La fractura necesaria: John Torres y Julio César Pol (fragmento)

 

Por: Francisco Font Acevedo

Para: Radio Universidad

Otro derrotero escoge John Torres en su caleidoscópico poemario "Fracturas del devenir". El poemario persigue una progresión deconstructivista que se manifiesta incluso en la numeración regresiva de sus cinco partes: 3.1, 3.0, 2, 1 y 0. A través de éstas asistimos a la pérdida de unidad del sujeto poético, desde su unión primigenia con la madre codificada como ausencia en "La región confortable", pasando por los efectos narcóticos en los campos semánticos de la ciudad, las drogas y el sexo en el espléndido poema "Memorias de un Sanjuanero", hasta llegar a la resaca alucinatoria en que voz poética y Dios se identifican en el poema concreto "Consustanciación"

Los poemas de Torres cifran la pérdida, la ausencia de un centro y utiliza como pivote una poética lúcidamente precaria, como nos dice en "El microbito de Kafka": "Las palabras son cifras exponenciales / despojadas del soplo originario / y esto es todo lo que nos queda / un abismo infinitesimal, el primer grito". Este desarraigo, sin embargo, no está exento de humor. En muchos de los poemas, la voz poética utiliza el inglés para desmontar el carácter sublime que se le adscribe almidonadamente a la poesía. Así se lee, por ejemplo, en los versos finales de "Lo divino", una reescritura paródica de Huidobro: "Un poeta es un pequeño dios / only in its own tiny little world".

Pese a la lógica de diseminación del poemario, Torres logra una sistematización estupenda mediante la metáfora de la fractura del devenir. En este poemario sin coartadas, el futuro es un impasse, un tiempo virtual que mira hacia el pasado irremediablemente perdido y que se fragmenta en los meandros de un presente narcótico. Una excelente propuesta poética que malicia con desconcierto y humor otras fracturas del sujeto postmoderno en Puerto Rico.

 

 

Poesía de nuestro tiempo (fragmento)




Provocadores, lúdicos, alusivos, estos poemarios nos permiten tomar el pulso de la poesía más actual del país.
Por Carmen Dolores Hernández / cdh@caribe.net para El Nuevo Día

Dos poemarios relativamente nuevos avivan el panorama de la poesía puertorriqueña contemporánea. El de John Torres, ‘Fracturas del devenir’, juega con el lector de varias maneras. La secuencia misma de los poemas guarda un orden inverso, de atrás hacia delante. Los primeros poemas que figuran en el libro pertenecen a la sección numerada “3.1”; los últimos a la que se identifica como “0”.

El recurso instala un talante lúdico que se afirma en los juegos semánticos y de palabras: ‘devuelves tu tiempo/ da vuelta tu templo/ tu tiempo es prestado’ (en ‘El sistema del doctor Kevorkian’). En ‘El microbito de Kafka’, el juego contempla una progresión: ‘Debemos el aliento a nadie/ debemos alentar a nadie/ debemos persuadir a nadie’ en un poema cuyo tema es la negación, precisamente, del valor de las palabras y de la permanencia de los sentimientos: ‘Las palabras son cifras exponenciales/ despojadas del soplo originario/ y esto es todo lo que nos queda’ y ‘Véndeme tus recuerdos/ véndeme todos los que quieras olvidar’.


Se trata de una manera de darles la vuelta a las palabras para que proyecten más ampliamente sus significados, implicaciones y sugerencias mediante novedosas combinaciones, de la misma manera en que se le puede dar la vuelta a una piedra preciosa para que la luz se refracte de diferentes maneras. Son, efectivamente, fracturas, quiebras anticipadas en el título mismo del poemario. El juego de palabras se refleja también en el juego intelectual/cultural del poemario. El lector debe estar en estado de alerta continuo, tan sutiles son a veces las claves alusivas.

En algunos casos, los poemas nos refieren a un sentimiento o a una situación que está tan sólo delineada: El poema ‘Poética minimalista’, por ejemplo, lo es. Tras un epígrafe más largo que el poema mismo, leemos tres versos de una sola palabra cada uno: ‘Decir,/ casi/ nada’. Con ello se desata una compleja red de sugerencias sobre la palabra y la poesía, y el poder sugeridor de ambas.

El poema ‘Eclipse’ roza con lo místico al explorar la aparente contradicción del tópico consagrado de la ‘noche oscura’: ‘En la oscuridad todo es diáfano,/ entre la niebla se levanta la imagen/ libre de toda forma/ perfecta/ despojada al fin/ de la últimapalabraengendrotodocomunicador/ luego regresa el sol/ a dar fe de lo invisible’.

La temática del poemario, la economía y eficacia de los recursos poéticos -imágenes, juegos de palabras, yuxtaposiciones (excesivamente difíciles de penetrar en ocasiones)-, apuntan hacia los comienzos de una trayectoria que habrá que seguir.


