5. ¿Cómo evaluar las ofensas?


Perdonamos en la medida en que amamos 

(HONORÉ DE BALZAC)

«Señor profesor, después de una profunda reflexión, me decido finalmente a escribirle para perdonarle por haberme 'cateado' en mi último examen». Esto me escribió una de mis antiguas alumnas, y me dejó estupefacto por su in­genuidad y su descaro. No entendía por qué debía ser perdonado por un suspenso que ella se había merecido. Entonces comprendí que no sólo hay falsos perdones, sino también falsos motivos para perdonar. Como en este caso, el perdón se puede banalizar y utilizar de modo equivo­cado. Por eso hay que discernir bien entre las circunstancias que requieren perdón y aquellas que no tienen nada que ver con esta gran práctica espiritual.

Veamos algunos ejemplos en los que el perdón no tiene razón de ser, ya que recibimos nuestro merecido. Corro con el coche y me ponen una multa; juego a las cartas por dinero y pierdo; mi jefe me llama al orden por llegar a menudo tarde al trabajo... En estas situaciones me siento frustrado, irritado y herido en mi amor propio; pero ¿es sensato pensar que el profesor, el policía, el croupier o el jefe deban pedirme perdón por unas humillaciones que yo me he ganado? La respuesta es evidente. El perdón sólo puede practicarse en los casos de ofensas injustificadas, que es lo que habría ocurrido si, en las mismas circunstancias, el policía me hubiera puesto de vuelta y media. el croupier hubiera hecho trampas o el jefe me hubiera humillado en público.

Las ofensas cometidas por personas amadas

El perdón reviste colores y formas diferentes, según se trate de personas cercanas o de simples extraños. ¿Quién puede herirnos más profundamente que las personas ama­das? Con ellas hemos tejido vínculos afectivos y, de alguna manera, son parte de nosotros mismos. Las hemos envuel­to en un halo idealizador y, en consecuencia, esperamos mucho de ellas. Por eso la gravedad de la herida se mide menos respecto a la seriedad objetiva de la ofensa que a la importancia de las expectativas, ya sean éstas realistas o no.

Los casos de expectativas desmesuradas son abun­dantes. Los niños idealizan a sus padres y exigen de ellos una tolerancia y un amor incondicionales. En contrapar­tida, la mayoría de los padres esperan que sus hijos se plieguen por completo a su disciplina y realicen en su lugar los sueños que ellos no han podido plasmar en su propia vida. Del mismo modo, el amor pasional está lleno de sueños no realistas. Los cónyuges y los enamorados es­peran que sus deseos sean siempre adivinados sin tener que expresarlos. Querrían ser siempre comprendidos, ama­dos, apreciados y tranquilizados por la presencia constante de su pareja. Voy a dispensar al lector de la lista de las expectativas y esperanzas implícitas mantenidas por los enamorados, los padres, los hijos, las hermanas, los her­manos y los amigos. En este aspecto, lo importante es percatarse de que el perdón representa un papel indispen­sable en las relaciones íntimas, por su intensidad y por las numerosas ocasiones de divergencia a que dan lugar.

Por supuesto, hay que evitar transformar en un drama los pequeños problemas o desengaños pasajeros habituales. El marido que llega tarde a cenar o confunde la fecha del cumpleaños de su mujer; el niño que mancha el suelo recién llegado; el último que condujo el coche familiar y se olvidó de echarle gasolina... En esos momentos, sin duda senti­mos decepción, frustración y quizá agresividad, pero no hay que dar demasiada importancia a esos incidentes; aun­que tampoco hay que ignorarlos por completo, ya que pueden ser señal de que tenemos encima un problema de relación que habrá que examinar, resolver y quizá zanjar con un perdón. Estaríamos en este caso si, después de haber hecho que los responsables reparasen en sus peque­ñas faltas, no constatásemos ningún cambio en su con­ducta. Entonces sería preciso examinar la situación y re­solverla, recurriendo incluso al perdón si es necesario.

Es posible que sucesos anodinos de la vida cotidiana tengan graves consecuencias. Un cirujano me confesó que pensaba divorciarse de su nueva esposa porque era una trasnochadora. Muy a menudo, al meterse en la cama, le sacaba de su precioso sueño. A veces, de madrugada, necesitaba dialogar, sobre todo para solucionar algún de­sacuerdo. El pobre hombre necesitaba descansar toda la noche para mantener la concentración y la agilidad manual, y había llegado a detestar a su esposa e incluso llegó a pensar que quería destruir su vida profesional.

