Nacemos solos. Morimos solos. Y sin embargo, ningún ser humano sobrevive —ni prospera— en aislamiento.
Somos, desde el inicio, una paradoja biológica: individuos que solo existen en relación. Llevamos inscripta esa tensión en cada vínculo que construimos: la necesidad de ser reconocidos como únicos y, al mismo tiempo, la urgencia profunda de pertenecer.
En esa oscilación entre la individuación y el vínculo —entre quiénes somos y con quiénes nos constituimos— reside buena parte de nuestra salud. No como un estado que se alcanza, sino como un equilibrio que se sostiene, se pierde y se reconstruye.
Cuando esa armonía se fractura, el camino no es volver a un punto fijo. Es encontrar, cada vez, un nuevo centro.