Clásicos



MARQUÉS DE SANTILLANA / GARCILASO / GÓNGORA / EMILY DICKINSON / PEDRO SALINAS / GARCÍA LORCA / VICENTE ALEIXANDRE / RAFAEL ALBERTI / GABRIEL CELAYA

 

 

 

MARQUÉS DE SANTILLANA

(Iñigo López de Mendoza)

(1398-1458)

 

SERRANILLA I

 

Moça tan fermosa

non vi en la frontera,

como una vaquera

de la Finojosa.

 

Façiendo la vía

del Calatraveño

a Sancta María,

vençido del sueño

por tierra fragosa

perdí la carrera

do vi la vaquera

de la Finojosa.

 

En un verde prado

de rosas e flores,

guardando ganado

con otros pastores,

la vi tan graciosa,

que apenas creyera

que fuesse vaquera

de la Finojosa.

 

Non creo las rosas

de la primavera

sean tan fermosas

nin de tal manera,

fablando sin glosa,

si antes sopiera

d'aquella vaquera

de la Finojosa.

 

Non tanto mirara

su mucha beldat,

porque me dexara

en mi libertat.

Mas dixe: <<Donosa

(por saber quién era),

¿dónde es la vaquera

de la Finojosa?>>

 

Bien como riendo,

dixo:<<Bien vengades,

que ya bien entiendo

lo que demandades:

non es desseosa

de amor, nin lo espera

aquessa vaquera

de la Finojosa.>>

 

 

 

 

GARCILASO

(1503-1536)

 

 

EGLOGA I (extractos)

 

........

 

NEMOROSO

 

Corrientes aguas puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los arboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

del grave mal que siento,

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas d'alegría;

 

y en este mismo valle, donde agora

me entristezco y me canso en el reposo,

estuve ya contento y descansado.

¡Oh bien caduco, vano y presuroso!

 

Acuérdome, durmiendo aquí algún hora,

que, despertando, a Elisa vi a mi lado.

¡Oh miserable hado!

¡Oh tela delicada,

antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte!

Más convenible fuera aquesta suerte

a los cansados años de mi vida,

que's más que’l hierro fuerte,

pues no la ha quebrantado tu partida.

 

........

 

Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo, se levanta

la negra escuridad que’l mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta

y la medrosa forma en que s'ofrece

aquella que la noche nos encubre,

hasta que’l sol descubre

su luz pura y hermosa:

tal es la tenebrosa

noche de tu partir, en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que a ver el deseado

sol de tu clara vista m'encamine.

 

........

 

Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mí te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo y verme libre pueda?

Y en la tercera rueda,

contigo mano a mano,

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

donde descanse y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte.

 

 

 

 

GÓNGORA

(1561-1627)

 

SOLEDADES (extracto)

 

El peregrino pues, haciendo en tanto

instrumento el bajel, cuerdas los remos,

al Céfiro encomienda los extremos

deste métrico llanto:

<<Si de aire articulado

no son dolientes lágrimas süaves

estas mis quejas graves,

voces de sangre, y sangre son del alma.

Fíelas de tu calma,

¡oh mar!, quien otra vez las has fïado

de tu fortuna aún más que de su hado.

¡Oh mar, oh tú, supremo

moderador piadoso de mis daños!,

tuyos serán mis años,

en tabla redimidos poco fuerte

de la bebida muerte,

que ser quiso, en aquel peligro extremo,

ella el forzado y su guadaña el remo.

Regiones pise ajenas,

o clima proprio, planta mia perdida,

tuya será mi vida,

si vida me ha dejado que sea tuya

quien me fueza a que huya

de su prisión, dejando mis cadenas

rastro en tus ondas más que en tus arenas.

Audaz mi pensamiento

el Cenit escaló, plumas vestido,

cuyo vuelo atrevido,

si no ha dado su nombre a tus espumas,

de sus vestidas plumas

conservarán el desvanecimiento

los análes diáfanos del viento.

 

 

 

 

EMILY DICKINSON

(1830-1886)

 

 

(De Poemas escogidos)

 

Un temor raudo, una pompa, una lágrima,

Un despertar de madrugada

Para ver que lo que nos hizo despertar,

Alienta en otra alba

 

........

 

Soy nadie. ¿Tú quién eres?

¿eres tú también nadie?

Ya somos dos entonces. No lo digas:

lo contarían, sabes.

 

Qué tristeza ser alguien,

qué público: como una rana

decir el propio nombre junio entero

para una charca admiradora.

 

........

 

Hay una soledad del mar,

una soledad del espacio,

una soledad de la muerte.

