Adiós Campus Tuxtla:
Crónica de una restauración sin rostro.
Por Juan Jiménez.
Por Juan Jiménez.
TUXTLA GUTIÉRREZ, CHIS. - 29 MAYO 2025 - 20:00 hrs.
Los estudiantes de comunicación sienten sus futuros cortados tras el cierre de Campus Tuxtla. En las inmediaciones de la universidad se vive la dialéctica del Modelo Educativo Certeza.
Lunes, 26 de mayo de 2025.
El dolor no llega cuando cae el hacha, llega cuando te das cuenta de que algo importante ha sido cortado de tajo. Así fue ese 26 de mayo. Un lunes como cualquier otro. Nadie sabía o preferían no saberlo. Los pasillos y aulas de la Universidad del Valle de México guardaban su ambiente lleno de soledad, de clínicos pasillos largos, tan inmersos en el ruido blanco del aire acondicionado. Mantenían la sensación de vacío, incluso llenos de gente. Daba la seguridad de un día normal, por completo conocido.
La cuchilla cayó a las 2 de la tarde, junto con un mensaje de una compañera comunicóloga y un correo electrónico. «Cerrará la UVM», decía el primero, y el otro se extendía con lenguaje formal para decir la misma cosa. Lo único que añadieron son alternativas para dar continuidad a lo que ellos mismos habían terminado. Así como son verdugos, son salvadores.
En el salón G-104, que es donde llevo francés por las tardes, como en todo el campus Tuxtla, la noticia se extendió como fuego sobre pastizales. La incertidumbre del futuro buscaba ser apaciguada con información. Los que se sabía hasta las 4 de la tarde era que solo había tres opciones: transferirse de campus, moverse en línea o hacer el cambio a otra universidad local con la que se estaban empezando a formar convenios. Pero, qué hay de los semestres que nos faltan. ¿Serán convalidados o perderemos nuestro tiempo? ¿Y la inversión monetaria? ¿Qué con los pagos del siguiente semestre que, por trámites de beca, fueron pagados a la institución?
Esperábamos a nuestra coordinadora, la Lic. Beatriz Barbosa Alvarado, en la entrada al segundo piso del G. Pues no hay otra ruta más efectiva para llegar a las coordinaciones del tercer piso. Teníamos la esperanza de que ella pudiera resolver todas las dudas que teníamos. Buscando algo con lo que aferrarse a los dos años que llevamos cursados.
En la espera, nos encontramos al profesor Erick Yosafat Suárez Martínez, que pasaba a dar clases. «¿Ya se enteró, profe?», le pregunté. «Por supuesto», dijo. Tal como nos comentó, los profesores habían tenido una reunión minutos antes del correo general. En redes ya empezaba a circular el comunicado oficial.
El grupo encontró un poco de desfogue emocional en ese momento. Entre mis compañeros y el profesor encuentro una sinergia que solo se forja a través de mucho tiempo compartido. Y desde la partida del profesor Carlos Ramírez Paz, a quien no volvimos a ver desde el tercer semestre, era de las pocas personas en el campus que había estado con nosotros los últimos dos años. Entre nuestro pequeño chascarrillo yo los miro con un libro entre manos y digo.
—Yo ya estoy preparando la crónica.
Y entre bromas el profesor destaca esa característica muy mía. Dijo que el mundo podría estarse acabando, pero Cortázar nunca se me cae de las manos. Yo sostengo el primer tomo de cuentos completos del argentino; que a causa de la dictadura vivió exiliado en Francia. Son esos momentos de ligereza los que dan mucho contraste y peso a los momentos solitarios y nos mantuvieron cuerdos en las primeras horas de la noticia. Siguiendo el curso de su propia rutina, el profesor se retiró.
Más tarde, ahí mismo donde nos reuníamos, vi a nuestra coordinadora académica subiendo a la coordinación. Paso como si nada, subió las escaleras y parecía que no sabía ni siquiera que éramos de comunicación. Le dije a mi compañera Hannia Ríos que sentí que llevaba una sonrisa nerviosa mientras miraba el pequeño caos de la universidad. No subimos con ella; primero, porque no estábamos todos, segundo, porque un compañero de semestres más adelante ya se había acercado con ella y grabado la conversación.
Ese audio nos llegó a las 4:22 de la tarde. La respuesta, al menos a mí, me pareció en extremo vaga. Al compañero le dijeron que mandarían una fecha de reunión para poder resolver dudas —eso parecía estar haciendo en el ordenador—. Hasta entonces, no tenía nada que informar y a nosotros todavía nos quedaba mucho por saber. Al fin, cinco minutos después, la coordinadora nos hizo llegar el comunicado oficial. Nos citó el 29 de mayo de 2025 a las 5 de la tarde. Tardamos un poco más reunidos. Acompañándonos un rato para aplazar el miedo de la reflexión intrapersonal. Pero la vida sigue y, naturalmente, nuestras rutinas también. Así que cada uno se retiró a hacer de las suyas. En mi caso: aferrarme a Cortázar; seguir la voluntad del que se exilia ante la falta de alternativas.
