En esta Antología de literatura mexicana encontrarás una selección de textos -crónica, cuento, poesía, teatro- que te brindará un panorama de la literatura mexicana. Estos textos van desde los cantares en náhuatl y maya previos al siglo XVI hasta las obras más representativas del XXI.
También, los textos irán precedidos de comentarios que ayudarán a contextualizar a los autores y los sucesos históricos, con el fin de propiciar una lectura crítica que nos permita ver a la literatura como un discurso que da cuenta de las preocupaciones, deseos, intereses, festividades, logros y metas que un pueblo -el mexicano, en este caso- alberga en su espíritu.
Escritura teotihuacana en el patio de los glifos de la Venta. Dibujo basado en Karl Taube, The Writing System of Ancient Teotihuacan, Center for Ancient American Studies, 2000.
Principalmente de tradición oral, la literatura en lengua náhuatl da cuenta de sucesos históricos que fundamentan una historia compartida y dotan de identidad a sus congéneres.
Una forma de registro que tuvieron los pueblos náhuatl fue la pictografía. Como podemos ver en la ilustración de a un lado, la forma de registro de estos pueblos no es fonética, como actualmente entendemos la escritura, sino que hacen uso de la iconografía, es decir, íconos que en sí mismos encerraban una historia, y que, para ser entendida, habría que ser leído de una manera específica.
Por ejemplo, pictografías como la que tenemos a la derecha, debían ser leídas de derecha a izquierda. En este caso, en el extremo derecho se encuentra 8 Venado, militar, pues el traje de jaguar era la vestimenta propia de los militares. Abajo de éste, observamos una montaña y a Dzahui, dios de la lluvia.
Hacia la izquierda de Dzahui, aparece un sacerdote. A éstos se les puede distinguir de esta manera, ya que ellos acostumbraban cubrir con tinta negra a su cuerpo. En la mano derecha del sacerdote, podemos observar un rollo de papel con sangre, muestra de que se está por rendirse una ofrenda.
Encima del sacerdote vemos de nuevo a 8 Venado. Ahora es él quién ha ofrecido el rollo de papel con sangre en la ofrenda. A su lado se encuentra 4 Jaguar, quien también ha depositado una ofrenda: una codorniz.
Para finalizar la lectura, encontramos, bajo 4 Jaguar, a 8 Venado despojado de su traje militar y cubierto de un tizne negro -propio de quien será sacrificado-. Con esto, esta pictografía nos cuenta la historia del sacrificio de 8 Venado en tributo a Dzahui, dios de la lluvia.
Códice Nuttall, lámina 52. Imagen tomada de Ferdinand Anders, Crónica Mixteca El Rey 8 Venado, Garra de jaguar, y la dinastía de Teozacualco-Zaachila, libro explicativo del llamado Códice Zouche-Nuttall, México, FCE, 1992.
De esta manera, encontramos que la lírica náhuatl está orientada hacia los temas guerreros y sacrificiales. Ofrecemos el poema "Canto de Macuilxochitzin" de Macuilxochitzin, poeta hija de Tlacaélel:
Elevo mis cantos,
Yo, Macuilxóchitl,
con ellos alegro al Dador de la vida,
¡comience la danza!
¿Adonde de algún modo se existe,
a la casa de Él
se llevan los cantos?
¿O sólo aquí
Están vuestras flores?,
¡comience la danza!
El matlatzinca
es tu merecimientode gentes, Señor Itzcóatl:
¡Axayacatzin, tú conquistaste
la ciudad de Tlacotépec!
Allá fueron a hacer giros tus flores,
tus mariposas.
Con esto has causado alegría.
El matlatzinca
está en Toluca, en Tlacotépec.
Lentamente hace ofrenda
de flores y plumas
al Dador de la vida.
Pone los escudos de las águilas
en los brazos de los hombres,
allá donde arde la guerra,
en el interior de la llanura.
Como nuestros cantos,
como nuestras flores,
así, tú, el guerrero de cabeza rapada,
das alegría al Dador de la vida.
Código Dresde, folio 25. Imagen tomada de Código Dresde, México, FCE, 1988.
Al igual que la náhuatl, la literatura maya también está asentada en la oralidad. Desde el siglo III a. C hasta aproximadamente el siglo XVI se usó la escritura logosilábica. Este cambió se debe -al igual que con la literatura náhuatl- a la llegada de los españoles y -en especial- al trabajo de evangelización de los misioneros, por ejemplo, fray Luis de Villalpando y fray Francisco de la Parra.
Estudiosos como Mercedes de la Garza, Alfonso Lacadena, José Alcina Franch y Dennis Tedlock han clasificado la literatura maya en diversos géneros:
Mítico-histórico: a este género pertenecen la mayoría de las inscripciones jeroglíficas oficiales, pues en éste se narraban las hazañas de los dioses y de los hombres.
Profético-augural: en éste, la condición cíclica del tiempo y los fenómenos naturales componen la lógica del pronóstico.
Ritual: este género describe objetos, seres, edificios, ceremonias, ritos o diversos episodios de la vida de los gobernantes y dioses.
Uno de los textos más representativos de esta literatura es Los cantares de Dzitbalché. Estos cantares deben su nombre a la región de Dzitbalché en Yucatán. Una característica especial es la marcada presencia discursiva femenina, en la que el "yo poético" es o son las mujeres. Esto es de especial atención ya que en el proceso de evangelización los misioneros enseñaban a redactar a los varones, siendo relegadas las mujeres a tareas como la crianza y protección del resto de los integrantes de la comunidad. A continuación ofrecemos el "Cantar 15":
Ponéos vuestras bellas ropas;
Ha llegado el día de la alegría;
Peinad la maraña de vuestra cabellera;
ponéos la más bella de vuestras ropas;
ponéos vuestro bello calzado;
colgad vuestros grandes pendientes en
los pendientes de vuestras orejas;
ponéos buena toca;
poned los galardones de vuestra bella garganta;
poned lo que enroscais y reluce en la parte rolliza
de vuestros brazos.
Preciso es que seais vista
como sois bella cual ninguna,
Aquí en el asiento de Tzilbalche, pueblo.
Os amo bella Señora.
Por esto quiero que seais vista en verdad
muy bella, porque habreis de pareceros a la humeante estrella;
porque os deseen hasta la luna y las flores de los campos.
Pura y blanca blanca es vuestra ropa, doncella.
Id a dar alegría de vuestra risa;
Poned bondad en vuestro corazón, porque hoy
es el momento de la alegría de todos los hombres
que ponen su bondad en vos.
A lo largo de los siglos XVI y XVII, en la ahora Nueva España, se publicaron varios trabajos que tenían como finalidad, principalmente, dos cosas: primero, legitimar la llegada de los españoles con fines divinos al nuevo territorio; segundo, evangelizar a sus habitantes.
En el primer caso podemos encontrar las Cartas de relación que Hernán Cortés (1485-1547) envió al emperador Carlos V entre 1519 y 1526. En éstas se encontraba una vasta descripción de lo que Hernán encontró a su llegada. En el segundo caso, podríamos mencionar, como casos significativos, los trabajos de fray Bartolomé de las Casas (ca. 1484-1566) y fray Bernardino de Sahagún (1499-1590).
Retrato de Hernán Cortés (1917). Museo Nacional del Virreinato. Imagen: Conaculta-INAH-México.
Fray Bartolomé de las Casas según retrato de Félix Parra, Museo Nacional de Arte. Conaculta-INBA-México.
Publicada en 1552 por el padre las Casas -como solían llamarlo los nativos- esta obra representa una defensa en cuanto al reconocimiento de las almas de los nativos, a la vez que es una fuerte crítica a las políticas que regían en las Américas. Debido a la extensión de la obra, citaremos sólo un fragmento del prólogo que hace las Casas a Felipe II, entonces príncipe y futuro rey de la Corona Española:
Como la providencia divina tenga ordenado en su mundo, que la direción y común utilidad del linaje humano se constituyesse en los Reynos y pueblos, reyes, como padres y pastores (según los nombra Homero) y por consiguiente sean los más nobles y generosos miembros de las repúblicas, ninguna dubda se la rectitud de sus ánimos reales se tiene, o con recta razón se deve tener, que si algunos defectos, nocumentos y males se padecen en ellas, no ser otra la causa sino carecer los reyes de la noticia dellos. Los quales si les contassen, con summo estudio y vigilante solercia extirparían . . . Considerando pues yo (muy poderoso señor) los males e daños, perdición e jacturas (de los quales nunca otros yguales ni semejantes se ymaginaron poderse por hombres hazer) de aquellos tantos y tan grandes e tales reynos, y por mejor dezir de aquel vastíssimo e nuevo mundo de las yndias, concedidos y encomendados por dios e por su yglesia a los reyes de castilla, para que se los rigiessen e governassen, convertiessen e prosperassen temporal y espiritualmente, como hombre que por cincuenta añs y más de experiencia siendo en aquellas tierras presente los he visto cometer, que constándole a vuestra alteza algunas particulares hazañas dellos, no podría contenerse de suplicar a su magestad con instancia importuna, que no conceda ni permita las que los tyranos inventaron, prosiguieron y han cometido, llamadas conquistas.
A quien deseé ampliar la lectura, pueden acceder a la obra completa en el siguiente enlace: https://enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/PyF_siglo_XVI/Brevisima_relacion-Bartolome_Casas.pdf
Publicada entre 1540 y 1585 por el franciscano Bernardino de Sahagún esta obra reúne testimonios dados por los originarios a distintos frailes de la orden franciscana. Una característica de esta obra es que está escrita en náhuatl, latín y español, por lo que el carácter de oralidad sigue presente.