Y no obstante parecen compañía

comparadas con ésa más profunda

intimidad polar,

infinitud finita:

la del alma consigo.

 

 

 

 

PEDRO SALINAS

(1891-1951)

 

 

(De La voz a ti debida)

 

Para vivir no quiero

islas, palacios, torres.

¡Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres!.

 

........

 

Tú vives siempre en tus actos.

Con la punta de tus dedos

pulsas el mundo, le arrancas

auroras, triunfos, colores,

alegrías: es tu música.

La vida es lo que tú tocas.

 

De tus ojos, sólo de ellos,

sale la luz que te guía

los pasos. Andas

por lo que ves. Nada más.

 

Y si una duda te hace

señas a diez mil kilómetros,

lo dejas todo, te arrojas

sobre proas, sobre alas,

estás ya allí; con los besos,

con los dientes la desgarras:

ya no es duda.

Tú nunca puedes dudar.

 

Porque has vuelto los misterios

del revés. Y tus enigmas,

lo que nunca entenderás,

son esas cosas tan claras:

la arena donde te tiendes,

la marcha de tu reló

y el tierno cuerpo rosado

que te encuentras en tu espejo

o cada día al despertar,

y es el tuyo. Los prodigios

que están descifrados ya.

 

Y nunca te equivocaste,

más que una vez, una noche

que te encaprichó una sombra

-la única que te ha gustado .

Una sombra parecía.

Y la quisiste abrazar.

Y era yo.

 

 

EL CUERPO, FABULOSO

 

¿Qué sería de mí si tú no fueses

invisibilidad, toda imposible?

 

Miro tranquilo a tantos maniquíes

mitología en los escaparates

a cuyos pies las almas sin amante

rezan por un momento cuando pasan

y cosechan sus sueños de la noche ,

porque tú vas vestida

con los cendales de lo nunca visto,

del color del recuerdo que te busca.

 

No me inquieta la luna, núbil, tierna

cuando otra vez inicia su creciente

doblemente afilado

de juventud y blancura  tan agudo

que decapitará a las esperanzas

más puras de la nieve,

comparando su blanco con su blanco-,

porque en ti, traslumbrada,

como no se te ve, nunca hay reflejo,

sino la luz sin par, la que rechaza

toda comparación con lo que existe.

 

Veo tranquilamente cómo avanzan

por esos turbios cielos del periódico

las bandadas diarias de las cifras,

cotizaciones de la bolsa, diosas,

dueñas de los destinos, decidiendo

que el precio de la dicha

que está siempre en el coste del carbón,

del whisky, del canario, o de las risas

que necesitan los hogares jóvenes-

sea más accesible que otros años,

o que algunas pistolas que tenían

a las seis, cinco balas,

a las seis y un segundo tengan cuatro,

en la mano de un hombre, por el suelo.

No necesito el oro, porque a ti,

como no se te ve, no se te puede

comprar con más moneda

que los minutos lentos y redondos

de largas noches en que no se duerme

porque nos invadió la pena inútil

de que al ponerse el sol se enciendan tantas

luces y sus colores, por el mundo

agüeros de películas y bailes,

faros de la alegría , tantas tantas,

menos tus ojos, frente a mí.

 

Oigo llamar a dulces criaturas,

con esos nombres o alas por el aire:

Mirtila, Soledad, Amparo, Cándida

en los que nada hay de ellas y son ellas,

porque los llenan gota a gota, día

a día con sus vidas, claros sones

a los que ávidamente nos asimos

para no confundirlas

con su hermana, su sombra o con la nada ,

sin volverme jamás, por si eres tú.

Como no se te ve, sólo te nombran

los labios de la lluvia en los oídos

eternamente sordos de los lagos,

las ruedas de los trenes cuando cruzan

los campos donde pastan las gacelas,

las tentativas de los violines

o alguna boca sola que en el sueño

recuerda una palabra, entre las ruinas,

de algún idioma hundido con la Torre.

 

Sin el menor dolor sé ya las fugas

que por los tubos de las chimeneas

mientras se toma té y se habla

de arte negro, de Einstein o del Ulises,

emprenden como chispas las promesas

aquellas, las mas firmes-

­hacia su conversión en puros astros,

después de estar un día con nosotros,

diciendo: “Siempre, siempre.”

Y luego, desde arriba,

a los cinco o diez años

de haber llegado nos harán sus señas

de luces por las noches,

para que nos creamos

que allí en el cielo si pueden ser nuestras.

Tú, es decir, lo imposible,

no puedes escaparte,

porque estás hecha de la misma huida.

