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Contornos del día (1998-2000)





I



Treinta siglos, al menos, estaban contemplándonos,

mediterráneamente afanados en sentir

esa felicidad ligera, casi etérea,

sólo un pequeño juego, sólo juventud cándida.

Alguien, buscando el cielo, corría por la orilla.

Alguien cantaba versos infantiles y sabios.

Alguien, quizá era yo, observaba las luciérnagas

de una botella clara encendida por la luna.

El infausto Ganímedes nos servía, cordial.

Escanciaba licores desde el brillante Acuario.

Y las bellas sirenas de una hoguera cercana

se lanzaban riendo a las aguas tranquilas.





II



La levedad de la mañana se deshoja

poco a poco

en mi pobre materia gris saturada de alcohol.

Amanecer de gorriones histéricos

en el calor de mi plácido infierno.

Un murmullo de nómadas bien equipados

se dirige hacia la playa

y una avioneta de hélices pasa

con sonido de Harley-Davindson

dando consejos publicitarios.

En mi infierno no cabe nada

que no sea perfecto y redondo,

como ese perro que va rodando calle abajo,

junto al río,

o la gran bola de fuego que nos tira de la cama

con sus lengüetazos ardientes

de gran hetaira circular.

Ya me he despertado,

porque noto mis tobillos atrofiados de bailar.

Sólo me resta levantarme dando tumbos de la cama

y tragar una buena dosis

de ácido acetilsalicílico.





III



La noche es de madera. Termitas luminosas

horadan todo el cielo desprendiendo un aroma

de soledad y sándalo, de avenidas vacías.

Un lejano eco de autobús nocturno

atraviesa la trémula persiana desplegándose

leve por el silencio anguloso del cuarto.

La noche es de madera y parece tan frágil,

callada, indefensa, como un tríptico oscuro

que se extiende para mostrar el abismo humano.





IV



Atravesaba un alba tan etérea

como el prendedor de Venus

pero sólo pude conservar aquel sueño,

el sueño en el que me deslizo por el aire

como el grácil y ligero Hermes.

Nada más quedó de la Noche

salvo un murmullo añil de melancolía.

¿Dónde irán los sueños perdidos?.





V



En la noche puede oírse el sonido del globo:

escucha, escucha atento, la tierra está girando

sobre sí misma como una gran caja de música.

Es esta melodía que desata los sueños

la que oyó el diestro Ulises creyéndose encantado.

Las gotas de rocío siguen el paso de las notas,

caen acompasadas, caen metálicamente

sobre el suelo, el silencio, el pétalo, el tejado.

Murmullo de animales. Una campana suena

desde la nueva iglesia de San Juan de la Cruz.

El viento del Este mecerá los eucaliptos

allá donde el cauce terso del río lleve agua.

Escucha, escucha atento, podrá oírse el latido

musical hasta que sea partido por un rayo

de dióxido, o tal vez un halo de escepticismo.

Será entonces cuando cese el sonido alado

y Penélope comprenda que ha sido engañada.





VI



Amanecer era una niña

vestida de azafrán.

Su traje de escudera,

con bordados y acero,

semejaba al de la misma

Santa Juana de Arco.





VII



Hesiodo, el poeta rural, te hizo hija del Caos.

Nocturnidad íntima, entrañable, cotidiana,

¿quién podría creer en aquel linaje aciago?,

tus suspiros organizan el tiempo pusilánime

con la voluptuosidad de una hija de Venus.





VIII



Aquel rumoroso silencio de biblioteca,

como cadencia de oleaje manso, afectaba

a mi lucidez insomne. Temen, matinalmente,

que enloquezca una noche. Miedo a la oscuridad

clarísima del tiempo. Duérmete pronto. Duérmete.

Me cantan letanías las hadas vespertinas,

no quieren que me lleve la vesania astral.

Duérmete pronto, duérmete.

No temo a los ángeles de la amargura extensa

que un día revolotearon libres por la tierra,

¿cómo he de temer, entonces, un viaje

hasta la tierra cárdena del Parnaso?.





IX



Amanecer lejano,

amanecer oxidado del norte,

me desangro por tus grises acuosos

hasta la última gota de azul.

La mitad de un silencio ha caído

como muro férreo de olvido,

como hajab hiperbóreo,

sobre el tibio rostro de Aurora

en esta mañana de Hibernia.





X



Nací tras la alborada

y luché con un presente de ángeles aciagos.

Febo Apolo iluminaba extrañísimas formas

que hostigaron mi soledad desnuda,

soledad de ovíparo despojado

de su pequeña y cóncava verdad.

Luché con el presente absoluto e incomprensible

hasta que fue diluyéndose en una neblina

de ámbar.

Después de la primera batalla

llegaste,

conciliadora,

y encontré la esencia de la eternidad

en tus ojos repletos de calma.





XI



Color cobre fundido y violetas retorciéndose,

esta mañana del Olimpo de Licia

comprendía que todos mis temores de hojalata

estaban perdidos y aquellas mariposas

que otras mañanas me despertaban

aleteando laberintos de cicuta,

hoy parecían cualquier Catagramma Hesperis,

en esta claridad de Hefesto,

color cobre fundido y violetas retorciéndose.





XII



Acuéstate

y recoge en un saco de terciopelo negro

tus dudas. La noche irá a recogerlo en su carro

tirado por gorriones y te dejará a cambio

el tenue perfume de sus senos de violeta,

la armonía de una canción que conduce hasta el alba,

y los dones infinitos de su hijo, Morfeo.





XIII



Volvía, como cada amanecer,

acompañado por Hermes Psicopompos,

del valle nocturno del barquero.

Completando un ciclo, otro ciclo, cada ciclo vital.

Los que vagan en secular travesía

por las orillas de la Estigia, me despidieron,

aún aletargado en el sopor de las magnolias primigenias.

Vislumbraba los contornos del día,

añoraba la solidez del amanecer.

También Morfeo ofrece cada noche a Caronte

un ramo de oro consagrado a Proserpina

como el que regaló la sibila al piadoso Eneas.

Nada y Eternidad, todo lo somos,

y el tiempo... ¿qué es el tiempo?.





XIV



Quizá ni el mismo dios Terminus sepa

qué hay tras el cielo negro de la noche,

quizá ni él sepa

si algún día la Venus de Botticelli,

o el pobre Werther de Goethe,

serán conocidos más allá... de nuestro cielo

negro y cotidiano.

Quizá ni el mismo dios Terminus lo sepa.

El añorar es constante a pesar del presente

límpido que nos recoge en una playa de arena clara,

la saudade de porcelana

regresa eternamente

desde los páramos del Samsara,

está a la vez en los tres lados del abismo.

La Noche nos encuentra envueltos

en la brisa de la costa y nos devuelve

la inquietud de los seres de nuestro universo arrugado.

Desdoblándose se observa desde fuera y desde el futuro,

el universo se autopsicoanaliza en nosotros mismos.

Al fin y al cabo, en las noches tibias

somos sus pequeños espejos de plata.









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Víctor Biehler









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