Martes, 27 de mayo de 2025.
Cortados los sueños, solo queda el dolor fantasma. Todavía tengo la mente estancada en el shock. Nada parece haber cambiado tras la noticia. Aún paso el filtro de seguridad. El K9 aún revisa mis cosas en búsqueda de alguna sustancia ilícita. Todavía tengo que caminar hasta mi salón y el ingreso económico a la universidad no se detiene; esto lo entiendo con solo ver el bazar apostado en la plaza del estudiante. Incluso tengo que pensar en mis tareas de Blackboard para el fin de semana.
Lo único distinto son las clases. Gracias a la empatía de nuestros profesores, pasaron rápido. Veo a mis compañeros amontonados al fondo del salón en la clase de Sociología de la Comunicación. Preguntándoles, algunos siguen con la inseguridad de no saber a dónde ir, otros piensan en demandar.
—Y todavía no les ha caído el veinte— dijo el profesor Yosafat.
Nuestro profe, de Sociología en ese momento, nos explica que entiende lo que se siente. Nos relató un poco de su experiencia cuando el periódico en el que ejerció por primera vez cerró. Dijo que cuando eso pasase quizá cayera alguna lágrima, cuando desapareciera la seguridad del compañerismo. En el salón asignado a Técnicas de animación todo está reacomodado. En la pared este hay dos sillones negros y en la puerta cuelga un cartel que dice: «Escuela Bancaria y Comercial». Es una de las instituciones que están en los convenios, aunque parece más que están carroñando los restos de un cadáver. El tema que vimos fue narrativa audiovisual. Y al salir me adentré, junto con Alan Valencia, a las clases de Introducción al Periodismo de Segundo Semestre de Comunicación.
En el salón G-104 hay pizza sobre el escritorio. Cuando abrí la caja vi que eran de pepperoni. Los chicos de segundo, que en clases anteriores había visto tan fragmentados como lo habría estado mi generación en ese mismo periodo, ahora se relacionaban hasta donde era posible en un paralelismo lejano a una Última Cena. Durante la clase retomaban recuerdos de compañeros que habían dejado el barco antes de tiempo. A ratos un chico de segundo, Leonardo Zozaya, entra y sale. Vuelve con información sobre las equivalencias de las universidades convenio. Todos están igual de consternados. El profesor Yosafat también les imparte esta clase. Si no fuera por el profesor Arcadio Domínguez, estoy seguro de que sobre sus hombros estarían los pilares de este templo de Dagón que está a punto de caer con todos dentro. Les repite a los de segundo cómo vivió el cierre del Heraldo de Chiapas. Nos aconseja prestar atención en la reunión del jueves, que preguntemos sobre todo lo necesario y, siguiendo con las alegorías bíblicas en mi mente, dice:
—Yo lo vi venir. Se los dije a los de Pedagogía, que son como cuatro o cinco. Que ojalá no cerraran la carrera. Y cierran el campus. Pero nadie es profeta en su propia tierra.
—Claro, por eso Jesús se fue de Nazaret —dije.
—Exacto, a la grande: Jerusalén —responde el profesor.
Terminada la clase, Alan Valencia y yo decidimos pasar un tiempo en el edificio I, sede de los equipos de comunicación y donde, antaño, aprendimos mucho de lo que sabemos hacer hoy. Fuimos acompañados por dos alumnos de segundo; Mateo y Alejandro. Cruzamos las puertas de cristal que protegen la entrada.
Dentro el aire se siente demasiado pesado. La falta de clima presenta su abandono. Alan sube por las escaleras llamando a la niña de comunicación. Me rio de su broma, suelta todo tipo de comentarios tan característicos de él cuando hay una confianza de amigos. En esencia, todo parece igual. No recibimos respuestas del fantasma del edificio. Entonces pienso que pronto habrá más de un espíritu en este lugar. Estará cargado de nuestras almas, de esos recuerdos de estrés y diversión. Por los pasillos blancos habrá cientos de fantasmas y entre ellos, nuestro querido y eterno guardián de comunicación: Luis Edrey, el coordinador de laboratorios, quien nos enseñó, con su carisma tan único, a usar el equipo técnico del set de televisión.
El tiempo se siente prolongado en el silencio del edificio. Los tres que me acompañaban descansan en el piso detrás del escritorio rojo de la recepción. Lugar que también ha sido lecho para otros compañeros; incluso aquellos que caben a la medida entre los compartimentos de mochilas que hay bajo el mueble.
En mi soledad, me asomo por los ventanales. A pesar de la calurosa y soleada semana pasada, el cielo lleva estos dos días con colores fríos y apagados. Las nubes grises parecen cargadas de llanto. En esta quietud, Mateo y Alejandro se levantaron para retirarse. Pasó todavía un largo rato para que Alan sienta las fuerzas suficientes para despertarse. Estando solos los dos, por fin me atrevo a decirle la pregunta repetida del día: ¿tú qué harás? Puedo notar la tristeza en la voz de mi amigo cuando sus cuerdas vocales parecen rendirse a ratos. Lo escucho rendido, aceptando el destino. Puede, parece ser, que haya pocas probabilidades de que pueda continuar sus estudios.
