Escarbando con los dedos






Ser,

somos solo un manojo de miedos.

Familia ataviada de mazorcas. Antiguos

de una estirpe ronca, buscando

la canción de vuelta.

Abrimos ojos con puñales en el cartón

de la noche; casi no deja respirar

esta careta azul oscuro.

El rebaño de las cosas íntimas

nos sigue como un clima

solo nuestro. Nada sabemos

de tiempo.



Idos

En los que hablan solos

hay un nido de pan duro.

Ese decir, percutiendo contra la pared vacía.

Los otros, acarreamos al pasar

palabras recién hechas y rozamos

a un ser solo,

al que sobrevuelan cometas invisibles.

Murmurantes como fuentes, los idos

desembocan, abren sus gestos

ante la corriente de los escaparates.

En los que hablan solos

vamos todos, esperando soltar nuestra

frase. Somos su olvido,

la mera periferia de su melopea

con forma de enjambre.




A mi hija

escarbando con los dedos

en la tierra del patio encontré a mi hija

escarbando con los dedos en la tierra

como un eco entre el falso jazmín

y el rosal medio muerto.

                                         Tiré de ella

recién nacida como de una extraña palabra

la saqué de la tierra a mi hija hecha saliva

y la puse a secar entre cuatro cuerdas.

Ella sola se prendió al mundo

como un dibujo sonoro

de piedrecitas botones y caldo.



Me retuerzo

el pelo

de la bailarina japonesa

que hace fuego en mi cabeza.

El cuerpo retuerzo:

una cueva en las axilas de té

una bandada detenida en el muro

de la espalda.

La confianza mutua

son esos huesos combinándose

                       como una música

que se retrae antes de morder.



Reflejo


Hiede tu cubil de cosas

muertas. Pareces un vampiro

entre los cachivaches.


Inertes animales tuyos, a los que silbas

para que te los encordele

el viento.


Lo inservible flota

en la charca de tu espalda,

como un cadáver tiroteado

boca abajo.




No disparen


Los personajes    muchos más de diez

que cuelgan temblando,

marionetas de tus yemas;

lo delicado de esas inteligencias

te empequeñece a ti,

pequeño mono pianista. Aprendiste

a ser teatro, maquinista de órganos.


Lo mejor de ti

reunido ensayo de tus actores;

lo mejor de ti

cuando consigues ser solo pura música

de su escena muda.

Nos hemos desnudado la piel

bajo una callada pradera de estrellas.

Sin pies. Así nos silenciamos

hacia una flor enferma.

Como el día es centrífugo en la nube

evaporado va el jardín.



Fue música

el aleteo

en la enramada. No había hojas

en el sauce, parecía una enorme jaula

china. Percusión en la palera

que tumba al día y persigue ansioso

con su baqueta de plumas.



De sobra sabes

que nunca es fugitiva el ave

que se solaza en hilos trazados.

Parece huir, pero se esconde. Cada invierno

tras la nube del invierno anida y no va.

Ninguna ley la guía, sólo el desafío opaco

de la tela gruesa. Ese aire a que las peonzas

le convidan.




Se nos comerán los pájaros


Dientes

grano lento cayendo go-

teando tejiendo su ácimo regreso.

                                Retrotraerse.


Camino una alfombra hecha polvo

nada suena así, a rueda que gira

en el sentido contrario

pero este espantapájaros que aquí

veis tiroteado cosido a picotazos

hilo rojo en las comisuras

para zurcirse los tímpanos

no es nadie dice

mientras cruje el eje      a cada vuelta.

                      Nadie es, quién si no.


Palancas en los pedales

de las palabras

pero fue un bello baile

la pradera era la palma mano

de un gigante y las muchachas

émbolos dedales canutillos girando

un eczema los músicos

un dengue zumbando en las frentes

de sus paisanos…



Funeral celeste en Tíbet

A esa altitud no hay madera

y el terreno está helado.

Ni fuego ni tierra para los muertos.


El hombre camina con un fardo

y el monje abre su tienda

de ganchos y cuchillos.

Descuartiza a la esposa ante sus ojos.

Los buitres devoran veloces la carne.


Solo después,

ese hombre pulveriza uno a uno los huesos

y los mezcla con avena para el aire.



Eros

Como el imán apunta

y surge el genio

de la lámpara sucia.  


