La ventilación es, ante todo, un proceso mecánico. Consiste en movilizar aire hacia dentro y hacia fuera de los pulmones mediante cambios rítmicos del volumen de la cavidad torácica. Dicho sin poesía innecesaria: si el tórax aumenta su volumen, la presión intratorácica baja y entra aire; si el volumen disminuye, la presión sube y el aire sale. Neumann lo explica con la lógica de la ley de Boyle y la analogía del pistón: volumen y presión se comportan en sentido inverso dentro de una cámara cerrada.
Para entender este apunte conviene separar dos cosas que suelen mezclarse. Una es la ventilación, o sea, el movimiento del aire. Otra es el intercambio gaseoso, que ocurre en los alvéolos. Aquí nos quedamos deliberadamente en la primera. El foco no está en la difusión de O₂ y CO₂, sino en la bomba ventilatoria: caja torácica, diafragma, músculos intercostales, escalenos, abdominales y articulaciones que permiten que el tórax cambie de forma. El artículo adjunto usa justamente esa idea: el pulmón por un lado y la “bomba que lo ventila” por otro.
Desde esta perspectiva, el tórax funciona como un fuelle mecánico. No es una caja rígida, sino una estructura deformable, con superficies articulares, cartílagos, tejidos elásticos y músculos que trabajan de forma coordinada. El aire no entra porque “el pulmón quiera”, sino porque la expansión torácica genera una caída de presión que literalmente lo succiona. Cuando cesa la contracción inspiratoria, el retroceso elástico del pulmón, del tórax y de los tejidos previamente estirados favorece la salida del aire. Por eso la espiración tranquila, en sujetos sanos, es predominantemente pasiva.
También es importante distinguir entre ventilación tranquila y ventilación forzada. En reposo participan sobre todo el diafragma, los escalenos y los intercostales con función inspiratoria; en cambio, cuando la demanda aumenta, aparecen con fuerza los músculos accesorios inspiratorios y los músculos espiratorios. Es decir, la ventilación normal ya es un acto muscular, pero la ventilación exigente se vuelve además un acto muscular más caro, más visible y mucho más dependiente de sinergias.
La caja torácica está formada por las vértebras torácicas, las costillas, sus cartílagos costales y el esternón. Pero para la ventilación no basta con nombrar huesos: importa cómo se conectan. El tórax cambia de forma gracias al movimiento combinado del complejo costovertebral, de las uniones esternocostales, de las intercondrales, del manubrioesternal y de la propia columna torácica. Neumann insiste en que la ventilación depende de pequeñas deformaciones repartidas entre varias articulaciones, no de una sola bisagra milagrosa.
Posteriormente, cada costilla se une a la columna por dos articulaciones: la costocorpórea y la costotransversa. Estas fijan el extremo posterior de la costilla y, al mismo tiempo, permiten el eje alrededor del cual ésta rota durante la respiración. Anteriormente, las costillas 1 a 7 se relacionan con el esternón; las 8 a 10 lo hacen indirectamente mediante el cartílago de la costilla superior, y las 11 y 12 no se fijan al esternón. Esta organización no es decorativa: determina qué costillas se mueven más, en qué dirección y con qué grado de libertad.
No todas las uniones anteriores son igual de móviles. Las uniones costocondrales permiten muy poco movimiento, mientras que varias de las uniones condroesternales y las intercondrales sí admiten pequeños deslizamientos y deformaciones. Los cartílagos costales, al ser flexibles, almacenan parte de la energía durante la elevación costal y luego contribuyen al retorno elástico durante la espiración. O sea: el cartílago no solo “une”; también devuelve.
El resultado de todo esto es un sistema suficientemente estable para proteger vísceras, pero suficientemente móvil para cambiar volumen muchas veces por minuto. Esa mezcla de rigidez y deformabilidad es la gracia del tórax. Si fuera totalmente rígido, no ventilaría; si fuera demasiado blando, colapsaría o perdería eficiencia mecánica.