Existen faltas de consideración aún más graves. Pen­semos en las traiciones y deslealtades entre personas que deberían amarse. Sus faltas provocan heridas dolorosas y duraderas, pues nos parece muy natural que los padres, los amigos y los compañeros se pongan de nuestra parte pase lo que pase. Se ha establecido entre nosotros una especie de contrato tácito de protección mutua, estemos o no presentes. Por ello, me sentí simultáneamente herido y apenado por la indiscreción de un viejo amigo respecto a mí. En una conversación íntima yo le había confiado un secreto que se apresuró a revelar a una persona que, para colmo, me resultaba muy antipática. Debo confesar que después no tuve valor para pedirle explicaciones sobre su indiscreción, así que nuestra amistad se deterioró mucho.

¿Qué decir de las traiciones? No hay nada tan penoso como enterarnos de que una persona a la que apreciamos mucho nos ha traicionado. Por ejemplo, descubrir que un amigo dice a nuestras espaldas que nuestra pareja nos en­gaña con otro de nuestros amigos, o que nuestro compañero de trabajo nos pise el terreno...

Hay deslealtades hacia los allegados que revisten for­mas más sutiles, pero no menos vejatorias, como el ridículo y el sarcasmo. Son duras de soportar, incluso para quienes son testigos de ellas. Por mi parte, confieso que me siento muy incómodo cuando asisto a altercados conyugales en público. Pondré algunos ejemplos: una esposa que alude a la poca potencia sexual de su marido; un esposo que se regodea señalando los errores en el idioma de su mujer de origen extranjero. Son escenas insoportables para los tes­tigos, y no digamos para el cónyuge humillado.

No cabe duda de que los actos violentos entre personas que han jurado amarse figuran entre las ofensas más crueles y deplorables. Las estadísticas muestran cifras pasmosas del número de mujeres agredidas por su marido o su com­pañero; pero, además, esas estadísticas no dicen nada sobre la violencia verbal y psicológica que precede a los golpes. Por último, ¿qué decir de esta epidemia de abusos sexuales cometidos por los padres con sus hijos y que nuestra so­ciedad ha decidido hacer públicos?

Hasta ahora hemos hablado de faltas graves contra el amor a los más próximos. Y puede que algunas separa­ciones, a primera vista, no parezcan necesitar del perdón, pues no son intencionadas. Consideremos el caso del aban­dono del hogar de los hijos mayores. Aunque todo el mun­do sabe que los hijos tienen que dejar el nido familiar, los corazones de todos los miembros de la familia se sienten oprimidos por la pena y con frecuencia también por la agresividad. Cuántas ceremonias matrimoniales, en las que se consagra la marcha del hogar del hijo o de la hija, son mucho más tristes de lo que parecen...

La separación de un ser querido que ha muerto des­pierta múltiples sentimientos, como el miedo, la pena, la cólera y la culpabilidad. Por eso, en el curso de las terapias de duelo, invito a los supervivientes a realizar un ritual de perdón para que superen su cólera y su sentimiento de culpabilidad. Al pedir perdón a su familiar fallecido, se liberan de su propia culpabilización por no haber sabido amarle más; y al concederle su perdón, eliminan los restos de cólera por haber sido abandonados.

Las ofensas cometidas por extraños

Un mal conductor que corta el paso; un cliente con prisa que quita el turno en la fila de la caja; un conductor de autobús que contesta con brusquedad; la telefonista que contesta en inglés cuando hemos pedido una conferencia en español...; es evidente que se trata de problemas que no requieren largos procesos de perdón. La primera reac­ción es una ligera descarga de adrenalina, pero estas im­pertinencias se olvidan enseguida. Después de todo, se trata de desconocidos...