 

Y te beso, te beso, a ti, paradisíaca,

descubriéndote toda lentamente

como el hombre primero descubría

otro menor Edén con otra sombra,

sin temor a que mueras, o a que salgas

del eterno jardín y se te vea,

andando por las calles de la tierra,

vestida de mujer a nuestro lado.

Porque tu cuerpo impar, tenso y desnudo,

nunca te hará visible. Solo puede

en las noches nevadas

ocultarte mejor, y por un tiempo

que a veces se confunde con la vida,

por lo veloz que pasa, hacerse carne,

e inventar una fábula:

que alguien crea que existe, que le estrecha,

y que es capaz de amor. Y que le ama.

 

 

(De Presagios)

 

El alma tenías

tan clara y abierta,

que yo nunca pude

entrarme en tu alma.

Busqué los atajos

angostos, los pasos

altos y difíciles........

A tu alma se iba

por caminos anchos.

Preparé alta escala

-soñaba altos muros-

guardándote el alma-

pero el alma tuya

estaba sin guarda

de tapial ni cerca.

Te busqué la puerta

estrecha del alma,

pero no tenía

de franca que era,

entradas tu alma.

¿En dónde empezaba?

¿Acababa, en dónde?

Me quedé por siempre

sentado en las vagas

lindes de tu alma.

 

 

 

 

FEDERICO GARCÍA LORCA

(1898-1936)

 

 

(De Poeta en Nueva York)

LA AURORA

 

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraísos ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.

 

 

VUELTA DE PASEO

 

Asesinado por el cielo,

entre las formas que van hacia la sierpe

y las formas que buscan el cristal,

dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta

y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota

y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo

y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.

¡Asesinado por el cielo!

 

 

 

 

VICENTE ALEIXANDRE

(1898-1984)

 

 

(De La destrucción o el amor)

UNIDAD EN ELLA

 

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,

rostro amado donde contemplo el mundo,

donde graciosos pájaros se copian fugitivos,

volando a la región donde nada se olvida.

Tu forma externa, diamante o rubí duro,

brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,

cráter que me convoca con su música íntima, con esa

indescifrable llamada de tus dientes.

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,

porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera

no es mío, sino el caliente aliento

que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

Deja, deja que mire, teñido del amor,

enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,

deja que mire el hondo clamor de tus entrañas

donde muero y renuncio a vivir para siempre.

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,

quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente

que regando encerrada bellos miembros extremos

siente así los hermosos límites de la vida.

Este beso en tus labios como una lenta espina,

como un mar que voló hecho un espejo,

como el brillo de un ala,

es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,

un crepitar de la luz vengadora,

luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,

pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

 

 

(De Pasión de la tierra)

EL AMOR NO ES RELIEVE

 

Hoy te quiero declarar mi amor.

Un río de sangre, un mar de sangre es este beso estrellado sobre tus labios. Tus dos pechos son muy pequeños para resumir una

historia. Encántame. Cuéntame el relato de ese lunar sin paisaje. Talado por el bosque por el que yo me padecería, llanura

clara. Tu compañía es un abecedario. Me acabaré sin oírte. Las nubes no salen de tu cabeza, pero hay peces que no respiran.

No lloran tus pelos caídos porque yo los recojo sobre tu nuca. Te estremeces de tristeza porque las alegrías van en volandas.

Un niño sobre mi brazo cabalga secretamente. En tu cintura no hay nada más que mi tacto quieto. Se te saldrá el corazón por

la boca mientras la tormenta se hace morada. Este paisaje esta muerto. Una piedra caída indica que la desnudez se va

haciendo. Reclínate clandestinamente. En tu frente hay dibujos ya muy gastados. Las pulseras de oro ciñen el agua y tus

brazos son limpios, limpios de referencia. No me ciñas el cuello, que creeré que se va a hacer de noche. Los truenos están

bajo tierra. El plomo no puede verse. Hay una asfixia que me sale a la boca. Tus dientes blancos están en el centro de la

tierra. Pájaros amarillos bordean tus pestañas. No llores. Si yo te amo. Tu pecho no es de albahaca; pero es flor, caliente.

Me ahogo. El mundo se está derrumbando cuesta abajo. Cuando yo me muera.

Crecerán los magnolios. Mujer, tus axilas son frías. Las rosas serán tan grandes que ahogarán todos los ruidos. Bajo los

brazos se puede escuchar el latido del corazón de gamuza. ¡Qué beso!. Sobre la espalda una catarata de agua helada te

recordará tu destino. Hijo mío. – La voz casi muda -. Pero tu voz muy suave, pero la tos muy ronca escupirá las flores

oscuras. Las luces se hincarán en tierra, arraigándose a mediodía. Te amo, te amo, no te amo. Tierra y fuego en tus labios

saben a muerte perdida. Una lluvia de pétalos me aplasta la columna vertebral. Me arrastraré como una serpiente. Un pozo de

lengua seca cavado en el vacío alza su furia y golpea mi frente. Me descrismo y me derribo, abro los ojos contra el cielo

mojado. El mundo llueve sus cañas huecas. Yo te he amado, yo. ¿Dónde estás que mi soledad no es morada?. Seccióname con

perfección y mis mitades vivíparas se arrastrarán por la tierra cárdena.

