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Luz (2001-2002)




I



La fragancia de la lejanía,

el imposible destello que me alumbra

apenas diluido el último susurro...

permanecerán a mi lado

más allá de cualquier futuro de violetas,

más allá de mañana o el próximo año,

más allá del mar, sin duda,

de los versos,

de los laberintos del tiempo.

La claridad dulce de tus recuerdos volverá,

repetidamente,

para inundarme de deseos de vivir,

para inundar cada hora gris,

cada resquicio helado de monotonía,

cada silencio inhóspito, cada angustia,

con la esencia encantada de tu eco.

Y sé que ando perdido,

retirando a cada paso los misterios

que flotan arbitrariamente,

se ocultan,

vuelven a lanzar al destino

mariposas de vesania.

Y sé que no habitamos en la misma esfera,

que estamos en dos dimensiones irreconciliables,

que el tiempo es otro en tus ojos

libres y radiantes.

Pero esta amistad cándida que nos envuelve

es lo suficientemente azulada

para no hacerme añorar otras orillas.





II



Iluminando el horizonte pasaste, Luz mía.

Y comencé a seguirte,

como un explorador de sombras de la Arcadia.

Sabiendo que jugar con los vacíos

en busca de huellas de tibieza

puede desorientar a cualquiera,

incluso al más intuitivo

de los exploradores luminosos.

Te sigo no sé a donde

y sólo pienso en el siguiente paso

sobre la arena fresca,

en la siguiente noche de luciérnagas,

en los bucles tiernos

en que me enredo a veces,

en las confidencias, el silencio,

las risas deslumbrantes que traspasaron mi alma.

En eso sólo. Y nada más.





III



Desde aquella fogata de San Juan

que eran tus ojos felices deseando un baile

llegaron las llamas del desconcierto,

derribando laberintos helados,

derritiendo el silencio culpable del Iceberg.

Aquí viene el sol.

Ha sido un largo, frío y solitario invierno”.

Siglos de engaños, creyéndome sumergido

en las aguas de la Náyade Salmacis.

Escondido en la estabilidad mentirosa del frío

que un día debe desmoronarse.

Frío de ausencias lares, de inocencias perdidas.

Recio como un bloque de hielo

me sustentaba en una verdad taimada

por mi propia censura.

Creía que sería inmune

a todo dolor, a todo miedo, pasado o presente,

dando la soberanía absoluta de mis cielos a la razón.

Hasta que aquella devastadora tormenta celeste

puso fin a la era de las glaciaciones

y me dejo absolutamente perdido,

en mitad de la primera primavera de la Historia.





IV



Temo con vehemencia que me golpees

y me dejes perdido en las sombras,

vagando recuerdos de plomo en límites umbríos,

tan llenos de vanidad

que no desearía levantar la vista. No podría ver

si no me concedieses seguir

tu reflejo claro en la noche, tu silueta glauca

entre las montañas frescas y escarpadas,

tu horizonte, tú, sujeta a palabras imposibles.

Es demasiado temprano y demasiado áspero

y demasiado funeral de aves

helarme una vez más para evitar los cortes

de la monotonía.

Demasiado...

perder la locura, la inocencia,

la ternura perfecta que alumbró mi amanecer,

la ternura única que he conocido.

Ahora que respiro en cierta consonancia

con tu lejana esencia fascinante y veo el destello

de almas que llega de Venus,

sería amargo, demasiado amargo,

perderme una vez más en las sombras.





V



Si tú no me miras, de año en año,

ya sea con candidez o de soslayo,

jugueteando en tu discurrir alígero,

fugaz o eternamente apacible;

si tú no me miras es como si no estuviera,

como encerrarme tras los montes quebradizos

que seccionan nuestra distancia.

¿No importa la distancia si te presiento?,

¿ni las olas que sacudieron

mi soledad marítima?.

Una vez lo dijiste y fui feliz creyéndolo.

Y lo recuerdo cada amanecer

cuando aún levito en mundos perfectos

en los que encaja el eco de tu sonrisa y veo,

como un milagro engendrado por mi locura,

un mágico escudo que nunca vislumbré

ni diáfano ni cercano, sólo intangible.

No importa la distancia

si tu claridad me sostiene,

como sostiene Atenea desde el Olimpo,

con sus brazos maternales,

a los desamparados atenienses.

No importa tu distancia cada mañana,

cada mañana te presiento entre la niebla,

gracia y refugio de mis días caóticos.

Nada importa a esas horas disueltas de la noche,

pero qué trágico destino despertar.





VI



En las noches de Fausto van, llegan,

como palomas de cristal que sobrevuelan mares

de ron, tus ojos, los negativos de tus sensaciones

en mi vanidoso espíritu de Peter Pan.

Ambos somos pérfidos entes volubles,

cual pluma al viento”.

Tan sólo por una casualidad,

un arcano que cruzó nuestras almas

nunca dispuestas a fosilizar.

Pero todo lo cambiaría, los méritos,

las bagatelas de papel, hasta los recuerdos,

porque estuviésemos tan sólo un poco más cerca,

en alguna cabaña del bronce final o

en el interior de un planeta lejano con forma de botella

y soles similares a helados de vainilla.

Oh, Luz mía, tan clara y lejana,

tu distancia hace tremolar las raíces del silencio,

me despierta cada mañana temeroso de mí mismo,

deseando volver a los páramos de Morfeo,

o amanecer para siempre a tu piel de nieve.

Qué extraño querer dejar la anestesia

de este discurrir inconstante para observarte,

pasar tan sólo, como un barco del acero

de aquellas cordilleras generosas.

Qué extraño saber que no eres de este mundo,

que no eres mortal ni hueles a azucena

y sólo puedo verte entre mensajes instantáneos;

pero desear, a pesar de todo,

que en el desenlace de algún cuento imposible

fueses la luminosa causa de mi perdición.









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Víctor Biehler









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