Nuestras Letras amigas
Nuestras Letras amigas
Azul - Provincia de Buenos Aires - Argentina
Ella misma
Desde la foto la miraba una mujer joven y desde otros retratos, mujeres más jóvenes aún. Adolescente, niña, bebé.
En la sala en penumbra, con muebles que nadie usaba desde hacía años, oyó voces cascadas, otras alegres y hasta el llanto de un recién nacido. En la cuna de madera clara rezongaba la criatura de pocos meses. Una mujer en bata de seda la sostuvo en sus brazos hasta adormecerla. En el centro de la sala la niña de trenzas rubias saltaba una cuerda contando en voz alta. En el otro extremo, una adolescente de falda acampanada, remera justa y zapatos chatos ensayaba pasos de baile al ritmo de un rock and roll. Una veinteañera limaba sus uñas que luego cubría de color carmesí. En uno de los sillones, leyendo revistas de moda, la mujer joven de melena rojiza fumaba distraída. En el de enfrente, otra con el cabello entrecano sujeto en un chignón tejía largas bufandas. A su lado, una mucho mayor intentaba sin éxito enhebrar agujas.
Deteniendo la mirada, les sonrió con cariño. Después se acercó lentamente, las besó mientras les decía: “ya nos vamos, ya nos vamos”.
Luego de cerrar la sala en penumbras, miró el reloj y se repitió: “ya nos vamos”
* * *
La otra casa
En un piso séptimo de la ciudad grande la mujer rubia le explica, evitando mirarla, a su niña rubia y de ojos azules, que su papá no está los fines de semana porque tiene un cargo muy importante en la empresa y sale a recorrer las otras plantas.
Al otro extremo, en una casa baja, de barrio, lleno de aroma de tilos, la mujer castaña le explica, evitando mirarla, a su niña rubia de ojos azules, que su papá trabaja en la capital, en una empresa muy importante, de lunes a viernes y por eso no está, durante esos días.
Ambas niñas tienen reclamos. Las madres dicen lo que pueden, evitando sus miradas.
Viernes.
Noche.
Neblina.
Lluvia.
Ruta.
Trampa.
La ambulancia llega y se va. Quedan policías y bomberos. Cortan el tránsito. El auto está debajo del camión del cual se ha volcado la carga de hacienda que anda suelta y herida.
La mujer rubia se entera antes, la castaña, horas después. Ambas están limitadas en sus expresiones. La rubia sostiene a su niña al lado del cajón cerrado. La castaña, a quien nadie saluda, sostiene a la suya en un rincón oscuro. Cada tanto se inclinan, para empequeñecer la distancia, y hablan despacio a sus hijas. Mienten, seguro. Inventarán una explicación sobre quiénes son las otras. Dirán: después hablamos. Y hablarán o seguirán mintiendo, pero las niñas se vieron, se miran. Cada una descubre en la otra sus semejanzas.
Tal vez se encuentren pronto.
Tal vez no se encuentren nunca.
Tal vez se odien con un odio prestado.
* * *
El encuentro
Salió con la mañana avanzada buscando las veredas con sombra. La cruzó en la esquina. No pudo evitar mirarla en extenso. Era una muestra de los estragos del tiempo. Recordó que tenía dos años menos; imposible no pensar cómo se vería ella a los ojos de los demás. Habían sido amigas de niñas, jóvenes y cuando ya no lo eran tanto; después, sin motivo aparente, por lo menos para ella, fue diluyéndose el afecto hasta arribar a la etapa del odio y la indiferencia.
Sintió curiosidad y pena. Por eso la miró tanto. Maldijo verla, pues debió detenerse, armar una sonrisa y mostrar sorpresa e interés. Aquella, también, preparaba una mueca e intentaba una actitud de beneplácito. El sol hería. Terminaron en la confitería de la calle donde se cruzaron. Una pidió café; la otra, agua. Pasaron por encima de la vida con preguntas tontas que llevaban respuestas tontas. Llegaron al pasado y, enredando recuerdos, casi podría decirse que eran las mismas.
En un instante la vio delgada, con los cabellos rozándole los hombros. Estoy confundida, pensó: “es gorda y hace años que lleva un corte de varón”. Dirigió la vista hacia el suelo en la búsqueda de calma. Se encontró con piernas fuertes, soleadas, de falda corta, los pies finos con sandalias de tacones altos. Sacudió la cabeza como si espantara moscas. La miró nuevamente a la cara. Desde una risita tersa, dientes blancos y labios gruesos en rojo bruñido. Entonces, el cabello estuvo a media espalda, claro; la blusa, de mangas cortas mostraba brazos agraciados y un sinnúmero de pulseras alegres.
Cada vez que bajaba la vista encontraba piernas más jóvenes y, al volverla, un rostro y una postura de infante. Decidió irse dando un argumento pueril y de apuro.
A medida que se alejaba la vio correr, saltando una cuerda; mientras cantaba la ronda de las tardes de vereda.
Y entre la Farolera que tropezaba, la cuerda, las escondidas, los gritos, la sirena…
No quería mirar, pero lo hizo.
La niña rubia yacía sobre la calle.
* * *
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