Como el bosque

se recoge en monte bajo. Así,

entre los cobertores pasa un rebaño

caliente y sinuoso,

sin inteligencia propia,

que avanza y se revuelve.

Así las manos y los pies

son genitales.



Chamánica

Cabalgar en hongo. Ver

por los ojos del oso.


Que sean paisano el caballo,

                            el reno y el águila.

No sentir el frío ni el cansancio;

que el dolor se haga perro

asustado a tus pies;

que se ondule la visión;

que vibren dulces los ramajes del cuerpo

al morder el fuego.





PLAYA NEGRA


Son felices y lo llaman ciénaga.

¡Bendición! Agua dulce. Del río toma sus

frutos el pescador. Desde la canoa delgada

lanza con esmero la atarraya.

Los niños juegan en el corro. Piden y bailan

para una gaseosa.




EN EL PUENTE

NO TENGO OJOS,  parecen decir los paseantes.

Solitarios o abrazados suelen detenerse en el puente.

Pocos son los que lo cruzan en grupo

y esos parecen tener prisa:  aunque

a veces rían o alguno se disgregue

una voz los devuelve. Hay quienes,

                                                      en ritual

de parsimonia, con atención lo miran todo,

sin detenerse pero inmóvil su cuidado.

Hay miradas confundidas y miradas

de águila en el puente. En ocasiones,

alguien que busca una instantánea,

quizás llegue hasta el centro apenas

y se apoye en el pretil como si tendiera

                                                         ropa.


Se renueva, el domingo todo cambia

por la proximidad del mercadillo. Una y

cien turbas se encienden de repente.

Todos van y vienen, indecisos, excitados.

Se oyen músicas. Se puebla el animal del río.


A veces, como cuando la estación se obstina

en repetirse o detiene su caída,

las orillas     aparecen        más distantes.

Así desune lo que une

                                      EL PUENTE.



Pasar las puertas, abrir las estaciones.

Hacer un agujero en la nieve para escuchar

cada día en el lugar exacto.

Su voz de ayer para mañana.

                              Así atiende su labor

le procura su aliento, lo lleva en la boca

toda la vida. Para raíces que duermen

su deshora, pero también para enjugarse

la fiebre.



En una ciudad muy al norte de tu casa
una inmensa plaza vacía
se dice en un teléfono público.
Esa voz se agita y es flexible como una vara
para decir nadie.
Al otro lado de los cordones negros
bajo la tierra y aún bajo el mar
alguien que no entiende tu idioma
calla para escucharte.



Viaja solo.
Sin duda es un viajero solitario.
Por la manera de entrar y de pedir fuego, sí.
Porque la mano, vacía ahora,
conserva aun la forma del asa.

Tránsito, hacer noche, estar de paso...
                       Pruebo y ajustan esos nombres.
Me acerco y de lejos huele a fruta
que en nuestro idioma quería decir viajero.


Hace llorar la larga playa en el invierno.
Y es diminuto el hombre que la pasea
con su perro.
La casa de comidas junto al mar.
Parece de papel y abandonada ahora
a sus colores desgastados. Una caseta blanca
y con franjas amarillas en medio de la arena.
                                       Es seguro,
hubo otros inviernos de cuerda floja.
Algunos solitarios tomaron su tren hacia el océano
sin dormir muchas noches, sin comer nada.
Estaban solos como ahora, sin decisión,
mirando los cables de luz en la orilla.
                                   Una bandera roja.
Un rugido espantoso donde ser oídos.




Él nieva,

Él llueve
Cuando sueño, por ejemplo, en francés.
Un extraño pájaro
al colocar la boca así
(...Il neige, il pleut...)
Una lengua ajena
en mi boca, conozco.
La soledad de una lengua
ajena para el extranjero, conozco.
La crueldad de no saber
                  a qué llama
la campana que nos ampara.

Los otros callan en su idioma.




CHATARRA


Deambula en el nombre del metal sagrado.


Lleva un sello azul escrito Sin urgencia alguna

sobre la frente y una esquila

                     y un pesado carro de hombre.


El hombre del hierro suena a calle

por las calles. Pequeño monje oscuro,

color de sable

que haces brillar tu ojo ante mi puerta

                                    y sabes canciones.


Toma este abresueños en desuso

y una llave de de dedos

para palpar el secreto sin abrirlo.




DUERME


Parece la muerte, insectos, esa nieve

que suena en una pantalla a deshora.