 CLARIDAD       Año • Núm. 2783 22 al 28 de junio de 2006

 

 

El brillante deseo del poema (fragmento)

 

Marioantonio Rosa

ESPECIAL PARA EN ROJO

 

Un primer libro de poemas es siempre una pieza de asombro. Luis Buñuel, quitando la parte oscura de aquella expresión, lo llamaría objeto del deseo. Un primer libro de poemas es una caja de música, porque remite a una primera melodía. El poeta que lanza su primer libro de poemas, desde su voz al mundo, es un cazador que va en pos de la palabra exacta a la cual pueda arrebatarle, a gusto, la existencia y buscarle horizontes nuevos a través de rendir metáforas, y metáforas, en la búsqueda de un estilo propio. Diremos entonces que el poeta es un cazador que por vez primera afina su caja de música, es decir, su primer libro de poemas. Su voz llega a los lectores para atraparlos, para cazarlos, para cautivarlos. El escuchar la voz del poeta unida a su propuesta es dejarse atrapar, porque la poesía aparte del rigor, exhala seducción, deseo de marcar otro camino muy lejano al horario cotidiano.

 

Observamos a Walt Whitman en su sillón póstumo, contemplativo y excelso. Las palabras ahora son maravillosas, destemplan todos los escapes hacia la soledad. Whitman en su barba tiene todavía la mariposa olvidada de Federico García Lorca, luego de su Poeta en Nueva York . Podemos observar a Samuel Taylor Coleridge definiendo su sustancia dentro de la inmensidad de la existencia. Rosario Castellanos viene del ser

 

 

definido en Poesía a través del magistral poema Lamentación de Dido cuyos caminos de imágenes todavía nos revelan dimensiones de belleza y música. Pedro Salinas nunca pudo escapar del Mar Atlántico y puertorriqueño, lo sigue contemplando, irrefrenable. Julia de Burgos siempre fue su propio río, luego del arrobamiento de Río Grande de Loíza, Clara Lair sigue desbocando imágenes desde su Trópico Amargo, Marina Arzola, Ángela María Dávila, Francisco Matos Paoli, todos poetas de magnitud y brillo han sido seductores desde la primera vez. De modo que un libro de poemas lanzado al eco del mundo es el deseo del poeta de ser parte de ese eco, vestirse con ese eco, lograr ser también un eco.

 

Conocemos la trayectoria de la revista El Sótano 00931. Desde su primer número editado por los compañeros poetas Julio César Pol y Jorge David Capielo, pudimos presenciar un evento renovador en nuestra literatura para un nuevo siglo. Al entrevistarlos para mi columna en el semanario Claridad las expectativas de estos jóvenes poetas eran casi espejo en un cielo creador y benéfico. El Sótano se colocaba junto a Taller Literario del destacado narrador y amigo Carlos Esteban Cana en las dos expresiones más contundentes de unos escritores que, a veces, no lograban presentar sus propuestas, o ser escuchados y, sobre todo, ser leídos, ser seductores, provocadores del verbo.

 

De esta luminosa vendimia surgen dos nombres: John Torres y Juanmanuel González. Entran al mundo de la palabra con sus libros Fracturas del devenir y Sobre todo tus silencios bajo la rúbrica de la Editorial Isla Negra. Dos libros con su profundidad, su contraposición, su dialecto, su esfera hablada de imágenes y cómo no, su matemática. Hay una madurez inusitada en ambos libros. Ése es un factor resuelto para el poeta que desea el poema exacto. La intertextualidad es brillante, abrasadora, conjuga así, un robusto panorama hecho por el poeta para el embarque a los sentidos. Ambos libros desean tener una piel sensorial, arcana, o sencillamente invocar una magia que el lector toma y hace suya, por medio de la palabra iniciadora de los versos. John Torres le llama fractura, surco nuevo, derrotero, espacio infinitesimal, medido en brasas colindantes con el Canto Cósmico de Ernesto Cardenal, aunque el poeta lleva también junto a su libro una bitácora de todos los diálogos hechos frente a la diversidad de autores. Podemos encontrar a Michelle Foucault, Georges Bataille, Octavio Paz, Robert Desnos, y la siempre adorable Janis Joplin. El devenir implica para John un futuro que puede terminar con laceraciones hechas por el presente, quizá hasta hallar una fractura.