Esta obra, que está dividida en 12 libros, contiene la versión que los originarios dan sobre la llegada de los españoles y la conquista de Tenochtitlán. Citaremos un fragmento del Libro XII, titulado, "De la conquista de la Nueva España que es la Ciudad de México":
Diez años antes que viniesen los españoles a esta tierra pareció en el cielo una cosa maravillosa y espantosa, y es, que pareció una llamada de guego muy grande, y muy resplandeciente: parecia que estaba tendida en el mismo cielo, era ancha de la parte de abajo, y de la parte de arriba aguda, como cuando el fuego arde; parecia que la punta de ella llegaba hasta el medio del cielo, levantábase por la parte del oriente luego después de la media noche, y salía con tanto resplandor que parecia de día; llegaba hasta la mañana, entonces se perdia de vista: cuanso salia el sol estaba la llama en el lugar que está el sol a medio dia, esto uró por espacio de un año cada noche; comenzaba en las doce casas, y cuando aparecia a la media noche toda la gente gritaba y se espantaba: todos sospechaban que era señal de algun gran mal.
A quien deseé ampliar la lectura, pueden acceder a la obra completa en el siguiente enlace: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080012524_C/1080012525_T3/1080012525_MA.PDF
Fray Bernardino de Sahagún, Museo Nacional de Historia.
Fray Andrés de Olmos, según J. Aquino. Museo Nacional de Historia.
Con la finalidad de que los originarios aprendieran la fe cristiana, los frailes tomaron al teatro como una herramienta principal. Tal es el caso de el Auto del Juicio Final de fray Andrés de Olmos fray (1485-1571). En esta obra, se habla de la lujuria que una mujer, Lucía, y del castigo que por ello recibe. Este tipo de teatro se caracterizó por tener una fuerte carga moralizante y de conducir a los indios en la recta vía cristiana, además de presentar a personajes como el Tiempo, la Iglesia, la Vida, por medio de la figura retórica de la prosopopeya. A continuación ofrecemos un fragmento de dicha obra:
LUCÍA
¡Aaaaaaay, aaaaaay, ya sucedió! ¡Oh infeliz de mí, oh pecadora! Mis merecimientos resultaron en tormentos infernales. Ojalá no hubiera nacido en la tierra. ¡Aaaaaaay, aaaaaay, malditos sean el tiempo y la tierra en que nací! ¡Maldita sea la madre que me parió! ¡Aaaaaaay, malditos sean los pechos que me criaron! ¡Maldito sea todo lo que comía y bebía en la tierra! ¡Aaaaaaay, maldita sea la tierra que pisé y la ropa que vestí!
Todo se ha vuelto fuego. ¡Aaaaaaay, me quema mucho! Mariposas de lumbre me envuelven las orejas y señalan las cosas con que me embellecía, mis joyas. Y aquí, alrededor del cuello, traigo una serpiente de fuego que me recuerda el collar que traía puesto. ¡Me ciñe una espantosa víbora de lumbre, corazón del Mictlán , la morada infernal! Con ella me acuerdo de mis placeres en la tierra. ¡Aaaaaaay, cómo no me casé! ¡Aaaaaaay de mí, desdichada, ya sucedió!
A quien deseé ampliar la lectura, pueden acceder a la obra completa en el siguiente enlace: http://www.dramavirtual.org/2020/11/andres-olmos-el-juicio-final-siglo-xvi.html
Mejor conocida como sor Juana Inés de la Cruz -o, como la apodaron sus contemporáneos, "Fénix de América" o "Décima Musa"- se destacó por prolífica obra, que abarca, principalmente, la poesía y el teatro. En estos géneros vertió tanto sus inquietudes y conocimientos intelectuales -que se ven reflejados en su Primero sueño- como temas propios de la tradición literaria española, -poesía amororsa, autos sacramentales- de la que era conocedora.
Ofrecemos como lectura de esta poeta, el soneto "Prosigue el mismo asunto, y determina que prevalezca la razón contra el gusto", seguido de un fragmento de su Primero sueño.
Al que ingrato me deja busco amante;
al que amante me sigue dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante
y soy diamante al que de amor me trata,
triunfante quiero ver al que me mata
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquel, mi pundonor enojo;
de entre ambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero ser violento empleo
que de quien no me quiere vil despojo.
Retrato de sor Juana Inés de la Cruz de Miguel Cabrera (1759). Museo del Castillo de Chapultepec. Conaculta-INAH-México.
Portada del Teatro Americano de José Antonio de Villaseñor y Sánchez, México, 1746. Biblioteca Universitaria, UANL.
José Joaquín Fernández de Lizardi. Archivo de El siglo de Torreón.
En 1746, José Antonio de Villaseñor y Sánchez (ca. 1700-1759) publicó Teatro Americano. Se le llamaba "teatro" a las obras de carácter misceláneo que daban cuenta de la vida social de determinada región, abordando aspectos como la vida intelectual, noticas sobre geografía, ciencias, hagiografías, e incluso la implementación de nuevas leyes sobre la Nueva España, entre otras cosas.
De esta manera, los "teatros" son quizá el antecedente de las crónicas urbanas que vendrán a ser características del siglo XIX, siendo José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827) -El Pensador Mexicano- su principal iniciador en la literatura mexicana. A la vez, Lizardi es famoso por introducir en Hispanoamérica el género de la novela con la publicación de El Periquillo Sarniento (1830) que retoma la tradición de la picaresca española. Fue, también, un periodista que dedicó su vida a la publicación de periódicos que criticaba fuertemente al gobierno virreinal, por lo que fue encarcelado varias veces. Su periódico más famoso fue El Pensador Mexicano (1812).
En el caso de la crónica urbana, Lizardi escribe sobre diversos temas, tales como la moda, la expansión de la ciudad, la mendicidad, la pobreza, la educación, etc. Ponemos como ejemplo "Sobre abusos de moda" aparecido el lunes 25 de octubre de 1813 en El Pensador Mexicano:
El imperio de la moda, como todos saben, es muy déspota, extiende su jurisdicción sobre todas las cosas y en todas partes, especialmente en la Europa. Así no se excluye de su dominación ni el viejo, ni el mozo, ni el rico, ni el pobre, ni el religioso, ni el secular, ni el noble, ni el plebeyo, ni ninguno, por fin, que lleve el nombre de racional. Todos son modistas, porque a todos place la novedad, y aun los continuos declamadores contra la moda, son modistas, parece paradoja, y no es más que demostración.
He visto algunos viejos ridículos que no dejarán los zapatos ramplones y los calzones de bragueta por cuanto el mundo tiene. Algunas viejas tontas se escandalizan cuando ven una mujer con túnico(2) y sostienen que no hay cosa mejor que los desavilleces y las enaguas de "cuando entonces". Esto es por los vestidos, y por las ciencias, ¿cuánta no es la obstinación con que muchos decrépitos defienden que la filosofía de hoy no es sino la escuela del libertinaje y de la irreligión, y que todas las demostraciones físicas no son sino premisas o a lo menos estímulos para el materialismo? ¡Cuántos medicastros abandonarán la mejor lección de la naturaleza por no incurrir contra un aforismo de Galeno o Avicena, que tal vez no entienden! Y así de los demás.
Pues todos éstos son modistas y más modistas que nosotros. ¿Es posible? Exclamarán ellos mismos. Sí, señores. Toda moda no es sino un modo sobre esto o lo otro. Los modistas se constituyen tales por cuanto son partidarios de este sistema científico, de aquel modo de hablar, de este modo de vestir, de el otro de bailar, etcétera, etcétera, y según es la adhesión que manifiesten a la moda, tanto decimos que son más modistas; pues aquellos viejos encaprichados que dije, son más modistas que nosotros; están tan adheridos a sus modas antiguas y tan pagados de que sólo los de su tiempo fueron capaces de acertar en todo, que no hay evidencia ni convencimiento que leas entre en contrario. Pongamos el ejemplo del túnico y las enaguas. Ya hemos experimentado que el túnico es demasiado cómodo, honesto y decoroso a las mujeres (siendo tal como debe ser), sobre estas recomendaciones tiene la de ser ahorrativo en las pobres, pues aunque tengan o no tengan la camisa sucia, nadie se las ve, y así cubre la pobreza, y ¡cuántas veces cubre y disimula otras faltas que a merced de las enaguas se manifestarían con descrédito de las doncelleces! Sin embargo de esto, las viejas pobres, simples alucinadas, acaso por directores viejos (y en el particular tan necios y modistas como ellas), declaman contra este uso (generalmente admitido por la gente sensata), y están satisfechas de que las enaguas son lo mejor del mundo, y que toda la mujer que no las usa es inhonesta, mundana y, por razón del túnico, indigna de habitar en un convento, como que en efecto en muchos no admiten niñas si no van vestidas de viejas. ¡Oh fuerza de la envidia, de la ignorancia y de la moda!
Pues sepan estas nanitas conventuales que lo malo en todas las cosas no es el uso, sino el abuso. La profanidad del traje es lo que se debe evitar en los lugares donde se profesa la virtud, no el traje sin profanidad, un túnico (sea de lo que fuere) cerrado de descote, de manga larga y que llegue hasta el tobillo del pie parece bien, no digo en un convento de monjas, sino en un altar de santos, o digan ¿cuál es el vestido con que conocemos a la Reina de las Vírgenes?
Fuera de esto, ¿quién ha canonizado a las enaguas por exentas de profanidad? Seguramente que pueden ser tan pecadoras como todos los demás adornos de una mujer, en no siendo ésta moderada. Compárese un túnico como el que dije, con unas enaguas lentejueladas, altas hasta media pierna, llena de listones y perifollos como hay tanta[s], y sin duda que la modestia dará su voto por el túnico.
