La RAE define esta etapa como período de la humanidad anterior a todo documento escrito y que solo se conoce por determinados vestigios, como construcciones, instrumentos, huesos humanos o de animales, etc. No es mucha la información que hay de este alba de la civilización en tierras alcaudetanas en comparación con la encontrada de fases históricas posteriores, si bien, gracias a la arqueología, cada cierto tiempo suelen salir a la luz nuevos descubrimientos en base a los vestigios encontrados. A continuación se hará una pequeña descripción de algunos de los hallazgos vinculables a nuestra zona más cercana.
A falta de una renovación de datos más concretos que puedan aportar fuentes arqueológicas fundamentalmente, la presencia humana en época paleolítica puede deducirse de la existencia de yacimientos del Paleolítico Inferior en zonas cercanas a cauces hidrográficos, como es el caso del yacimiento Puente Pinos en Alcolea del Tajo. Cercano también al término municipal de Alcaudete se encontrarían los restos de industria achelense localizados en el arroyo de los frailes, en la actual jurisdicción de Las Herencias. La antigüedad de esta tipología lítica para Eduardo García Sánchez (García Sánchez, 2003-2004: 17) oscilaría entre 1,5 y 1,25 millones de años para el caso ibérico. Estos hallazgos son considerados por Pacheco (Pacheco Jiménez, 2011: 14) como factores positivos para deducir la presencia humana en el valle del Jébalo, sobre todo en la zona edafológicamente más rica y cercana a su desembocadura en el Tajo.
Jiménez de Gregorio ( Jiménez de Gregorio, 1983: 37), hace referencia a la presencia de una fauna compuesta por animales de gran porte entre los que estarían rinocerontes, elefantes y grandes cérvidos que pastarían en praderas de altas hierbas durante el periodo Musteriense. Si esta población animal estuvo acompañada de neandertales o de sus antecesores (heidelbergensis) es algo que no se puede afirmar ni desmentir rotundamente sin el aporte de pruebas arqueológicas que aclaren este punto. Como ayuda se aportan una cronología y un mapa procedentes del Atlas Nacional de España editado por el IGN en el que se muestra, tanto la evolución en el tiempo, como los diversos registros materiales y evidencias de la existencia de homínidos en diversos puntos de la Península Ibérica.
César Pacheco (Pacheco Jiménez, 2011: 14) restringe la presencia durante el Paleolítico a aquellas zonas cercanas a corrientes de agua, tales como arroyos o ríos. Si bien el más conocido es el yacimiento de Puente Pinos en Alcolea de Tajo, perteneciente al Paleolítico Inferior, existen otros más cercanos como el del Arroyo de los Frailes, en el término de Las Herencias donde se ha encontrado industria achelense. En opinión del arqueólogo talabricense sería factible la existencia de asentamientos a lo largo del valle del Jébalo, sobre todo en la zona de La Vega edafológicamente más rica y próxima a la desembocadura en el Tajo. Jiménez de Gregorio (Jiménez de Gregorio, 1983: 37) hace alusión a la presencia de piezas paleolíticas en El Viñazo (término de Belvís de la Jara).
Aunque la acepción principal de este término se debe Lubbock, quien en el siglo XIX diferenciaba entre la piedra tallada o Paleolítico y piedra pulimentada o Neolítico, con el tiempo esta explicación más bien sencilla requirió dejó paso a una más amplia que permitía entender mejor el profundo cambio económico y social que tuvo lugar al final del Mesolítico (periodo intermedio entre el Paleolítico y el Neolítico), con la sedentarización, el dominio del medio natural circundante a través de la agricultura y la ganadería y el desarrollo de nuevas formas de producción como la cerámica o los textiles en telares.
Para el caso peninsular, Ana M.ª Muñoz Amilibia (Menéndez Fernández, 2007: 23) indica que la inexistencia de los primeros tipos de gramíneas cultivadas y ovicápridos domesticados que había en Próximo Oriente puede ser síntoma de que la neolitización de la poblaciones de la Península Ibérica pudo ser por difusión o bien aculturación de los grupos mesolíticos. Este cambio sería, además, progresivo y diferenciado según el territorio en el que se produjo.
Vettones
Es conocida la aparición de verracos de piedra en las cercanías de Alcaudete (en El Cortijo, Torrecilla de la Jara o en el Arroyo de los Frailes, por citar algunos). Pero, ¿qué significado se esconde bajo estas esculturas arropadas por la tierra durante miles de años? La respuesta tiene nombre celta: los vetones.