 

El libro tiene su componente lúdico, sus encerronas, hay una inestabilidad creada por la lectura del alma y de la mente. El poeta usa su vestido herido de sensaciones, de divergencias, del cauce subvertido del espíritu en contemplaciones, del lado triste de un ideal, la ironía brinda apoyo al mensaje que se desea entregar. El dolor tiene su representante en el poema bilingüe A Life lees ordinary que usa como epígrafe una estrofa en la voz solitaria de Janis Joplin. El poeta observa, es inquilino en una casa desbordada de vacíos. Los vacíos son el área de llanto y soledad. Humo de cigarrillo y más al fondo, un neonato sigue desgarrando su voz. El poema es logrado porque nos brinda la penumbra que se necesita para leerlo, te vas haciendo compañero del poeta y casi eres como él. En el poema Romance de un pistolero la brevedad se atreve a ser un signo de máxima profundidad. ¿Acaso nos sucede lo mismo que al pistolero? Vamos y venimos en el trapecio de nuestras vidas, dice el poeta sin necesariamente estar armados con un revólver, venimos en nuestro drama humano, no podemos marcharnos y mucho menos quedarnos. Vivimos bajo la consigna de volver o no volver.

 

Habita en Fracturas del devenir el refrescante rapto de los conceptos científicos, tecnológicos, biológicos y se le asignan nuevas asonancias, fronteras vivas con el uso novedoso de la palabra y el texto. Ya sabemos que Kafka tiene un microbito, Descartes se descarta a sí mismo, que podemos enfermarnos de una mujer, y que el éter especula y no impone como estamos acostumbrados a escuchar. El libro tiene tres capítulos de hechos poéticos: Bitácora del sueño, De Santos y Síntomas, y desde luego, Especulaciones del éter. El poeta ha trabajado intensamente para, una vez lanzado, también se intente la adquisición de una personalidad poética. El uso del caligrama es saludable y siempre despoja los contornos que nos hacen llegar a la memoria de Apollonaire.

 

 

 

 

Poeta a su poema (fragmento)

Por: Yaditza Aguilar

 

 

Cuando Azul…, de Rubén Darío, salió a circular por las calles de Chile, pareció como si nadie hubiese atinado a entender el lenguaje del ojo del escritor—prosista y poeta—de Nicaragua. La pluma tuvo que circular por la lógica de Darío hasta hacer aparecer Prosas Profanas y llegar hasta Cantos de Vida y Esperanza para que la gente, culta o no, eso no importa, dijera sin miedo que había nacido un poeta que ya estaba constituido. De hecho, sin falta alguna de humildad, Darío se proclamó el pionero del modernismo en América.

Décadas más tarde, de boca de un chileno, casualmente, se escuchaba un enunciado que parecía probar lo opuesto: no habían poetas inéditos; proposición la cual ha causado revuelo. ¿Quiere decir que son sólo poetas los que son editados? Me inclino a pensar que es como sucede en el “Milagro Secreto de Borges”: el poema pensado, así sea y muera en un instante, ya hace de su pensador un poeta.

¿Cómo se conoce a un o una poeta, por su público o por su esencia? Pues bien, un o una poeta es el que piensa y ejecuta poéticamente. Como ya alguien, cuyo nombre ya olvide, escribió: “La poesía es una suerte de ciencia suelta.” Más que nada, poeta es el o la que lanza sus palabras al público cuando la melenuda ocasión se pavonea frente a su mirada convulsa. Siempre hay la ocasión perfecta.

El colectivo que compone El sótano 00931 no ha desaprovechado tiempo alguno para hacer filtrar al papel no una forma poética “extraña,” “foránea” sino multiplicidades que cada subjetividad de ellos y ella agrupan. Cada poemario tiene su impronta: su lengua, su pausa, su rima, su risa, su tristeza, su sueño, su real, su luz, su penumbra... como veremos en nuestro recorrido de esta noche.

Comienzo mi travesía por el texto más ansioso de los cinco y el que, me parece, le promete mucho a su poeta (y a sus lectores) por su caminar desfallecido, por su uso de palabras que forman pareos chirriantes y necesarios. ¿Cómo obviar la ansiedad cuando se quiere engullir la ciudad con todas sus realidades sórdidas, sus esquinas grises? ¿Cómo obviar el llamado de la negatividad citadina que trasluce en los versos amorfos de “Memorias de un Sanjuanero”: “El tren se detiene en el próximo semáforo/ el estadio cloroformo se disipa con un chasquido,/ las calles pierden su rostro y cobran uno nuevo/ el de los mil demonios.”? FRACTURAS DEL DEVENIR, de John Torres, es probablemente el exilio textual más urgente de los jóvenes poetas que aquí se encuentran a mi lado. Su voz poética está en la disposición de comprar cualquier recuerdo—de su cuerpo deseado y de quién le convide a la compra-venta: “Véndeme tus recuerdos./ Véndeme todos los que quieras olvidar.”—siempre y cuando le supla imágenes para montar su mapa que se constituye en el errar continuo; el libro, FRACTURAS DEL DEVENIR, es el linde, el límite del la realidad como se nos presenta despiertos: ¿versión individual de un cadáver exquisito?, ¿psicotrópicos, pipas, hongos?, ¿duermevela constante?, ¿inconsciente activo?

