Santiago Blasco: “Yo era el niño que ponía las películas del cinefórum del colegio los fines de semana”
La historia de Santiago Blasco (Madrid, 1957) es una novela de aventuras que bien merece esta entrevista llena de sorpresas. Economista de profesión, y escritor por vocación, un día se le abrió el telón de escribir novela histórica a través de la Editorial Algaida. Sus libros son grandes éxitos de venta, y han sido presentados y/o prologados por personas tan reconocidas como Mari Carmen Izquierdo, Paloma Gómez Borrero, Pilar Cernuda, Miguel Ángel Revilla, Fernando Jáuregui, o incluso por otro ilustre antiguo alumno, Javier Olivares, creador y productor de El Ministerio del Tiempo, entre otros.
También ha sido profesor universitario, viajero incansable y un enamorado de la historia. Algunos de los títulos de sus obras más relevantes son: La caja almoneda, El mercader de Alejandría, Corocotta el cántabro, Campo de la estrella, La palma del indiano, El amigo del rey.
¿Cómo recuerdas los orígenes de tu familia en el barrio?
La llegada de mis padres al barrio estuvo motivada por nuestro origen militar, porque les concedieron una vivienda en la Vía Lusitana, donde aún vive mi madre desde hace 65 años. Mi padre nació en San Sebastián, mi madre en Aldea Moret (Cáceres), se conocieron y acabaron viviendo en Madrid. Soy el mayor de 5 hermanos, ahora 4 tras la muerte de Marco. Todos fueron al Sanvi, Tomás, Marco, Alberto, excepto mi hermana, porque por entonces no venían chicas. En mis primeros años me educaron las monjas de San Vicente de Paúl, hasta que a los 7 años ingresé en San Viator hasta acabar el COU, es decir, pasé 10 maravillosos años.
El barrio lo recuerdo con luces y sombras. Era un barrio obrero con gente trabajadora. Recuerdo Usera como muy comercial pero conflictiva. En cambio, la zona de la Vía Lusitana-Avenida de Oporto-Setúbal era más tranquila. Quizás, por ser una colonia de militares y guardias civiles. El colegio hizo que muchos vecinos nos hiciéramos amigos, ya que por arte de magia se creó una especie de marca entre los que íbamos al sanvi. Nos sentíamos unos privilegiados por ello, y hasta nos daba la impresión de que los demás nos veían de esa manera. Era como sin querer, generáramos una cierta envidia.
El referente era el Parque Sur, porque los alumnos nos escapábamos allí para juntarnos con los amigos y compañeros de colegio. Y curiosidades de la vida, es ahora que cuando pasamos cerca del parque, nos escapamos al colegio para saludar a los amigos que encontremos. Jugábamos mucho en la Vía Lusitana, mi balcón tenía vistas al parque y vi muchas veces en primera línea los ensayos de los desfiles militares, justo donde ahora está el Cotorruelo y el campo de tiro. La guardia civil venía con la caballería a entrenar, acompañados por los ruidos acompasados de los tambores y los trinos de los clarines. Preparaban el desfile del 12 de octubre.
¿Cómo fueron tus años en el colegio?
Mis recuerdos comienzan en el año de 1964 y terminan en 1974. Ese fue el periodo de mi vida donde compartí sueños, alegrías, algún que otro disgusto, pocas peleas con compañeros, y sobre todo, conocí a muy buenas personas en esa época irrepetible de la adolescencia en la que todo es sinceridad. Porque cuando no tenemos casi nada que ocultar, y bastante por aprender, es cuando nos mostramos a los demás tal como somos en realidad. Es cuando dejamos que los amigos de la infancia nos conozcan sin esas caretas que la experiencia nos coloca delante conforme cumplimos años.
Yo era un alumno de notas normales, pero muy curioso e inquieto, me encajaba mucho eso de “aprendiz de mucho pero maestro de poco”. Solía hacer preguntas que sirvieran para conectar con aspectos de la vida, no me quedaba en lo superficial. Me recuerdo siempre hablando con los profesores, para hacer más de una vez de delegado, sin serlo. Me gustaba implicarme. Por mi forma de ser, soy de mojarme; de entregarme al colectivo. Al final, la experiencia me dice que recibes cosas buenas.
“El padre Sabino pidió un voluntario para proyectar las películas, y me apunté”
He leído otras entrevistas y he podido apreciar con satisfacción que se repiten los mismos nombres que yo mantengo entre mis más preciadas nostalgias. Todavía resuenan los nombres de Casiano, padre Jaime, Pepe Domaica, Evilasio Esparza y a otros muchos que conocí en mis años colegiales.