¡Oh, señor (dirán las viejecitas), que las enaguas que usamos en los conventos no son de éstas! Pues lo mismo se podrá decir de los túnicos en usándolos conventuales y no seculares; y no que luego dicen las muchachas del siglo que en los conventos más es la faramalla que la virtud; que qué tiene que ver el claustro ni la devoción con el traje del día si es honesto; que todos los trajes que usan los viejos privaron de moda alguna vez, y, por último, que el no permitir túnicos en los conventos es efecto de envidia en las que ya no los pueden usar por razón de estado. Todo esto y más dicen las picaruelas de acá fuera; las señoras rectoras de estas casas sabrán si es cierto y si les tendrá cuenta ir desechando algunos abusillos de esta especie que malquistan su instituto y hacen ridícula su devoción.
Y porque vean que no soy partidario ni defensor de toda cosa nueva por razón de moda, quiero dejarlas con Dios en sus conventos y dar un paseo por algunas salas de muchos mis señores en las que, a título de moda, no se ve un santo, o a lo más un Santo Cristo e imagen de Dolores.
No es lo peor esto, sino que en lugar de imágenes devotas en los rincones de las salas, usan unas estatuas profanas, las que lejos de inspirar ningunos buenos sentimientos, resucitan las patrañas de los gentiles y ponen en movimiento las pasiones, porque no sólo son profanas, sino inhonestas.
Yo no puedo concebir cómo se quedarán ilesos los corazones de un joven o una doncella en aquella edad en que están (hablando vulgarmente) como agua para chocolate, esto es, con una disposición a la lascivia, lo mismo que la seca estopa para arder al contacto de una chispa. No sé, vuelvo a decir, cómo se quedarán mirando las figuras que representan de bulto el adulterio, el incesto, el rapto y todas las intrigas del amor, y que las representan casi desnudas incitando con su desnudez a la imitación de sus depravadas historietas.
Baco y Venus, Marte y la misma, Júpiter y Danae, etcétera. ¡Lindos marchantes! Si a la hora de la muerte a uno de sus devotos, o por castigo superior, o por causas naturales se les representan estas inmundas figuras (cuyos originales están días hace en los infiernos) a la cabecera de su cama, cierto que tendrán un rato divertido. ¿Cuál será la risa del diablo cuando vea que el afligido enfermo buscando en la mente a María Santísima, al ángel custodio, al patriarca san José y a otros abogados como éstos, no halla sino estatuitas de yeso que le acuerdan su devoción y no le pueden ofrecer su patrocinio?
Tanto en Europa -Francia, principalmente- como en América -en especial los países que eran, en ese entonces, colonias españolas- este siglo se caracteriza por fuertes conflictos políticos/sociales. Tal es el caso de México -consumada su lucha de Independencia (1821) y reconocida como tal (1836)-, territorio que durante los próximos 100 años viviría entre luchas tanto internas -liberales versus conservadores- como extranjeras -la intervención de EE. UU. entre 1846 y 1848, y la segunda intervención francesa enre 1862 y 1867-.
Los géneros que dieron cuenta de las inquietudes y preocupaciones del la joven república fueron, principalmente, el teatro y la poesía. En la poesía, el romanticismo -más que movimiento, es una actitud político, filosófica, estética, que da cuenta del espíritu racional y crítico que busca exaltar el "yo" a la realidad que se le presenta- encontró un buen cauce en donde expresar el carácter forjador de una identidad nacional a través de las letras.
El caminante sobre el mar de nubes (1818) de Caspar David Friedrich.
Manuel Acuña. Biblioteca Universitaria, UANL.
Tal es el caso de Manuel Acuña (1849-1873). Ofrecemos del poeta su poema titulado "A la patria":
Composición recitada por una niña en Tacubaya de los Mártires, el 16 de septiembre de 1873.
Ante el recuerdo bendito
de aquella noche sagrada
en que la patria aherrojada
rompió al fin su esclavitud;
ante la dulce memoria
de aquella hora y de aquel día,
yo siento que en la alma mía
canta algo como un laúd.
Yo siento que brota en flores
el huerto de mi ternura,
que tiembla entre su espesura
la estrofa de una canción;
y al sonoroso y ardiente
murmurar de cada nota,
siendo algo grande que brota
dentro de mi corazón
¡Bendita noche de gloria
que así mi espíritu agitas,
bendita entre las benditas
noche de la libertad!
Hora de triunfo en que el pueblo
vio al fin en su omnipotencia,
al sol de la independencia
rompiendo la oscuridad.
Yo te amo… y al acercarme
ante este altar de victoria
donde la patria y la historia
contemplan nuestro placer,
yo vengo a unir al tributo
que en darte el pueblo se afana
mi canto de mexicana,
mi corazón de mujer.
En 1888, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) publica Azul, libro capital en la conformación de la literatura latinoamericana, pues se considera unánimemente -por la academia y la crítica literaria- el primer movimiento literario que exporta la América española al mundo.
Este movimiento buscaba una renovación estilística y léxica que diera paso a una visión propia de la experiencia en los países hispanoamericanos, alejada de la fuerte visión positivista que trajo consigo el trabajo de August Comte (1798-1857). Uno de los temas recurrentes del modernismo fue lo fantástico. También, cabría destacar que la proliferación de la prensa escrita permitía a los autores del modernismo publicar, de manera masiva, sus relatos disfrazados de crónicas.
Portada de Azul (1888) de Rubén Darío.
Sirva como ejemplo el relato "El sueño de Magda" de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), poeta, médico, político y periodista del México porfirista:
Esta crónica se debe leer con pararrayos. Mientras escribo retozan las enormes nubes tempestuosas, asaltando en tumulto el firmamento.
He abierto la ventana para mirar los rayos cara a cara. El cielo, tan azul ha pocas horas, se ha puesto pardo, casi negro, como si los ángeles se hubieran vestido de luto. Las golondrinas, rastreando el suelo, parece que solicitan esconderse en las entrañas protectoras de la tierra. ¿No veis aquellas nubecitas blancas, que limitando un diminuto lago azul, tiemblan en el confín del horizonte? Las sorprendieron, al salir del baño, esos negros gigantes abisinios, que vienen del Oriente: por eso agrupan sus cuerpos blancos y entumidos como si quisieran ocultarse unas tras otras. A poco, los monstruos llegan y las devoran.
Ya no hay lagos azules ni nubecillas blancas en el cielo. Algunos nimbos huyeron con estrépito, como carros de guerra en la confusión de la derrota. Despéñanse las montañas de la atmósfera; combaten brazo a brazo los Hércules deformes y las delgadas claridades que rasgan la obscuridad de cuando en cuando; son como el brillo de las espadas gigantescas que se chocan.
Asistimos a una batalla de africanos. Aquéllos aguardan, en solemne actitud, la acometida del ejército enemigo. Éste avanza violento, atropellando cuanto encuentra al paso. ¿No escucháis el rodar de las cureñas y el galope de los caballos? Ya vienen: ya se acerca el tiroteo. Torres enormes, sostenidas por elefantes de espantosas proporciones, avanzan por la atmósfera; y de las claraboyas de esas torres brotan dardos fulmíneos, despedidos por colosales arcos de ébano. Hasta los mismos montes del espacio cobran vida, arráncanse de cuajo, y animados de fuerza incontrastable se precipitan, como alud sombrío, sobre el ejército contrario. A ratos, centellean los bruñidos petos y los cascos: escúchase el resoplido atronador de los monstruosos elefantes; rompen los tigres sus recias cárceles de hierro para lanzarse sobre el enemigo, y sus ojos como de sangre luminosa alumbran el espacio. Montañas, fieras y gigantes se atropellan; enarcan los elefantes sus espaldas; caen desplomadas las enhiestas torres; revientan los peñascos; los muros de granito negro se desgranan y bregan los guerreros, cuerpo a cuerpo, enroscándose, como víboras, en el aire.
De improviso, júntanse todos y reunidos avanzan sobre la tierra. Las montañas aguardan impasibles; pero los árboles, sobrecogidos de pavor, se mueven, como si pugnaran por desenraizarse de la tierra para huir. Todos quisieran sacudir en un momento la invencible fatalidad de su destino: los peces piden alas y las aves envidian a los topos que pueden esconderse en tenebrosas oquedades. Las olas aspiran a ser montes y diríase que el cielo quiere cambiar de sitio con la tierra.
Sólo Magda permanece impasible en su balcón. Gruesas gotas comienzan a caer; pero ella, absorta en la contemplación del infinito, deja que mojen sus cabellos negros. Y Magda tiene miedo. A cada relámpago, su alma se persigna. No quisiera mirar; pero se obstinan sus pupilas en seguir clavadas en el cielo. En la mujer la curiosidad domina al miedo. Tal le parece que las nubes tempestuosas vienen directamente a su balcón y que los sagitarios del espacio la escogen para blanco de sus tiros. Pero no aparta la mirada ni se esconde. Convirtiendo los ojos a la calle, podría mirar a los transeúntes azorados que buscan un refugio o un abrigo. Aquella costurera corre y corre, como si la tempestad quisiera darla un beso. Ese gomoso, pobre a juzgar por la traza, parece que lleva alas en los pies: su sombrero de copa alta, presintiendo el chubasco, tiene el pelo erizado. Pero Magda no advierte nada: ve las nubes y se pregunta con deliciosa candidez: ¿Para qué serán las tempestades?