Confieso mi prejuicio—al otear las páginas la primera vez—de pensar que tomaba lo ya dado, lo dicho de manera muy semejante en otra parte. No obstante, aunque la intertextualidad es una condición provista en cualquier forma de escritura—porque ésta no se aprende si no se lee a los demás—me sorprendieron las referencias que, desde las distancias temporales y espaciales, incluso, temáticas e ideológicas, fueron traídas a habitar sin tropiezos ni estruendos bajo un mismo techo. Lacan, Deleuze, Bataille convergiendo con la rebelde de Janis Joplin—quien, apuesto, jamás se hubiera sometido a teorías tales—o al siempre dado a la locura Leopoldo Panero. Sin embargo, la sorpresa mayor, junto con la mayor decepción, llegó al final: en el índice, y descubrí a Cortázar riendo a carcajadas de esta lectora hembra quien, por ir a la segura, leyó de principio a fin y no de fin a principio. Una mirada detenida en la “insulsa” lista de contenidos y páginas revela un orden distinto al del mal acostumbrado lector; de manera análoga a lo que acontecía en Rayuela. Esa fue mi decepción, de la cual, sólo yo tengo la responsabilidad: saberme caída en la juguetona trampa. Nunca he tenido buena orientación en las calles nuevas; temí perderme por los recovecos del mundo de John, el pequeño dios que trazaba mi rumbo:

 

“Lo divino”

 

He contemplado algunas verdades

algunas bóvedas

algunas bobadas.

Me he quedado solo

mintiendo conmigo mismo.

 

Un poeta es un pequeño dios

only in its own tiny little Word.

 

La sorpresa fue encontrar al niño de Cortázar, lo lúdico en un texto que parecía nublado. Entonces, mi cuerpo, ya fracturado por haber habitado el mundo de John, se recompuso y atisbé una ventana exquisita en el, presuntamente, elemento más insignificativo que puede tener un libro: su índice. La voz poética de FRACTURAS DEL DEVENIR lleva zurcida su heterogeneidad de sus estados anímicos sesgados por el cuerpo citadino: aunque se trasluzca en el cuerpo de mujer. Se siente el plomo, el síntoma divino; pero, lo más importante, se deja entrever su cura: el humor de niño que en el poema “Enfermarse de una mujer” tiene un rol importante:

 

No me pidas despedidas

Decir hasta luego es una mentira imperdonable

Decir adiós es jurar en vano

Tal vez por eso se ríen los locos

Porque no saben qué decirte.

 

Es una poética de la muerte, pero, de la muerte de la fractura porque, al final, ésta se da para recomponer sus huesos rotos tras la sonrisa pícara de un poeta que tiene esperanza y fe de que se le cante el universo, como cuando él era de algodón, cuando todo estaba bien.

KITCH también propone la muerte de algo, sin embargo, es la expiración de lo formal, de lo dicho de forma bella, de la palabra cargada de contenido: “Aprende todas las reglas de la Retórica. / Después destrúyelas.” Su manera irreverente de tratar la misma poesía desde el eco del humor hace de su verso uno exquisito. Diría que es su característica más preciada y la que, con más tiento, debería guardar el poeta, Federico Irizarry Natal, porque es poca la poesía que se da tan bien al arte de hacer reir. (Aunque, aquí haré un paréntesis para adelantarles que esta buenaventura es compartida, en buena medida, por Julio César Pol y Juanmanuel González Ríos.) El poema “Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en poesía” ilustra perfectamente cuál es la ruptura—y lo siento por Bécquer, pero, le superó su parodia: “¿Qué es poesía?”, [Pregunta la chica, me imagino, con ojos aguados, de cara pálida, manos delgadas, Dios sabe si tuberculosa. Vuelvo al poema]

 

“¿Qué es?”, repites en la espera enorme

De recibir la falsa flor de siempre

 

“¿Qué es?” insistes. Y no puedo más

Que proponerme replicar a duelo.

 

A estas alturas en que no se mata

Ni se muere uno por amor,

Ninguna otra puede ser mi réplica:

 

Poesía no eres tú.

 

¡Quien lo probó lo sabe!

 

La impronta fina de Quevedo y de Góngora (que me perdonen los enemigos de la tinta) se hace sentir en el registro del lector. Pasando por el filtro de los tiempos actuales, se hace notar el cinismo: “Érase un hombre a un celular pegado./ Érase un figurín superlativo”. O, también podríamos recordar el poema donde Pedro Albizu Campos es retratado como objeto kitsch por los personajes del poema que se encuentran en un bar con aire acondicionados y buenas cervezas. Recordemos aquella letrilla de Góngora la cual corre paralela “Camp,” no por su métrica, claro está, sino por su impudencia:

 

Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y las mañanas de invierno

naranjada y aguardiente.

y ríase la gente.

 

Federico Irizarry Natal propone una excelente complementariedad a la poética de John Torres porque allí donde el primero ve oscuridad grisácea, éste apunta a lo pícaro de la subsistencia humana que cohabita una misma ciudad.