Nos movemos a la plaza del estudiante a la 1:50 de la tarde. El bazar sigue funcionando. Ahí nos espera Daniela, una amiga mía de otra carrera, pareja de Alan. Por el camino, él me habla sobre perder. Perder de nuevo todo lo que construyó aquí, a su alrededor, sobre el dolor de cerrar una etapa que pensaba sería para siempre. No sabe si irse con su familia a Puebla o quedarse, si estudiar o trabajar. Y yo siento que no puedo hacer nada por él. Por eso me quedo callado, solo escuchando, acompañándolo.
Llegando al destino, nos sentamos sobre una de las dos jardineras circulares del lugar. Nos cubre la sombra de una benjamina. Las bocinas que acompañan la vendimia apaciguan el silencio, distraen nuestro pensamiento. No sé qué esperamos, hablamos de las opciones que nos dan. La junta de los contadores, programa al que pertenece Daniela, será más tarde, por la noche.
Yo saco el portátil para empezar a escribir, pero no me dan las fuerzas. Estoy pensando en tantas cosas que no queda espacio para nada. Conforme avanza el tiempo van llegando los alumnos de la tarde. Alejo, un compañero de octavo semestre, llega a saludarnos. Esta vez la pregunta del día se la hace Alan. Él responde que está tranquilo, al final ya es solo un semestre. Dani sigue hablando con Alejo. Mientras, Alan y yo nos quedamos perdidos en el pensamiento. Yo sigo pensando en que escribir con la laptop sobre el regazo. Miró a todos lados y no hay lugar donde no haya alumnos reunidos en grupos.
Entonces suenan las primeras notas sintetizadas de uno de los últimos proyectos de Bad Bunny. La canción sigue, recorriendo la nostalgia con cada estrofa, hasta llegar al estribillo de DtMF. Y no podría caer en una mediación tan perfecta como esta. Ambos cantamos parte del estribillo, mientras pienso en las cosas que he aprendido junto a mis amigos. Luego, Alan dice:
—Nunca creí que esa canción me fuera a pegar tanto —su voz se oye quebrada.
«Quizá caiga una lágrima», mientras escribo regresan a mí las palabras de nuestro profe. Cuando volteo a verlo, le veo los ojos irritados y tristes. Por primera vez en un largo rato, yo también me siento cercano al llanto. Entonces escribo las primeras líneas de la crónica: «El dolor no llega cuando cae el hacha, llega cuando te das cuenta de que algo importante ha sido cortado de tajo».
Miércoles, 28 de mayo de 2025.
Ese día no reuní fuerzas suficientes para levantarme y seguir mi vida. La consciencia volvió a las 12 de la tarde. Tarde un poco más en espabilarme. Leí el grupo general de WhatsApp de mi carrera a las 12:40 de la tarde. 20 minutos antes, Nayeli Cortés, una compañera de segundo semestre, había enviado un enlace a otro grupo nombrado «RESOLUCIÓN UVM». Seguido de un mensaje llamando a medios de comunicación y a la comunidad universitaria del campus, a unirse y exigir que la institución asuma bien los daños que se están ocasionando. Además, una cita para el jueves a las 8:30 de la mañana afuera del campus.
Ante el mensaje, lo primero en reaccionar es la rendición, «Nada más se van a desgastar los padres y la escuela se lavará las manos», y el miedo, «A este punto es más riesgoso, cuando se han hecho protestas afuera de las instalaciones, las personas involucradas han sido dañadas». La primera más hiriente, la segunda más como una trampa; fue esa la que se enredó en mi alma cuando leí los mensajes. Ayer tenía ganas de alzar la voz y hoy, ante esas visiones premonitorias de que afectara mi cambio de campus, sentí que me flaqueaban las piernas. Muchos otros también estaban de acuerdo con estos mensajes. Y entre toda esta pasividad colectiva, Alan dio su vista: «Probablemente, no sirva, pero es el intento. Las revoluciones casi no cambian, pero sí marca». Mientras, yo hablaba con Nay sobre la situación.
—¿Qué piensas de que la gente no quiere protestar mañana? —me escribió.
—Es complejo. Creo que tienen razón respecto a que nos puede afectar y aun así no hagan nada… —respondí—. Yo no quisiera irme con la cabeza agachada, pero tampoco quiero ser una carga económica para mi familia.
Ella lo entendió. Me dio un mensaje de consuelo y luego dijo:
—Yo no estoy de acuerdo, la verdad. Se me hace muy de tibios, pero creo que mi realidad es diferente a la de ellos, que nunca han tenido que luchar por nada desde su privilegio. Y con sus posibilidades de irse a otro lado, prefieren callar.
Y me golpeó algo muy adentro pensar que para mí era tan fácil como cambiarme, mientras que, muy probablemente, Alan tendría que quedarse aquí, trabajar o estudiar en otra universidad. Que algunos eligieron esta opción para estar lo más cerca posible de otras familias y que algunos, incluso aquí, son foráneos y moverse de nuevo implica más gastos. Por eso, cuando leí a Alan en el grupo, me decidí. Porque cuando ya lo has perdido todo, necesitas tener algo de que sostenerte. No quería dejarlo solo.