 

 

(De Sombra del paraíso)

CIUDAD DEL PARAÍSO

 

(A mi ciudad de Málaga)

 

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

En tu vertical caída a las ondas azules

Pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas, intermedia en los aires

como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de gloria, antes

de hundirse para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira

o brama por ti, ciudad de mis días alegres,

ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,

angélica ciudad que, mas alta que el mar, presides sus espumas.

Calle apenas, leves, musicales. Jardines

donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.

Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,

mecen el brillo de la brisa y suspenden

por un instante labios celestiales que cruzan

con destino a las islas remotísimas, mágicas,

que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

 

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.

Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,

y donde las rutilantes paredes besan siempre

a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

 

Allí fui conducido por una mano materna.

Acaso de una reja florida, una guitarra triste

cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;

quieta la noche, mas quieto el amante,

bajo la luna certera que instantánea transcurre.

 

Un soplo de eternidad pudo destruirte,

Ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergente.

Los hombres por un sueño vivieron; no vivieron;

Eternamente fúlgidos como un soplo divino.

 

Jardines, flores. Mas alentando como un brazo que anhela

a la ciudad voladora entre monte y abismo,

blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

 

Por aquella mano materna fui llevado ligero

Por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.

Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.

Allí en el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

 

 

(De Historia del corazón)

EN LA PLAZA

 

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,

sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,

llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

 

No es bueno

quedarse en la orilla

como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.

Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha

de fluir y perderse,

encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

 

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,

y le he visto bajar por unas escaleras

y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.

La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.

Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,

con silenciosa humildad, allí él también

transcurría.

 

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.

Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,

un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,

su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

 

Y era el serpear que se movía

como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,

pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

 

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.

Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,

con los ojos extraños y la interrogación en la boca,

quisieras algo preguntar a tu imagen,

 

no te busques en el espejo,

en un extinto diálogo en que no te oyes.

Baja, baja despacio y búscate entre los otros.

Allí están todos, y tú entre ellos.

Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

 

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,

introduce primero sus pies en la espuma,

y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.

Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.

Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.

Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,

y avanza y levanta espumas, y salta y confía,

y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

 

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.

Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.

¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir

para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

 

 

 

 

RAFAEL ALBERTI

(1902-1999)

 

 

(De Sobre los ángeles)

LOS ÁNGELES COLEGIALES

 

Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras

ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.

Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda

y que un eclipse de luna equivoca a las flores

y adelanta el reloj de los pájaros.

Ninguno comprendíamos nada:

ni por qué nuestros dedos eran de tinta china

y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.

Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada

y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

 

 

EL ÁNGEL DE LAS BODEGAS

 

Fue cuando la flor del vino se moría en penumbra

y dijeron que el mar la salvaría del sueño.

Aquel día bajé a tientas a tu alma encalada y húmeda

y comprobé que un alma oculta frío y escaleras

y que más de una ventana puede abrir con su eco otra voz, si es buena.

Te vi flotar a ti, flor de la agonía, flotar sobre tu mismo espíritu.

(Alguien había jurado que el mar te salvaría del sueño.)

Fue cuando comprobé que murallas se quiebran con suspiros

y que hay puertas al mar que se abren con palabras.

*

La flor del vino, muerta en los toneles,

sin haber visto nunca la mar, la nieve.

La flor del vino, sin probar el té,

sin haber visto nunca un piano de cola.

Cuatro arrumbadores encalan los barriles.

Los vinos dulces, llorando, se embarcan a deshora.

La flor del vino blanco, sin haber visto el mar, muerta.

Las penumbras se beben el aceite y un ángel, la cera.

He aquí paso a paso toda mi larga historia.

Guardadme el secreto, aceitunas, abejas.

 

 

 

 

GABRIEL CELAYA

(1911-1991)

 

 

(De La hija de Arbigorriya)

BIOGRAFÍA

 

No cojas la cuchara con la mano izquierda.

No pongas los codos en la mesa.

Dobla bien la servilleta.

Eso, para empezar.

 

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.

¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?

Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.

 

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?

La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.

Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

 

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.

No bebas. No fumes. No tosas. No respires.

¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.

Y descansar: morir.