 

Lo malo no es que cada poeta tenga su lenguaje, femenino o masculino, activo o pasivo, maduro o infantil si no que todos escriban bajo la misma sombrilla de la enunciación; que se cobijen bajo la carpa de oro del “buen gusto” que establece a priori los estatutos de la escritura. Lo peor no es que sobren los poetas, si no que falten. Jamás habrá un poeta para cada lector porque ningún mundo es infinitamente idéntico. Los poetas que han sobrevivido los embates del tiempo, las turbulencias espaciales han sido aquellos quienes sin temor se abrieron al mundo, aquellos que, a la buena o a la mala, arrojaron a las aguas de la interpretación sus pocas letras. Aun queda tiempo por pasar para saber si la buenaventura seguirá cobijando a este colectivo, no obstante, mientras el tiempo pasa y la pluma sigue desenredando enigmas que llegue toda la poesía de SOTANO a nuestras costas para escudriñar sus palabras y dejar que corra sanamente la búsqueda incesante de nuestro ser, para seguir desatando los hilos del mundo.

 

 

Reseña de Fracturas del devenir


 por Rafah Acevedo / Especial para En Rojo   


Sobre el libro que nos ocupa se han dicho algunas cosas claras que me tomo el atrevimiento de repetir.

Kattia Chico señala que: Fracturas del devenir es una serie de fotos tomadas por dentro, pasadizos poblados de celajes que producen tanta extrañeza como familiaridad en su dolor y deseo a través de una voz agraciadamente sola; hija de un cerebro cálido y un alma meticulosa.

Francisco Font  ha dicho que: Torres logra una sistematización estupenda mediante la metáfora de la fractura del devenir. En este poemario sin coartadas, el futuro es un impasse, un tiempo virtual que mira hacia el pasado irremediablemente perdido y que se fragmenta en los meandros de un presente narcótico. Una excelente propuesta poética que malicia con desconcierto y humor otras fracturas del sujeto postmoderno en Puerto Rico.

Carmen Dolores Hernández opina que Se trata de una manera de darles la vuelta a las palabras para que proyecten más ampliamente sus significados, implicaciones y sugerencias mediante novedosas combinaciones, de la misma manera en que se le puede dar la vuelta a una piedra preciosa para que la luz se refracte de diferentes maneras. Son, efectivamente, fracturas, quiebras anticipadas en el título mismo del poemario. El juego de palabras se refleja también en el juego intelectual/cultural del poemario. El lector debe estar en estado de alerta continuo, tan sutiles son a veces las claves alusivas.

Y por último, el siempre lúcido alucinante José Liboy demuestra que En Fracturas del devenir hay dos polos que estructuran el libro. Uno de ellos es la disolución de los amantes en las drogas, y el otro es la imagen que resulta, como los hijos en el neotomismo, de la ruptura de esa relación amorosa.

Me resta dar testimonio de mi agrado al leer este libro que es una especie de tratado sobre el delirio desde la mirada de quien participa del mismo y, además, disfruta de la angustia. Hay algo de angustia en este libro porque hay poemas de amor.

Aquí hay vértigo, temblor, tensión muscular del que amparado en el desamparo de la excitación sin descarga convierte la angustia en señal. Señal de que algo nos falta, y si no faltara, el deber del poeta es buscar lo que no se le ha perdido. Y eso da fiebre. Si la fiebre es el síntoma del hombre que dejó de existir, la fractura del lenguaje es su voz. Torres nos presenta su discurso hist(ó)(é)rico deseando conformar su propio sistema. La poesía es una suerte de ciencia suelta sobre cómo sostener el deseo cuando el objeto está ausente y, al revés, el deseo es un remedio para la angustia porque es más rico de soportar. El asunto es que como esta sensación es tan agradable al poeta, es capaz de expresar la falta  y aún en la presencia refocilarse en la posibilidad de ausencia.

Pero éste no es un libro angustioso ni triste a pesar de que la palabra se encuentra a veces allí, repetida. Por eso mismo devaluada de su sentido más claro para cebarse de otros significados:

Los días se suceden en blackandwhitecinematics
Hay nuevas y asombrosas verticalidades
En tu tristeza
Y te jactas de ella, de tu voluptuosa tristeza
Tu tristeza hace apariciones cameo
En parajes novedosos
Viví tu tristeza en la tele mientras me quemaba
La comezón de tu tristeza
Grabo tu tristeza en el orden de las amebas
Y las amebas me tallan en la luz de tu tristeza