Un compañero del semestre comentó: —¿Qué pensaría Yosa sobre esto?
—«Si quieren hacer ruido, este es el momento». Te lo recuerdo —respondí.
A mi llegada al grupo que Nay había compartido, se enviaron mensajes sobre publicaciones en redes sociales sobre el cierre y un padre preocupado por los comentarios burlescos de otros hacia el alumnado. Entonces, a la 1:50 de la tarde, un usuario del grupo comenta: «En la última junta me acabo de enterar de que un Licenciado llamado Sergio Peña meterá un amparo para que no se cierre la escuela». Los demás empiezan a ponerse de acuerdo para poder coordinarse en esa vía. No tardaron mucho en añadirlo al grupo.
Por un periodo de tiempo hubo algo de calma en los grupos. Tuve tiempo de revisar otros menesteres. En internet la noticia cada vez hacía más ruido. Me encontré con una nota en TikTok. En el video salen algunos compañeros de comunicación prestando su opinión ante los hechos. «No estamos pagando chilaquiles», es la frase con la que abre la participación de Zozaya, alumno del segundo semestre de Comunicación. Menciona que le parece cínico que la universidad incluso se atreviera a cobrar y ofrecer descuentos poco antes de anunciar el cierre. También puedo ver a algunos usuarios de la universidad que, el día del anuncio del cierre, grabaron a personal vaciando algunos salones para un evento, con el fragmento de audio de la película Nosotros los Nobles al momento en que les embargan la casa: «¿Me puedes explicar por qué nos están quitando todo como si estuviéramos en Venezuela?»
Me llegaban las memorias del programa que tuvimos que hacer en tercer semestre para demostrar que el edificio I seguía siendo útil. Me pregunto la acción de deshabilitar el edificio hubiera aligerado los gastos, si eso hubiera extendido la vida del campus. Pero tampoco lo hizo con el profe Charlie, a quien ya no vimos este cuarto semestre.
Me volvían las memorias del programa que tuvimos que hacer en tercer semestre para demostrar que seguía siendo útil y no lo deshabilitaron.
A las 2:26 de la tarde, se reenvió un mensaje tipo carta a las autoridades federales y estatales para apoyar la resolución. Seguido de una reunión en Zoom con el siguiente mensaje:
UNIÓN DE PADRES DE FAMILIA le está invitando a una reunión de Zoom programada.
Tema: SITUACIÓN EN DESACUERDO PADRES DE FAMILIA UVM
Hora: 28 may 2025 09:30 p. m. Ciudad de México
El grupo empieza a moverse mucho a las 3 de la tarde. Problemas, eso son. Algunos tratan de mover la huelga al viernes, porque el jueves todavía habrá reuniones para que los padres de familia puedan resolver sus dudas. Unos dicen que se aplace, otros se niegan. Entre ese furor sale a resaltar una grabación de una historia de Instagram. El usuario en el video es Geraldine León, excoordinadora de internacionalización del campus. En la que dice que no hay poder humano que detenga el proceso y que los padres mejor se “ocupen” en otras cosas. Algunos padres se lo toman mal, están molestos; se corren los rumores de que durante su coordinación hubo problemas con las convalidaciones de alumnos que estudiaron en el extranjero. Uno de los integrantes, nombre de usuario «Enrique Concilco», llama a dejar el video en paz, que no soluciona ningún problema. Yo solo veo que ese fue otro de los síntomas de la caída. ¿Qué tanto impacto habrá tenido la funa al campus Tuxtla por ese tema? En aquel video de redes salieron a relucir varios nombres del personal administrativo.
Al fin, conforme pasan las horas, llega la calma. La huelga tiene un enfoque pacífico como ideal. Los que incitan caos son eliminados del grupo. Se busca la seriedad y la organización. La huelga no se movió de hora ni lugar, pero los padres que tengan junta sí podrán acceder al campus. El objetivo se aclara: que la institución se haga responsable de graduar a los alumnos en el campus.
Otros temas que discuten los adultos son la búsqueda de un notario para generar un escrito válido. Mientras que el alumnado, mayormente adultos jóvenes piensan también en el bienestar de los gatos que habitan en el campus y que han generado una relación casi simbiótica con sus integrantes.
Entre las 4:25, cuando los padres de familia habían calmado sus dudas en el grupo. Algunos alumnos de prepa que estaban dentro empezaron a hacer de las suyas. Sus opiniones y propuestas rozaban la comedia y el sarcasmo. Solo fueron 5 minutos los que estuvieron en ese plan hasta que los administradores intervinieron. Frases como “seriedad”, “no es un juego”, etc., se hicieron presentes. Tardaron un poco más en gestionar un grupo exclusivo del alumnado. En el que perduró esa misma voluntad sarcástica y revoltosa hasta que se sacó a todos los que solo querían burlarse.
