Historia del vino nicoleño

Los cien años en que San Nicolás fue una ciudad vitivinícola
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A lo largo de 100 años San Nicolás de los Arroyos fue una ciudad vitivinícola. No llama tanto la atención este dato como que la historia haya sido olvidada por la mayoría de los actuales nicoleños. Solo un detalle estadístico le asigna dimensión a este olvido: en el año 1957, 55 bodegas produjeron más de 11 millones de litros de vino provenientes de viñedos de 403 productores.

Resulta difícil imaginar que la periferia de una ciudad de 150 mil habitantes, donde hoy se asienta más de la mitad de la población, estuvo plantada con 1200 hectáreas de viñedos.

Todo comenzó en 1886 cuando el inmigrante genovés Carlos Cámpora decidió emprender la tarea de conseguir la variedad de uvas que mejor se adaptara al clima y el suelo pampeano para continuar la tradición vitivinícola de su tierra natal. En Italia producían sus vinos y sus padres y abuelos así lo habían hecho toda la vida.

Si se observan los paisajes donde crece la mejor uva ninguno de ellos se parece al del norte de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, éste fue el lugar donde los inmigrantes llegaron buscando un futuro mejor que el que les deparaba su Italia natal. Aquí habían colonizado la tierra baldía y aquí reproducirían sus costumbres familiares.

Los viñedos ocupaban un pequeño espacio en la quinta junto a los frutales y las hortalizas. Poco a poco, la campiña se fue poblando con la llegada de más italianos de todas las regiones, junto a franceses y españoles. Los viñedos fueron creciendo en número y la cantidad de vino producido excedía el consumo familiar.

A principios del siglo XX, se produjo la expansión de la agricultura cerealera en el país requiriendo mano de obra intensiva. En cada chacra había entre veinte y cincuenta personas en forma permanente. Y esta cifra se incrementaba en época de cosechas.

La comida no era problema, ya que provenía de los propios campos en los que ellos trabajaban, pero la bebida había que traerla desde regiones lejanas, como Mendoza o San Juan.

Las bodegas nicoleñas estaban más cerca y, por lo tanto, su vino era más económico. Los quinteros vieron la oportunidad y asumieron el desafío de ampliar sus viñedos e instalaciones para abastecer esta demanda.

En esa época no existían ni las maquinarias ni los medios de transporte a motor con los que recorrer las enormes distancias que los separaban de las chacras cerealeras. El reparto se hacía en jardineras, que cargadas de bordalesas recorrían el campo y los almacenes de pueblo en un radio de 150 kilómetros.

 Lo producido alcanzaba para abastecer todo el norte rural de la provincia de Buenos Aires y el sur de Santa Fe.

Aunque elaborar aquí era una verdadera epopeya. Una lucha constante contra la naturaleza. Los bodegueros debieron sobreponerse a la inaptitud del clima húmedo que multiplicaba los enemigos naturales de las cepas. Enfermedades que devastaban los viñedos y para los que no había más remedio que volver a plantar y esperar. Por lo que se realizaban doce curaciones anuales cuando en climas secos bastan con tres. Un suelo con escaso drenaje, muy bueno para la agricultura, pero poco recomendable para la viña. Las pedradas, las heladas, el exceso de lluvias y la baja concentración de azúcar en la uva, fueron otros obstáculos a vencer. Contra todo, la vitivinicultura nicoleña fue próspera en sus tres primeras décadas.

En la década de 1930 el precio del vino y de la uva bajó al son del crack económico. Para sobrevivir, los pequeños productores se asociaron en una Bodega Cooperativa, sostenida con la producción de 175 quinteros. Se construyó una bodega Modelo inédita para la zona y la época. Tecnología de última generación y una capacidad de producción de 2 millones de litros. El proyecto duró lo que el acuerdo entre varios y pronto el sueño se disolvió. Sin embargo el esfuerzo les demostró que era posible.

Para ese entonces el ciclo económico los favorecía nuevamente y la década del 40 los encontró prósperos. El vino nicoleño proveía al norte de la provincia de Buenos Aires, sur de Santa Fe, parte de Entre Ríos, La Pampa y Córdoba. El mercado ya no era el rural sino las urbanizaciones industriales de la periferia de la Capital Federal y Rosario. El vino se iba en camiones y en barcos. Fueron los años de las grandes construcciones. Las bodegas se ampliaron en piletas de cemento de hasta 80 mil litros de capacidad y el proceso de producción se tecnificó.

En la década del 60 San Nicolás le daba la espalda al campo y se abrazaba al proyecto industrializador. Grandes empresas nacionales como Somisa y Super Usina y decenas de talleres satélites atrajeron una inmigración de provincianos que en pocos años duplicó la población de una ciudad en la que el cartel que anunciaba el fin de la zona urbana estaba a 14 cuadras del centro.

No había lugar para alojar a los obreros y el poder político e inmobiliario reclamó los terrenos donde se levantaban las quintas para el sueño industrial. Sueño que para los bodegueros fue el comienzo de una agónica pesadilla. Muchos fueron persuadidos para vender sus tierras y crear allí barrios donde hoy lo único que queda de ellos son sus apellidos.

Muchos atravesaron la década del 70 decididos a abandonar las bodegas. No fue sencillo desprenderse del esfuerzo ancestral de sus abuelos. La introducción del cultivo de la soja alentó a los más indecisos a reemplazar los viñedos. Otros regresaron a los frutales y las verduras. Los más audaces llegaron a vender el vino casa por casa hasta la década del 80.

La última vendimia se realizó en 1986, cuando  la familia Gaio cerró las puertas de su bodega, 100 años después del comienzo de la vitivinicultura nicoleña.

 

 


 

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