En base a Walsh (Interculturalidad crítica y educación intercultural), se analiza la interculturalidad como posibilidad de diálogo entre culturas y como proyecto político transformador, que va más allá de una mera inclusión superficial en el sistema educativo y social. Se destacan tres perspectivas para comprender el concepto. La primera, la perspectiva relacional, se basa en el contacto e intercambio entre culturas, evidenciando la convivencia histórica de pueblos indígenas, afrodescendientes y la sociedad dominante. Sin embargo, esta visión limita la discusión al ámbito individual sin abordar las estructuras de poder subyacentes.
La segunda perspectiva, la funcional, reconoce la diversidad cultural pero se integra al aparato estatal y al modelo neoliberal, adaptando el reconocimiento de lo intercultural a las exigencias de modernización y desarrollo sin transformar las bases de la desigualdad. Este enfoque convierte la interculturalidad en una herramienta de control social que, si bien visibiliza la diversidad, no cuestiona las estructuras de poder heredadas de la colonialidad.
La tercera perspectiva, la crítica, parte del análisis de la diferencia como producto de una matriz colonial y racializada. Aquí se plantea la interculturalidad como un proyecto político, epistémico y ético que busca transformar las estructuras sociales, descolonizar el conocimiento y reconfigurar las relaciones de poder. Desde esta óptica, la interculturalidad no se limita a incorporar lo diverso dentro de un sistema preestablecido, sino que propone un proceso de reconstrucción de las formas de ser, saber y vivir, basándose en los saberes ancestrales y en la praxis decolonial.
Asimismo, se examina la evolución de la educación intercultural bilingüe desde los años 80, pasando por las reformas de los 90 y las políticas del siglo XXI. Se evidencia que, a pesar de los avances normativos y constitucionales en países como México, Bolivia, Ecuador y Venezuela, persiste la tendencia a asociar lo intercultural únicamente a lo indígena. El texto concluye invitando a repensar la interculturalidad como un proyecto revolucionario y decolonial, fundamental para transformar radicalmente las estructuras sociales y educativas que perpetúan la desigualdad.