El Palacio de Versalles es un edificio que desempeñó las funciones de una residencia real en siglos pasados. Su construcción fue ordenada por Luis XIV, y constituye uno de los complejos arquitectónicos monárquicos más importantes de Europa.
Antes de las obras de construcción emprendidas por Luis XIV, el palacio del dominio de Versalles estaba hecho de ladrillo. Ahora bien, el Renacimiento italiano que se desarrolló en los siglos XIV y XV tuvo una gran influencia en el arte francés en los años siguientes. El estilo barroco se caracteriza por las extravagancias en la arquitectura, la literatura y la música. La forma de pensar de la época llevó a los artistas a multiplicar elementos decorativos como las doraduras, los arabescos de estuco, las bóvedas pintadas e incluso el uso de técnicas de trampantojo.
Con sus tres palacios, sus jardines y su parque, Versalles es un dominio inmenso. Si bien Luis XIII hizo edificar allí un pabellón de caza con un jardín, Luis XIV es su verdadero creador, ya que le dio su amplitud y determinó su destino.
Luis XIV dejó París y decidió construir Versalles como una pequeña ciudad alejada de los problemas. Tendría varias etapas constructivas, marcadas por las amantes de Luis XIV.
Primera etapa (1661-1668): Sería un palacete de caza al que se añadieron dos alas laterales que, al cerrarse, conformaron la plaza de armas. Son fachadas de ladrillo y unifica la cubierta usando también la pizarra y las mansardas.
Segunda etapa (1668-1678): Luis XIV pretende trasladar definitivamente la corte a Versalles. Se añaden las dos alas laterales para dar prioridad visual al jardín, realizado por André Le Nôtre. La fachada que da al jardín está construida siguiendo el modelo italiano. Un primer piso de sillares almohadillados. Un piso noble de doble altura con crujías retranqueadas, jugando con entrantes y salientes y alternando columnas y pilastras. Por último, un tercer piso que sería el ático, rematado por una serie de figuras escultóricas (trofeos y jarrones) que casi no dejan ver la caída de la cubierta, la cual no es muy inclinada. Llegaron a vivir en él hasta 20.000 personas.
Tercera y última etapa (1678-1692): En esta ampliación, realizada por Mansart, se construyó la capilla real en el Ala Norte del Palacio, a doble altura y con acceso directo a cota cero desde el exterior, estando la Tribuna Real situada en el piso principal, desde donde el rey y su familia atendían a la misa.
Realizó dos inmensas alas perpendiculares que mantienen la estructura del cuerpo central, una hacia el norte y otra hacia el sur, prolongando el orden jónico y dotando a la fachada de horizontalidad, los espacios salientes y columnados evitan la monotonía.
En la zona central hizo la Galería de los Espejos de 75 metros con la colaboración de Le Brun en la decoración. Ventanas y espejos crean la sensación de mayor longitud, la luz que entra por la ventana y la de las velas se reflejan en los espejos creando efectos lumínicos.
También será Mansart el encargado de diseñar la capilla real, situada en el ala norte, como una edificación casi independiente, consta de una cabecera semicircular, tres naves y un espacio central con dos niveles. El inferior con arquerías sobre pilares (reservado a la corte) y el nivel superior que comunica con las dependencias del rey con una columnata corintia que sostiene el dintel en el que carga la bóveda. Este es el espacio más dinámico que se asemeja al barroquismo italiano.
Además, la estructura del palacio gira en torno a la figura del rey. Su cámara está situada justo en el centro del edificio y todo debía organizarse en torno a él. Así, la primera planta está reservada para los Grandes Aposentos del rey, en la zona norte, y de los Grandes Aposentos de la reina, en la zona sur.
Cada parte del palacio cuenta con grandes patios interiores, divididos a su vez en dos más pequeños.
Una parte mira al pueblo y otra a los jardines siendo el mejor ejemplo de arquitectura palaciega en Europa tanto por el buen gusto y lo majestuoso de la edificación con claro significado de exaltación del poder absoluto del rey Luis XIV. También constituye un ejemplo del clasicismo del barroco francés.
Tres siglos después de su creación, el dominio sigue siendo considerable pues cuenta con 800 hectáreas (originalmente eran unas 8 000 hectáreas), 20 km de caminos, 200 000 árboles, 35 km de canalizaciones, 11 hectáreas de techumbre, 2 153 ventanas y 67 escaleras.
Interior del palacio
Tal y como veremos más adelante con la galería de los espejos, la decoración del espacio interior forma parte del mayor lujo del Palacio de Versalles.
Le Brun supervisa las obras de los Grandes Apartamentos del rey y de la reina, situados en la primera planta con vistas al jardín.
Los techos están magníficamente decorados.
Estatuas y bustos antiguos se exponen acompañados de cuadros inmensos incrustados en las paredes de las habitaciones.
Y como el Sol es el lema del soberano, seis de las habitaciones que componen su Gran Apartamento están dedicadas a una divinidad romana o a un planeta que gira alrededor del sol (Diana, Marte, Mercurio, Júpiter, Saturno y Venus).
El salón de Apolo sirve de sala para el trono. En este espacio, el rey celebra sus audiencias, presididas por su célebre retrato realizado por Rigaud.
El salón de Diana se utiliza como sala de billar. El monarca destaca en este juego. Este espacio alberga el busto de Luis XIV, obra maestra de Bernini.
El salón de Marte primero sirve como sala para la guardia real, luego, se convierte en sala de baile.
En 1769, Luis XIV encarga a su primer arquitecto, Jules Hardouin-Mansart, la construcción de una galería cubierta en la gran terraza con vistas a los jardines.
Este gran pasillo se extiende a lo largo de 73 metros, con una anchura de 10 metros y una altura de 12 metros.
La iluminación desempeña un papel muy importante en el salón de los espejos, 17 grandes ventanales nos ofrecen una magnífica vista sobre los jardines y, al mismo tiempo, inundan de luz este espacio.
Cada arcada está compuesta por 21 paneles de espejos, los más grandes que se podían fabricar en aquella época.
Lujo y orgullo nacional se combinan a la perfección.
Los espejos son fabricados en París. La manufactura parisina compite nada menos que con los grandes maestros cristaleros de Venecia.
Los pilares de mármol rojo sustentan unos capiteles decorados con la flor de lis y el gallo galo, símbolos de Francia.
La decoración se completa con 8 bustos de emperadores romanos y 8 esculturas que representan a los dioses de la Antigüedad.
Sin duda, uno de los atractivos más interesantes de la galería de los espejos se encuentra en su techo. Charles Le Brun propone pintar en la bóveda escenas representando Apolo o Hércules, pero al rey no le entusiasma mucho esta idea.
Teniendo al rey sol como protagonista, ¿Quién necesita a dioses o héroes de la Antigüedad?
El soberano se encuentra en la cima de su poder y gloria, así que ordena ilustrar todas las victorias y las buenas acciones de sus primeros 17 años de reinado.
Durante varios años, el artista realiza la más vasta decoración pintada en Francia, compuesta por 30 cuadros gigantescos. Los temas principales son la guerra de Devolución contra España y la guerra de Holanda, dos victorias de Luis XIV.
Ubicado en el centro de la bóveda, se encuentra el cuadro llamado El Rey gobierna por sí mismo. En su centro, se representa al soberano sentado en su trono.
Un poco más arriba, a la derecha, Marte, el dios de la Guerra, vestido con una armadura y una capa roja, mostrando al monarca la Gloria personificada, que se dispone coronarlo.