Carta a Basilio Pavón

Jaime Carbonel Monguilán. Arquitecto Técnico



Jaime Carbonel en  El Arco de Maluenda, Comunidad de Calatayud,
puerta del primitivo recinto amurallado zagrí, reformada en época cristiana medieval y en el s. XVII.










Tauste, 31 de Octubre de 2011.


Estimado profesor:

Me dirijo a Ud. para manifestarle mi admiración por toda su labor de investigación y difusión del arte hispanomusulmán, así como mi agradecimiento por su elogio hacia mi trabajo “Tauste en los siglos XI al XIII”, que tan amablemente usted ha calificado de “excelente desde el punto de vista técnico” en la relación bibliográfica de su trabajo “Poder y seducción de
alminares y torres mudéjares en el Islam Occidental. El referente de Aragón (segunda parte)”.
Quisiera aprovechar la ocasión para hacerle partícipe de algunos aspectos acerca de este asunto. Desde hace ya bastantes años, los arquitectos Javier Peña Gonzalvo y José Miguel Pinilla Gonzalvo, vienen detectando relaciones “extrañas” entre algunas iglesias mudéjares de Aragón y sus campanarios respectivos, desde el punto de vista arquitectónico. Esta cualidad de “extrañeza” suele consistir en una “rara” ubicación de la torre respecto de la iglesia a la que acompaña (y que curiosamente, la historiografía oficial las sitúa en la misma época y pertenecientes a una unidad de concepción), a veces, incluso, con la planta girada respecto de la iglesia, y, otras, “extrañas” orientaciones de los ábsides
de los templos, muy alejadas de la dirección Este, así como “contradicciones” constructivas entre templo y torre. Nos referimos a conceptos cuyo manejo pertenece puramente a la profesión del arquitecto, por no entrar ya de lleno
en otros aspectos artísticos donde no se discute la competencia de los historiadores del arte.
Por mi parte, de mi trabajo sobre la torre de Tauste, que usted cita, desearía destacarle una conclusión evidente desde el punto de vista constructivo, que me parece trascendental para la consideración de las torres de ascendencia islámica. Generalmente, este tipo de arquitectura siempre se ha sido analizado desde el punto de vista artístico (historiadores del arte) y arquitectónico, aunque hayan sido pocos los profesionales de la arquitectura que se hayan dedicado a esta labor, siempre arquitectos, pero casi nunca aparejadores o arquitectos técnicos (siempre ocupados en cosas más “materiales”) que pudieran aportar sus observaciones desde el punto de vista ingenieril de la ejecución material de la construcción, especialidad de esta profesión a la que pertenezco.
Resulta que, analizando el proceso constructivo que tuvo de
desarrollarse para levantar esta torre, llegamos a la conclusión de que no sirve esa definición de estructura de alminar almohade, compuesta por dos torres concéntricas, por entre las cuales circula la losa de escalera. Realmente, se trata de una sola torre, con estancias interiores superpuestas, construida mediante un muro de gran espesor, dentro del cual se halla la escalera en su ascenso helicoidal (como si un gusano la hubiera horadado en ese sentido, valga la comparación), lo que podríamos denominar “escalera intramural”. El proceso de ejecución es totalmente diferente, mucho más arcaico. Ello supone que, cuando uno se ubica en cualquier lugar del interior de esa escalera, tiene bajo sus pies varios metros de obra maciza hasta llegar al hueco existente una vuelta más abajo. Encontramos torres donde este macizo es muy considerable (la torre de San Pablo de Zaragoza es prácticamente maciza, representando el hueco de la escalera un aligeramiento casi insignificante en su fábrica), otras donde va disminuyendo (Tauste y Alagón, por ejemplo) y, de esa manera, va evolucionando hasta llegar a lo que conocemos como alminar almohade,
donde la construcción consiste en ir levantando la escalera y la torre exterior
en torno a esa torre interior que va sirviendo de guía vertical, cuando en el
alminar primitivo se iba subiendo todo a la vez, realizando peldaño tras
peldaño sobre el propio muro. Digamos que el alminar primitivo es una
