Anne Catherine relataba así las visiones de su infancia:


“Cuando, hacia la edad de cinco o seis años, yo  meditaba sobre el primer artículo del  Credo de los Apóstoles "Creo en Dios Padre, Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra": todo tipo de imágenes que se remitían a la creación del cielo y de la tierra se presentaban a mi alma. Vi la Caída de los Ángeles, la Creación de la Tierra y del Paraíso, Adán y Eva, y la Caída del Hombre. (El pecado original) Creía simplemente que todos veían esto, como otras cosas que nos rodean.   Yo   hablaba de esto a mis padres, a mis hermanos y hermanas, a mis compañeros de juego, contaba todo esto ingenuamente, hasta el momento cuando me di cuenta que se burlaban de mí, preguntándome si tenía un libro en el cual todo esto estuviera escrito. Así comencé poco a poco a callar estas cosas, pensando, sin mucha reflexión que era inoportuno de hablar de tales temas; no obstante, no me hice ninguna inquietud particular en cuanto a eso.

 

Continué teniendo estas visiones, tanto por la noche como a la luz del día, en los campos, en la casa, cuando marchaba, cuando trabajaba, entre toda tipo de ocupaciones.  Una vez, en la escuela, conté la Resurrección de modo totalmente diferente de la que nos había sido enseñada,  sin ninguna malicia hablé de eso, con mucha seguridad. Para mí, ingenuamente,  los detalles que yo sabía de El, eran tan reales, como los acontecimientos pasados de mi vida. No tenía de ninguna manera, la idea que esto pudiera ser algo fuera de lo común. Entonces los demás niños, que quedaron  estupefactos, se burlaron de mí y se quejaron de mí al maestro  de escuela, que severamente me prohibió entregarme a tales imaginaciones. 


Mis visiones siguieron, pero me las guardé. Parecía un niño que mira un libro ilustrado, explicando los cuadros a su propia manera, pero sin pensar mucho en su sentido. Las visiones no produjeron ningún cambio de mi fe, eran simplemente mi libro ilustrado. Las contemplé silenciosamente y siempre con el pensamiento puro: ¡Todo a la mayor gloria de Dios!