Por: Yaratzed Raygoza Soroa.
Dicen los abuelos que la montaña no se sube:
se le habla bajito,
se le pide permiso,
se entra con respeto.
En Oaxaca, la mayordomía del cerro es una forma antigua de nombrar el cuidado. No es solo tradición ni ceremonia, es una manera de sostener el vínculo entre la comunidad y la tierra. En los cerros donde el viento guarda historias y la piedra recuerda los pasos de los antepasados, la mayordomía mantiene vivo un acuerdo silencioso con la montaña.
Bajo los usos y costumbres, quien asume la mayordomía no manda ni posee: sirve. Custodia los tiempos sagrados, convoca a la comunidad y recuerda que la tierra no es recurso, sino origen. El cerro no es fondo del paisaje; es presencia viva, guardián del agua, de la lluvia y del pulso que hace germinar la vida.
Allí habita el Señor de la montaña, figura donde convergen la fe cristiana y las antiguas fuerzas del monte. No se le impone la palabra, se le ofrece. Antes de sembrar, antes de cortar el maguey, antes de encender el fuego, se pide permiso. Porque todo acto sobre la tierra es también un acto espiritual.
La mayordomía es el latido de ese diálogo. Procesiones que avanzan lentamente hacia lo alto, copal que asciende como oración visible, velas que iluminan el tiempo ritual, ofrendas que devuelven lo recibido. Cada gesto reafirma que la comunidad existe en reciprocidad con la montaña y que el equilibrio se sostiene en lo compartido.
Entre piedras y pendientes nace el tepextate, maguey silvestre que aprende del cerro la paciencia. Crece lento, resiste el sol y el viento, guarda en su cuerpo el tiempo largo. Su presencia enlaza la espiritualidad del monte con la cultura mezcalera y con espacios sagrados como el Daninayaaloani, el «cerro de bella vista», hoy Cerro del Fortín, antiguo lugar de ofrenda y reunión ceremonial.
El maguey tepextate (Agave marmorata) no se apresura. Tarda décadas en madurar y se entrega una sola vez. De él nace un mezcal que no es solo bebida, es memoria líquida del cerro, espíritu destilado del monte. Se comparte en rituales, se ofrece a la tierra, se bebe con conciencia.
Así, la mayordomía cierra el círculo: montaña, comunidad y espíritu respirando juntos. En tiempos de prisa y olvido, esta práctica recuerda otra manera de habitar el mundo. Una donde servir es honrar, donde esperar es sabiduría y donde la tierra no se conquista, se escucha.
Porque hay montañas que no solo se miran. Se honran.