Esa condición ruinosa de las relaciones untadas de actos de melancolía es lo que más me gusta del poemario. Una suerte de saber melancólico benjamiano (a pesar de que el libro está lleno de marcas lacanianas) El saber se ha convertido en saber de lo triste hundido en el objeto y en la tristeza constitutiva al mismo tiempo. Un saber separado de la noción de sujeto, que no es, sin embargo, un saber del objeto, sino que, por el contrario, está a la altura de no conocer el límite entre la representación de la cosa y la producción. (91) y ésa es parte de la intensidad del libro. El saber melancólico tiende a hundirse en lo que su intensidad produce, tiende a producirse sumergiéndose en su intensidad. (92) Sólo que tristeza no es aquí cualquier palabra. No remite al movimiento de los humores ni a la dispositio romántica del alma ni estrictamente a una forma del ánimo, sino a una caída de la mirada que recorrerá a contrapelo todo el tejido representacional moderno. (98) Libro entonces sobre la precariedad del lenguaje que es, precisamente su riqueza. El lenguaje es precario porque nombra y nombra lo que siempre será otra cosa, pero la cosa está triste porque su mudez testimonia la incapacidad del nombre para recoger su esencia. En la tristeza de las cosas se espejea el límite del lenguaje (…). (99)
Decía al principio de esta disquisición que al tratarse de poemas de amor hay angustia. De hecho, en el epígrafe con que se inicia El microbito de Kafka (p. 21) Bataille afirma que el componente erótico es siempre angustioso. Se trata de atisbos vacilantes más o menos febriles. Habría que añadir, con Lacan, o desde Lacan, que se trata de una fiebre fundamentalmente narcisista. Además, se trata de un engaño. Peor si uno, racionalmente, reconoce que tiene un carácter ilusorio. Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño porque supone dar lo que uno no tiene. Se ama a aquella que viene al lugar de la falta, a llenar mi deseo de ser amado con un fantasma de unidad imposible.  Esa imposibilidad es la que enciende, de hecho, el amor. Por eso, quizás, esa dialéctica eterna, a menos que la detenga un trauma o una crisis, de estar juntos, marchar, volver. Como en el Romance de un pistolero.

Es de madrugada y musitas junto al azar
Esa oración infinita
Volver y no volver
A veces es la misma cosa
Es que no lo entiendes
No es que tenga que irme
Es que no puedo quedarme.

Irse, quedarse, venirse, el devenir, como el río que es el tiempo hecho agua lo que hace es ilustrar, con postales de memoria, un pasado que es tan sólido como la ensoñación. En este libro se solicita, se invoca el olvido en varias formas. El olvido, de nuevo, esa otra angustia de lo que falta. Como si la angustia fuese el cronotopo, el lugar en el que se juntan el tiempo y el espacio aromados de melancolía.  Como si el bosque en el que bailan las sílfides, la  coreografía de la ensoñación romántica,  fuese ironizado (hecho soportable) en la otra insoportable levedad que es el presente.

Y así quisiera yo terminar mis comentarios, para no asfixiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 Reseña de Fracturas del Devenir

 

POR JOSE LIBOY

 

PARA REVISTA NOCTAMBULO

 

El libro de John Torres cuenta una historia que recoje cierta oralidad ibérica: la adicción es provocada por el aborto. Se encuentra en ciertas proposiciones éticas de Baruch Spinoza y es común verla en biografías románticas o prerrománticas. En el caso de este libro, esa tradición aparece en la historia de un amor frustrado por el aborto, que desemboca en la adicción y el sinsentido. Aunque el libro de primera intensión parece una propuesta de ficción científica, que propone la adicción como axioma de la vida, la corriente anecdótica nos cuenta los hechos de una pareja que se separa.

La amada del libro es una erudita a la que el poeta le entrega sus poemas para ser comentados y a quien con ironía el poeta encuentra menos capacitada. Veamos los versos del libro en donde se ve esa curiosa transacción en la que el poeta entrega el texto y recibe por él muy poco.

 

La erudita llegó a tiempo como de costumbre.

Después de muchos años recibí el escrito

a vuelta de correo

graciosamente en blanco.

 

            Aparentemente, el poeta vuelve a encontrar a la erudita años después, pero en una especie de vorágine drogada. Estos hechos sorprenden al joven poeta, pero es por el hecho mismo de que su erudita sea la autoridad amada, que el desordenado “tour de force” de ambos requiere de él unas definiciones o por lo menos unas justificaciones imposibles. Por cierto, el poeta sabe o presiente que la erudita no lo ama, pero es con cierto lacónico aire reflexivo que acude a las ideas neotomistas de Spinoza como último refugio que justifique la cabalgata con la erudita.

 

            En ell intento de justificar la vorágine con la amada, el poeta propone sus tesis sobre el aborto y la concepción extrauterina, como la causa principal de la adicción. En la ética de Spinoza hay reflexiones muy parecidas. Montaigne nos habla de la “osivité” de los varones, es decir, de la tendencia varonil a recojerse como un huevo. En este caso, la condición humana del poeta se transfiere al huevo no nacido de la pareja. Es una manera de trasladar el problema de la pareja a una exterioridad manipulable, pero que en última instancia se refiere a esa “osivité”, o naturaleza ovoidea, del ser humano en una época de escasas oportuinidades intelectuales.

