Cuentos y relatos
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Pasos
Empezó una mañana contando los pasos para saber a cuántos de ellos quedaba su trabajo. Comenzaría a contar al descender el último escalón de su casa. Antes, se detuvo frente a la mesada de la cocina y, pensó si debía computar los pasos dados por dentro hasta llegar a ocupar su silla o detenerse en la puerta de acceso. No debía olvidar que el lugar tenía dos entradas posibles, una por las cocheras y otra principal, girando en la esquina y, por consiguiente, más larga.
Le llevó mucho tiempo concluir y confirmar –muchas veces se perdía en la cuenta o alguien la interrumpía en el trayecto- que por la puerta de servicio hasta su escritorio había doscientos setenta pasos y por la principal, trescientos treinta y ocho. Poco a poco comenzó a contar a cuántos pasos quedaba su despacho de otros ambientes del edificio y luego, tomando su casa como punto de partida, a cuántos se hallaba la biblioteca popular, la plaza, la iglesia, el parque y el arroyo.
Para la exactitud del cálculo era necesario caminar siempre en línea recta y cruzar las calles de igual manera, evitando la más mínima inclinación. Obviamente, a veces había diferencias importantes por lo cual ese cálculo se anulaba y debía recomenzarlo. Así, por ejemplo los domingos al ir a misa mataba casi tres pájaros de un solo tiro, pues en el trayecto le quedaba la biblioteca y la plaza, ésta a un costado y de la que había decidido que, para la exactitud total, el cálculo se haría hasta la ochava sur. En la misa perdía la primera lectura haciendo la cuenta de los pasos que debía descontar por haberlos agregado al cruzar a la plaza que, les dije, quedaba a un costado. De todos modos al volver, por el mismo recorrido, verificado si la cuenta había dado buen resultado. Meses contando para confirmar que la biblioteca quedaba a quinientos dieciocho pasos, la plaza a quinientos ochenta y nueve y la iglesia a seiscientos tres.
Mientras comulgaba contó los pasos que desde el banco, donde siempre se sentaba, había hasta el altar, treinta y siete y al volver por los costados, y no por la nave principal, cuarenta y cinco. Quiso saber también, cuántos pasos le insumiría llegar a la entrada del parque y cuántos de ellos necesitaban sus pies para dar una vuelta en torno al mismo.
En fin, en seis meses no quedaba nada sin contar y obraban anotados en una libreta los pasos necesarios hasta el baño, la cama y cuántos la distaban de la casa de cada una de sus amigas a las que, para confirmar el conteo, volvía de tarde en tarde.
Trascendió en el pueblo, donde todo se cree saber y por ello se afirmó, que esta pobre mujer que siempre se desplazaba moviendo los labios, lo hacía en constante oración. Muchos creyeron ver en ella a una piadosa y devota rezadora de todos los santos y, a medida que crecía su obsesión por contabilizar, comenzaron a aparecer en la puerta de su casa velas, rosarios, cruces, ramos de novia, escarpines y peticiones.
Y fue así que esa puerta se convirtió en un santuario vecinal y aquella pobre diabla aburrida en una pobre santa adorada.
Ana De Benedictis
Del libro " Desde el Caos"
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