Por: Andrea Estrella
Imagine usted la escena: un primer plano de un héroe de Hitchcock o el eterno retorno de un personaje en una película de Buñuel. El arquetipo está ahí, inamovible. James Bond puede cambiar de rostro, de Aston Martin y hasta de enemigo geopolítico, pero su esencia es una estructura de acero que no se dobla. La historia puede ser extraordinaria, los efectos especiales pueden ser de última generación, pero el arquetipo no cambia; se transforma para que el guion siga teniendo sentido.
Con la cultura sucede un fenómeno similar al de casi toda historia contada. Llevamos siglos viendo los mismos rostros, las mismas manos moldeando el barro, los mismos humos saliendo de los hornos. Y aquí es donde la sociología se pone interesante: ¿estamos ante un acto de resistencia o ante una absoluta y soberana rebeldía?
Para Guillermo Bonfil Batalla, esto era el México profundo. Una estructura que no se deja asimilar por el "México imaginario" de la modernidad. Pero si lo miramos con los lentes de Néstor García Canclini, nos damos cuenta de que la persistencia no es quedarse quieto como una estatua de sal. Al contrario, es un ejercicio de hibridación magistral.
Habría que preguntarse: ¿es la tradición una cárcel de repeticiones o es, más bien, una estrategia de supervivencia? Yo prefiero pensar que es una forma de rebeldía "muy punk". Mientras el mundo nos exige ser efímeros, desechables y globales, el maestro alfarero en Atzompa decide que su tiempo se rige por la humedad del barro y no por las notificaciones del iPhone. Esa es la transformación imperiosa: cambiar lo necesario para que lo esencial pueda permanecer.
La persistencia cultural no es conservar las cenizas, sino transmitir el fuego. En Oaxaca, esa terca voluntad de seguir siendo uno mismo frente al espejo de la globalización o turistificación es lo que nos mantiene vivos. No es solo costumbre; es una decisión política, estética y, por qué no decirlo con un toque de humor, una muestra de que a nuestra cultura no le da la gana extinguirse.
En este Volumen Oaxaca, vamos a diseccionar esos paralelismos entre el pasado que creemos muerto y el presente que se niega a soltarle la mano. Prepárense para ver cómo el arquetipo de lo mexicano se reinventa, sin perder jamás su línea de sombra.