 

 

            En lo relativo al estilo del libro, hay algunas claves que permiten reconocer el carácter experimental de la edición. No empece la edición total del libro, hay correcciones significativas para la publicación en papel. Por ejemplo, el texto citado arriba como eje de la narración, cambió levemente en la edición en papel. Veamos el cambio:

 

La erudita llegó a tiempo como de costumbre.

Después de muchos años recibí el escrito

a vuelta de correo

totalmente en blanco.

 

            Aparentemente, el cambio obedece a la voluntad de los editores de presentar la seria confesión del poeta como un juego vanguardista. De este rejuego vanguardista y de los ambientes literarios bufonamente palaciegos que el poeta parece frecuentar, se puede sacar algunos versos idiosincrásicos:

 

La dicotómica pipa de Magritte

vuelve a ser plenamente pipa empacada de tú.

El gran iniciado siempre insistió:

“Una pipa es solo una pipa si, y solo si,

nos contiene la sustancia adecuada.”

 

            Sin considerar la juguetona voluntad del poeta de olvidar la experiencia narrada, las referencias semánticas al problema de las drogas y el aborto se multiplican a lo largo del texto. Hay un verso relacionado a la llamada inmaculada concepción, que alude claramente al mito de Calisto y a los temas de las ninfas y las sílfides clásicas:

 

el silencio que todo comprende

volver sé

frío y tieso

deshabitado

inmacular la concepción

 

            Sobre el mismo tema, hay un poema conceptual en medio del discurso narrativo, titulado Dishonorable Discharge, que alude juguetonamente a la idea de que la pérdida de un hijo por una novia abortiva equivale a la pérdida del rango en una sociedad machista como la nuestra, aunque el narrador del poema es el niño no nacido o por nacer que parece desear fervientemente la salida de la nave materna:

 

 

 

En el momento preciso

escaparé por la ventana de su vientre

 

            Es no solamente un rejuego conceptual, sino una alusión al alegado suicidio de Giles Deleuze, de quien se ha dicho que se tiró por una ventana parisina, y que tanto daba de qué hablar en los años Noventa. Esto es curioso, ya que es Deleuze precísamente el filósofo francés quien de manera más positiva exponía el problema de la concepción extrauterina, o inmaculada, como se dice. El poeta puede usar la aliteración o repetición para seguir discutiendo el asunto embrionario, como en los siguientes versos:

 

Debemos el aliento a nadie

debemos alentar a nadie

debemos persuadir a nadie

no debemos dibujar sonrisas en rostros ajenos,

la química tal vez sólo nos descomponga

 

            Es un verso gracioso y ambiguo, ya que no se sabe si lo que el poeta le solicita a la amada es eludir el ridículo de la deshonra, o no ayudar a una persona que necesite de ambos. Como se ve, los estilos del libro son desiguales, pero la unidad temática es reconocible a lo largo de la variedad estilística.

 

            Definitivamente, la nueva generación poética está orientada hacia la embriología humana como la causa de incontables males sociales. Hay un señalamiento muy constructivo del poeta, sobre todo en relación a la generación poética anterior, que es la que parece querer arrastrar a los nuevos poetas al abismo de la adicción. Obras no publicadas aún en libros, como la de Yara Liceaga Rojas, nos hablan de este problema de la embriología y la adicción. Menos mal que no heredan la charlatanería científica de aquella época, en la que los defectos congénitos y no la adicción, se asocian a los problemas conceptivos.  En cierta manera, en este libro hay un melancólico pase de batón. Muchas veces la maternidad subrogada, que John describe como el “cleavage” de la relación amorosa, comporta un pase de batón de una generación más vieja a una más joven.

 

 

John Torres ante la locura del otro

Por: José Luis Pons Torres

 

 

Fracturas del Devenir es un laboratorio linguístico que logra retar la sintaxis más enjuiciosa del otro, produciendo un sabor de pseudoacertividad en el “ novus magus” del descodificador. En su esquema de penetración, el cazador se corre el riesgo de ser objeto  de las trampas de un lenguaje que viaja hábilmente por infectados cosmos sin el  menor riesgo de contaminación. John Torres, con su mueca iconizante, confirma su burla y vigorismo de experimentada siquis ante los desarticulados mundos que se inmiscuyen  en sus sensores ópticos. No es un poeta que sucumbe en una esquizofrenia por el mero hecho de exponer su hipersensibilidad  a la macrocrisis de un objeto en su entorno putrefacto. Todo lo contrario, lo traduce en arte semántico, y con esa sobriedad pétrea, sabe dibujar el rostro de la pesadumbre con altura desemocionalizada. La fortaleza intelectual está guiada por una inteligencia emocional que contraviene la media del poeta  que se lanza a grandes mares sin las mejores herramientas. Es difícil, de tal manera, degradar el discurso poético de Torres a una ficcionalización de un romance castrante que se pueda similizar a la romería ibérica de los caballeros preandantes del Quijote. El ejercicio poético de John está acompañado de otros referentes, y tal vez no se deba sucumbir a la mera apreciación de un adepto a los espíritus destilados, que en su pose de asiduo-barra se homologa al narcodependiente. Ese despotrique responde a un imaginario de perspectivas hispanizantes que en su arrogancia continentalista, del pedazo mediterráneo, emula una cartilla obsoleta  y caduca.  Tal vez este crítico de ocasión debería reobservar cuáles son las reales validaciones que en certeza maneja John.

