El sustituto

En la ciudad de Zaragoza a los once días del mes de enero del año de mil ochocientos cuarenta y siete

Que ante mi Joaquin Tomeo y Villava notario del número y caja de la ciudad de Zaragoza y testigos abajo nombrados parecieron de una parte D. Antonio Gallifa vecino de esta ciudad y de la otra Francisco Fernando y su hijo Juan Fernando este soltero, vecinos de Villamayor y dijeron: que por cuanto el expresado Juan se había convenido con el D. Antonio en entrar en el ejército en clase de substituto por la persona que el mismo le designe en la forma y con los pactos que abajo se dirán y queriendo otorgar de ello la correspondiente escritura de convenio y obligación llevándolo a efecto y poniéndolo en ejecución, de su buen grado y certificada dicha parte de todo su respectivo derecho, lo hacían y otorgaban en la manera siguiente (…)

(Archivo Histórico de Protocolos Notariales de Zaragoza. Joaquin Tomeo y Villava: 5644 f10v)


Fusilero, cazador y granadero, año de 1848


Juan Fernando, soldado del Regimiento nº 3 “El Príncipe” no lo era por vocación. Ni siquiera por sorteo. Juan era un sustituto, es decir, cumplía el servicio militar en lugar de otro mozo al que le había tocado esa suerte.

La prestación militar obligatoria la estableció Carlos II en 1770 con un sistema de quintas por el que uno de cada cinco mozos de entre 17 y 36 años eran elegidos para incorporarse al ejército.

La primera Ley de Quintas, en 1823 estableció que esta obligación podía conmutarse por una redención en metálico o podía desempañarse por medio de sustitutos. Todo esto creó una situación por la que, en la práctica, los que componían las filas del ejército eran en realidad los hijos de los mas pobres al tiempo que surgían florecientes negocios de préstamos a intereses abusivos o de agentes y empresas que hacían de intermediarios entre sustitutos y sustituidos. Se hacían incluso asociaciones entre vecinos de un pueblo para reunir un fondo común para comprar al redención del mozo que saliera elegido. O las familias menos ricas se endeudaban para evitar que el Estado se llevase al hijo a una muerte casi segura en las numerosas guerras que se libraban dentro y fuera del territorio. El servicio militar causaba además gran quebranto económico a la familia tanto durante el servicio activo como en los periodos en los que el quinto podía ser movilizado. En total, hasta ocho años (4+4) para la época de la que estamos hablando.

Las cantidades que se pagaban por redimirse totalmente estaban entre los 6000 y los 8000 reales y la sustitución entre los 2000 y 5000.

Francisco Fernando no era un potentado aunque tampoco un jornalero sin propiedades. En 1850 es un labrador modesto con bienes por valor de unos 3000 reales de vellón. Las 18 onzas de oro (unos 5760 reales) que recibiría por enviar a su hijo al ejército eran una pequeña fortuna que seguramente le iba a permitir tapar algunos agujeros.

El 11 de enero de 1747, Francisco Fernando firmó el convenio con Antonio Gallifa, seguramente el agente mas activo de Zaragoza, por el que comprometía a su hijo Juan a sustituir al mozo que este considerara y el elegido fue Mariano Santañac, hijo de Montserrat Santañac, que había firmado asimismo un convenio con Gallifa un mes antes. En julio, Juan ya está sirviendo con los granaderos en el Regimiento numero 3 “El Príncipe”en Vich, en plena época de la Segunda Guerra Carlista.

Por si a alguien le ha quedado cierta inquietud, sabemos que Juan sobrevivió al ejército de su época. A la muerte de su padre en 1867 tiene 42 años y está casado. Otros muchos no tendrían tanta suerte.

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