Tierra cárdena‎ > ‎

Sombras (2001-2003)




I



La mitad absoluta de tu ausencia o de nada

ha quedado tendida hacia el frío de la tarde.

Anegados de niebla mi perdida confianza,

el deseo de vivir, aquella armonía cárdena

de la feliz esencia, de la ilusión perpetua.

Un dragón saltó el foso de los ángeles negros

y estoy sólo, en silencio, esperando respuestas.

Ya no veo los caminos otro tiempo tan claros,

sólo veo plañideras que me siguen despacio.

Levedades de bruma, encrucijadas bélicas,

un silencio infantil que quedó como un eco

golpeando aquellos montes de nunca jamás.

He quedado paciendo lagunas enteras

de variables sin nombre, inquietud, añoranza.

Y no veo claro el tiempo de volver a sembrar

con luciérnagas blancas nuestro arroyo sagrado.

Ya no sé si algún día girarán otra vez

estaciones templadas,

aves de la esperanza.





II



Salí de aquel hueco en el que aullaban las sirenas

por alguna paradoja levemente moldeada

hacia el remolino hipnotizante de los días y las noches.

Salí reforzado en las antiguas creencias sabias

de Parintia y de mis antepasados.

Me aferré al equilibrio...

porque no hay más horizontes posibles

que aquellos a los que se llega navegando

con esperanza ciega y sin pesadumbre.

Salí girando, girando, girando,

entre magnolias sin tiempo.

Intentando volver a una órbita posible.

Zig. Del color cárdeno mi alma debe sostenerse. Zag.

Equilibrio...

No veo mariposas de hojalata, el cielo parece claro,

unas nubes deshilachadas de angustia

pasaron rápidamente.

Controlaré el vértigo,

como un domador de peces abisales.

Porque sólo hay una posibilidad para permanecer firme

en la marea de los sueños y las aristas.

Sólo una clara y acogedora verdad

con la que llenar absolutamente los días azules:

esperar y ser esperado,

querer y jugar mientras esperas.





III



Mi tiempo de ahora, mi espacio intermedio,

tiene tacto de telaraña surcando el vacío

y un sonido agudo de violín prolongándose

metálicamente

desde los abismos que ha cubierto el Odio

a algún horizonte imposible o cercano.

Mi tiempo de ahora es, a veces,

campos de ira en la tierra cárdena.

Sobrevive al desamparo de los planetas

feroces, que un día Hefestos forjó.

Es tan sólido como un hueco de rabia

en la mirada luminosa de un rayo.

Legión difusa de sombras

que bailan en la tempestad. Controversia

de huellas que se diluye por el fango.

Nada, nada, debe detener el avance

hacia la claridad veloz del Nuevo Mundo.

Ni la ira, ni el desamparo, ni el Samsara.

Tan sólo la muerte, alguna muerte, quizá.

Y hasta entonces, y a pesar de entonces,

y a pesar del aullido lejano de aquellos años,

anestesiado y lejano. A pesar del silencio,

de los deseos infantiles de volver al ártico,

nada debe detener la mañana

porque algún día será cierta, despertaré

y habré cruzado los límites helados

de mi tiempo de ahora, mi espacio intermedio.





IV



Sinmigo en la desidia

bailo las noches solitarias

de días y días y días purpúreos

que nunca palidecen.

Ya nada palidece,

a pesar del ritmo amargo

de la marea, los tornados

que levantan las arpías retorciéndose,

el hielo, la lluvia o la mentira.

En el esplendor del acero desfilo.

Redoble de tambores, arengas.

Escolto a las legiones de Marte,

con paso firme y canto heroico,

tremolan las banderas.

Tan sólo cabe la victoria.

He derribado cien murallas

y deseo morir luchando,

no quiero la eternidad de las células

que deben vender su alma al diablo

para prolongar su estancia en tu mirada,

fáusticas ficciones en tus perversos ojos

que desean tan sólo la perdición

o las telas bañadas de múrex

y el sonido del oro al caer.





V



Otra noche transcurrió avizorando almas,

persiguiendo formas que escapaban,

en danza, hacia el aseo.

En ramas que ahora son barras

descansaba mi melancolía.

Me engañaba en el aliento inútil,

en el licor, la luz deseada,

el entusiasmo momentáneamente fresco.

Y al despertar he sentido la arena, una vez más,

sosteniendo el paso de los días

con la consistencia de Atlas.

Alguna vez pensé en rendirme,

olvidarme de que habito en el desierto,

tan sólo esperar,

el calor, la sed, las alimañas.

Pero el metal de las aves

ya no consigue hendirse como antes

en la piel endurecida por el viaje.

Únicamente aviva la furia, el despertar

a horizontes ondulados y vacíos

para continuar en busca de batallas,

ya sin sueños ni compasión ni claridad.





VI



Piel de soledad blanca

y melancolía tu verdad.

Desgarro de aquella noche,

como tantas, ser la ausencia en la sombra,

águila gris,

observando el páramo que me recorre.

y es mi pasado.

Tan sólo fe para vivir, para

mantener helados los límites,

para no ahogarse de inmenso abismo,

de atardeceres huérfanos.









Creative Commons License
Víctor Biehler









Comments