En términos cinemáticos, la ventilación modifica tres dimensiones principales del tórax: la vertical, la anteroposterior y la mediolateral. La dimensión vertical aumenta sobre todo cuando el diafragma desciende; las dimensiones anteroposterior y mediolateral aumentan cuando las costillas se elevan y rotan. Dicho de otro modo, no existe “una” expansión torácica, sino varias expansiones coordinadas.
El aumento del diámetro vertical depende del descenso del domo diafragmático. Durante la inspiración tranquila, el diafragma baja aproximadamente 1,5 cm; durante la inspiración forzada puede descender entre 6 y 10 cm. Esa acción en pistón es el principal mecanismo de inspiración. No es casualidad que se lo considere el músculo más importante del proceso ventilatorio.
El aumento de los diámetros anteroposterior y mediolateral se produce por la elevación costal. Las costillas no suben como tablas rígidas, sino que rotan alrededor de un eje cercano a sus articulaciones posteriores. Al elevarse, el arco costal se desplaza hacia arriba y hacia afuera, y el esternón acompaña, sobre todo en las costillas altas. En la inspiración forzada, este patrón puede sumarse a una ligera extensión de la columna torácica.
La espiración tranquila invierte este proceso sin requerir, en condiciones normales, una contracción muscular espiratoria importante. Cuando los inspiratorios se relajan, el sistema retrocede por elasticidad: pulmón, caja torácica, cartílagos y tejidos blandos devuelven al tórax hacia una posición de menor volumen. La mecánica respiratoria sana, por tanto, no es solo contracción; también es retroceso elástico eficiente.
El movimiento costal depende del eje de rotación situado cerca de las articulaciones costovertebrales. Desde allí, la costilla se mueve de manera que su porción media y anterior ascienden y se desplazan lateralmente. Neumann describe esto con el clásico modelo de asa de balde: una pequeña rotación posterior genera un desplazamiento relativamente grande del cuerpo de la costilla.
Ese movimiento incrementa tanto el diámetro anteroposterior como el mediolateral. No es solo un “abrirse hacia los lados”. También hay un componente anterior, especialmente en las costillas superiores. De hecho, la orientación del eje de rotación varía entre costillas altas y bajas: en las superiores existe una componente que favorece más el desplazamiento anterior y el ascenso del esternón, o movimiento en asa de bomba; en las inferiores, la expansión lateral gana más protagonismo.
Esto permite entender por qué la inspiración no se expresa igual en todo el tórax. Las costillas superiores contribuyen relativamente más al desplazamiento del esternón y al aumento del diámetro anteroposterior, mientras que las medias e inferiores muestran una expansión lateral más evidente. En clínica, cuando un hemitórax “sube” poco o pierde expansión lateral inferior, no es un mero detalle visual: está fallando una parte concreta de esta cinemática.
Además, la elevación costal torsiona ligeramente los cartílagos costales. Esa torsión almacena energía y ayuda al retorno durante la espiración. Otra vez aparece la idea clave: el tórax no es solo una estructura movida por músculos; es también una estructura con propiedades elásticas que colaboran activamente con el movimiento.
El diafragma es una lámina musculotendinosa en forma de domo que separa cavidad torácica y abdominal. Su cara superior forma el piso del tórax y su cara inferior, el techo del abdomen. Anatómicamente, posee una porción costal, una porción esternal y una porción crural. Todas convergen hacia un tendón central. Cada hemidiafragma recibe inervación del nervio frénico, con raíces principalmente C3 a C5.
La porción costal se inserta en la cara interna de los márgenes superiores de las últimas seis costillas y en relación con el xifoides. La porción crural se fija a las vértebras lumbares superiores mediante los pilares. Esta diferencia importa mecánicamente: la porción costal está más ligada a la caja torácica inferior y a la llamada zona de aposición, mientras que la crural tiene una relación más estrecha con la columna lumbar y con la estabilidad axial. La zona de aposición corresponde a la porción del diafragma que, al apoyarse el centro frénico en las vísceras, puede elevar las costillas inferiores.