Si yo pudiera estar donde ella está, satisfaciendo sus curiosidades le diría:
–Tempestad y pasión son dos trastornos parecidos. El cielo siempre azul y la mujer siempre inocente cansarían. Es preciso que brote el rayo de las nubes y el amor de la mujer. Y el amor, como el rayo, da la muerte. ¿Crees tú que estas tormentas pavorosas no traen más que la muerte y el espanto? Pues te engañas. La tempestad deja en el seno de la tierra el nitro que las plantas necesitan; y absorbe las impurezas de la atmósfera, convirtiendo el oxígeno en ozono. El rayo da la muerte y da la vida. Es el fuego que purifica y que devora. Y el amor ¿no es así? También tiene tinieblas que entoldan el horizonte de la vida y centellas que matan; pero también es necesario para la perpetuidad de las especies: también crea, también purifica. El rayo nace del choque de dos electricidades contrarias, como el amor de los dos sexos en contacto. Los dos alumbran, los dos queman, los dos matan; pero los dos son necesarios a la vida.
Pero ni Magda me oye ni se aparta su vista de las nubes. También anoche tuvo un miedo horrible. Soñó que estaba en medio de un diluvio. Pero el agua no descendía de las nubes: brotaba de la tierra e iba subiendo, subiendo en láminas compactas, tan obscuras que apenas podían distinguirse en las tinieblas de la noche. Magda, azorada, se asía a los barandales del balcón, que era muy alto. Desde allí contemplaba la horrible escena. El rumor que escuchó primero había cesado. La invasión del océano ascendente se verificaba con lentitud y en medio del silencio. Primero, la capa negra se tendió sobre las calles, sin arrugas ni pliegues. Sobre esa tersa obscuridad, como puntos luminosos, repartidos en hilera, los reverberos del gas brillaban tristemente. El monstruo negro se incorporó otro poco, y los faroles más altos parecieron, por su proximidad al agua, linternas de invisibles góndolas inmóviles. Entre cada movimiento del agua mediaba el espacio de algunos minutos. Nada se oía: el seno de aquel obscuro mar cerraba el paso a todo rumor y a toda luz. Subió el agua otro poco y los faroles se perdieron, apagándose como luciérnagas arrojadas a un estanque. Entonces la tiniebla fue absoluta. La noche descendía del cielo y brotaba de la tierra. Magda iba a ser aplastada entre esas dos enormes láminas de una prensa negra, como un ratón entre las puertas y la pared. El mar subía con menos lentitud. Ya se miraban en la capa tenebrosa algunos pliegues, que eran las oleadas silenciosas. Magda sintió que el agua le bañaba los pies y, loca de terror, se encaramó sobre los barandales del balcón. Pero el agua subía, y entonces ella, agarrando con ambas manos una canal delgada de hojalata, quedó suspensa en el vacío. La canal se iba doblando poco a poco. Un momento más y se quebraba. Ella, haciendo un supremo esfuerzo, logró subir a la cornisa, en donde se agrupaban, maullando y deteniéndose con las uñas, muchos gatos. Estaba defendiendo su vida instante por instante. ¡Todo inútil! El agua continuaba subiendo e iba ya a devorarla. Los gatos se quejaban como niños, y arañaban la cara de Magda. En ese momento, algo muy blanco flotó sobre la densa obscuridad del agua. Era una vela. ¿Quién puso aquella barca milagrosa sobre el agua? Lo urgente era entrar en ella. Magda, tendiendo con angustia las dos manos, logró detenerla. Pero los gatos, más ágiles y elásticos que ella, habían entrado ya, no dejando lugar para otro cuerpo. Entonces comenzó una lucha horrible. Magda combatía con aquellos demonios que maullaban y describían rombos terribles en el aire, encajándole sus agudas uñas en el cuello. Por fin, logró vencer. Cupo como una cuña entre los cuerpos blandos de los rabiosos animales, que frotándose entre sí, despedían chispas de fuego. La barca siguió flotando sobre el agua. Pero, ¿adónde iba? El agua continuaba su marcha ascendente. ¡Si pudieran llegar al cielo, o cuando menos, a una estrella! Así pasaron muchas horas de congoja. De improviso, Magda sintió que la barca se hundía. Todo estaba perdido. Lanzó un grito y se arrojó a las aguas, que estaban tan frías como si fueran de nieve líquida. Se resignó a morir; pero, arrojado por las velas, su cuerpo fue a chocar con la cruz de piedra que coronaba una altísima torre, ya sumergida en el océano. Aquella cruz era el único punto firme que las aguas no habían tragado aún. Magda se puso de pie en ella. Apenas cabían las plantas de sus pies en los angostos brazos de la cruz.
Pero Magda, por una maravilla de equilibrio, se conservaba firme y sin moverse. Así pasó una hora. Las aguas ya no subían: comenzaban a bajar. Magda no moriría ahogada; pero como era imposible que se mantuviera en esa posición durante muchas horas, caería por fin, rompiéndose la cabeza con las piedras. Mientras el agua cerraba herméticamente la ciudad como una tapa, podría permanecer sobre la cruz. Mas luego que el vacío se fuera ahondando en torno de ella, el vértigo se apoderaría de su cerebro, precipitándola al abismo. ¿En dónde estaba? A enorme altura, incuestionablemente. Esa cruz era el único punto respetado por las aguas. Poco a poco se fueron descubriendo las torres, las chimeneas y los tejados. Las agujas de los templos perforaban el manto de las aguas. El abismo crecía de arriba para abajo. El océano se retiraba dejándola sola, a doscientas varas de la tierra. Y por una rareza, que Magda no podía explicarse, a medida que las pérfidas
ondas descendían, se iban iluminando las claraboyas de las casas, las ventanas, los balcones, hasta que aparecieron por fin los reverberos y los faroles movedizos de los coches. ¿Qué...? ¿No había perecido la ciu dad? ¿Ella sola iba a ser la víctima? ¿Por qué no hizo lo que todos y se dejó tragar por aquella agua que no ahogaba y por aquella boca sin colmillos? Un vapor de oro subía de la ciudad, rodeándola como si fuera una neblina, hecha con hilos de cabellos rubios.
La vida bullía abajo, y esa vida en que iba a precipitarse fatalmente, era para ella el seno de la muerte. ¡Qué agudas le parecían las cúpulas y qué afiladas las cornisas! ¡Y gritaba, gritaba; pero no podían oírla! Únicamente las lechuzas, de ojos amarillos, comenzaron a revolotear en torno de ella. De pronto un cuervo de torcido pico y semejante al ave Rock que habita el Himalaya, le arrancó las pupilas a mordidas. No pudo ya ver nada: sus piernas flaquearon, dobló el cuerpo y cayó de cabeza sobre una aguja de granito.
Y entretanto que Magda, contemplando el cielo, recordaba su sueño de la víspera, la tempestad había pasado. El cielo estaba azul, como si lo hubieran tejido los ángeles con pétalos de nomeolvides y con los ojos de las rubias que se han muerto. Las golondrinas cuchicheaban alegremente en los alambres del telégrafo. Magda cerró el balcón y yo también.
José Juan Tablada. Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.
En 1920, José Juan Tablada (1871-1945) publica Li-Po y otros poemas, considerada la primer obra en incorporar el caligrama -de tradición francesa- en la lengua española. Esto debido a sus numerosas estancias en el exterior. También, de uno de sus viajes a Japón, se debe la incorporación del haikú -de tradición nipona- a la poesía de la tradición hispánica.
De esta manera, se puede considerar a Tablada como el renovador de la poesìa mexicana, pues le dio el carácter cosmopolita que tendrá a lo largo del siglo. Ofrecemos un fragmento de Li-Po y otros poemas:
La Revolución Mexicana fue un hecho importante para la consolidación de la literatura nacional, pues puso al campesino -y su lucha armada- como pilar de la identidad que el México contemporáneo se estaba forjando.
Tal es el caso de Cartucho (1931) de Nellie Campobello (1900-1986), libro de relatos en los que lo narrado se nos presenta a través de la mirada infantil de una niña. Ofrecemos el siguiente relato:
Nellie Campobello
Él
Cartucho no dijo su nombre. No sabía coser ni pegar botones. Un día llevaron sus camisas para la casa. Cartucho fue a dar las gracias. “El dinero hace a veces que la gente no sepa reír”, dije yo jugando debajo de una mesa. Cartucho se quitó un gran sombrero que traía y con los ojos medio cerrados dijo: “Adiós”. Cayó simpático, ¡era un cartucho!
Un día cantó algo de amor. Su voz sonaba muy bonito. Le corrieron lágrimas por los cachetes. Dijo que él era un cartucho por causa de una mujer. Jugaba con Gloriecita y la paseaba a caballo. Por toda la calle.
Llegaron unos días en que se dijo que iban a llegar los carrancistas. Los villistas salían a comprar cigarros y llevaban el 30-30 abrazado. Cartucho llegaba. Se sentaba en la ventana y clavaba sus ojos en la rendija de una laja lila. A Gloriecita le limpiaba los mocos y con sus pañuelos le improvisaba zapetitas. Una tarde la agarró en brazos. Se fue calle arriba. De pronto se oyeron balazos. Cartucho, con Gloriecita en brazos, hacía fuego al Cerro de la Cruz desde la esquina de don Manuel. Había hecho varias descargas cuando se la quitaron. Después de esto, el fuego se fue haciendo intenso. Cerraron las casas. Nadie supo de Cartucho. Se había quedado disparando su rifle en la esquina.
Unos días más. Él no vino; Mamá preguntó. Entonces José Ruiz, de allá de Balleza, le dijo:
—Cartucho ya encontró lo que quería.
José Ruiz, dijo:
—No hay más que una canción y ésa era la que cantaba Cartucho.