En el plano deportivo, que tanto se vivía en el colegio yo era de baloncesto, todos los años me reclutaba Pepe Domaica. Solía entrenar en compañía de Juan Antonio Corbalán, aunque él estaba en los equipos superiores. Pero también era muy aficionado al tenis, de hecho llegué a ser número 8 de Madrid, que se podría equiparar a estar entre los 20 mejores jugadores de España. En el colegio quedé campeón de frontón a mano. Son batallitas.
Recuerdo al Padre Martiniano, con su célebre frase “cada cual es cada cual y tiene sus cualicualadas”. Y al Padre Antonio, que nos enseñaba a escribir a máquina, y que por cierto, era el que más se encargaba de los artículos de la hoja colegial. También tenía una frase muy especial: “¡Todavía hay gente buena!”.
Pero hubo día en el que se abrió para mí una puerta muy especial de mi vida escolar. Fue cuando Sabino pidió un voluntario para proyectar las películas de cine que se mostraban los fines de semana en el colegio. ¡Y me apunté! Mientras Javier Olivares estaba en el cine (eso le leí en su entrevista) yo era el que estaba arriba en la cabina manejando la máquina que proyectaba las películas, viernes, sábado y domingo. Pasaba las tardes liado con preparativos para dejar todo organizado. La verdad es que he visto mucho cine a lo largo de mi vida. Y aquí, en el colegio, fue donde comencé a verlo de manera diferente. Aunque también, colaboró mucho mi abuela, que era muy cinéfila, y siempre que podíamos me llevaba a dobles sesiones. Sabino era el encargado, y yo era su ayudante. “Amor con amor se paga”, decía muchas veces, era muy agradecido y una gran persona.
“Teófilo ha pasado de ser mi profesor a convertirse en alguien de mi familia”
Es cierto que la convivencia en el Sanvi no sólo consistía en acudir a las clases y aprobar las asignaturas. También se potenciaba el deporte, las relaciones sociales, la lectura, el cinefórum, las excursiones, visitas a museos y hasta los viajes a lugares lejanos más allá de nuestras fronteras patrias. En realidad, formábamos parte de una comunidad educativa y formativa en la que los alumnos éramos parte esencial del juego del saber, del conocer y del relacionarnos.
En mi caso en concreto, la gran figura representativa de los profesores del Sanvi es Teófilo Losada. Un magnífico maestro, una bellísima persona y un entrañable amigo. Después de los años de colegio, entre nosotros nació una amistad que se ha prolongado a lo largo de los años para convertirse en una relación familiar. Teófilo conoce a mi mujer y a mis hijos. Ha dado clase al resto de mis hermanos. Todos los años compartimos viajes y aficiones. Desde visitas guiadas al cercano Toledo, hasta la asistencia a la ópera de Milán. Siempre ha sido un compañero de viajes extraordinario con el que da gusto conversar por su enorme cultura. Tenemos muy presentes todas y cada una de nuestras largas sobremesas en las que exponemos puntos de vista y críticas a mis novelas. He aprendido mucho con él, y todavía sigo aprendiendo.Fíjate lo importante que es para mí, que cada vez que escribo un libro, el primer filtro es Pilar, mi mujer, pero el siguiente es siempre Teo y su mujer Marinieves. Como me quieren mucho son muy críticos, constructivamente, claro, y me sirven de gran ayuda. Luego, mis novelas pasan a otros 4 lectores más. Pero el primero, es mi antiguo profesor. No se me ocurre que una novela mía llegue a la editorial sin que antes pase por Teo.
Nuestra amistad se forjó durante muchos años en los Premios de Investigación de San Viator, que coordinaba Teo con la ayuda de Luismi Rivera, a los que me invitaba todos los años. De hecho a través de él pude incluso dar clases universitarias en las aulas del colegio que formaron parte de una sección de la Universidad de Coventry cuyo nombre era “KnowHow”.
“Trabajaba de lunes a sábado de 8 a 3, e iba a clase de 4 a 10, con el objetivo de acabar la carrera”.
También quisiera recordar a otro profesor, Manuel Fernández, recientemente fallecido, al que quise hacerle un homenaje en la presentación de uno de mis libros. Mi dedicatoria fue: “A D. Manuel Fernández, mi profesor de lengua española y literatura, porque enseñaste a mis compañeros a leer y a escribir, pero a mí me enseñaste a ser escritor“. Fue un acto muy emotivo. Se me echó a llorar abrazándome, mientras me decía que era la primera vez en todos sus años que un alumno le decía una cosa así.