La ofensa que procede de un extraño ha de ser, pues, más seria para hacernos perder la paz interior; debe repre­sentar un ataque a nuestra integridad física, psicológica, social o moral. Consideremos, por ejemplo, el caso de un robo con fractura en nuestro domicilio. Lamentamos, por supuesto, la pérdida de los objetos robados, sobre todo si los apreciamos por su valor sentimental; pero lo que más nos indigna es la violación de nuestro territorio. Cuanto más de cerca nos atañe la ofensa, más abrumados estamos: violencia ejercida contra personas queridas; ataques a su reputación; brutalidades físicas; tocamientos sexuales; vio­laciones... Nuestra seguridad personal está amenazada; nuestras fronteras personales han sido violadas; en cierto modo, estamos desnudos y a merced del otro. La vergüenza y el pánico subsiguientes constituyen un enorme obstáculo al perdón, como veremos más adelante. Señalemos, fi­nalmente, que la gravedad de la herida se verá con fre­cuencia incrementada por los recuerdos infantiles mal cu­rados.

La afrenta infligida por un extraño es tanto más trau­mática cuanto que no logramos descubrir el motivo. ¿Cómo perdonar a unos terroristas sin rostro que han raptado, torturado y asesinado a miembros de nuestra familia? Fran-cine Cockenpot, compositora y poeta francesa, lo ha in­tentado. Después de haber estado a punto de morir a manos de un agresor anónimo, se sintió obligada a establecer relación con este perfecto desconocido. Para entrar en con-tacto con él y conjurar su angustia, se puso a escribirle, aun sabiendo que sus cartas nunca llegarían a su destina-tirio: «En cuanto volví, como para exorcizar mi pánico, tomé lápiz y papel y me puse a escribir. Hasta cinco o seis cartas cada noche, sin poder releerlas, pues había perdido un ojo. Escribí a mi agresor, ese desconocido del que nada sabía, ya que ni siquiera conocía el tono de su voz, porque no me había contestado cuando le grité: 'Pero ¿por qué quieres matarme?'» (Cockenpot 1987: 5).

Las ofensas perdidas en el pasado

Tanto si la ofensa proviene de un ser amado como si pro­cede de un extraño, hay que tener siempre presente que es capaz de movilizar los recuerdos y provocar una reacción en cadena. Las viejas heridas que creíamos superadas y enterradas despiertan, incrementando a la vez el pánico y el desasosiego. La ofensa se percibe entonces a través de la mirada asustada y amplificadora del niño que vive en nosotros.

Es lo que le ocurrió a un asistente social que, durante la terapia, me contaba sus múltiples dificultades de relación con sus superiores masculinos. Me insistía en la falta de honradez de estos últimos, lo que parecía explicar la poca confianza que les tenía. A veces se daba cuenta de que «se pasaba» y no dudaba en considerarse paranoico. Can­sado de sus perpetuos conflictos con la dirección, me pidió que le ayudase a descubrir la raíz de su actitud de des­confianza hacia sus jefes. Él había estado mucho tiempo buscando la causa mediante esfuerzos personales de in­trospección, pero tenía la impresión de estar dando vueltas en círculo. Yo le pedí que reviviese de inmediato su sen­timiento de desconfianza y que, partiendo de él, se fuera remontando progresivamente hacia el pasado y describiera todos los acontecimientos en que hubiese sentido descon­fianza hacia las autoridades. Tuvo que volver a empezar varias veces antes de lograrlo, pues el acontecimiento prin­cipal estaba muy oculto. Durante una repetición en la que estaba muy concentrado, de repente se puso a sollozar. Acababa de revivir el suceso desgraciado. Cuando tenía siete años, al despertarse después de haber sufrido una amigdalectomía, se había encontrado solo y dolorido en una habitación del hospital y le había invadido el pánico. Su padre no había ido a verle despertar como le había prometido. Esperó toda la tarde y toda la noche, pero en vano. Además, el cirujano también le había prometido llevarle helado, pero tampoco él había aparecido, y sólo la enfermera le había hecho alguna que otra visita. El niño, sintiéndose abandonado, había tomado la decisión de no volver a confiar en las personas mayores, sobre todo en los hombres. Después de haber llorado mucho, comprendió por fin de dónde procedía su desconfianza obsesiva hacia los hombres de autoridad. Entonces pudo perdonar a su padre y a su cirujano por haber faltado a su palabra y revivir, para neutralizarlos, otros conflictos del pasado con sus superiores.

La historia de este hombre no es, ni mucho menos, única. En muchos casos, la incapacidad de perdonar tiene su origen en viejas heridas o frustraciones de la infancia.

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