El diafragma no es un músculo periférico cualquiera. El artículo destaca que posee gran capacidad oxidativa, alta densidad capilar y mejor tolerancia a la fatiga que muchos músculos de las extremidades. En mayores de 2 años, cerca del 75% de sus fibras son resistentes a la fatiga, con predominio de fibras tipo I y IIa. Tiene sentido: si fallara al tercer bostezo, la especie habría durado poco.
Funcionalmente, el diafragma realiza entre el 60% y el 80% del trabajo ventilatorio. Su enorme eficacia deriva de que puede aumentar el volumen torácico en las tres dimensiones: descendiendo, expandiendo costillas inferiores y colaborando indirectamente con la estabilización del sistema toracoabdominal. Por eso sigue siendo el protagonista aunque no actúe solo.
La acción más conocida del diafragma es su movimiento en pistón. Al contraerse, el domo desciende y aumenta el diámetro vertical del tórax. Pero reducir su mecánica solo a “baja y listo” es quedarse corto. Su eficacia depende también de la zona de aposición, o sea, la superficie de contacto entre la porción costal del diafragma y la cara interna de la caja torácica inferior. En posición erguida y respiración tranquila, esta zona representa aproximadamente un tercio de la superficie interna de la caja torácica.
Durante la inspiración corriente, el diafragma se contrae, disminuye su longitud axial y el domo desciende. Al hacerlo, la altura de la zona de aposición disminuye, aunque el domo mantiene relativamente su forma. A inspiración máxima, esa zona puede casi desaparecer. Esto es importante porque el diafragma no solo genera descenso; también transmite fuerzas a la caja torácica inferior a través de esa zona.
El artículo distingue dos fuerzas: la fuerza de aposición y la fuerza de inserción. La primera deriva de la transmisión de la presión abdominal hacia la caja torácica inferior en la zona de aposición. La segunda se origina por la tracción directa de las fibras costales sobre las últimas costillas, que son elevadas y llevadas hacia fuera. En conjunto, ambas ayudan a expandir la caja torácica inferior. O sea: el diafragma no solo empuja vísceras hacia abajo; también abre las costillas.
La eficacia del diafragma depende de su relación longitud-tensión. Cerca de la capacidad residual funcional mantiene una longitud favorable y una zona de aposición óptima, por lo que puede generar más fuerza. A volúmenes pulmonares altos, cercano a capacidad pulmonar total, se acorta, pierde área de aposición y su tensión cae. Si la hiperinsuflación se mantiene, puede incluso traccionar la caja torácica inferior en sentido espiratorio: el conocido signo de Hoover.
El signo de Hoover es la retracción inspiratoria paradójica de los arcos costales inferiores, sobre todo en los laterales del tórax. En vez de expandirse bien hacia afuera durante la inspiración, se hunden hacia adentro.
Esto suele verse en cuadros con hiperinsuflación pulmonar, especialmente en EPOC. La lógica es esta:
el diafragma se aplana
sus fibras tiran más en sentido horizontal que vertical
al contraerse en inspiración, en vez de expandir normal la parrilla costal inferior, puede traccionarla hacia adentro
Neumann complementa muy bien esta idea: cuando el descenso del domo encuentra resistencia abdominal suficiente, el diafragma puede seguir contrayéndose y entonces elevar las seis costillas inferiores. Esa resistencia abdominal no estorba; al contrario, vuelve más eficaz la contracción inspiratoria. El abdomen, en respiración, no es un pasajero. Es parte del mecanismo.
En la inspiración tranquila, los músculos principales son el diafragma, los escalenos, los intercostales externos y la porción paraesternal de los intercostales internos. El artículo los agrupa como inspiratorios agonistas; Neumann los reconoce como músculos de inspiración tranquila.
El diafragma aumenta sobre todo el diámetro vertical, aunque, como ya se dijo, también contribuye al aumento de los otros diámetros por su acción sobre las costillas inferiores. Los escalenos, si la columna cervical está estabilizada, elevan la primera y segunda costilla, ayudando a expandir la caja torácica superior y a movilizar el esternón. Neumann señala además que están activos, junto al diafragma, en cada ciclo inspiratorio.