Eres economista, pero la vocación de escritor siempre estuvo ahí, hasta que llegó tu momento
Mi trayectoria profesional considero que ha sido muy variada. En síntesis, cuando salí del colegio aprobé unas oposiciones al Banco de Bilbao, allá por mayo de 1974. Todavía no había cumplido 17 años. Trabajé 12 años en el departamento Extranjero del citado banco mientras estudié Ciencias Económicas y Empresariales. Trabajaba de lunes a sábado de 8 a 3, e iba a clase de 4 a 10.
“No tenía ninguna esperanza de que se publicara mi primera novela”
En 1986 me fui de la entidad bancaria para establecerme por mi cuenta mediante la constitución de varias sociedades dedicadas a inmuebles, seguros, exportación e importación, y asesoramiento fiscal. Simultáneamente, en 1982 ingresé por contrato laboral en el Hospital de San Lorenzo de El Escorial para encargarme del control de pagos a los enfermos del aceite tóxico de colza. Obtuve el doctorado en Financiación e Investigación Comercial por la Universidad Autónoma de Madrid. He sido profesor en la Universidad Europea de Madrid y también he realizado multitud de informes como economista forense.
Pero mi gran pasión es la literatura. Fue a partir de los 50 años de edad cuando comencé a escribir mi primera novela, titulada “La caja almoneda”. Después de hablar con algunos escritores, no tenía ninguna esperanza de que se publicara, pero quería dejar algo escrito de recuerdo para mis hijos y también buscaba una dedicación que me resultara interesante y que pudiera realizar durante los años de la jubilación. Mi gran sorpresa fue que una editorial pequeña, Bohodón, no dudó en publicarla en 2009. Después, Editorial Anaya, a través de su sello para novela histórica, Algaida, se interesó por mis trabajos y así se publicaron en 2014 “El mercader de Alejandría”, en 2016 “La palma del indiano”, en 2017 “Corocotta, el cántabro”, en 2018 “Campo de la estrella” y en 2021 “El amigo del rey”.
Quizás la experiencia con el cinefórum de Sabino cultivó en mí un gusto por la cultura, añadido a que la congregación siempre ha estado más volcada con las humanidades, porque realmente ese es su sello. Pero como soy de meterme en jaleos llegó lo de publicar la novela. Y como me dice Teo, “te metes en todo pero sales de todo airoso”. Porque crear una novela no es algo breve ni sencillo. Yo tardo un año y medio en sacar un libro, porque lleva mucha investigación. Me gusta documentarme todo lo que puedo. La novela histórica tiene una parte novelada pero una parte raíz que es historia real. Siempre busco pequeñas parcelas desconocidas de la historia en las que profundizo. Lo disfruto enormemente.
¿Sigues teniendo contacto con tus compañeros de entonces?
Sí, Nunca he dejado de tener contacto con ellos, y he seguido vinculado con el colegio. Cuando nos volvernos a juntar con los camaradas de antaño actuamos con la misma naturalidad y cercanía de siempre, como si no hubiera transcurrido el tiempo en nuestras cabezas ni en nuestros sentimientos. Ya no nos hablamos con la misma frecuencia, pero sabemos que los tenemos muy cerca. Tal vez, porque nunca se han ido de un lugar muy próximo a nuestro corazón.
“Ser del sanvi es un imán para reunirse”
El premio de investigación siempre fue un catalizador de encuentros de todos los amigos de muchas generaciones. El jurado del premio estaba formado casi al completo por antiguos alumnos. Y es que el premio tenía dos premios, el que recibían los alumnos y el de poder reencontrarnos los antiguos alumnos.También en la presentación de mis libros se han juntado muchos compañeros, como por ejemplo, en el Círculo de Bellas Artes, repleto de antiguos alumnos. O en la presentación de Corocotta, el cántabro en el Teatro Muñoz Seca. El sanvi es un imán para reunirse. También en la feria del libro. Porque lo que no cambia es que en el fondo siempre queremos estar con los amigos, con los que estábamos con la guitarra en el parque sur, haciendo deporte o en el cinefórum, esa era nuestra vida. Pasaba la semana en el colegio, y en los fines de semana las mañanas con el baloncesto y las tardes con el cine. Nos conocimos de jóvenes, cuando éramos nobles, transparentes, y seguimos siendo así y no podemos engañarnos, porque la esencia del individuo no cambia. Tengo anécdotas buenísimas, como la de un reparador de mi caldera que, tras darnos cuenta accidentalmente de que ambos éramos antiguos alumnos, pasó de decirme que no tenía arreglo a hacer el imposible y dejármela arreglada. O la de un compañero de pupitre, José Eduardo Bahamonde, que atendiendo a mi hijo en consulta le dijo a mi mujer que él había sido compañero de un niño con igual nombre en el sanvi. Cuando ella le confirmó que yo era el padre y que además estaba fuera esperando, salió disparado a darme un abrazo para enorme sorpresa de toda la sala de espera.