Esta palabra, que proviene del plural latino vettōnes, hace referencia a un pueblo prerromano situado al este de la Lusitania, que ocupaba el territorio que desde Cáceres y Badajoz se extendía por las provincias de Salamanca, Ávila y Toledo (Bendala Galán, 2000: 245). En esta última, en función de estatuas de verracos y toros halladas; las inscripciones epigráficas de carácter religioso dedicadas a deidades como Aricona o Ataecina (que reflejan menor influencia exterior sobre este pueblo céltico que sobre sus vecinos los carpetanos), y los testimonios de fuentes romanas o del propio Ptolomeo (que ubicaban a enclaves como Caesaróbriga, esto es, Talavera, en la Lusitania, mientras que a Toledo lo incluían en la provincia Citerior), parece indicar que la parte occidental de la provincia de Toledo sería el área de influencia vetona, mientras que en la zona este la ejercerían los carpetanos (González-Conde Puente, 1986: 87-93).
Es probable que estas estatuas estuviesen dotadas de más de un significado, en función del lugar en que se ubicaban (Bendala Galán, 2000: 270 y Menéndez Fernández, 2007: 533):
Su aparición sobre sepulturas refleja un uso funerario.
Otros símbolos (bandas en los brazuelos, cazoletas o el reducido tamaño de algunas figuras) indica su posible empleo para el culto. Esta función sacra y protectora podrían tener las figuras encontradas cerca de las murallas (castro de Cogotas en Ávila).
Las aparecidas en zonas de paisaje pastoril pudieron estar relacionadas con el control de los recursos para el alimento del ganado.
Esta manifestación cultural ha arraigado en la cultura hispánica desde la II Edad del Hierro (siglos V-III antes de Cristo, aproximadamente) hasta la actualidad. El toro citado en el Lazarillo se menciona ya en el fuero de Salamanca del siglo XIII, y los Toros de Guisando son citados por Cervantes en El Quijote, o por Lope de Vega en El mejor maestro, el tiempo .
Lo que sí está claro es que son el reflejo de una sociedad fundamentalmente ganadera (atribuible a la Hispania indoeuropea y céltica) en la que predominaba el ganado ovino y caprino, seguidos en importancia por bóvidos (vacuno), suidos (cerdos) equinos (caballerías) y otras especies como la gallina. La agricultura ocuparía un papel secundario en estas sociedades, por lo que es probable que la riqueza no se basara en la posesión de tierras, sino en las propiedades ganaderas. Su organización social sería algo más compleja que la tribal, por lo que se trataría seguramente de jefaturas organizadas que permitirían núcleos de población permanentes con unos hábiles jinetes (que llegaron a ser empleados en la caballería romana), y que ya en el siglo IV empleaban el torno de alfarero, el horno de tiro variable, además de practicar el rito de la incineración para sus muertos.
Allá por los inicios de los 80, el profesor Jiménez de Gregorio indicaba la presencia céltica en el término de Alcaudete. Argumentaba que la presencia de factores como la abundancia de agua, los pastos, el bosque ya desaparecido y los numerosos caminos pudieron servir como foco de atracción. Las cañadas, cordeles o coladas podrían ser reflejo de la presencia celta en el valle sobre el que se asienta Alcaudete. Como refuerzo a esta hipótesis hace referencia al término de posible origen céltico Overo, así como al hallazgo de verracos en El Cortijo, Santa Paula y Gamito Alto y Bajo (Jiménez de Gregorio, 1983: 42-43).
En tiempos más cercanos, César Pacheco en un recorrido por los restos arqueológicos situados en el entorno alcaudetano, se postulaba también por la influencia vetona en la Jara. Para el citado estudioso la presencia de verracos (que a su juicio podrían representar cerdos, toros u osos) es la manifestación por excelencia de este pueblo celta, estando vinculados con la actividad pastoril y la delimitación de pastos, en una forma de organizar el territorio por parte de los vetones. Apunta la posibilidad de que la presencia vetona no se restringiera a los castros en altura, sino que también pudieron existir poblados en llanura (Pacheco Jiménez, 2011: 18-19), lo que, unido al atractivo que ha supuesto a lo largo de la historia el asentamiento cerca del Jébalo, permite abrir la posibilidad de que no muy lejos del actual lugar en el que se ubica Alcaudete existiese alguna concentración humana anterior a la llegada de los romanos.