construcción más “artesanal” y el almohade más “tecnológico”; el primero
requiere más pericia por parte del alarife y el segundo más medios auxiliares
en cuanto a apeos se refiere.
Si la islamización de la Península se produjo en tan sólo tres años, a las
tierras de la actual Andalucía no les dio tiempo a gestar todo lo que se
desarrollaba en la Marca Superior. Es sabido que, en muchos aspectos de la
cultura, las influencias venían directamente de Oriente, sin pasar por Córdoba, así como el esplendor de la taifa saraqustí durante el siglo XI. Cuando Alfonso I el Batallador conquistara estas tierras, tuvo que encontrarse con mezquitas y
alminares, construidos en ladrillo (usted mismo dice que “el registro de arcos de medio punto entrelazados por remate del primer cuerpo de las torres del Ebro se debió dar en la población árabe”). Las mezquitas irían desapareciendo para ser sustituidas por iglesias, pero, ¿tan mal hechos estaban los alminares para que ninguno se pudiera reutilizar como campanario? ¿Por qué hay campanarios mudéjares que tan mal ubicados se encuentran respecto de las iglesias a las que acompañan? ¿Por qué hay campanarios en los que, al construirlos, se olvidaron de dotarlos de ventanas adecuadas para la
colocación de las campanas?. Estas y otras muchas incógnitas (algunas planteadas por usted como detalles anecdóticos o de difícil explicación) permanecen sin solución posible, empeñados en que aquellos reyes cristianos se cargaron todo el legado arquitectónico de los sarracenos a los que habían vencido para, curiosamente, construir sus templos al estilo de aquéllos,demostrando un inexplicable gusto por aquello que denostaban.
El valle del Ebro fue conquistado mucho tiempo antes que el Sur de la Península. Muchos de sus habitantes tuvieron que emigrar hacia esas tierras, llevando allí su conocimiento, muchas veces superior al de un pueblo guerrero como el almohade, que adoptaría en muchos casos la cultura de los lugares que iba conquistando. Ello puede explicar la relación entre la arquitectura islámica del valle del Ebro y la de Andalucía, generalmente con precedencia de la de aquí y no al revés, como de forma automática siempre se establece. Pensamos que, con toda probabilidad, existe en Aragón un patrimonio arquitectónico andalusí, erróneamente catalogado como mudéjar, y que es una lástima que no se reconozca como tal, por la gran aportación que ello supondría para el conocimiento y la investigación del arte hispanomusulmán,
así como para la puesta en valor de todo su conjunto.
Quiero terminar para no cansarle más. Ante la grave carencia de documentación medieval, bien porque no exista, bien por no estar estudiada, o por la dificultad de su correcta interpretación -lo que impide la precisa datación de todos estos edificios medievales-, estamos trabajando en la detección de esos posibles alminares (así como de otras construcciones) y en el estudio de los mismos mediante criterios arquitectónicos y constructivos, con el fin de documentarlos adecuadamente, de forma que dicho trabajo pueda servir de base para futuras consideraciones sobre todos estos aspectos. Nosotros vivimos de nuestra profesión y no nos mueve ningún ánimo de lucro, tan sólo el afán de que se descubra la verdad, tanto si va en un sentido como en otro, pero, inexplicablemente, la Universidad de Zaragoza presenta una postura totalmente cerrada a admitir cualquier posibilidad que suponga la más mínima contradicción a las tesis del profesor Borrás.
Deseamos la colaboración de expertos en historia del arte para complementar aquellos aspectos que escapan a nuestra especialidad y nos gustaría tener el privilegio de poder contar con su condescendencia para tener la oportunidad de dirigirnos a usted en todas aquellas ocasiones en las que, a lo largo de este camino que nos hemos propuesto emprender, pudiéramos considerar sus valiosas aportaciones como algo imprescindible para la rigurosidad que merece este proyecto.
Dándole las gracias anticipadamente por su atención, le saluda muy cordialmente,

Jaime Carbonel Monguilán
Comments