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Hibernia (2000-2001)




I



Lejanía, exactamente.

Contemplaba a Selene recostada en las montañas

desde el último suspiro de una torre redonda.

Exactamente, lejanía.

Y había perdido el miedo a todo tipo

una vez mudadas mis dotes de Pigmalión.

Lepidóptero marmóreo, aquella tarde,

llevado por el cauce seco de un río.





II



Tú que vienes en broncíneo seno

desde las montañas de Wicklow

hasta las cúpulas que orillan el Ha Penny.

Lif, dios de la vida.

Lif, diosa de la vida.

Liffey...

Escucha, en la morada de los dioses celtas,

los cantos trasnochados que llegan

desde el cercano barrio de Temple.

Son tus hijos que te celebran

empapándose de existencia,

libando del mismo rocío que te da vida.

Lif, live, Liffey, Vida, Lif,

y una copa de espumoso licor

para completar el ritual mágico

que dejaste grabado en las runas.





III



Estaba dormido en aquel banco,

en el jardín de la catedral.

Estaba esperando...

Cinco siglos habían transcurrido

en aquella fresca pradera de trébol.

Aire frío, bruma densa,

cielo que amenaza desprenderse.

¿Dónde estaba?.

Venían del sur, y del norte, y del oeste,

uno a uno, gota a gota,

Irlanda pasaba junto a un pozo de piedra.

Era allí.

Aguardé mi turno escuchando cantos

y pude sentir el agua sagrada,

y la proximidad del pastor de Armagh.





IV



Nadie creía a Niketes.

Pensaban que en su infancia

había sido amamantado

por los senos de Locura.

Estudió a los filósofos,

decía hablar con el mundo oculto

de los dioses y los espíritus.

Niketes rara avis era

entre sus tutores y amigos.

Huérfano en su isla,

embarcó y recorrió todo el mar

desde Egipto hasta Tartessos.

Nadie creía a Niketes

cuando decía aquello.

Vela oblicua, remos enhiestos,

mar y aire surcando el occidente,

había llegado a las tierras últimas,

más allá, hacia el norte,

de las columnas de Hércules.

Y había visto el silencio verde

de los llanos de Smaragdos,

la tiniebla líquida y los hombres rojos,

el denso cielo gris.

Fue y volvió algunas veces,

hasta que fue adoptado

como hijo de Smaragdos.

Nadie creyó a Niketes,

pero él vivía, ciertamente,

más allá del abismo,

en el principio de un nuevo mundo,

con otros dioses,

otras gentes,

otras almas.





V



Un estanque negro y sólido

reflejaba en azabache

las casas colindantes.

Pared contra pared la vida fluye

por aquellas riberas frías

donde habitan los hombres rojos.

Olía a asfalto de soledad,

a humo de familias desconocidas

abandonando las chimeneas.

Yo, el estanque, las casas adosadas,

las avenidas vacías...

Nubes como algodón usado

que llegan casi a la tierra

y el último suspiro de un sol adormecido.

Tal vez fuese el único ser vivo,

el único ente aislado,

de todas las calles y cielos a mi vista.

Pero puedo asegurar, sin dudas,

que en aquel atardecer de ladrillo,

no temía la lejanía.





VI



En los acantilados de la madre,

en el profundo vértigo, en su abismo,

hay perdida una leyenda de Connaught.

Los acantilados cantan secretos,

se escucha en el rumor violento y pétreo,

entre ecos salinos, un mensaje de Lung.

Trae el viento un mensaje claro que habla

vertical, aéreo, duro, amarillento,

de un hombre quebrantador de inocencias.

Dice que el silencio animalizado

de sus pensamientos, la nulidad

voluble en su existencia, y su belleza,

condujeron al siervo de Morrigan

a la crueldad de las bestias sin alma.

Había diseminado hijos como tréboles

por Hibernia; roto el cándido juego

juvenil de sus madres con la vida.

Escuchaba como una joven madre

conoció de los cuervos la verdad

y se sintió deshojada por dentro,

privada de su sagrada inocencia.

Sintió el frío de la zarza y el suelo,

el frío agudo de algunas certezas.

No habló, no gritó, dejó a sus hijos,

despidió oscuramente a su familia.

Como la hierba joven que se eleva

suavemente por la colina falsa

y ve, sin esperarlo, el fin, la muerte

de las verdes aves de su infancia;

se fue aquella madre, tajantemente.

Necesitaba volver y volvió

al seno de los dioses protectores.

Saltó al mundo de sus antepasados,

dejó el abismo

de su último paso.









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Víctor Biehler









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