Nelson Alonso
El Salvador, 11 de agosto de 1997.
Estudia Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador (UES). Escribe cuento y poesía. Sus poemas han aparecido en diversos espacios físicos y virtuales. Está a cargo del proyecto de difusión poética Una verdad sin alfabeto. Vende chocolate artesanal y, a veces, libros.
*** Afuera el mundo quema de distancias: Dos poemas de Nelson Alonso ***
SUENA EL TELÉFONO
Madre, los cigarros que encontró en mi mochila son míos.
No sé desde cuándo,
pero siento la nicotina sobre mis pulmones y duele.
Por eso:
si necesita regañarme,
si necesita decir que soy igualito a papá
puede repetirlo las veces que quiera.
Nunca tuve la oportunidad para disculparme por mi ADN,
para confirmarle que mi respiración atesoró los vicios paternos.
Probablemente me parezca a quien jamás preguntó por su hijo,
a quien supuso que los padres
pueden tener dos o tres familias de reserva.
Tal vez muera, igualmente, en algún autobús en mal estado
o termine en una cuneta que manifieste mi poesía.
Sí, madre, los cigarros que encontró en mi mochila son míos,
también el rostro de mi padre me pertenece.
Estoy consciente de su guerra cotidiana,
de su furia al repetirme que no cometa los mismos errores.
Madre, hoy más que nunca, la extraño...
hoy más que nunca quiero que corrija mi camino.
Afuera el mundo quema de distancias:
suena el teléfono
y por un segundo
los cigarros solo fueron la excusa
para escuchar su voz
una vez más.
DESACOSTUMBRADA
Para Lucio y Adonay.
Todo es un regresar a través de los pasos,
mil novecientos ochenta –mil novecientos noventa y dos,
un viaje inconcluso por la espalda de la bestia.
—Josué Andrés Moz
Desacostumbrada…
heme aquí sobre tu sombra,
sobre tu superficie para pasos rebeldes.
Reclama mi abandono como tuyo:
mis años forman sublevación de carne,
fanatismo de tragedias y risas
que peregrinan bajo peligros de taberna.
Heme aquí,
mientras creo un arsenal de frases espantosas:
el fin está cerca,
tan cerca que me rompe la vida.
Esta tarde esperé la miel,
para mis manos,
germinada;
esta tarde alguien ha muerto a solas
en la esquina de un sueño que no es dulce.
La gente despelleja mi nombre,
me culpa sin certezas legales.
Solo yo conozco la verdad del suceso:
me vuelvo a tu piel fallecida
y lloro porque nace desde mi pecho.
Llora, desacostumbrada,
he aquí tus desperdicios:
una línea de trenes que se quedó sin hierro porque se lo robaron,
un conjunto de casas
(a latas y cartones)
con electrodomésticos de familias burguesas,
un perro aguacatero,
un techado
(que cuando llueve)
se transfigura en alarma de incendios,
equipos de sonido que consternan al prójimo
y un televisor plasma que sobrevive
porque hay fútbol los domingos.
Un funeral de amigos que se emborrachan,
autos que destruyen tristezas cuando un niño descubre a su hermano.
Una madre que grita en su sepulcro.
Pronuncia
—hijo pendejo—
mientras se lanza sobre la tierra.
Y sigue el daño cada dos de noviembre porque no volverá a casa,
a territorios que lo esperan con cinco frutos,
más el que viene brotando con soberbia de cárcel prematura.
[VAMOS CAMINANDO HACIA EL PUEBLO]
Un policía nos reclama
—las manos en la nuca y las piernas abiertas—
porque quiso darnos un sobresalto
y terminó con el juicio lejos del cuerpo.
[UN TRAYECTO EN PATRULLA]
Un pago en hojas verdes
para que solo dieran golpes
sin tener que ir a prisión.
Una marcha interminable
porque dejaron las cervezas en la casa de Lucho,
un niño que se escapa del prostíbulo porque tiene miedo,
una risa de burla sobre sus hombros,
una joven que aspira su cigarro cuando los feligreses no llegan…
otra, avienta con un cartón su zona de trabajo,
un calor, desnudas expectativas que se arman si hay dinero,
un ingreso de siete dólares difícilmente permite cualquier lujo:
—por lo menos vivimos—.