Música no es necesaria.


Ceniza que limpias la plata, sencilla receta.

La palabra es crematorio. Una memoria de candela

ofrece, por salud, clorofila de los huertos.

Una juventud de tesoros:

aún brillan las espuelas del jinete

ojos de fuego, sortijas doradas, enredaderas.


Todo hombre celebra la fiebre, cae rendido

y duerme a un palmo abismo del nevero.

Parece la muerte, insectos, esa nieve sonora, duerme...


Y ese traje cerrado como una bolsa.




PERO SE OYE

Los domingos un cadáver. Erguido.

Cruza pálido el umbral del cabaret.

Un cadáver con guantes

tacones de bailarín escenario botas de aviadores

alemanes en los pasillos. Labios pintados:

la cantante grita, oídlo, en las habitaciones interiores.

                                                                                                                                                                                                                                           Ropa de escenario deshecha, su voz

de cantante grita. Pequeña ciudad grita.

Baile, baile, baile... y morfina alemana en los apartes.


Aquí nació Buenaventura Durruti, el héroe o

el gran perro malnacido.

La ciudad es un agente doble.

Fotografías de un baile, músicos vencidos

fumando en las traseras.

Los domingos un cadáver familiar...


Espías delatores habitaciones falsas fosas paseados.

La memoria de lo no vivido en primera persona,

así desordenada, se vivifica.

Una música sin partituras; canción de escombros

en la ciudad ocupada; tumbas sin nombre.





LOS INVITADOS

Maldito baile obligatorio.


Las ropas vacías y perfectas sobre las camas

esperan su carga.

Los invitados están desnudos

y callados como piedras

en sus pequeñas cajas de impaciencia.

Pueden oír los ensayos de la orquesta

y un bullicio futuro que repiten

como un imaginario coro de espías.





MIS AFUERAS

La locura es un idioma sagrado.

Lengua viva en la cabeza. Silencio en el corazón.

Hay en mi casa treinta ramos secos de mujer.

Me despierto en el cuadro de los sueños;

pintado sobre la tela:

                   el día es un atentado.


Sonajeros hay en mi cabeza.

Talismanes encordados. Casa, cuerpo, soledad.




VOZ EN OFF

Es asfixiante el diálogo de los buceadores.


Apenas gestos bajo el agua, bajo los narcóticos:

ni una voz.

Miedo de esta vida escrita por los cuatro costados

y de su silencio aprendido en los acuarios.


Palabras prestadas no consuelan.


Al aire secan las sábanas transparentes

de la boca embozada. Mientras:

la cháchara fantasma de los dobladores

deja ir cuerpos asaeteados y vacíos

corriente abajo. Se mueven

deshechos y flexibles como algas negras.

Inaudibles son, actores muertos vivientes,

bajo el zumbido de su maldito dios

con voz de insecto.                                    


Un presente de las presencias.


Sí, es ruidosa la ciudad de los ventrílocuos.

Los altavoces producen heridas.

Radios nocturnas. Música muda.

Dos gardenias para vosotros.

Dos campanadas en llaga polar:

entre el chasquido de la cerilla que nos hizo luz

y el sibilante remolino que esparcirá cenizas.

La voz inhumana.


De los muñecos, de los jichos y los autómatas...

Aquel talento para dejarse vivir una vida sonora

sin daño. Animismo de cartón.

En la pequeña habitación de los juegos, amanece

un bullicioso día de mercado humano.





GAZPACHO DEL PINTOR TRABAJANDO

Tomates muy maduros. Corta, pela, tritura. Rojo.

El pimiento verde. Pan mayor, hueso, tierra.

La sal gorda y la sal fina, cristales rotos hacia el interior.

Oro viejo en el aceite para mudez del brillo.

Nieve deshecha del pepino, peladuras, desnudez y agua multicolor.

Dedos, ojos; manos, labios, lengua; respiración.

La sencillez ámbar del ajo, alojándose.

Lo que remueve un hombre agachado cerca de la tierra.


El cuenco incoloro, la cuchara invisible. Invitación.





CORRIENTE ALTERNA

Unos en otros, como insectos que cambian de estación.

Lo que sigues desaparece, lo que buscas vendrá.

Así es el juego. Un calambre donde se mezclan los seres,

los paisajes, las estancias.

Y los colores también son columpios.


Un disfraz para volver a la ciudad materna.