 

Trascendiendo toda lírica tradicional, John Torres germina sus emergentes signos con una frontera filosófica intelectual que nos permite captar una semiótica del “corpus” francés de autores como Jackes Derridá y Michelle Faucoult.  Es en esa base que se establece su referencial básico y que le permite con elocuencia científica sicologizar sus circunstancias poetizantes frente a una insular percepción de sentimientos y cotidianidades.  La bandera de los poetas sotaneros es compleja y portadora de una gran magia expresiva, en la que Torres se proyecta cómodamente. Hay una nueva geometría que en universo proyecta una criptografía que ha preferido ser trascendente a un lenguaje acostumbrado a una pleitesía unidiscursiva, típica  de las componendas cantineras. Contrario a los códigos moralizantes, la carta poética de estos responde a unos paraísos que optimizan su creación en espacios poco abarcados o manejados con turbia hipocresía en sus génesis fundacionales. La revisita de John Torres al espacio hospitalario y las constelaciones psicóticas que allí se escenifican, es puntal en su manejo foucoliano de la vivienda psiquiátrica que en escena y espacio destrona la lógica y no inculpa en forma originaria a un detractor X. Todo lo contrario, le metaforiza en sus submundos y le atribuye las símiles correspondientes a un lenguaje que no llega a concretarse en la verbalización acostumbrada. Esa experiencia, permite a John inmiscuirse en unos códigos que en propiedad y uso son de exclusivo manejo del especialista. El, en su nivel preparatorio, es un casi ellos, pero con una apreciación más sensibilizada de esos mundos.  

 

La incursión en los lenguajes de la nueva universalidad europea lleva a una especie de retorno al bebedero francés tal lo hicieron los Trascendentalistas del 48 puertorriqueño, con Jean Paul Sartre, pero en esta ocasión no hablamos de herederos de tradiciones hacendadas o desplazados de un modelo económico desarrollista, que trastocó la urbanidad romantizada de los sesentosos y los embarcó en teorías de ingeniería social, como el marxismo, que hoy padece de una demonización ante lo encontrado en sus derrumbadas muralladas. La flor fue un perfume criminalizado, el verso estético una herejía al izquierdismo ultraconservador y el mendigo y el pobre, una bandera de un discurso proletariado, y que entonces se ignoraba, se cuajaba una aristocracia obrera sin la menor pizca de consciencia social. Se jugó un juego, se manipuló desde la infantilidad pseudoagredida, y los estandartes catequísticos de entonces son inmencionados en su poética de salida. El mundo de la otra polaridad nunca logró ni exhibió lo que acá se pregonaba en modelaje a apropiar. Fracturas del Devenir llega sin la marca ideológica de un prosélito mesiánico o un fatalista apocalíptico. En John Torres no hay espadas justicieras y lanzas retoricistas que luego deban emigrar al exilio de los inconsistentes o ex-abanderados de una única verdad.  Su ojo emula el comportamiento del observador frío y que no se aventura a precipitar o adulterar un resultado conforme a una agenda de otras proporciones.

 

Los trazos poéticos de John Torres comulgan a la distancia con la virtuosa Marina Arzola, aunque en manejos patológicos la segunda cedió a sus espacios de predisposición genética. La locura, como modelo medular, es un norte inseparable en ambas construcciones poéticas: una desde el padecimiento y la otra desde el interlocutor. No obstante, la voz interlocutora no siempre resulta ilesa en estos arriesgados vuelos. A Marina su existencialidad del delirio y la alucinación la depredaron hasta convertirla en un ser vulnerado  y satirizado por la incomprensión de sus congéneres. John Torres personifica a un ser que ensaya al gladeador anti-épico por excelencia y que no escatima en una arlequinada contestataria: su mueca. Pero sus poéticas, las de ambos, son la mejor evidencia de esa consonancia del poderío que imprimen a la firmeza de la palabra en su exactitud ante el circunloquio extraviado y poco concluyente. Las asimilaciones de los entornos psicológicos median y operan de distintas maneras en las programaciones de sus estructuras mentales.. De ahí sus diferencias en el furor creativo de hacerse transmutantes en palabras condensadas y que conforme a un libreto poético particular nos conducen a unas grandezas del intramundo indominado de la locura.