Esa excusa mediocre nos consume la mollera.
Mientras tanto,
en mis sueños,
la rutina no es dura.
Un recién titulado es el gozo del país,
una mujer que vende verduras es tachada como molestia,
una sierva cristiana de ningún modo quiso reprender a su niño,
un vigilante pide identificaciones que significan vida o desvanecimiento.
Una familia desintegrada mira con ojos de hambre,
un muchacho es hallado desnudo,
sobre el piso,
mientras pierde de vista el amor ordenado en la biblia:
una cama no es suficiente para que la infertilidad surta efecto…
No obstante, alguien dice
—es pecado—
y llaman a cualquiera para que martirice al lujurioso.
Esconde tu cicatriz de siglos,
un sueño que fallece,
un padre alcoholizado que contrapone su arma en la frente de su hijo,
otra madre que mira sin hacer nada más que llorar por el miedo.
Piedras,
no de caminos,
sí de hombres minerales que rechazan consuelo;
sí de la marihuana con alcohol farmacéutico y soda,
sí de postes orgánicos que gritan
—allá viene la jura—
y juegan a esconderse entre casas abiertas,
sí del mismo patriarca que padece vergüenza por su engendro,
sí de la romantización sobre el uso excesivo de narcóticos,
sí de cateos en guaridas para desarrollar armas,
sí de canciones para narcos que mueren entre gomas etílicas,
sí de estirpes que gozan su propia carne,
sí de las persecuciones religiosas con frases llenas de salvación,
sí de tragos que forjan disputas a las tres de la mañana…
sí, porque vivo en la mugre de todos,
en la calma temporal que tritura huesos de soberanos y vicios.
Es mi historia la que presento frente a sus narices,
miren mis ojos que dominan el arte de la pena,
oigan mi voz que tiembla en el desaguadero,
entre vómitos ebrios
y barajas con lodo.
Desacostumbrada…
he aquí la bestia,
el mal de cada día:
la peste personal a pobreza que repugna también a sus emparentados.
Qué mejor panorama que la caducidad de mi tierra:
contempla mis palabras de poeta malnacido,
de pobre,
de testigo a la fuerza,
confesor por consuelo
y ganas de lucir a mi nación.
Pues sufro en mi piel la miseria,
pues por locura he visto como alguien se desgaja la vida
y también como mueren las descendencias de la calle a golpizas numéricas.
A veces todo marcha impecable…
luego, hay decapitados bajo una pasarela
que sabe de violencia como de pasos ávidos
y rumbos a la nada,
porque nada nos queda,
ni siquiera una lluvia de plomo que reviente cráneos desconocidos,
ni siquiera un sombrero para quitarnos cuando pase la desventura:
no existen coincidencias de pueblos sepultados,
ni recta sepultura para los impíos.
[ESTE DÍA DESAPARECIÓ LA BESTIA EN UN CAÑAL]
Todos callan,
negando gritos,
mientras termina
(bajo piedras y palos)
que rompen su cadáver.
Nadie, ni su familia
estaba preparada para el quebrantamiento…
entonces regresamos al cementerio
y llora una hermana con voces a su espalda.
Un miedo convive con nosotros,
un homicida explora a testigos del hecho.
La misma hermana anda en busca de venganza:
su hija abre las pestañas
y mira cómo queda
(la poca sensatez)
con sus juegos de culpa.
El delirio es común en su insomnio:
el estudio de su hija ya no importa.
Esa niña comienza su travesía doméstica,
un violador despoja su niñez con caricias.
En el salón hay lágrimas y manos:
—una escuela sin niños es un paso a la necesidad—
dice el anciano mientras le desliza la falda con dureza.
Contempla, desacostumbrada:
este miedo es el verdadero.
Escucha su lamento
que se transforma en odio, odio, odio, odio
¡Oh Dios, sálvame!