Nuestras Letras amigas
Nuestras Letras amigas
La Plata - Provincia de Buenos Aires - Argentina
(1934-2015)
Te he esperado pacientemente todo el día. Sé que estabas a llegar. Varias veces recorrí desesperado los andenes, pensando que equivocaste el tren.
Tu rostro me decía: “Llegó el Tiempo, la hora y el momento de encontrarnos”.
Cuando en la estación escuchaba otro tren que se aproximaba, corría al encuentro de la ilusión. Sabías que te esperaba, y tenías miedo. Miedo que pudiera verte impropia, inadecuada.
Bajaste del vagón en el que te sentías solitaria. Caminaste pausadamente esperando que yo pudiera identificarte, y sin abrir los labios, preguntarte por qué habías demorado tanto.
Con tu mirar hacia abajo, ocultando la luz de tus ojos, disimulé un descuido, un algo que se me había caído, y al agacharme y levantar mi cabeza, enfrenté tus ojos...
Fue una mirada eterna... Segundos que nunca han tenido fin.
No tuve fuerza de incorporarme. Pasaste a mi lado como un aliento tibio, suave y renovador.
Cuando volteé para seguirte, te habías marchado. No me habías esperado.
Me recliné en el primer banco. Respiré profundo, hasta que una mano firme tocó mis hombros y un rostro sin marcas, con voz gruesa dijo:
- ¿Precisa de un médico, Señor? ¿Está con algún problema?
Y escuché en mi interior: “Sí, preciso ayuda, pero un médico no me cura. Preciso ayuda, y como medicamento necesito Amor”.
Salí de la estación tambaleante, ebrio de debilidad de mi consciente en caída. Llegué a mi casa, parecía adormecida. Abrí las puertas y los ventanales, esperando que la luz y la brisa que daba el día transportase aún, parte del perfume que conseguí guardar.
Me reviré en el estado de lo que se dice “reposar” preguntándome: ¿Cuándo?...
¿Cuánto?...
¿Cómo?...
¿De qué forma, te volvería a encontrar?
* * *
El ardor del Silencio
Un calor infernal. Los labios ampollados y los ojos hinchados. El casco pegado a la frente por una escasa transpiración.
Sólo sentir la respiración cual compañera, que también se distancia.
Perdidas las esperanzas.
Un ruidoso avión cruza sobre mi cabeza. No me buscan...
Pensar que estoy vivo es una torpeza.
No tengo fuerza.
Abriré los ojos. Limitaré la frontera que me marca, en el medio de lo que está a mi frente.
¡Lo que faltaba! Un espejismo: agua, palmeras, una hermosa fuente.
Arrastrándome en un misterioso descubrir, aquello que consideramos imposible, lo hice realidad: el oasis que tanto busco.
Me desplazo. Sería insignificante evadirme a cada instante, toda soberbia que cargaba se ha convertido en nada.
Llego hasta la frontera anhelada. Los dedos encrespados clavo en la arena que quema, desangra... Levantando una vez más la cabeza, veo tras el vértice de la arena lo que parecía una realidad.
Me echo a rodar. Caigo. En el triste hervor de mi sangre voy en busca del instante de poder mojar mis labios.
Segundos. Minutos. Desmayos cortos. Gigantesca espera.
Y es así, cuando así tiene que ser.
Entierro mi cabeza en la arena mojada. Mis manos se agarran con ardor de toda esa costra mezquina de bases.
Nuevamente, abriendo los ojos, busco la sombra de las palmeras, más distantes aún.
Me dejo estar. El agua de la ciénaga me cubre. La arena se acomoda como si despreciara mi materia.
Respiro más calmo, sabiendo que el instante de partir se ha dilatado.
Con cierta facilidad, llego a la sombra de unas hojas altaneras. Cierro los ojos, dando fin a mi gran desespero.
Me ahogo. Toso. Despierto empapado en sudor. Cama de un hotel en pleno occidente. No hay arena, y sí la angustia de una soledad que quema con la misma intensidad, me abraza descubriendo en mi íntimo las respuestas de mi Ser.
¿Cómo me siento al saber que no conjugo en todos mis pensamientos, una partícula de algo llamado “sentimiento”?
Ya adormezco... Prefiero soñar que estoy en el desierto.
* * *
Ego querido, ¿qué haría sin ti?
Unos que me amen y otros que me odien, pero ser neutros... ignorarme... ¡Mi amor propio no lo permite!
Cuando se enfrentó al espejo esa mañana, le dijo:
- Espejito, espejito ... ¿quién es más malo que yo?
Y el espejito, como anteriormente había recibido una patada, sonriente le respondió:
- Pillo... tú sabes quién es el más malo de todos: Tú, querido, tú.
¡Vamos! Dame otra patadita, despacito... tú sabes que yo no sufro, nunca te digo la verdad...
¡Ah! ¡Qué fantástico diálogo!
El espejo es la creación perfecta de la conciencia de quien se observa. Él siempre se verá como desea.
Se asoma al espejo cuando tiene intención de torturar a alguien; ensaya una máscara y sale con el rostro congestionado, para preocupar a quien encuentre.
- ¡Qué horror! Qué... ¡por favor!, ¿qué te ha pasado?
- No sé... la otra noche me salieron unos granos...
Y en esa hipocresía se extenderá el diálogo, no por mucho tiempo pues pronto se mostrará resignado, con infinita abnegación y creerá oportuno ausentarse. El picaporte de la puerta, de material brillante, es útil para espiar la imagen reflejada con un disparo de sus ojos y su conciencia, buscando realizarse con la tristeza o la preocupación surgente en el otro ser que dejó atrás, habiendo extendido las semillas del día en terreno fértil para germinar.
Si sus predicciones no fallan, él o ella le ofrecerá una crema o ungüento:
- Estuve hablando con un médico acerca de tus misteriosas erupciones y me recomendó esta crema. Pruébala.
- ¡Estos granos! Estos granos no tienen solución, es un asunto congénito.
- ¿Dónde es que está ese granito? A ver... déjamelo ver.
- ¡Yo sabía que te lo ibas a apretar! ¡Eres incorregible!
Otra vez frente al espejo recordó cuando con la punta de los dedos se había pellizcado ferozmente debido a que la irritación cutánea por inadecuada alimentación, había desaparecido.
Sonreía dejando caer levemente la punta del labio, para que no se note mucho. Su ego, su fantástico, querido y divino ego estaba cubierto, porque sea quien sea, uno, dos, tres, ya corrían tras sus necesidades.
Y a escondidas preguntará:
- Espejito, espejito... ¿sigo siendo tan hermoso como ayer?
Y como vive en una gran capital, la respuesta queda interrumpida ante un inesperado black out.
* * *
Para ver otros contenidos: Volver a la Página de Inicio