Los intercostales externos tienen sus fibras dirigidas oblicuamente en sentido inferomedial. Su activación tiende a elevar la costilla inferior y a expandir la caja torácica. La literatura clásica los considera inspiratorios, y Neumann agrega un punto clave: además de mover costillas, rigidizan la pared torácica para evitar que la presión negativa inspiratoria hunda los espacios intercostales. Esa función estabilizadora suele olvidarse, y es un error.
La porción paraesternal de los intercostales internos actúa también como inspiratoria, especialmente en la región anterior del tórax. En cambio, las fibras interóseas de esos mismos intercostales internos participan sobre todo en la espiración forzada. Es una buena vacuna contra el simplismo de “internos espiran, externos inspiran”, que sirve para empezar, como una regla general, pero luego hay que afinarlo dadas las excepciones.
Cuando la demanda ventilatoria aumenta, aparecen los músculos accesorios inspiratorios. Entre ellos: esternocleidomastoideo, pectoral mayor, pectoral menor, dorsal ancho, algunos erectores espinales y otros músculos del cuello y cintura escapular. Pero estos no se vuelven eficaces por arte de magia: suelen requerir segmentos distales fijos o estabilizados. Un pectoral mayor con brazos libres no tiene el mismo efecto ventilatorio que con brazos apoyados. La clásica postura de trípode no es teatro; es biomecánica aplicada.
La espiración tranquila es, en sujetos sanos, un fenómeno predominantemente pasivo. Se produce por el retroceso elástico del pulmón, del tórax, del diafragma relajado y de los tejidos conectivos previamente estirados. En reposo, no hace falta “empujar” activamente el aire hacia fuera. Basta con dejar de sostener la expansión.
La espiración forzada, en cambio, sí requiere contracción muscular. Aquí entran en juego los abdominales, las fibras interóseas de los intercostales internos y el transverso del tórax o triangular del esternón. Neumann remarca que la espiración forzada está impulsada principalmente por los abdominales. El artículo añade que, dentro de ellos, el transverso del abdomen tiene un papel especialmente relevante al comienzo del reclutamiento espiratorio.
Los abdominales actúan de dos modos. Directamente, flexionan el tronco y deprimen costillas y esternón, reduciendo el volumen torácico. Indirectamente, comprimen el contenido abdominal, elevan la presión intraabdominal y empujan el diafragma relajado hacia arriba. Este segundo mecanismo es clave, porque el diafragma funciona como una cúpula que puede ser desplazada cefálicamente para expulsar aire. Además, llevarlo hacia arriba al final de la espiración mejora su posición longitud-tensión para la siguiente inspiración.
Las fibras interóseas de los intercostales internos deprimen costillas y reducen las dimensiones transversales de la caja torácica. El triangular del esternón deprime costillas, desplaza el esternón cefálicamente y estrecha el tórax. Son músculos menos famosos que el abdomen, pero no menos útiles cuando la ventilación deja de ser tranquila y se transforma en tos, risa, fonación intensa o esfuerzo.
En la inspiración tranquila, el sistema nervioso activa primero el diafragma. El domo desciende, aumenta la dimensión vertical y, con ayuda del abdomen, termina favoreciendo además la expansión de la caja torácica inferior. En paralelo, escalenos, intercostales externos y paraesternales elevan y estabilizan las costillas, impidiendo que la presión negativa colapse la pared torácica. El resultado global es expansión torácica más caída de presión alveolar y entrada de aire.
En la inspiración forzada, este patrón se amplifica. Desciende más el diafragma, suben más las costillas, puede haber ligera extensión torácica y se suman músculos accesorios. La ventilación se vuelve más costosa, más visible y más dependiente de fijaciones segmentarias. No es casual que un paciente con disnea “use cuello” o apoye brazos. Está tratando de comprar, con postura, lo que le falta por eficiencia.
En la espiración tranquila, basta la relajación inspiratoria y el retroceso elástico. En la forzada, los abdominales toman el mando, con apoyo del transverso del tórax y de los intercostales internos interóseos. Esta alternancia muestra una idea central del movimiento respiratorio: no es una suma de músculos individuales, sino una sinergia entre estructuras activas y pasivas, donde la estabilidad costal, la presión abdominal, la elasticidad cartilaginosa y la orientación de las costillas importan tanto como la fuerza muscular.