José era filósofo. Tenía crenchas doradas untadas de sebo y lacias de frío. Los ojos exactos de un perro amarillo. Hablaba sintéticamente. Pensaba con la Biblia en la punta del rifle.
—El amor lo hizo un cartucho. ¿Nosotros?... Cartuchos.
Dijo en oración filosófica, fajándose una cartuchera.
Juan Rulfo. INBA.
Los estragos de la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera (1926-1929) son el telón de fondo de la narrativa de Juan Rulfo. Su libro de relatos El llano en llamas (1953) y su novela Pedro Páramo (1955) conforman el pilar de la narrativa mexicana, pues al camino abierto por Campobello, Rulfo le suma una profunda habilidad al registrar la oralidad de la gente del campo. A continuación ofrecemos la lectura del relato "¡Diles que no me maten!" en voz de Juan Rulfo:
La Generación de Medio Siglo, de la que formaban parte Salvador Elizondo (1932-2006), Guadalupe Dueñas (1910-2002), Juan García Ponce (1932-2003), Inés Arredondo (1928-1989), Amparo Dávila (1928-2020), entre otros nombres, se caracterizó por una narrativa rica en el tratamiento de temas como el erotismo, el terror, lo fantástico, lo maravilloso, etc., que formó una tradición de narradores que, hasta el día de hoy, ha posicionado a México como una tradición de excelentes cuentistas.
Ofrecemos la lectura de uno de los cuentos más sorprendentes de Amparo Dávila, "Alta cocina":
Amparo Dávila. INBA.
José Agustín. Foto Cortesía de Rogelio Cuellar.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la literatura mexicana experimenta un gran cambio: la juventud desde la juventud misma.
La Literatura de la Onda fue un movimiento literario protagonizado por jóvenes que publicaron su primera novela en la década de 1960. Entre ellos destacan José Agustín (1944) con su novela La tumba (1964), René Avilés Fabila (1940-2016) con Los juegos (1967), Gustavo Sainz (1940-2015) con Gazapo (1965) y Parménides García Saldaña (1944-1982) con Pasto verde (1968)
Este grupo estuvo influenciado por la llamada contracultura, teniendo especial énfasis con la liberación sexual. el rock and roll, y los movimientos estudiantiles como el Mayo Francés y, particularmente, el 68 Mexicano.
El gran aporte de este grupo es una renovación en el tratamiento de la juventud, ya que antes de ellos la juventud representada en la literatura era hecha por personas en su edad adulta, lo que, a ojos de los miembros de La Onda, estaba alejada de la realidad que la juventud experimentaba en esos años.
Ofrecemos un fragmento de La tumba:
Llegué a mi casa, era ya la madrugada. Todos dormían, excepto mi asqueroso ruido. Clic, clic. Todo estaba oscuro. Mi cabeza está oscura. Tropecé varias veces pero llegué a mi ahora odiado cuarto. Me sentía furioso aún, algo extraño después. Mi furia se disipó y vino el añorado sentimiento.
Encendí la luz. Con tristeza advertí que era falsa, como todo. Hubiera preferido una vela, hasta me sentí pirómano. O que fuese de día. Durante esos momentos odié la electricidad con todas mis fuerzas. Apagué la luz para encenderla al instante. Tras sacar mi cuaderno, empecé a leer el último capítulo escrito de mi novela. Estaba desastroso, lo reconocí. Y pude sonreír por primera vez al hacer una comparación con los versos de Elsa. Clic. Mejor me mato. Clic, clic. Otra vez. Clic. Hubo un momento en que me había agradado el ruido. Clic, clic. Mas ahora es espantoso, martillea descarnizado. (Bête, Gabriel le Bête). Traté de engañarme oyendo El Lohengrin.
Me estoy haciendo el tonto, murmuré con indignación al ver el techo azul. Clic, clic, clic. El ansia suicida me hizo ver las maravillas de la muerte.
Sí, me mato.
Tomé una hoja de papel para escribir mi propio epitafio. Esto salió:
Porque mi cabeza es un lío
Porque no hago nada
Porque no voy a ningún lado
Porque odio la vida
Porque realmente la odio
Porque no la puedo soportar
Porque no tengo amor
Porque no quiero amor
Porque los ruidos están en mí
Porque soy un good ol’ estúpido
Sepan pues que moriré
Adiós adiós a todos
Y sigan mi ejemplo.
Tras firmar con letras claras y grandes, lo colgué —muy visible— en la pared. Comencé a silbar. Buscando el revólver.
Clic, clic, clic.
Aquí está.
Clic.
Las balas.
Clic, clic.
Una.
Clic.
Dos.
Clic, clic.
Tres.
Clic, clic, clic.
Assez.
¿No tengo otra solución?
Clic.
Yep, pero prefiero ésta.
¡Este maldito ruido, no puedo más!
Clic, clic.
Mi saliva es una flama.
Clic, clic.
Seca, seca, mi boca sigue seca.
Clic.
Ardiente.
Clic, clic, clic.
¡Qué curioso, siempre me llena este estúpido sentimiento!
Clic.
Triste y solitario, pero cómodo.
Clic, clic, clic.
No puedo negar que es cómodo.
Clic.
Sí, claro, en la sien es mejor.
Clic, clic.
Ya lo había pensado, esto es algo vulgar. Qué falto de originalidad soy. Debí haber discurrido algo ingenioso. Y el techo sigue azul y El Lohengrin sigue sonando.
Clic.
¡Bah, todo es vulgar, no tuve valor ni de seguir a Dora! Pero es cómodo, después de todo.
Clic.
Sí, cómodo.
Clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic…
El movimiento estudiantil del 68 y la Matanza de Tlatelolco el 2 de octubre tuvieron una gran repercusión en la literatura mexicana.
La poesía, la crónica, la novela y el ensayo fueron algunos de los géneros en los que se registraron ambos eventos. En la crónica y el periodismo, tal es el caso de La noche de Tlatelolco (1971) de Elena Poniatowska (1932), Los días y los años (1971) de Luis Gonzáles de Alba (1944-2016) escrito en la cárcel de Lecumberri debido a liderar un movimiento estudiantil.
En el caso de la novela destaca Crónica de la intervención (1982) de Juan García Ponce (1932-2002), Si muero lejos de ti (1979) de Jorge Aguilar Mora (1946), y Muertes de Aurora (1980) de Gerardo de la Torre (1938), novelas en las que ambos eventos son registrados por civiles y petroleros que, ante las represiones cometidas por las autoridades, se incorporan poco a poco al movimiento.
En la poesía, Rosario Castellanos (1925-1974), Jaime Sabines (1926-1999), Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013), José Emilio Pacheco (1939-2014), Thelma Nava (1932-2019), entre otros nombres, destacan por su rigor lírico frente a la Matanza de Tlatelolco.
Brindamos un fragmento de sendos poemas de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y José Emilio Pacheco:
Panorámica de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, durante el mitin de estudiantes del 2 de octubre de 1968. / Archivo EL UNIVERSAL
Memorial de Tlatelolco
(Fragmento)
Rosario Castellanos
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
Tlatelolco, 68
(Fragmento)
Jaime Sabines
Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.
Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.
Las voces de Tlatelolco
(2 de octubre de 1978: diez años después)
(Fragmento)
José Emilio Pacheco
—¿Por qué no me contestas?
¿Estás muerto?
—Voy a morir, voy a morir.
Me duele.
Me está saliendo mucha sangre.
Aquél también se está desangrando.
—¿Quién, quién ordenó todo esto?
—Aquí, aquí Batallón Olimpia.
—Hay muchos muertos.
Hay muchos muertos.
—Asesinos, cobardes, asesinos.
—Son cuerpos, señor, son cuerpos.
Armando Ramírez.
Hacia las últimas tres décadas del siglo XX, la literatura mexicana presencia la publicación de un puñado de obras que reflejan la nueva realidad que el llamado Milagro Mexicano (1940-1970) implantó.
Se conoce como Milagro Mexicano o Desarrollo estabilizador al periodo en el que México entra en un avance nunca antes visto en economía, urbanismo, cultura, política, etc., que trae como consecuencia una ola de urbanización en el Valle de México y un alto índice de natalidad, dando como resultado una amplia aparición de identidades y discursos en los que se mueve la ciudadanía.
Es así que en 1971 se publica Chin Chin el teporocho de Armando Ramírez (1952-2019), novela que marcó una profunda diferencia entre la literatura producida desde la élite (Octavio Paz, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes) y la literatura urbana, ya que el mismo Armando Ramírez se crio en un barrio que desde entonces ha cargado con la etiqueta de "barrio popular" en un sentido peyorativo y discriminatorio.
Esta novela, además de presentar a un personaje que recuerda los acontecimientos que lo llevaron al alcoholismo y la drogadicción, tiene la peculiaridad de presentar aspectos formales que reflejan en habla cotidiana de un personaje peculiar en el folclor mexicano.
En 1979 Luis Zapata (1951-2020) publica El vampiro de la colonia Roma, novela clásica de la literatura homosexual en México. Este novela produjo un cambio en en cuanto al silenciamiento de la diversidad sexual.
Además, esta obra suscitó algunos debates dentro del panorama literario mexicano, pues además del tema de la homosexualidad, se puso en duda su "estatuto literario" pues muchos lo consideraron literatura pop o literatura pornográfica.
Esto se debió, principalmente, a la homofobia de la cultura mexicana, ya que en décadas anteriores autores como el argentino Manuel Puig y el norteamericano Henry Miller ya habían tratado los mismos temas que Luis Zapata, con la salvedad de que tanto Puig como Miller fueron aplaudidos por la elite literaria mexicana.