Recogiendo


Ser de agua.  

Hacer el vacío

en la copa del cuerpo

para escuchar…


Y en la canción intermitente

del que falta,

contemplar ahora el mundo

como un paisaje en retirada.

                                                           (Andrés T.)




Víctor M. Díez nació en León en 1968. Poeta, actor.


Realizó estudios de Psicología y Filosofía en la Universidad de Salamanca. Ha trabajado como programador informático, camarero, gestor cultural, redactor, castañero, actor…


Es autor de los poemarios Evaporado va (Ed. Provincia, León. 1996) finalista de la XII Bienal de Poesía «Provincia de León»; Cordura Abajo (Junta de Castilla y León, Valladolid. 1996) Premio Letras Jóvenes; Circo Varado (Nómadas, Oviedo. 1999); Oído en Tierra (De la luna libros, Mérida. 2000) VI Premio «Ciudad de Mérida» de Poesía;  Voz fuera de campo (Icaria, Barcelona. 2004); Ser no representable (De la luna libros, Mérida. 2004); Todo espera un fuego (Antología 1989-2008; Ed. Provincia, León. 2010), Funeral Celeste (Ed. Eolas, León. 2011), Escrito Sonámbulo (Ed. Amargord, Madrid. 2013), Discurso privado (Ed. Eolas, León 2014) Maldito baile obligatorio (Antología del autor. Ed. Liliputienses, Plasencia. 2016) y Todo lo zurdo (Varasek ediciones. Madrid. 2016).


Además ha sido incluido en las antologías y recopilaciones. Ha firmado, guías de viajes, catálogos de pintura y libros de encargo como XXV años de Teatro Corsario (Junta de Castilla y León, Valladolid. 2007) y Decir casa -antología poética sobre el hecho de habitar-  (Trenzametal Edita, Zamora. 2008). Ha sido responsable de ciclos poéticos como Alzado de la ruina (Salamanca, 1996), Pequeñas cosas para el agua (León, 2001), Cuatro Cuartetos (León 2007-2009), Un golpe de dados (León, 2010), Roma en el espejo (León 2013, 2014), Nombrando el porvenir/Encruijada de poetas (MUSAC, León 2014, 2015) y Laboratorio poético (Ayto León 2014, 2015).

Colaborador habitual de revistas literarias y prensa diaria, trabajó para la Semana Internacional de Cine de Valladolid, como redactor de su revista oficial SEMINCI, durante ocho ediciones. Ha coordinado varios Talleres de Escritura Creativa para institutos, centros cívicos,  universidades (León, Duke) y el Ayuntamiento de León.


Como poeta de acción ha colaborado en la última década con músicos improvisadores en diferentes proyectos. Actualmente recorre escenarios nacionales e internacionales con las agrupaciones Sin Red y Morse. Actor de teatro y cine, está inmerso en varios proyectos escénicos y audiovisuales.


Responsable de la organización o comisario

de los ciclos de lecturas poéticas

y actividades culturales:


«Alzado de la ruina» (Salamanca 1996), Ayuntamiento de Salamanca.

«Pequeñas cosas para el agua» (León 2001), C.C.A.N./ Ayuntamiento de León.

«Cuatro cuartetos» (León 2007-2009), para la Biblioteca Pública de León.

«Un golpe de dados» (León, 2010), Ayuntamiento de León.

«Roma en el espejo. Subterráneo de cultura» (León 2013-2017)  Ayuntamiento de León.

«Laboratorio poético» (León 2014-2017). Ayuntamiento de León.

«Nombrando el porvenir/encrucijada de poetas» (León 2014, 2015) MUSAC (Museo de Arte contemporáneo de Castilla y León).

«Programación FERECOR» (2015, 2016).

Semana de Poesía Salvaxe de Ferrol (2007 a 2017)

I Encuentro de poetas latinoamericanos. Canción de las orillas (2017)



También del I Festival Internacional Gaudí de Improvisación (I M P R O/GAUDÍ. León 2002); de las Jornadas “A vueltas con la improvisación” (León 2003) Eventos financiados por instituciones públicas. Y de las Ediciones VII y VIII del Festival Internacional de Improvisación Hurta Cordel (La Casa Encendida, Madrid 2003, 2004).



Ha participado en más de un centenar de recitales, conferencias, performances, mesas redondas y talleres por todo el Estado.