“Hay una marca inconfundible de ser antiguo alumno viatoriano”
A lo largo de mi vida de adulto me he encontrado con otros compañeros de colegio que por razones de edad no coincidieron conmigo. Y sin embargo, tengo que reconocer que casi todos ellos tienen ese sello especial de la casa, la marca inconfundible de ser antiguo alumno viatoriano, y la mayoría alardeamos de ello. Es una gran labor la que ha hecho por el barrio. Y no solo por el barrio, porque había hasta 37 rutas que venían con alumnos desde distintos lugares.Y si eso es así, me pregunto donde reside la diferencia entre los que a pesar del tiempo transcurrido todavía están dispuestos a participar en cualquier actividad colegial a la que son invitados y los que prefieren permanecer indiferentes como momento ya pasado casi olvidado. Quizá, una razón es el grado de compromiso de cada alumno. No todo el mundo responde de la misma manera a la hora de participar en actividades colectivas. Siempre he pensado que quien es de una manera determinada a la edad de la adolescencia, se mantiene el resto de su vida con esa misma esencia. El espíritu del individuo no cambia con los años. Solamente transforma su comportamiento ante los demás en función de las necesidades de cada instante. Y eso no depende de la voluntad de nadie, porque se nace con esa característica y no existe otra explicación. Algunos es probable que no tengan la mejor valoración personal del periodo de permanencia en el colegio, porque en la vida, a veces, hay malas experiencias que marcan el camino. Y también, puede que a otros les afecte la valoración personal del éxito profesional conseguido, porque se sienten por debajo de lo que se esperaba de ellos, ante lo que consideran una inevitable comparación con la proyección profesional de cada uno de los compañeros del curso. Una pregunta que se produciría cuando cada cual contara como le había ido su vida después de abandonar el colegio. Olvidaron que no todos podemos ser ministros, ni jueces, ni catedráticos, ni directores generales de grandes empresas. Que lo importante es haber sacado adelante a nuestras respectivas familias y poder contarlo después de tantos años.
“Los padres deben dejen ser a cada cual lo que quiera ser”
El futuro de nuestros chicos es incierto, vivimos en un mundo muy cambiante donde es muy probable que muchos acaben dedicando su vida laboral a trabajos que ni siquiera imaginamos en la actualidad ¿Qué te gustaría transmitir a los alumnos y a sus familias?
Que no se preocupen. Que una cosa es la necesidad, porque hay que ganarse la vida de algo, y otra, es la vocación, que siempre la van a llevar dentro. Que les dejen ser lo que quieran, porque así saldrá el genio que llevan dentro. No es fácil acertar a conjugar necesidad y vocación, pero en ello deben acompañar los padres. Mi padre me vio demasiado ocupado con el tenis, las chicas, la guitarra, y poco estudio, y aún sin suspender ninguna asignatura, me lió para que me preparara unas oposiciones al banco, que a buen seguro iban a provocar que dejara todo aquello que me entretenía en demasía…y acertó.
Y también me gustaría decirles que no tengan prisa, que no les presionen, que les dejen ser a cada cual lo que quiera ser. Los padres tienen que dejar a los hijos que tienten a su suerte, para que puedan tejer su destino. Yo he tardado 50 años en compaginarlo. Y si de joven hubiera empezado a escribir, a saber qué hubiera sido de mí. Quizá, me hubiera quedado en el camino por falta de recursos. A saber…porque una decisión en edad temprana marca el camino de una toda una vida. No es cuestión de elegir bien, es cuestión de acertar.
Y Santiago acertó, de pleno. Poder llegar a conseguir ser un escritor de éxito es fruto del talento y de la ilusión, que desde luego no ha perdido. El día se le hace corto y el mundo se le queda pequeño para todo lo que quiere hacer este intrépido soñador, que es capaz de viajar al rincón más insospechado del mundo en busca de un personaje para una nueva novela.
Y es que hay historias tan bonitas como la de la mítica película Cinema Paradiso que no hay que ir a buscar muy lejos, porque Santiago fue aquí nuestro pequeño Totó, ese niño de ojos despiertos que aprendió a amar la cultura mientras empezaba a conocer la vida en la cabina de aquel cine italiano. Muy orgulloso estará Sabino de él. Tanto como Teófilo.
¡Sigue disfrutando de todo, Santiago! ¡Y gracias!