Ofrecemos un fragmento en audio de esta novela en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=c8Qw12cnCx8
Luis Zapata.
Subcomandante Marcos. Fotografía de José Villa.
Para continuar con la lectura, consúltese https://www.csub.edu/~tfernandez_ulloa/CHIAPAS-MARCOS.pdf
El año 1994 es crucial para entender el rumbo que ha tomado la literatura mexicana hasta nuestros días. En este año ocurren dos acontecimientos importantes para la historia de México: la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte -que significó la eliminación de las barreras aduaneras entre Canadá, EE.UU y México, y que llevaría a éste último a su entrada en la globalización- y el levantamiento en armas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en cinco cabeceras municipales del estado de Chiapas.
Muy pronto ambos hechos hicieron eco en la prensa y literatura nacional e internacional. Por ejemplo, las publicaciones en la prensa escrita por parte de figuras internacionales como José Saramago y el sociólogo francés Yvon Le Bot que respaldaban las posturas a favor de el alzamiento indígena frente a la pérdida de soberanía e identidad que representaba la entrada en vigor del TLCAN.
En el ámbito literario, quizá el mejor ejemplo sea el mismo Subcomandante Marcos, principal vocero del EZLN al momento de su alzamiento, ya que en sus discursos éste hace uso de una retórica y poética que se asimilan a algunas crónicas españolas de lo siglos XVI y XVII:
Viento primero. El de arriba. Que narra cómo el Supremo Gobierno se enterneció de la miseria indígena de Chiapas y tuvo a bien dotar a la entidad de hoteles, cuarteles, cárceles y un aeropuerto militar. Y que narra también cómo la bestia se alimenta de la sangre de este pueblo y otros infelices y desdichados sucesos.
Suponga que habita usted en el norte, centro u occidente del país. Suponga que hace usted caso de la antigua frase de Sectur [Secretaría de Turismo] de "Conozca México prime ro". Suponga que decide conocer el sureste de su país y suponga que del sureste elige usted el estado de Chiapas. Suponga que toma usted por carretera (llegar por aire a Chiapas no sólo es caro sino improbable y de fantasía: sólo hay dos aeropuertos "civiles" y uno militar). Suponga que enfila usted por la carretera transístmica. Suponga que no hace usted caso de ese cuartel que un regimiento de artillería del ejército federal tiene a la altura de Matías Romero y sigue usted hasta la Ven tosa. Suponga que usted no advierte la garita que el Servicio de Inmigración de la Secretaría de Gobernación tiene en ese punto (y que hace pensar que uno sale del país y entra en otro). Suponga que usted gira y toma decididamente hacia Chiapas. Kilómetros más adelante dejará usted Oaxaca y encontrará un gran letrero que reza: "Bienvenido a Chiapas". ¿Lo encontró? Bien, suponga que sí. Usted entró por una de las tres carreteras que hay para llegar al estado: por el norte del estado, por la costa del Pacífico y por esta carretera que usted supone haber tomado, se llega a este rincón del sureste desde el resto del país. Y la riqueza sale de estas tierras no sólo por estas tres carreteras. Por miles de caminos se desangra Chiapas: por oleoductos y gaseoductos, por tendidos eléctricos, por vagones de ferrocarril, por cuentas bancarias, por camiones y camionetas, por barcos y aviones, por veredas clan destinas, caminos de terracería, brechas y picadas; esta tierra sigue pagando su tributo a los imperios: petróleo, energía eléctrica, ganado, dinero, café, plátano, miel, maíz, cacao, tabaco, azúcar, soya, sorgo, melón, mamey, mango, tamarindo y agua cate, y sangre chiapaneca fluyen por los mil y un colmillos del saqueo clavados en la garganta del sureste mexicano. Materias primas, miles de millones de toneladas que fluyen a los puertos mexicanos, a las centrales ferroviarias, aéreas y camioneras, con caminos diversos: Estados Unidos, Canadá, Holanda, Alemania, Italia, Japón; pero con el mismo destino: el imperio. La cuota que impone el capitalismo del sureste de este país rezuma, como desde su nacimiento, sangre y lodo.
Por otro lado, en 1996, se publica el Manifiesto del crack, documento que inaugura la Generación del crack, grupo integrado por Jorge Volpi (1968), Pedro Ángel Palou (1966), Eloy Urroz (1967), Ricardo Chávez (1961) e Ignacio Padilla (1968-2016).
Entre las características de este grupo se encuentran: una literatura compleja y de mayor exigencia formal, una narrativa dislocada y alejada de tiempos y lugares mexicanos, experimentación lingüística, etc.
Es decir, fue un grupo que buscaba desmexicanizar la literatura mexicana al incursionar en algunos géneros que, hasta el momento, habían sido ignorados por la élite literaria: la ciencia ficción, la novela negra, la literatura fantástica.
Ofrecemos una lectura del cuento "Tres" de Ignacio Padilla:
Arriba, de izquierda a derecha: Pedro Ángel Palou, Eloy Urroz, Ricardo Chávez. Abajo, de izquerda a derecha: Ignacio Padilla, Jorge Volpi.
Para ampliar la lectura, consúltese: http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/ignacio-padilla-131-cc.pdf
Cristina Rivera Garza. Fotografía de Pía Riverola.
A principios del presente siglo, los medios, el mercado editorial y la academia empiezan a publicar un puñado de escritores de los estados del norte de la República Mexicana, fenómeno al cual llaman la Literatura del norte.
Este fenómeno tiene un doble cometido: por un lado, busca desestabilizar la centralización de la literatura, y por otro, dar a conocer las problemáticas de los estados del norte, por ejemplo, la violencia y el narcotráfico.
Algunos nombres que son incluidos en este fenómeno son: Cristina Rivera Garza (1964), Daniel Sada (1953-2011), Élmer Mendoza (1949), Liliana V. Blum (1974), Eduardo Antonio Parra (1965), entre algunos otros más.
Ofrecemos el cuento "El último verano de Pascal" de Cristina Rivera Garza:
Teresa Quiñones me amaba porque tenía la costumbre de mirarla en silencio cuando ella discurría sobre la disolución del yo.
-¿Quién eres tú? -solía preguntarme al final de su charla.
-Lo que tú quieras -le contestaba alzando los hombros, reflejando la sonrisa con la que me iluminaba por completo. Mi respuesta la hacía feliz.
-El mundo, desgraciadamente, es real, Pascal -decía después, arrugando la boca y dándose por vencida de inmediato. Luego, como si la felicidad fuera sólo una breve interrupción, seguía leyendo libros de autores ya muertos envuelta en su sari color púrpura, recostada sobre los grandes cojines de la sala. Entonces yo me dirigía a la cocina a moler granos de café para tener los capuchinos listos antes de que llegara Genoveva, su hermana. Cuando ella se aparecía bajo el umbral de la puerta con sus faldas de colores tristes y zapatos de tacón bajo, la casa se llenaba de su perfume de gardenias.
-¿Dos de azúcar? -le preguntaba, más por seguir un ritual que por esperar la respuesta. Genoveva se sonreía entonces sin atisbo de alegría pero con suma sinceridad.
-Ya sabes que no tomo azúcar, Pascal -me decía mientras colgaba su bolsa y su saco, dándome la espalda. Teresa, entretenida en oraciones sin fin, tomaba el capuchino sin despegar la vista de sus libros o mirando hacia la pared sin ver en realidad nada. Genoveva y yo, en cambio, nos acomodábamos en la mesa de la cocina para vernos de frente y provocarnos sonrisas impremeditadas. A diferencia de Teresa, Genoveva me amaba porque la dejaba callar mientras yo le contaba sucesos sin importancia.
-Ayer vi la foto del hombre más gordo del mundo -le decía entre sorbo y sorbo de café-. Fue horrible.
-Genoveva sonreía con amabilidad, sin decir palabra. Ese era el momento que yo aprovechaba para pararme detrás de su espalda y darle un masaje circular en la base del cuello. Los gemidos que salían de su boca me emocionaban. Pero nunca pasaba nada más porque a esa hora por lo regular llegaba Maura Noches, la mejor amiga de las hermanas Quiñones. Su algarabía sin rumbo, el torbellino de sus manos y piernas, rompía la concentración de Teresa y el cansancio circular de Genoveva. Entonces todos nos volvíamos a reunir en la sala.
-¿Vieron la foto del hombre más gordo del mundo que salió ayer en la prensa? -preguntaba como si se tratara de un asunto de vida o muerte.
-De eso me estaba hablando Pascal precisamente -le informaba Genoveva, provocando sin querer la súbita sonrisa de Maura.
-Por eso me gustas, Pascal -decía ella sin rubor alguno-. Te fijas en todo lo que yo me fijo -lo cual era cierto sólo a medias. Maura usaba el cabello corto y los pantalones tan ajustados que se le dificultaba sentarse sobre el piso, a un lado de Teresa. Cuando lo lograba, cruzaba las piernas con un desenfado tan bien ensayado que casi parecía natural. Diva sempiterna. Así, encendía cigarrillos con gestos desmedidos y continuaba con su plática acerca de cosas insulsas que, en su voz de mil texturas, parecían misterios encantados. Teresa usualmente se aburría, y por eso se iba a su habitación para seguir leyendo. Mientras tanto, Genoveva hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos y la actitud de interés, pero después de media hora usaba cualquier pretexto para retirarse también. Entonces Maura aprovechaba nuestra soledad para aproximarse a mí con ademanes seductores y voz de niña.
-¿Te diste cuenta que volvieron a robar la bocina del teléfono de la esquina? -preguntaba más para confirmar que ambos nos fijábamos en las mismas cosas que para saber la suerte del teléfono.