Jueves, 29 de mayo de 2025.
A las 8:30 de la mañana.
Sobre el boulevar De Los Castillos apenas hay unos cuantos padres puntuales a la cita. Bajo del carro para ingresar al campus. Quizá sea la predisposición a la situación, pero en el ambiente se puede sentir esa pesadez que te aprieta los hombros.
Bajo del coche. Algunos de los ojos digitales, incorporados en los celulares, apuntan hacia la entrada y siento que me siguen cuando me acerco a mostrar mi identificación. Dentro se lleva a cabo la revisión rutinaria de las mochilas que se ingresan al campus. Deslizo los cierres, preocupándome por si dirán algo sobre la cámara. Todo permanece en su lugar de momento. Ningún reclamo, solo protocolos que, con cuatro semestres vividos —y pendientes de esfumarse en un instante—, son como costumbre entre los integrantes de la universidad.
15 minutos después de la cita, y luego de subir al salón 204 del edificio H, miro hacia la plaza desde el tercer piso. En las jardineras y alrededor de caja se reúnen estudiantes de universidad y preparatoria. Me sorprende encontrarme la figura de alguien en las inmediaciones de la salida; el jefe de seguridad del campus, a quién vi por primera y única vez presente en la salida cuando, como parte de un trabajo de periodismo, realizamos entrevistas al personal de seguridad y él se acercó a controlar que información era otorgada. Con su uniforme, más de administrativo que de guardia, habla con otro trabajador del campus que da la misma apariencia.
Cuando bajé de tercer piso y me acerqué a la pluma de salida para incorporarme al número de padres que iba en aumento. La sorpresa fue que se me solicitaba mostrar mi identificación al salir. Además, el guardia, sospechando de la situación, me preguntó si me habían dejado entrar con la cámara. Solo pude asentir y abrirme paso hasta afuera.
Más padres se habían reunido a las afueras del estacionamiento del Expo Convenciones Chiapas. Formaban un grupo de no más de treinta personas. Algunos de los presentes eran de medios de comunicación. Había cámaras y personas con chalecos y micrófonos con los logos de Meganoticias, Cuarto Poder, Noti13, y otros más.
Entrevistaban a los presentes sobre la situación con el objetivo de darle visibilidad. Entre la multitud escuché las mismas preocupaciones y exigencias. Muchos padres querían que sus hijos terminaran la carrera aquí, otros estaban muy molestos por el poco tiempo que habían elegido para dar la noticia. También había padres preocupados con la movilidad a otro plantel UVM, pues nadie les aseguraba que no cerraran otros campus.
Entre la multitud, los medios se acercaron a un personaje en particular. Los teléfonos celulares se colocaron a su alrededor. El entrevistado vestía una camisa de vestir azul cielo y los años le marcaban el pelo canoso. Hablaba con seriedad y esa misma experiencia de años. El señor era el Lic. Sergio Gerardo Peña Klayen, abogado del grupo de padres afectados. La presteza de palabra frente a los medios, imagino, proviene de su historial en entrevistas como presidente de la Unión de Comerciantes y Vecinos del Centro de Tuxtla. En donde siempre ha presentado un carácter crítico con problemas que afecten la comunidad en la que participa. Peña Klayen constó ante los medios las acciones legales que se piensan llevar a cabo. Primero una demanda por fraude, ya que la universidad había estado cobrando colegiaturas hasta el 15 de mayo, apenas dieciséis días antes del anuncio del cierre. También, otros padres de familia alegan una demanda por daño moral y amparos por violación a los derechos humanos.
Entre la multitud, una madre de familia alzó la voz. «¡Vamos frente a la escuela para que nos miren!», gritó. Los padres voltearon y, luego de los segundos de análisis, comenzaron a cruzar la calle hasta el portón metálico de la escuela. Todos vestían camisas rojas como uniforme, tanto que, desde enfrente, parecían perderse entre los barrotes rojos que cercan la escuela.
Me mantuve ahí, a las afueras del campus, una hora, tomando fotos y atento a los alrededores. Veo en muchos de los manifestantes el mismo rostro. Los ojos medio abiertos y los labios apretados mientras prestan atención. Son los rostros de la preocupación. El jefe de seguridad estaba más cerca que nuca del portón. Por el bulevar circulaban dos patrullas de
Estuve con ellos por un rato, antes de volver a entrar por mis cosas. Seguían ante los medios exponiendo sus preocupaciones. Vi algunos padres de familia ingresar para las juntas de información. El jefe de seguridad estaba más cerca que nunca a la puerta. Hasta las diez, la situación permaneció igual. En el grupo de WhatsApp algunos usuarios se dedicaban a hostigar a los padres que estaba fuera. Destacó un mensaje ante el cual varios padres reaccionaron. «Se me hace naco que hagan sus huelgas, por favor aléjense de mi escuela, si no llamaremos a la policía».
Dentro de la escuela, la situación casi pasa desapercibida. Algunos alumnos tenían sus clases, otros se refugiaban en los salones acondicionados con la empatía de los profesores de su lado. El tiempo se va en los deberes de cada uno. Yo espero mi clase de francés y la junta de información para mi carrera.