Los volúmenes y capacidades pulmonares son útiles porque traducen la mecánica a magnitudes comprensibles. El volumen corriente es el aire que entra y sale en cada ciclo respiratorio normal; en el adulto sano en reposo es aproximadamente 0,5 L. El volumen de reserva inspiratoria es el aire extra que aún puede inspirarse luego de una inspiración corriente. El volumen de reserva espiratoria es el aire extra que puede expulsarse después de una espiración corriente. El volumen residual es el aire que permanece en los pulmones aun después de una espiración máxima.
A partir de ellos se forman las capacidades. La capacidad inspiratoria suma volumen corriente y reserva inspiratoria. La capacidad residual funcional es el volumen que queda en los pulmones al final de una espiración tranquila; mecánicamente es muy relevante porque cerca de ese nivel el diafragma trabaja con una relación longitud-tensión especialmente favorable. La capacidad vital es el máximo volumen que puede expulsarse después de una inspiración máxima; en el adulto normal es cercana a 4500 mL. La capacidad pulmonar total ronda aproximadamente 5,5 a 6 L.
Desde la mecánica, estos conceptos no son solo números de espirometría. Expresan posiciones y márgenes de trabajo del sistema toracopulmonar. Cerca de la capacidad residual funcional, el diafragma conserva buena longitud y buena zona de aposición; en cambio, hacia volúmenes muy altos pierde eficacia. Por eso no da lo mismo inspirar desde una caja torácica neutra que desde una hiperinsuflada.
Tomando el material del artículo adjunto, la diferencia más importante entre lactante y adulto desde el punto de vista muscular es la maduración de la composición de fibras del diafragma y de los intercostales. Durante los primeros 2 años de vida esa composición cambia de forma significativa hasta parecerse a la del adulto. En prematuros, las fibras tipo I pueden ser menores al 10%, y eso se asocia a mayor fatigabilidad y a un trabajo respiratorio proporcionalmente mucho mayor. El artículo incluso señala que el trabajo respiratorio puede ser aproximadamente tres veces el del adulto.
En el adulto, en cambio, el diafragma tiene un claro predominio de fibras resistentes a la fatiga. En mayores de 2 años, aproximadamente 75% de sus fibras son resistentes, con cerca de 50% tipo I y 25% tipo IIa. Eso le permite sostener ventilación continua con mucha mejor reserva fisiológica. El lactante, por tanto, no solo es “más pequeño”: también tiene una musculatura respiratoria menos madura y más fácil de fatigar. Ese detalle cambia bastante el juego.
Desde el punto de vista mecánico general, el lactante depende relativamente más del diafragma y tiene menos margen ante aumentos de carga ventilatoria. Por eso cualquier incremento del trabajo respiratorio, como obstrucción de vía aérea o demanda metabólica elevada, puede precipitar fatiga mucho antes que en el adulto. En otras palabras, el sistema ventilatorio del lactante tiene menos “holgura mecánica”.
En cuanto a la diferencia articular y torácica más relevante para el movimiento, clínicamente se acepta que el lactante presenta una caja torácica menos eficiente para la expansión costal y una mayor dependencia de la mecánica diafragmática. Traducido: en el adulto la ventilación costal tiene más protagonismo y mejor rendimiento; en el lactante, el diafragma carga con una parte proporcionalmente mayor del trabajo. El artículo no desarrolla en detalle la geometría costal del lactante, pero sí deja claro el punto decisivo: la combinación entre inmadurez muscular y menor reserva mecánica vuelve su respiración más vulnerable al aumento de carga.
Neumann, D. A. (2017). Kinesiology of the musculoskeletal system: Foundations for rehabilitation (3rd ed.). Elsevier.
Puppo, H., Fernández, R., & Hidalgo, G. (2021). Fisiología de los músculos de la respiración. Neumología Pediátrica, 16(4), 146–151. https://doi.org/10.51451/np.v16i4.460