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Acto conyugal

El acto conyugal es el coito o cópula mediante la que los esposos expresan cabalmente el amor y la relación que les une: la conyugalidad. Falta una definición en muchos diccionarios y enciclopedias, porque se considera que el acto conyugal en nada difiere de otro coito cualquiera: sólo se distinguiría por la circunstancia de que los autores serían cónyuges. Sin embargo, todo coito que no sea conyugal es una realidad falsa: fornicación, adulterio, incesto, etc., porque precisamente el acto conyugal por sí mismo expresa la mutua entrega de los cónyuges. El acto conyugal no es simplemente una cópula realizada en un contexto conyugal. El acto conyugal expresa la fecundidad propia de la relación conyugal o conyugalidad. Pablo VI habló de dos aspectos inseparables: "el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” (HV 12). Dicho de otro modo, el acto conyugal goza de fecundidad no sólo por ser fértil, sino por ser realizado por los cónyuges. El acto conyugal es siempre fecundo, incluso cuando los esposos fuesen infértiles o estériles. (Ver fecundidad)

En cierto modo, el acto conyugal es constitutivo de la relación que recibe el mismo nombre. Decimos en cierto modo porque el vínculo jurídico que denominamos matrimonio es causado por el consentimiento matrimonial. En ese sentido, la tradición canónica se apartó de las antiguas ideas germánicas que atribuían mayor importancia a la cópula, de manera que el matrimonio sería imperfecto mientras no se consumase. Indudablemente, la consideración de la realidad matrimonial de santa María y san José -que nunca consumaron su unión- tuvo su relevancia en el modo en que se configuró el sistema matrimonial canónico medieval. El consentimiento es la única causa eficiente del matrimonio, mientras que la cópula sólo goza  de relevancia jurídica casi exclusivamente en dos posibles ámbitos. 
  • Por una parte, lo que se denomina todavía hoy el matrimonio rato y no consumado, como puede leerse en el canon 1061 CIC,  donde se establece que "el matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato, sin no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza y mediante el que los cónyuges se hacen una sola carne". El acto conyugal es uno de los signos nupciales de la tradición litúrgica católica. El otro es el consentimiento matrimonial. Mientras no se consume, el Sacramento celebrado por los esposos cristianos es incompleto. Es decir, el vínculo jurídico es válido y también el Sacramento, pero éste -desde el punto de vista estrictamente sacramental, presenta una imperfección, al carecer de un símbolo teológicamente relevante. Por esta razón, puede disolverse por razón de que falta el signo de la indisolubilidad: en este signo, en efecto, se destaca la unidad y la indisolubilidad de ser una sola carne y se significa la unión de Cristo con la Iglesia mediante la Encarnación. 
  • Por otra parte, el acto conyugal tiene también alguna relevancia en orden a la capacidad sexual necesaria para la validez del matrimonio. Esta incapacidad ha sido históricamente enumerada entre los impedimentos dirimentes, es decir, entre las circunstancias objetivas que producen la nulidad del matrimonio. En la actualidad, el canon 1084 establece lo siguiente: "§ 1. La impotencia antecedente y perpetua para realizar el acto conyugal, tanto por parte del hombre como de la mujer, ya absoluta ya relativa, hace nulo el matrimonio por su misma naturaleza. § 2. Si el impedimento de impotencia es dudoso, con duda de derecho o de hecho, no se debe impedir el matrimonio ni, mientras persista la duda, declararlo nulo. § 3. La esterilidad no prohibe ni dirime el matrimonio, sin perjuicio de lo que se prescribe en el c. 1098."
El acto conyugal puede ser considerado desde dos puntos de vista distintos, aunque complementarios:

1. EN CUANTO SIGNO SACRAMENTAL. 
La tradición teológica y jurídica ha limitado esta consideración exclusivamente al ámbito del Sacramento del matrimonio, es decir, al vínculo conyugal celebrado entre personas bautizadas. El acto conyugal, como hemos dicho un poco más arriba, sería el signo sacramental que significaría la unión definitiva entre Cristo y la Iglesia en virtud de la Encarnación. Véase en matrimonio consumado, la explicación teológica. Sin embargo, el acto conyugal de un matrimonio no sacramental -es decir, del llamado matrimonio natural- carecería realmente de valor jurídico para el ordenamiento canónico. Que el matrimonio natural - es decir, el celebrado entre personas de las cuales uno no esté bautizada- no esté consumado carece de relevancia. Con otras palabras, es indiferente que los cónyuges hayan o no realizado esa cópula. El canon 1056 CIC establece en efecto: "Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento". El matrimonio Sacramento goza de un peculiar firmeza por razón de ser signo de la unión de Cristo con la Iglesia, tanto en su primer signo -el consentimiento- como también especialmente en el segundo, es decir, en la consumación, cuando alcanza la máxima indisolubilidad positble. (Ver indisolubilidad).

Sin embargo, la doctrina teológica de Juan Pablo II y de gran parte de los teólogos de la segunda mitad del siglo pasado, han superado la estrecha y radical distinción entre el matrimonio Sacramento y el matrimonio natural, considerando que también este último goza de lo que Juan Pablo II llamaba la sacramentalidad originaria. De esta manera, el acto conyugal no sería nunca un mero acto profano carente de significados teológicos y antropológicos profundos. Ni se trataría de un mero acto dirigido principalmente a la reproducción de la especie humana ni tampoco cabría tratarlo como un gesto que buscase la satisfacción sexual de los amantes. De hecho, si el llamado matrimonio natural aporta algo al matrimonio Sacramento cristiano es precisamente la realidad del acto conyugal en cuanto signo nupcial. Además de la significación que pueda recibir en el ámbito sacramental cristiano, es indudable que el acto conyugal tiene también sus propios significados antropológicos y teológicos. 

Por esta razón, está todavía por hacer una consideración jurídica de la impotencia copulativa a partir de la reflexión antropológica y teológica acto conyugal en cuanto signo nupcial, según la economía de la Creación, es decir, como signo de la primera Alianza

Por otra parte, la naturaleza de signo sacramental no se predica únicamente del primer acto conyugal, en cuya virtud ambos esposos se hacen una sola carne, sino también de todos los actos conyugales que realicen de modo humano y que sean aptos de por sí para engendrar la prole. El tálamo conyugal es un altar en el que se consuma un sacrificio, el que realizan los cónyuges al entregarse el uno al otro, significando en ese acto la unión de Cristo con su Iglesia. Matrimonio y Eucaristía se significan recíprocamente, especialmente mediante los significados del acto conyugal. Todos los actos conyugales son santos, de acuerdo con su peculiar naturaleza sacramental. Signos del Sacramento del Matrimonio, en un caso. Signos cósmicos de la primera Alianza, también sacramental en el orden o economía de la Creación. 

2. EN CUANTO DÉBITO JURÍDICO

La tradición jurídica de la Iglesia ha comprendido siempre que el acto conyugal no sólo es un signo, sino también constituye un deber recíproco de los esposos. De hecho recibe el nombre de débito conyugal, es decir, el deber por excelencia. Eso pertenece también a la tradición jurídica occidental que comprende el acto conyugal como uno de los deberes contenidos en el concepto de cohabitación: compartir casa, lecho y mesa. 

Sin embargo, la revolución sexual y las transformaciones de los derechos de familia de los países occidentales ha conllevado no sólo que se dejase de hablar del débito conyugal -exceptuados los ámbitos judiciales o jurídicos- sino también que se llegase a desvirtuar la noción misma del acto conyugal. Como hemos señalado al principio, éste no sería otra cosa que un coito practicado en un contexto matrimonial. Y ese coito ya no se considera como signo de ninguna realidad ulterior y mucho menos puede ser considerado como un derecho que un cónyuge pueda tener sobre el otro. 
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