A las 5:00 de la tarde.
La reunión de Comunicación y Medios Digitales estaba programada para esa hora. Al ingresar al campus con mi tutora, ya no quedaban rastros visibles de la huelga matutina. Los guardias nos recibieron sonrientes, con un tono amable; solo pidieron la identificación de mi tutora. Nos indicaron esperar en la plaza entre los edificios J y K, ya que la junta anterior aún no concluía. Mientras dejábamos atrás la Plaza del Estudiante rumbo a las jardineras del J-K, un segundo guardia nos repitió la indicación y añadió que la reunión se realizaría en las salas «.com».
Mi madre se sentó en el borde de una jardinera. En la mañana, la situación me había distraído, pero desde las 3:30 de la tarde, cuando terminó mi clase de francés, no dejaba de pensar en qué hacer, ni a dónde irme.
—Me pasé toda la prepa pensando a dónde quería irme y qué quería estudiar. Ahora quieren que decida en el último parcial a dónde moverme para continuar —le dije a mi mamá.
—¿Tú qué quieres? —preguntó.
Dentro de mí se cocinaba una violencia silenciosa que solo le compartí a ella.
—…Pero no se trata de eso. Si me preguntas qué quiero, la respuesta es que no quiero irme. Pero me están obligando a elegir.
Sé que tengo la posibilidad de irme a Puebla. En teoría, es una decisión sencilla. Pero la soledad me aterra. No soy exactamente un joven familiar: no hablo mucho con mi familia, apenas convivimos en la misma casa. Aun así, no soportaría salir de estudiar y no ver a mi abuela encendiendo las velas del altar o a mi mamá trabajando en la mesa de la cocina. También pensaba en Alan. ¿Qué decidirá él? No quiere irse a Puebla. Su vida ahora está aquí.
Finalmente, nos dejaron subir al edificio J. Tal como se indicó en el grupo de WhatsApp, todos firmamos asistencia y un formato con nuestras opciones. 100% de beca, leí. Según entendí, esa era la solución para las carreras sin convalidación en el estado.
Mi madre y yo cruzamos el umbral de la puerta. El salón brillaba por su gran espacio. Filas de sillas vacías que apenas se empezaban a llenar de gente. Mi madre y yo elegimos unos asientos al fondo en un principio. Conforme entraban mis amigos los vi sentarse más al frente. Volteé a mi mamá para decirle que nos moviéramos cuando Armando Sánchez Luna, el coordinador de experiencia estudiantil, se acercó a hablar conmigo.
Me preguntó si me iría de intercambio. La realidad era que movilizarme fuera del país había sido un proceso que comencé a mediados de este semestre, pero con el tema de convalidaciones no me terminó de convencer; principalmente porque, a pesar de tener un convenio con la universidad destino, no había forma de comparar los planes de estudios desde Tuxtla y no quería irme con ese pendiente de no poder convalidar mis materias y perder el semestre. No tuve muchas ganas de externarle toda esa situación a Armandito. Solo le mencioné que no seguí con el trámite, pues no me convenció irme.
Cuando se fue, aproveché para acercarme junto a mi madre a los primeros asientos. Poco a poco el aula se llenó de muchos rostros conocidos. A mi alrededor cercano estaban mis amigos. A la izquierda tenía a Alan, en el asiento de atrás a Benjamín, en las siguientes filas a la izquierda estaban Alexey, Paula, Lidia, Hanna y Juan Pablo. Cerca también estaban los tutores de algunos y nuestra coordinadora brillaba por su ausencia.
El rector, Germán Josuhé Pomáres Milberth, pasó al frente de todos, a un lado de la gran pantalla táctil del aula. Abrió su discurso presentándose ante todos y diciendo que no hay palabras sencillas para dar la noticia ni forma alguna para «resarcir los daños» ocasionados. Explicó que nuestra carrera era muy particular. Que no hay una oferta en Tuxtla que cumpla con los estándares de la institución. Mencionó que ellos también tienen muy pocos días de haberse enterado del cierre del campus. Entonces se adelantó a responder una de las dudas que yo he escuchado en las grabaciones de otras juntas: ¿por qué cerraron el campus?
Recalcando su honestidad y transparencia dio la explicación. La información que ellos tienen, además de la que fue entregada en el correo, es que los directivos les dijeron que se trata de una reestructuración de operaciones de la marca, por lo que han concluido operaciones en Campus Tuxtla. Afirmó que es todo lo que tiene. Pero tras bambalinas se corren rumores, susurros de gente, de que el campus estaba dado de baja ante la Secretaria de Educación Pública desde finales de febrero.
La escuela seguirá funcionando hasta agosto, se va a dar continuidad al semestre. Administrativamente, el campus continúa funciones hasta el 31 octubre, con una oficina de enlace ubicada sobre el bulevar Belisario Domínguez, en las oficinas aledañas al edificio de Infonavit, que está antes de la calle que baja a la escuela.
