La literatura de la Colonia

La literatura de la colonia, en el Nuevo Reino de Granada, desde la fundación de Bogotá hasta mediados del siglo XVIII, era de forma y de idea estrictamente peninsular. No podía ser de otra manera. En un principio no había escuelas ni colegios; cuando se fundaron algunos institutos de enseñanza ésta era impartida por españoles, ordinariamente por gentes de iglesia.


Gonzalo Jiménez de Quesada, autor desconocido, Museo Nacional de Colombia.
Gonzalo Jiménez de Quesada, autor desconocido, Museo Nacional de Colombia.


La educación suministrada carecía de nexos con el medio ambiente. Enseñaban los maestros de obediencia al rey, la historia de España, la gramática latina y española fundada en su semejanza con aquella. No tenían una noción de las diferencias de espíritu existentes en el Nuevo Mundo y España y su objeto principal era el de acostumbrar al niño a mirar estas comarcas en lo material y también espiritualmente como una prolongación de España. Algunos de los más sobresalientes escritores de esa época habían nacido en España. Otros, nacidos en el virreinato, fueron educados a la manera de entonces y sus obras tienen en la apariencia, en el fondo, los caracteres de la literatura española (Sanín Cano, 1984, 19).

La literatura en primer plano

La literatura colonial fue escrita por los cronistas y los dominadores. Bajo el mundo de la censura, las limitaciones de la imprenta y la óptica europea, los escritores verán publicar sus obras con enormes dificultades. La cultura hispánica monárquica y religiosa tendrá como exponente a don Gonzalo Jiménez de Quesada. El libro que conocemos de él es el Antijovio, en el cual defiende a España de los agravios que le hace el obispo de Nacera, Paulo Jovio. En la mayoría de los manuales de literatura se inscribe a don Gonzalo como el iniciador de la literatura colombiana. Juan de Dios Arias apunta: “parece que él hubiera traído para hacerla arraigar en nuestra tierra, la afición al estudio de las humanidades que ha sido característica de nuestro pueblo a través de la historia” (Arias, 1958, 50). En realidad, el señor Jimenez de Quesada no tiene nada que ver con la literatura colombiana. Su nombre está más asociado a la fundación de Santa fé de Bogotá que a cualquier otra cosa. Su obra no guarda ningún parentesco con el Nuevo Mundo. Su aporte no está visto en el proceso literario de la nación y su obra se ubica en un lugar totalmente artificial. Al margen de sus meritos en el buen manejo de la expresión idiomática. Jimenez de Quesada no es un creador, no se propone una intención de hacer literatura, ni su universo del Antijovio permite deducir una plena coherencia frente a mundo personal y simbólico. Hasta la fecha se le ha dado este título de fundador de nuestras letras, pero nadie a podido demostrar el por qué de este título, en razón a que obras. Con base en qué criterios estéticos. Lo mismo ocurre con los historiadores Fray Pedro de Aguado, Fray Pedro Simón, Manuel Rodríguez, Francisco de Figueroa, Fernández de Piedrahíta, Andrés de San Nicolás, Juan Flores de Ocaris, el Padre Ribero, el padre Cassani, el padre Gumilla.

Más tarde, en el proceso de la literatura colonial, aparecerá la crónica rimada con Don Juan de Castellanos, especie de mito épico, titulada Elegías de varones ilustres de Indias (texto disponible online). A su lado se ubica la crónica picaresca de Jaun Rodrígez Freyle con su obra El carnero. Aunque en esta última hay una visión crítica de la sociedad santafereña, se puede decir que ambas obras justifican el dominio español y el carácter moral y espiritual de su empresa.

La vivencia gongorista surge con Hernando Domínguez Camargo, escritor notable por sus logros estéticos. La mística y ascética están representadas en la madre Del Castillo. Mientras nuestros escritores crean , el mundo del aborigen se va extinguiendo.

A través de España, se filtran las formas literarias y el espíritu de las obras producidas. Entre ellas se destacan la crónica y la hstoria. Bajo el siglo de Oro, Renacimiento y Barroco, estos autores excluirán influencias y asimilarán vetas de indudable oigen, como en el caso de don Hernando Domínguez Camargo con Góngora.

La expectativa extraordinaria y el asombro despertado por el Nuevo Mundo estimularon, entonces, la actividad de muchos cronistas que redactaron tesis filosóficas, alegatos jurídicos en defensa de los indígenas, crónicas de convento, poemas fantásticos e históricos sobre notables sucesos (Ayala Poveda, 1994, 18).

Autores representativos:

Juan de Castellanos

Juan Rodríguez Freyle

Hernando Domínguez Camargo