-Pero si eso sucedió hace tres días, Maura -le decía y ella de inmediato se abalanzaba sobre mí porque mi respuesta validaba sus teorías. Presos de su conmoción, a veces nos besábamos detrás de las cortinas y, otras, nos encerrábamos en el baño para hacer el amor a distintas velocidades y en tantas formas como el espacio lo permitía.
-¿Qué vas a hacer conmigo? -le preguntaba en voz baja cuando me tenía bajo sí, derrotado y sin oponer resistencia. A ella esa pregunta la volvía loca.
-Eres un hombre perfecto -me aseguraba justo al terminar. Después se lavaba, se vestía y, con la cara frente al espejo, volvía a acomodarse los cabellos cobrizos detrás de las orejas. Cuando se ponía el lápiz labial color chocolate me mandaba besos ruidosos sin volver el rostro.
-La intensidad es lo que importa -decía todavía dentro del puro reflejo. Observándola de lejos, aún con el olor de su sexo en mis manos y boca, yo estaba de acuerdo. El mundo, como decía Teresa, desgraciadamente era real, pero eso no le importaba a Maura y tampoco me importaba a mí mientras pudiera seguir haciendo arabescos con su cuerpo.
-Tú y yo nos entendemos muy bien, Pascal -insistía. Después tomaba su bolsa y salía corriendo para evitar encontrarse con Samuel, su novio oficial, o con Patricio, su novio no oficial, para quienes yo no era ni hombre ni perfecto, sino un confidente leal.
-Yo no entiendo a Maura -se quejaba Samuel-. Le doy todo y, ya ves, se lo monta con todo el mundo.
-Maura es incomprensible -plañía Patricio-. La cuido y la complazco y mira cómo me paga.
Yo los escuchaba a ambos con atención. Samuel era un hombre delgado de cabellos lacios que seguramente no había hecho nada ilegal en su vida. Patricio era un muchacho de piel dorada a quien sin duda muchas mujeres habían amado. Con el primero me reunía en un café al aire libre rodeado de jacarandas, mientras que al segundo lo veía en los campos deportivos donde se congregaban los futbolistas de domingo. Uno me invitaba pastel de frambuesa y el otro cervezas heladas con tal de enterarse de algún secreto que les permitiera desarmar el corazón de Maura. Yo no entendía por qué querían hacer eso pero, cuando me pedían consejos, le decía al primero que a una mujer como Maura nunca se le podría dar todo y, al segundo, que una mujer como Maura nunca pagaba. Después de escucharme con la misma atención que yo les brindaba, ambos se retiraban con los pies pesados y los hombros caídos sin fijarse en el gato que comía restos de pescado detrás del restaurante chino o en las nuevas fotografías de mujeres desnudas que adornaban el taller mecánico de don Chema.
-¿Ya te estás cogiendo a la Maura? -me preguntaba el mecánico moviendo la cadera de atrás hacia delante cada que pasaba frente a su negocio-. Diantre de chamaco suertudo -decía entonces entre carcajadas. Yo nunca entendí lo que quería decir la palabra "diantre" y tampoco me gustó el apelativo de suertudo. Tenía 16 años y las mujeres me amaban, eso era todo. La suerte poco o nada tenía que ver con eso.
En esas épocas vivía en el último piso de un edificio que estaba a punto de caerse, por eso la buhardilla húmeda de paredes azul celeste que pagaban mis padres desde Ensenada no costaba mucho. Mes con mes, recibía el giro postal que me permitía costear la renta, comprar algo de comida y algún libro. Lo demás me lo daban las hermanas Quiñones, que me adoraban, o lo recibía de las manos agradecidas de Samuel o Patricio, que se iban convirtiendo poco a poco en mis amigos. Mi madre, sin embargo, se preocupaba constantemente por lo que llamaba las "estrecheces" de mi vida y sobre eso se explayaba en cada una de sus cartas.
Pascal, ojalá que ésta te alcance en buena salud y mejores ánimos. Por acá las cosas siguen igual o no tanto. Tu hermana Lourdes tiene novio nuevo, un tal Ramón Zetina, con quien estoy segura que terminará casándose-lo cual no me gusta mucho porque el hombre no tiene carácter y tu hermana lo mangonea a su antojo y ya tú y yo sabemos a dónde van a parar las familias donde no hay un hombre que sepa fajarse bien los pantalones. En fin, temo mucho que sea igual a tu padre, quien sigue prefiriendo contar los barcos que pasan por el muelle a trabajar ocho horas diarias en una fábrica de San Diego. Por eso, querido Pascal, aprovecha tu estancia en la capital para convertirte en un hombre verdadero. Nada me llenaría de mayor orgullo. Tu madre que te quiere y te extraña.
Por alguna razón que no atinaba a comprender, las cartas de mi madre siempre me llenaban de pesar. Supongo que por eso las leía a toda prisa y las abandonaba como sin querer cerca del bote de la basura. Luego me iba corriendo a la casa de las Quiñones, que quedaba sólo a dos cuadras. En el camino compraba granos de café y me fijaba en los teléfonos, los charcos, las fotografías de los periódicos y las voces de los merolicos. Cuando atravesaba el jardín bordeado de alcatraces me llenaba los pulmones del olor a rosas de castilla y dejaba la ciudad atrás, porque para entrar al mundo de las Quiñones, eso había quedado claro desde el principio, todo lo demás tenía que quedar atrás. Al abrir la puerta de la entrada ya me sentía mucho mejor. Me bastaba con ver a Teresa en su sari color ocre y su larga trenza salpicada de piedrecillas brillantes para que me invadiera una extraña sensación de sosiego. Así, en ese estado sin urgencias, me sentaba cerca de Teresa sin hacer ruido y fingía leer alguno de sus libros.
-La identidad es una fuga constante, Pascal -decía con los ojos atónitos y la voz grave-. Nunca le ganaremos a la realidad -concluía. Yo admiraba la manera en que se atormentaba todos los días y, por eso, me recostaba sobre su regazo esperando el fluir de sus palabras.
-No te preocupes, Teresa, yo soy lo que tú quieras -le repetía cerca de los senos.
-Te lo dije, Pascal -me increpaba-, estás vacío. ¿Sabes lo que quiere decir la palabra inerme?
No lo sabía y tampoco encontraba razón alguna para discrepar de sus opiniones. En su lugar, le sonreía en perfecta calma y total silencio. Ella, a veces, pasaba su mano derecha sobre mi cabello. Otras veces, si estaba de buen humor, nos besábamos sin ruido hasta que oíamos los pasos cansados de Genoveva atravesando el pasillo de afuera.
-¿Dos de azúcar? -le preguntaba y ella y yo sabíamos por qué sonreía de ésa manera. Después llegaba Maura a transformarlo todo con su presencia.
-¿Viste al gato hoy?
-Detrás del restaurante chino.
-¿Y el anuncio de la corrida de toros?
-Ha estado ahí por dos semanas, Maura -el interrogatorio podía durar minutos u horas, todo dependía de cuánto aguantara Teresa sin un libro o del cansancio genético de Genoveva. Una vez a solas, no tenía que hacer otra cosa más que esperar. Si algo había aprendido en las muchas tardes que pasaba en la casa de las Quiñones era que la única manera de estar con Maura consistía en esperar, y yo lo hacía con una fe y una dedicación religiosa. La esperaba sobre el sillón y ella llegaba sin remedio y sin prisa.
-Eres mi imán -decía. Y mis ojos reflejaban entonces el asombro que se provocaba a sí misma cuando era capaz de convertirme en su hierro magnético.
-Cógeme -le murmuraba yo sobre la punta de la lengua y Maura no tenía otra alternativa más que obedecerse a sí misma. A veces me desabotonaba la camisa de camino al baño, otras me tomaba de la mano y me cantaba una canción de cuna sobre la alfombra. Sus deseos eran mis deseos. Tal vez yo era inerme, como decía Teresa, pero mi desamparo y mi indefensión me llevaban a lugares donde era feliz y me sentía a gusto. La casa grande de las Quiñones era uno de esos lugares. Ahí, entre el olor a incienso y bajo la luz inclinada de la media tarde, sólo necesitaba abandonarme a mí mismo para ser lo que en realidad era. No tenía ganas de cambiar. No tenía ganas de convertirme en nadie más.
El mundo, desgraciadamente, era real. Lejos de la casa de las Quiñones, el mundo me atosigaba con demandas y sospechas. Patricio, por ejemplo, cada vez hablaba menos de Maura en nuestras reuniones y cada vez más de la rareza de las hermanas.
-¿Y tú crees que andar envuelta en esos trapos de colores es normal? -se preguntaba Patricio mientras tomaba una cerveza.
-Es un vestido hindú que se llama sari -le aclaraba yo repitiendo las palabras de Teresa-. Es bonito, además -le decía. Él lo negaba con su cabeza.
-Te están volviendo loco a ti también, Pascal -me advertía entonces y se alejaba con una sonrisa de frustración en el rostro. Yo todavía no empezaba a dudar.
Samuel, por su parte, empezó a preocuparse por mi futuro.
-¿Qué harás cuando seas grande? -me interrogaba de cuando en cuando, justo cuando más disfrutaba la tarta de manzana y el café expreso al que me tenía acostumbrado.
-Pero si ya soy grande -mi respuesta sólo le provocaba una sonrisa displicente.
-No puedes ser el objeto sexual de las Quiñones toda la vida, Pascal -me decía-. A menos, claro está, que lo único que desees ser en la vida sea un gigoló.
