba sin mirarme, sentado en una de las camas de la sala de internación del sector de hombres del Hospital de Salud Mental. Tenía cara de niño. Un niño enorme, pensé, mientras disimulando observaba su mano “del tamaño de un plato” apoyada sobre la rodilla. Supuse que esa mano fácilmente me aplastaría el cráneo como una naranja. No le estimaba más de treinta años. Tenía los ojos vidriosos, que por momentos se movían desorbitados, y luego volvían a posarse en un punto fijo sobre la pared de la habitación. Tendría más de dos metros de altura, y no menos de ciento sesenta kilogramos, se agachó al pasar la puerta. Gigantismo, hipersecreción de hormona de crecimiento, pensó automáticamente mi cerebro adiestrado –el izquierdo-, Gulliver, pensó mi otro cerebro –el derecho-, más juguetón y despreocupado de academicismos. A espaldas del muchachote, del otro lado de la cama, una mujer pequeña y regordeta, no tan anciana, pero con los ojos surcados por arrugas de sufrimiento, o de risa quizá, gesticulaba casi graciosamente y movía las manos en ademanes descalificadores, como diciendo que no al discurso del hijo. La vestimenta era lastimosa aunque digna, un chal blanco, ya casi tiza, deteriorado por el uso, le cubría los hombros bajo una ajada camisa color rosa. Calzaba unos borceguíes extraños para el conjunto, y del hombro izquierdo cargaba un bolso enorme de cuerina marrón. Cada vez que el gigante repetía en su soliloquio: Ramón, la señora repetía por lo bajo Jorgito. La madre, dijo mi cerebro académico; la bruja de Hansel y Gretel, dijo el otro.
Acerqué una silla y me senté frente a él. Lo interpelé con cuidado. -¿Ramón? No me contestó. Lo miraba directo a la cara, al entrecejo –actitud directiva y firme pero conciliadora-, me dictaba el lado académico, mientras el cerebro juguetón medía las manazas del muchacho, sobre sus rodillas, e imaginaba calabazas quebradas y naranjas exprimidas. Intenté otra vez. – ¿Jorge? Nada. Su mirada seguía pegada a la pared detrás mío, me atravesaba la frente, salía por detrás de mi nuca y observaba… –Muchas, muchas langostas –decía- Eran rojas y amarillas, ¿sabe? La mano derecha se le cerró sobre la rodilla, tragué saliva, ensayé, otra vez. –¿Jorgito? La mirada descorrió su velo nebuloso y se clavó, como un entomólogo observando un escarabajo de ocho patas, en la mía. –¿Sí? Me dice. Tanteo, tranquilo y claro, –¿Sabés donde estás Jorgito? Jorgito me mira, mira hacia las paredes de los costados, palpa el colchón con ambas manos, balancea dos veces las rodillas como sentado en un banquito, sus pies apoyaban sobre el piso sin problema, niega con un gesto de la cabeza. Le digo: -Este es el hospital de Salud Mental, yo soy médico psiquiatra, y estoy de guardia. -¿Médico de qué? – Del cerebro Jorgito, de lo que piensa y siente la gente -Ah, un locólogo. Una mano se le crispó levemente, movió casi imperceptible el hombro. Me apuré: - Tu mamá, le señalo con un gesto a la mujer, - Te trajo acá, está preocupada, ella no sabe que te pasa, ¿te puedo ayudar en algo? De nuevo trago saliva, “la suerte está echada, confrontación o desafío”, el cerebro juguetón cantaba a voz en grito: “Tang, sabor a naranja, recién exprimidaaa…” –Sarita, dijo, mi mamá se llama Sarita, Ña Sarita le dicen, y el niño gigante se relajó. Disimulé un suspiro de alivio. –Jorgito, prosigo, -¿Quién es Ramón? Al gigante se le cayó un lagrimón. –¿Quién? Me dice. –Recién estabas hablando de Ramón, de una casa blanca y sus langostas. Miró fugazmente para un costado, incómodo como queriendo escaparse. –No dotor, no quiero hablar de eso. Se secó la mejilla con el dorso de la mano. Le dije: –Te quedás a dormir, ¿sabés? Así descansas un poco, te veo cansado. Tu mamá te va a acompañar. –Bueno dotor. Gigante dócil, pensé, me dirijo luego hacia la madre –Sarita, necesito hablar con usted. La mujer me siguió obediente. Nos sentamos en el office de enfermería, ella con las manos sobre las rodillas, expectante y solícita, me explica: –Es bueno el Jorgito dotor, nunca hizo mal a nadie, hasta ayer. La interpelé silencioso, con la mirada, dejé que continuara. - Él trabaja de lava autos, ¿Vio? En la plaza, tiene su balde y sus trapos, todos lo conocen, pregunte por el Jorgito y le van a decir. Es un pan de Dios. Su mejor amigo está en la terapia del policlínico, Jorgito se le sentó arriba, sobre el pecho, y le empezó a hurgar el cuello con un cuchillo tramontina, perdió mucha sangre, vio. La Maca es la señora del Jorgito, tienen tres chicos, él la quiere un montón, pero ella no es buena, toma mucho. La encontraron con el Ramón, que es el mejor amigo, ¿Vio? Linda casa tiene el Ramón. El Jorgito no tomaba nada, pero para acompañarla a ella a veces fuma esas porquerías que le hacen decir cosas raras y se pierde.
La señora continuó hablando durante un tiempo con ademanes pintorescos, por un lado el cerebro analítico registraba la información de una manera aséptica, mientras el caleidoscopio de tonalidades, colores y movimientos de la vida de esta gente retardaba o aceleraba sus giros y los ojos escrutaban automáticamente el movimiento de la boca de la anciana, la postura, la gesticulación, las manos, las miradas. El cerebro juguetón divagaba por alguna planicie de enredaderas ensortijadas, que el destino, que la vida, que el libre albedrío, la felicidad. Que la miseria y sus rincones, que la tragedia y su redención.