Como la carrera no cuenta con equivalencias en la ciudad, la escuela ofrece dos alternativas. Becas del 100%, para cualquier transferencia a campus presenciales o al campus en línea. La beca tiene una duración completa del programa mientras se mantenga un promedio de 8.5, además de una condonación total del costo de reinscripción al siguiente ciclo.
El rector dio paso a la directora del campus online. Explicó que el programa de LCMD tiene una equivalencia completa, aunque se imparte en modalidad cuatrimestral. Por lo que con el pre dictamen de las materias cursadas se haría el cambio a campus online. Entre esta exposición Benjamín se acerca a susurrarme una duda, que yo también tenía en mente. ¿Aumentaría la duración del programa si yo entro online en lo que busco un lugar estable a donde mudarme y después me cambio de nuevo a presencial?
Solo me respondió el proceso de cambio. Al salir de modalidad en línea se expediría un certificado parcial para realizar de nuevo el cambio. Luego, la directora dio una explicación sobre los certificados parciales, con los que pueden reanudar sus estudios. Después de la explicación, Hannia Ríos, una compañera, levantó la mano para aclarar una duda: ¿Si a lo largo del contenido en línea no hay prácticas como es que el Ceneval pone ejercicios prácticos? La directora respondió que los expertos que realizan los reactivos si toman en cuenta los contenidos que se ven en la materia. Además, explicó que desde pandemia el examen se realiza en línea y hay prácticas para el examen.
Al terminar, Hannia pregunto lo siguiente: ¿Tendríamos que buscar algún trabajo del catálogo de UVM? Cuando hizo esta pregunta entendí que se refería al proceso de prácticas profesionales, pero la señorita explicó el servicio de intercambios internacionales.
Al fondo surgió otra duda de parte de una madre de familia. ¿Dónde se realizan los trámites administrativos? La respuesta fue que estaban en las oficinas de Marina, pero que todo trámite era realizado en línea por completo. Hay un portal de estudiantes donde se ofrecen todos los trámites y servicios de campus online. Garantizan la solución y respuesta pronta. El campus en línea también cuenta con coordinadores académicos pertenecientes a la modalidad.
Una duda era si el título expedido especificaba que había sido en línea, quitando quizá algún mérito subjetivo. La directora explicó que no había problema porque el título físico no especificaba que era en línea.
También hubo preguntas de parte de Hannia sobre el material utilizado en línea. Quería saber cómo aseguraban que el contenido del campus online estaba actualizado, si —y me consta— muchos materiales en Blackboard datan de 2013, y algunos libros requeridos en el pórtico ya no están disponibles en la biblioteca virtual.
La dirigente intentó responder, pero al mirar a los padres vi incredulidad: ojos entornados, cejas fruncidas, rostros tensos. También lo entiendo. ¿Cómo confiar en alguien que, aun pagando sus servicios, te abandona de un día para otro?
Las participaciones de alumnos y tutores giraron en torno a esa desconfianza. Cuando el rector tomó de nuevo la palabra comenzaron a caer las preguntas. Un señor se levantó de entre las filas traseras. Lo identifico porque lo conozco de vista, es el padre de Viridiana, otra compañera de semestres arriba. Deja en claro que si existe una forma de resarcir el daño; la devolución total del desgaste económico que han sufrido, puesto que (y cómo muchos padres lo hicieron saber) si hubiesen querido enviar lejos a sus hijos o que estudiaran en línea, lo habrían hecho desde un principio. Dejó en claro también su posición de desconfianza respecto a la institución y dudó de que el rector estuviese igual de sorprendido que nosotros por la noticia.
Otra madre de familia se levantó. Cuando empezó hablar fue directa, en sus palabras «todos los comunicólogos somos directos», no se detuvo en formalidades, expresó su desconfianza. Sentí que fue un golpe directo a la garganta, de esos que dejan sin palabras. «¿Quién me garantiza que no cierren la institución? Porque no es el único que se ha cerrado y no es una decisión del campus. Entonces, ¿que me asegura que no tengamos que brincar como chapulines? Yo si exijo el reembolso total por los daños psicológicos de mi hija. Yo también me he movilizado de estados y he perdido muchos vínculos sociales».
Ante estas intervenciones, el rector solo ofrecía sus más sinceras disculpas y respeto a los padres. Dijo que «hoy la credibilidad que podamos tener es cero y lo comparto, soy muy honesto. Le ofrezco una disculpa de manera personal». Mencionó que desde su posición no tenía la autoridad de decidir el cierre, pero se aseguraran de canalizar a estudiantes a campus grandes para minorizar ese riesgo. Finalmente, con una de las últimas intervenciones, el rector dejó claro que los procesos de cambio serían gestionados con el apoyo del campus.
Cuando la reunión terminó a eso de las 6 de la tarde, la información era más clara, pero las decisiones seguían igual de difusas. Vi la mirada de Alan —o tal vez solo me preocupaba demasiado por él—. Lo veía reír con nuestros amigos, pero en los silencios, notaba en sus ojos una emoción contenida.