Su selección de términos me impedía cualquier tipo de gozo. Objeto sexual. Gigoló. Ser grande. A veces me daban ganas de contestarle con alguna de las frases demoledoras de Teresa, pero al ver su mirada fija sobre mis ojos me daba miedo y compasión. ¿Qué le podía decir yo a un hombre que no sabía ni siquiera conquistar a Maura, la más fácil de todas las mujeres? En lugar de destruir su mundo, lo dejaba ir con su convicción a cuestas. Le pesaba tanto que caminaba con los hombros y los ojos caídos, sujeto a sí mismo y ajeno a su alrededor.
Samuel y Patricio me daban lástima y me hacían dudar, pero por meses enteros continué visitando la casa de las Quiñones a pesar de sus advertencias. Apenas si cruzaba la verja del jardín me sentía a salvo y, una vez dentro, me olvidaba de mis recelos y reparos. Ni Teresa ni Genoveva ni Maura me pedían nada, ni siquiera estar ahí pero, cuando lo estaba, las tres me disfrutaban en la misma medida en que yo lo hacía. Yo pensaba que era feliz. Y tal vez porque lo era y no tenía cabal consciencia de serlo, me aproximé a Teresa una tarde no con el silencio que acostumbraba sino con una pregunta inesperada.
-Sabes, Teresa -murmuré cerca de sus senos-, de un tiempo para acá me preocupa lo que haré de grande.
-Pero si ya eres grande -me contestó, empujándome suavemente fuera de su regazo, obligándome a verla a los ojos. La sorpresa total de su mirada me llenó de otro tipo de temor.
-El mundo, ¿verdad, Pascal? -susurró con la voz tersa.
-Desgraciadamente -le dije más por un reflejo automático que por pensarlo de esa manera.
Nada fue lo mismo después. Los pequeños gestos de rechazo se sucedieron uno tras otro, pequeños al principio y grandes hasta la grosería conforme pasó el tiempo. Cuando, por ejemplo, guardaba silencio frente a las disquisiciones de Teresa, ella me miraba con curiosidad malsana.
-¿En qué estás pensando, Pascal? -me preguntaba. Ninguna de mis respuestas la satisfacía y ante todas guardaba un silencio aún más pesado que el mío. Después, cuando trataba de masajear el cuello tenso de Genoveva, ésta se removía sobre el asiento con una desconfiada impaciencia hasta que daba un salto de gato montés que la alejaba de mí definitivamente. Maura, por su parte, dejó de desear mis deseos aunque yo cada vez deseaba más los de ella. A medida que la rutina en la casa de las Quiñones cambiaba de ritmo, yo me sentía más nervioso en su presencia. Patricio tenía razón, el sari de Teresa podía ser bonito pero era, a todas luces, incómodo. El cansancio de Genoveva no tenía razón de ser. Maura era promiscua. Yo, Samuel tenía razón, me había convertido en el títere de tres mujeres enloquecidas.
Poco a poco dejé de frecuentarlas. En lugar de ir a su casa, dirigía mis pasos al campo de fútbol donde me encontraba con Patricio o a los restaurantes de moda donde comía gracias a la generosidad de Samuel. Mi apariencia cambió también. Me corté el pelo y dejé de usar los mocasines que tanto le gustaban a Genoveva porque no hacían ruido sobre la duela. Mis camisas de botones blancos fueron sustituidas por camisetas arrugadas con logos de equipos de fútbol. Empecé a masticar chicle y a fumar de vez en cuando. Así, desaseado, sin cuidar mi apariencia, iba a reunirme con los hombres. Pronto me di cuenta que la mayoría de las veces sólo hablábamos de mujeres. Utilizábamos todos los tiempos: lo que iba a pasar, lo que pasaría, lo que tendría que pasar con ellas. Y, juntos, entre miradas vidriosas y oblicuas, ensayábamos todas las formas del sarcasmo.
-Maura es una puta -dije una vez en una cantina rodeado de amigos. Como todos parecían ponerme atención, pasé a describirles en gran detalle algunas de nuestras aventuras eróticas en el cuarto de baño de las Quiñones. A pesar de que el licor y las risas me mareaban, no pude dejar de notar que, acaso sin pensarlo, editaba mi relato a diestra y siniestra. Nunca mencioné, por ejemplo, que para tener a Maura entre mis brazos y piernas no tenía que hacer otra cosa más que esperar sobre el sillón de la sala. Cuando mencioné la palabra "cógeme" la puse en sus labios y no en los míos. Según mi relato de cantina, Maura siempre decía que yo era un hombre perfecto al final del acto. Nunca mencioné nada acerca de su idea de la intensidad. Así, despojada de lo que la hacía entrañable para mí, Maura era en realidad una mujer como cualquier otra. Una reverenda puta. Y yo la resentí.
Esa noche, cuando ya iba de regreso a mi buhardilla sin la compañía de nadie, pasé como siempre frente a la casa de las Quiñones. Sin poder evitarlo me detuve en la esquina para observarla largamente. Era una casa común y corriente. Una verja de hierro daba entrada a un jardín desordenado, lleno de maleza, donde algunos alcatraces y otras tantas rosas de castilla apenas si sobresalían entre la hierba. La puerta de la entrada era un simple rectángulo de madera. Y, dentro, como en todas las casas, había una sala, un comedor, una cocina, tres recámaras y dos baños. La veía por fuera y la imaginaba por dentro y de cualquier manera la casa era la misma. De repente, sin embargo, me descubrí llorando. Tuve ganas de volver a entrar y estuve a punto de intentarlo, pero me detuve en el último momento. Después salí corriendo calle arriba y, en un abrir y cerrar de ojos, regresé calle abajo de la misma manera.
-¡Teresa! -grité desde la acera, pero nadie respondió.
-Genoveva -vociferé mientras trataba de saltar la verja, pero mi voz se perdió en el más absoluto silencio. Cuando comprendí que todo era inútil, que todo estaba perdido, me puse a llorar como un niño frente a su puerta. No supe cuando me quedé dormido.
Al amanecer, me dolía todo el cuerpo. Como un convaleciente me incorporé poco a poco, observando la casa inmóvil sin parpadear, bajo el influjo de eso que Teresa solía llamar melancolía. Me dolía toda su presencia, es cierto; pero más dolía la posibilidad de su ausencia. Nadie me creería. Eso es lo único que pensé por largo rato: nadie me va a creer. Ningún hombre me va a creer. Ninguna mujer. Yo mismo ya lo estaba dudando. Por eso salí corriendo una vez más bajo el sol adusto de la mañana. Subí todos los escalones de dos en dos hasta llegar a mi buhardilla y, casi sin respiración, tomé un lápiz y una hoja de papel y todas las palabras que le conocía a Teresa. Así comencé este relato un 13 de agosto de 1995 a las 6: 35 de la mañana. Tan pronto lo terminé, salí una vez más rumbo a los campos de fútbol. Los amigos de Patricio me recibieron con algarabía y pronto me sumé a sus filas. Jugamos bien, ganamos ése día. Cuando el último silbatazo detuvo el juego, corrimos los unos a los otros. Nos abrazamos entre sonrisas y maldiciones y, después, nos sentamos alrededor de unas cuantas cervezas. Olíamos a sudor. Poco a poco, mientras ellos contaban chistes y continuaban con el festejo, dejé de escucharlos. El ruido de una sirena que se va. Pensé que Genoveva debía estar llegando a casa en ese momento. Luego, me recosté sobre el pasto y, mirando hacia lo alto, me di cuenta que empezaba el otoño porque había un extraño lustre dorado sobre las hojas de los eucaliptos.
Finalmente, en la última década han aparecido dos grandes obras que reflejan las grandes problemáticas sociales que han azotado a México en los últimos 30 años: la trata de mujeres y la desaparición forzada.
Las elegidas (2015) de Jorge Volpi es una novela lírica que narra la participación de un joven en el negocio familiar, en donde desempeña el papel del seductor enamorando a las mujeres para, minuciosamente, prostituirlas.
Antígona González (2012) de Sara Uribe (1978) está centrada en la historia de Sandra Muñoz por la desaparición de su hermano en el estado de Tamaulipas. Ofrecemos un fragmento de esta obra:
Sara Uribe. Fotografía cortesía de Dharma Books.
No querían decirme nada. Como si al nombrar tu ausencia todo tuviera mayor solidez. Como si callarla la volviera menos real. No querían decirme nada porque sabían que iría a buscarte. Sabían que iría a tu casa a interrogar a tu esposa, a reclamarle que no diera aviso de inmediato, que nadie denunciara tu desaparición.
Nuestro hermano mayor y tu mujer en la pequeña sala de tu casa. Tus hijos jugando futbol con los vecinos.
Nuestro hermano mayor y tu mujer diciéndome que Ninguno había acudido a las autoridades, que Nadie acudiría, que lo mejor para todos era que Nadie acudiera.
Son de los mismos. Nos van a matar a todos, Antígona. Son de los mismos. Aquí no hay ley. Son de los mismos. Aquí no hay país. Son de los mismos. No hagas nada. Son de los mismos. Piensa en tus sobrinos. Son de los mismos. Quédate quieta, Antígona. Son de los mismos. Quédate quieta. No grites. No pienses. No busques. Son de los mismos. Quédate quieta, Antígona. No persigas lo imposible.
Pero ¿cómo no voy a buscar a mi hermano? Díganmelo ustedes ¿Cómo no voy a exigir su cuerpo siquiera para enterrarlo? ¿Cómo voy a dormir tranquila pensando en que puede estar en un barranco, en un solar baldío, en una brecha?
Para la lectura completa de Antígona González, https://poesiamexa.files.wordpress.com/2016/06/antc3adgona-gonzc3a1lez.pdf