(28 de junio de 1993 - 10 de abril de 2018)
Escritora, actriz y artesana.
Egresó de la Licenciatura en Ciencias del Lenguaje y Literatura por la Universidad de El Salvador en el 2017.
Defensora de los derechos de la mujer y humanos, muy interesada por la promoción artística. Muestra de ello es su legado de escritos diversos entre poemas, obras teatrales, monólogos y talleres literarios que compartió en muchas ocasiones en festivales y eventos artísticos en la cuidad y fuera de ella.
A mediados de 2017 se comenzó el trabajo de edición de su obra poética Ente con Artesanos & Editores para ser publicada dentro de la colección esteoeste.
Te regalo un beso disperso,
una canción sin voz,
un pueblo alegre y fugitivo
que se nos escapa de las manos,
la promesa de una nación mejor,
la utopía ligada a la razón.
Te regalo el elixir embriagador de mi alma
para que mires tu reflejo.
Observa las cicatrices causadas por los años.
Detén el tiempo mientras clavas tu mirada en mis ojos,
en los que nunca volverás a reflejarte.
Vuela en libertad total,
sé leve como el espíritu gitano,
pero por favor nunca más me ilusiones
con tu posible regreso.
Canta, danza, grita,
tienes derecho a existir fuera de serie, libre de materia.
Te regalo el atardecer de esta vida aburrida,
melancólica y colmada de conflictos,
a la cual una vez invitaste a salir de rutina.
Te regalo el llanto invisible por tu ausencia,
el no tiempo, el silencio,
la esperanza marchita.
Te regalo mi espera infinita.
Te regalo la caída del padre sol,
mi única compañía.
Cada vez que él se esconda sabrás que estás conmigo,
pero sin mí.
A la revolución salvadoreña.
Una parte se inclina hacia el dolor y el silencio
mientras otra le canta a la vida.
Una añora el reencuentro con la muerte
mientras la otra piensa en retardar su visita.
Una parte del alma no tiene nombre,
ni nacionalidad;
no conoce fronteras ni barreras,
está concentrada en la razón del no ser
y ha perdido todo
porque nunca nada le ha pertenecido,
mientras que la otra se aferra a la ilusión.
¿Dualidad quién eres?
Tal vez disfrutas ser siempre la incertidumbre entre la duda,
como dama que adora flirtear con el peligro.
Te enriqueces con el dolor ajeno,
te alegras y regocijas,
le temes a la vejez y al olvido.
Estás tan afanada en ser el centro de todo
que olvidas liberar a los hombres de la tensión.
Dualidad del alma, conozco tu juego.
Me seduces en las noches
y te alimentas de los desvelos.
¿Quién tiene la razón?
¿El sexo sin amor?
¿El llanto sin dolor?
¿O el adiós sin despedida?
La retraída al espejo que ya nada refleja,
los sueños mecánicos,
también pueden ayudarme a mantenerme despierta.
No me inclino a la luz ni a la oscuridad;
disfruto verlas pelear,
me mantengo en el centro
y nada más.
Envidio a los amantes enamorados,
tal vez porque nunca he sido uno de ellos,
Siento envidia de la anciana laboriosa,
pensante y paridora de mil vidas;
ella conoce el misterio más allá de mis estúpidas e intelectualoides definiciones.
Siento envidia del médico que salva vidas,
su fuerza de trabajo es mucho más útil que mi perezosa poesía.
Siento envidia de aquellos que disfrutan una cerveza en una tarde de domingo.
Siento envidia de la mujer sensual
que se entrega al placer del orgasmo
sin sentir pena ni remordimiento.
Ella sabe más de la alegría de la vida
que mi prejuicioso y puritano, pero al mismo tiempo, depravado corazón.
Siento envidia de la cigarra que se entrega a la canción.
Por estos momentos estoy tan fuera de mí
que no tengo ritmo propio.
Siento envidia del mendigo
que disfruta pedir en los buses,
pues ha vencido la pena y el miedo,
y no se avergüenza de exponer al mundo sus necesidades.
Envidio a los niños al verlos correr y jugar,
y a los adolescentes por ser tan libres,
yo he dejado de formar parte de su mundo.
Envidio al pintor
que sí sabe para qué le fue otorgada la vista;
envidio a los ciegos
que encienden una luz en la oscuridad,
envidio a las madres solteras,
porque son mujeres más reales.
Envidio la estética de los homosexuales.
Envidio a los vendedores del mercado
que tienen un puesto fijo y un trabajo digno,
yo sólo les escribo mentiras,
desgasto mi mente,
malgasto la tinta,
reniego del don que me fue otorgado.
No quiero tener alma, deseo ser un objeto,
tener una explicación dialéctica para todo.
Envidio el paladar de los baristas,
yo no le siento sabor a nada más que al sufrimiento,
me aíslo en el silencio, me retraigo,
lo único que sé amar es la locura,
me arraigo al dolor mientras digo.
Dichosos aquellos que viven para el arte
y no se sienten solos.
Dichosos los filántropos, los pedagogos,
dichosos los humanistas, los cristianos;
dichosos los revolucionarios, los izquierdistas,
por lo menos creen en algo.
Dichosos los artesanos, los enamorados.
dichosos los árboles
porque tienen raíces donde sostenerse.
Dichoso el viento, el fuego.
Dichosos los amantes de Roque Dalton,
de Lorca y de Vallejo.
Dichosos los que saben perdonarse a sí mismos.
Dichosos los que nacen, los que mueren.
Y yo nada más soy poeta.