La evolución fue favorable. Los síntomas comenzaron a ceder, las langostas y la verja de madera blanca se disolvieron, o fueron a hermosear otras realidades. El paciente respondió a la medicación, al alimento, al descanso. Hubo que unir dos camas de la sala para que pudiera dormir cómodo, su humanidad se le escurría por los costados, por los pies y la cabecera de la cama. Era un pormenor jovialmente insólito ese lecho improvisado a la medida, como un barco cuadrado en una esquina de la habitación, con su capitán descomunal y retumbante, roncando como la chimenea de un tren a vapor. El gigante gentil se hizo apreciar por la mayoría. Cuando empezó a sentirse a gusto con la internación ya fue tiempo de plantear el alta, a que retorne a navegar otros ríos, los propios, los de su vida. La Maca lo visitó una vez durante el tratamiento, con los tres niños a la rastra, que se colgaban de las piernas de él, como troncos de un ombú. Ña Sarita no lo abandonó un minuto durante la internación. El día del alta se fue agradecido, considerado y atento. Los vi a los dos, madre e hijo, alejarse por la calle de tierra del parque del hospital, él con un andar pausado pero resuelto, levantando polvareda, Ña Sarita lo seguía a su lado con un trotecito corto y preciso.
Concurrieron más tarde en dos o tres oportunidades a controles por consulta ambulatoria. Luego les perdí el rastro. Fácilmente, como pasa el tiempo cuando se usa, transcurrieron tres años o más. El hospital se transformó en una parte pretérita de mi historia profesional. Los pacientes que trato actualmente en consulta privada tratan otras realidades, otros porvenires, pero curiosamente con corta o ninguna diferencia, los mismos tipos de sufrimiento. El río quizá tiene otro matiz, la orilla otras vegetaciones, un poco más o menos caudaloso. El agua sigue siendo la misma.
Por asuntos que el destino urde con o sin conocimiento de causa hace ya un tiempo, el día me encuentra atravesando a pie la plaza principal de la ciudad. Transitaba la misma en diagonal, ensimismado con los triviales fastidios de la vida normal. Sentada en un banco, una figura pequeña y achaparrada me dibuja la mirada. Mi memoria trabaja y reacciona con celeridad automática. –Ña Sarita, le digo -¿Cómo le va? –Hola dotor, tanto tiempo, ¿me compra alguna cosa? Me ofrece una tijera y unas agujas de coser en oferta. Mientras saco el dinero para comprarle le pregunto - ¿Y Jorgito, que es de la vida?, hace tiempo que no los veo. Los ojos de la anciana se le hacen de agua. -¿No sabía dotor? El Jorgito se me murió. Le dio algo al corazón, hace ya como un año. Me siento en el banco de la plaza, junto a ella, sobre las rodillas sostiene su cajita de Pandora con sus novedades en oferta. Miro hacia arriba, las hojas de los jacarandás se mecen con una brisa impaciente, de las ramas caen varias flores violetas, girando lentamente. Un nudo extraño y húmedo me cierra la garganta. El mundo se me hace más pequeño. –Que lástima –alcanzo a musitar- era un buen pibe. Bajo la vista, Ña Sarita me mira de soslayo, disimula ante mi flojedad de ánimo, tan poco profesional. –No se ponga triste dotor, no sufrió nada. ¿Sabe que el día anterior a irse se me despidió? Me dijo: - Mamá, yo estoy bien con Diosito, tengo todo en orden, vos no te preocupés, vas a estar bien. -Cuidá a los chicos, la Maca no puede, viste como es ella. Y se me fue dotor, como que se quedó dormido. -Yo por ahí lo veo, ¿vio?, ahí, entre los autos, me mira un rato, se sonríe y después se va caminando. Me señala a unos adolescentes que le están sacando lustre con unos trapos gastados a un automóvil importado. –Ese era su lugar, ahí trabajaba. Ayer lo vi en mi casa, mientras tomaba mate, me pidió que le sirviera uno, y cuando le terminé de cebar ya no estaba. Yo observaba, un tanto ausente, a los pibes que vapuleaban los trapos húmedos sobre la chapa brillante, como a través de un cristal mojado. La anciana continuaba: -Los nenes están con la madre, no sé dónde, creo que la Maca se los llevó a Córdoba. Estoy con el abogado para que me los devuelva, ella sigue haciendo de las suyas. Tengo una pensión, ¿vio? Por ahí me dé para que la jueza me entienda. Le pregunto, -¿Y Ramón? -¿Ramoncito? Bien creo, se recuperó en el hospital esa vez, vendió su casa y se fue a Córdoba, dijo que tenía más posibilidad de trabajo allá.
Observo la cajita de Pandora, que sigue en su regazo. Me incorporo, suspiro cortadamente y trago saliva, saco una tarjeta de mi billetera, se la entrego solícito y formal, casi automático, -Venga a verme cuando quiera Ña Sarita, no estoy más en el hospital pero no se haga problema, charlamos un rato, me cuenta como le va. La anciana sonríe, me da un beso en la mejilla, -Gracias dotor, que esté muy bien. Sé que no vendrá nunca a verme, para ella su gigante está en el cielo, por alguna extraña gracia divina. Me alejo despacio, ensayo cada paso sobre la tierra apisonada de la plaza; pausadamente, pero resuelto, con un ánimo incierto.
Al caminar, con mi barniz de persona normal, no levanto polvareda: mis dos cerebros están en tregua.
Murmuro, solo para mí, con nostalgia,
-Ramón, yo me llamaba Ramón.