Nos reunimos a los pies del edificio J: padres y alumnos, intentando mantener la cabeza fría. En momentos así, es mejor pensar juntos. Hanna Ramos Ortiz, una de mis compañeras, propuso reunirnos otro día para tomar decisiones en conjunto. Acordamos el lunes después de las 7 de la noche. Muy probablemente nos iremos —como Jesús— a la grande: Ciudad de México.
Entre las 7 y 10 de la noche.
Presiento la calma antes de la tormenta. Pero a veces lo único que queda por hacer es dejarse acariciar por la lluvia. Salimos de la reunión bajo un cielo oscurecido por la noche. Mis amigos querían reunirse esa misma noche; no me opuse. Comenzaban a caer las primeras gotas de una lluvia anunciada por las nubes grises. Con el punto de encuentro definido (la casa de Juan Pablo), mi mamá y yo decidimos retirarnos a casa. Le pregunté a Alan si quería venir con nosotros, pues vivimos a una casa de distancia. Él asintió.
Salimos de la escuela a través de la pluma. El guardia buscó entre los montones de identificaciones la de mi madre. Caminamos hasta la camioneta y cuando estuvimos a punto de subir dijo que prefería caminar. Necesitaba ese momento. Nuestros caminos se separaron. Solo supe que habló con Daniela. Ella se quedaba y él veía la mejor oportunidad en irse, quizá a Puebla, con su familia. Entonces la lluvia cayó con fuerza. Estoy seguro de que, al mismo tiempo, también se desbordó la tristeza en ambos.
De camino a casa, le conté a mi madre un poco sobre lo que vivía mi amigo. Ella me ofreció dos alternativas para ayudarlo. Una para que pudiera irse con nosotros a estudiar. Otra que le permitía quedarse, aunque implicaba abandonar los dos años ya cursados.
Alan llegó en taxi a la colonia. Cuando me avisó que estaba listo, ambos subimos al coche y manejé hasta Campanario, al extremo poniente de la ciudad. Llovía con fuerza. En el camino, Alan me habló de su dilema:
—No quiero dejar sola a Dani.
Lo escuché. Mientras dábamos vuelta hacia el Aurrera, dijo:
—Mi familia me deja todas estas decisiones a mí, pero, puta madre… a veces quisiera la opinión de alguien que ya haya vivido esto.
Lo entendí perfectamente. Le conté las opciones que me había dado mi madre. Bajamos por refrescos y hielo a las 8:40 de la noche. Alan estaba más tranquilo. Conducimos despacio bajo la fuerte lluvia hasta llegar a casa de Juan Pablo a las 9. El convivio fue nuestro intento de última cena. Contábamos anécdotas y sentimientos entre risas y nostalgia. En algún punto Alexey, Paula y Alan salieron de la casa. Yo podía verlos en la cochera por la venta de la cocina. Alexey y Paula entraron luego a la casa, pero Alan se mantuvo ahí un rato. Salí con él para acompañarlo. En ese momento retomamos nuestra conversación. Sus preocupaciones seguían asediando su mente.
—¿Cuánto más tendré que sacrificar para conseguir mi deseo? —me dijo.
Me regresó a una de las conversaciones profundas que hemos tenido hace tiempo, en primer semestre. Sentados afuera de su casa en San Cristóbal. Cuando me compartió que había dejado su hogar para estudiar en la ciudad. Ahora Tuxtla nos había quedado chico a todos.
—A veces lo mejor es seguir corriendo —le respondí.
Sonrió un poco. Él mismo propuso volver adentro. Estuvimos ahí otro corto rato. Poco antes de irnos, Daniela le marcó Alan. Sentí el ambiente algo tenso y él volvió a salir. Tuve en frente la misma imagen que tuve cuando lo vi desde la ventana la primera vez. Cómo él estaba afuera, los demás se decidieron por salir también. Sin embargo, a medio camino él entró a la casa. Le noté la mirada, me acerqué a abrazarlo y me acosté en su hombro. Es ahí cuando lo escucho decir.
—Al final, Dani siempre termina siendo más madura que yo.
Ella lo había dejado ir. Le facilitó la decisión aun sabiendo que le dolería a ambos. Lo abracé con más fuerza, como aquella primera vez, cuando lo vi llorar bajo la benjamina de la plaza del estudiante. Esta vez, el llanto también me alcanzó a mí.
En la cochera de la casa fue donde todos nos despedimos. La lluvia ya había parado por completo, dejando las calles lustrosas. Los dos subimos al coche. De regreso a casa, sonaba música. Me contaba sus pensamientos con esta nueva idea.
—Voy a cumplir mi promesa. Voy a tratar de ser el mejor. Es por ella.
Entre Alan y yo, la música significa compañía. En las bocinas sonaba el final de Fuego, de Él Mató a un Policía Motorizado. Las letras de la canción se alinean a la perfección con sus ideas. Es hasta mágico. Así, con la canción, llegamos a casa. Ahora su voz está cargada de dirección. Ahora es cuando menos debemos dudar de nuestra compañía. Debemos vivir los días de colectividad.
Foto por: Juan Jimenez