Fotografío lo que otros ya no miran. Me atraen los objetos abandonados, los muros desgastados, lo olvidado, los bancos vacíos. En ellos encuentro una verdad más profunda que en lo intacto: la verdad del tiempo. No busco lo nuevo, lo perfecto o lo brillante. Mi cámara se detiene en lo que resiste en silencio, en lo que guarda la huella de una ausencia, en lo que el mundo ha dejado atrás.

Creo en una estética que dignifica lo roto, lo marchito, lo inacabado. Encuentro belleza en la grieta, poesía en el polvo, memoria en el óxido.
Cada encuadre es un acto de resistencia contra el olvido. Mis fotografías son paisajes de lo invisible: ventanas que se abren hacia lo que ya no está, andenes donde el viaje se interrumpe, bancos que guardan ecos de voces perdidas.

No retrato la soledad para conjurarla, sino para comprenderla. No persigo la decadencia por morbidez, sino por contemplación. En cada ruina busco un espejo del ser humano: frágil, transitorio, pero lleno de sentido. La nostalgia no es una prisión, es un territorio creativo. Allí, en la intersección entre memoria y vacío, entre abandono y belleza, es donde mi mirada se posa, y desde donde mi fotografía habla.